U no de los debates de las últimas semanas en el Ecuador ha sido sobre si el nombre de Dios debería o no constar en la nueva Constitución política que la Asamblea Nacional Constituyente redactará en Montecristi.

Hace más de 500 años, a nombre de la cruz y la espada, los invasores españoles, cometieron uno de los genocidios más horrendos que registra la historia de la humanidad. Millones de indígenas fueron masacrados y asesinados a nombre de Dios y la civilización y casi desaparecieron las culturas milenarias existentes en el llamado nuevo mundo.

En esa barbarie tuvo relevante protagonismo la Iglesia de los Reyes Católicos, la Iglesia de los Pontífices y Jerarcas de Roma que provocaron las mal llamadas “Guerras Santas” y que instauraron el Santo Oficio, conocido como Santa Inquisición, institución que mandó a la hoguera a centenas de miles de hombres y mujeres acusados de herejía y brujería.

Tradicionalmente, la Iglesia, la religión, ha estado aliada al poder político, tal el caso de la Iglesia Católica que durante la Colonia consideróa los indígenas poco menos que animales que carecían de alma, premisa bajo la cual justificaron la expoliación y el saqueo, la explotación y el exterminio de los indígenas en obrajes, mitas y batanes, a la par que cobraba diezmos y primicias, vendía indulgencias y parcelas en el paraíso terrenal.

La Iglesia Católica curuchupa, desde el púlpito instigó a la turba para que arrastrara y quemara a Eloy Alfaro y hasta no hace mucho incitaba a votar por el Partido Conservador, por la Democracia Popular y el Partido Social Cristiano a los cuales erigieron como los partidos políticos de Dios.

Durante la segunda guerra mundial, la Iglesia del Vaticano se hizo de la vista gorda ante las atrocidades del fascismo y el nacionalsocialismo hitleriano. Del mismo modo procedió ante la tortura y desaparición de dirigentes, sindicalistas, militantes de izquierda y otros luchadores populares durante las dictaduras militares en Latinoamérica, principalmente en Chile y Argentina, y más tarde persiguió a los Teólogos de la Liberación. Recientemente, la Iglesia Católica ha solapado casos de pedofilia denunciados en parroquias de todo el mundo, especialmente en EEUU y Canadá.

La derecha ecuatoriana recalcitrante, heredera de Tradición, Familia y Propiedad, con mentalidad terrateniente, regionalista, defensora de la propiedad privada a ultranza y tragahostias, hoy se rasga las vestiduras tratando de hacer olvidar que repetidas veces ha tomado el nombre de Dios en vano tal como lo hiciera León Febres Cordero en Guayaquil durante su campaña presidencial: “Juro ante Dios y ante la Patria que jamás os traicionaré”, así como el mensaje subliminal de Jamil Mahuad al pretender emular a Jesucristo con su eslogan de campaña “Yo soy el camino”, o a Álvaro Noboa del PRIAN arrodillado en una tarima clamando por votos mientras regalaba sillas de ruedas.

“En Dios confiamos” reza la Constitución de los EEUU. Aquello hace recordar también a George W. Bush quien para justificar la invasión a Irak declaró ser el enviado de Dios para salvar al mundo del terrorismo.

Que el nombre de Dios conste o no en la Constitución particularmente considero que es irrelevante, porque Dios y la religión son un invento de los hombres, un instrumento de dominación para satisfacer el ansia de poder o para justificar una política internacional denominada como Guerra Preventiva.

Al declarar el carácter laico del Estado ecuatoriano se garantiza la libertad de culto. Al ser el Ecuador un estado plurinacional, multiétnico e intercultural se debería también reconocer las creencias de pueblos y nacionalidades, sus sitios sagrados: lagos, montañas, ríos, cascadas, etc., su religiosidad popular, su conocimiento ancestral de sus deidades, su cosmovisión religiosa y su particular manera de vivenciar la religiosidad.

De constar Dios en la Constitución, ojalá sea un Dios liberador y no un Dios castigador. El Dios de Monseñor Leonidas Proaño “el obispo de los indios”, el Dios de Monseñor Romero en Nicaragua, del cura poeta Ernesto Cardenal o de Camilo Cienfuegos y no el Dios de la derecha recalcitrante y de ciertos jerarcas de la Iglesia Católica , la Evangélica y de las sectas religiosas que lo han convertido en una mercancía puesta en el libre mercado que les permite vivir en lujosas mansiones tal como lo hace el Papa, rodeado de Cardenales, Obispos y Monseñores, así como la gran mayoría de pastores de las iglesias evangélicas cuyo objetivo religioso-político es dividir para reinar (tal como lo hicieran con el movimiento indígena ecuatoriano) y así seguir adorando al Dios del Capitalismo: el dinero.