La urticante y valiente periodista Claudia Cisneros, en "La Raíz del Mal" (La República), encuentra a los miembros de esta "utopía mafiosa" fujimorista en la Base Naval del Callao, en la Dinoes, en el Congreso (aquí está el opaco Kenji Gerardo y sus pares gárrulos que creen “inocente” a su torcido jefe), en el Poder Judicial (favoreciendo a los Colina), entre otros lugares y también entre los gallinazos (de Chavín de Huántar).

Por mi parte, añado, sin ambages, que provienen del seno y cieno mismo de la propia familia paterna, donde anida su natural y escalofriante madriguera, sea que estén dentro de sus cuatro lujosas paredes residenciales en Lima o bajo la canícula del sol naciente del Japón. Los sempiternos corruptos nuestros de fuera de este clan familiar están felices con este singular hallazgo; calzan como anillo al dedo.

En el país nipón están los hermanos, hermana Rosa y cuñado Víctor, procesados y con mandato de detención corridos de la justicia penal peruana y, por ende, sin poder regresar; la 2ª. esposa, japonesa y postiza, Satomi Kataoka, que se prestó al encubrimiento, ¿gratuitamente?; y el enigmático hijo mayor Hiro Alberto, cuidando en secreto las inversiones del dinero mal habido, haciendo mutis. ¿Le han visto a éste la faz alguna vez o le han escuchado mascullar algún fonema? Yo, no. En Lima, Keiko Sofía fue testigo presencial de mucho y también copartícipe, por confesos 10,000 dólares de donación, en la liberación, a los apenas 40 días de su detención, de dos procesadas por narcotráfico, a quienes su padre concedió el ilícito derecho de gracia.

Todos ellos en plan dinástico siguen las enseñanzas del mentor original sobre las entrañas cimbreantes de la ilicitud, quien, no obstante negar su delito en Chile solicitó en Perú acogerse a la "confesión sincera" en dos casos penales de cuantía millonaria, brama con estridencia y gesticula que es inocente", tal como braman sus hijas e hijo en Lima, cuando lo natural es que pidan perdón –que no lo han hecho- por reales arrepentimientos al pueblo peruano, a los familiares de las víctimas, y no indulto humanitario.

El procesado que se acoge a la confesión sincera acepta su CULPABILIDAD y no su INOCENCIA, aunque juegue con truculencia al moribundo, haciéndose filmar en camilla y fotografiar su sola lengua quirúrgica no cicatrizada sin mostrar su rostro, ¿han visto la cara de Fujimori, últimamente, aparte de sus asiduos visitantes a DIROES?, ni mostrando el certificado médico que lo acredite como canceroso, aunque no fuere terminal.

Tiene sobrada razón Claudia Cisneros, de pluma filuda y cruda pero veraz, cuando lo enrostra con elocuentísima expresión: "te conozco bacalao", que se remonta a los iniciales pasos palaciegos de Susana Higuchi, quien a tiempo se sustrajo del contagioso poder político y del envenenado apellido Fujimori.

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