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Juan Gasparini

El Diario Vasco: Dalia Soto del Valle, la cuarta esposa de Fidel Castro; Miriana Markovik, la vigente de Slobodan Milosevic; Lucía Hiriart... de Pinochet; Alicia Hartridge...de Videla; Susana Higuchi... de Fujimori; y la inefable Imelda Marcos. De estas seis mujeres, ¿está hecho el retrato contemporáneo de Lady Macbeth?

GASPARINI: Con este libro debo concluir que detrás del trono puede haber de todo; no existe una horma para las mujeres de los dictadores. Pero la influencia de ellas sobre ellos es significativa, aunque diferente en cada caso. Cada una busca alguna autonomía, reconocimiento, pero tratando de mostrar una cara propia, una especificidad femenina en los matrimonios con poder.

Tanto como por sus discursos, Castro era conocido por su exuberante actividad sentimental, digna de los Patriarcas de García Márquez. ¿Qué aporta a su perfil, el espejo de Dalia?

Dalia para Fidel ha sido un poco el reposo del guerrero, una mujer que ha sabido esperar que le llegara al caudillo cubano el tiempo del sosiego, y entonces armar un hogar, hacer muchos hijos. Se ha mantenido en un segundo plano, mansa, hermosa, discreta e impermeable a los conflictos, la heredera que pasará a la historia como la cuarta y última, la definitiva esposa.

«Nosotros somos una familia europea moderna», decía Mariana Markovic -porque padres e hijos coincidían en sus gustos televisivos-. ¿Coincidían también en su interpretación del genocidio de un millón de albanokosovares?

Los Milosevic encarnan una dictadura bicefala. Fueron complementarios en la responsabilidad gubernamental, encubriendo en un supuesto neocomunismo un nacionalismo retrógrado. Lo siguen siendo ahora al enfrentar las consecuencias ante la justicia internacional, sustituyendo las víctimas de la represión que ejercieran por las de los ataques de la OTAN.

Más allá de su aversión al marxismo y a la pornografía, entrando ya en lo personal, ¿en qué se le notan más a Lucía Hiriart sus orígenes vascos?

Lucia Hiriart es una mujer arbitraria, inculta, grosera, vanidosa, soberbia y fea. Su manejo de los resortes de poder de los que dispuso durante la dictadura de su esposo, Augusto Pinochet, fue truculento y encubridor de los peores crímenes. Ha fracasado en la crianza de sus hijos, al cual peor. No creo que las mujeres vascas se encuentren reconocidas en estos rasgos.

Mientras Videla conspiraba para desalojar del poder a María Estela M. De Perón, su mujer, Alicia, no se separaba del lecho de la enferma. Su maquiavelismo, ¿ se acrecentó, si cabe, cuando su marido accedió a la Jefatura del Estado?

El hilo conductor en el comportamiento político de la mujer de Videla es la crueldad. Constituye el fruto del doble discurso de los católicos reaccionarios de la oligarquía latinoamericana, bondadosos por fuera, salvajes egoístas por dentro. Es una estoica de la criminalidad universal, una asceta entre los más atroces violadores de los derechos humanos.

Que se sepa, Susana Higuchi es la primera ex esposa de un presidente de Gobierno que se presenta a unas elecciones por el partido rival, y casi las gana. ¿Qué simboliza, para usted, ese millón de votos que la llevó al Congreso?

Una gran y merecida revancha. Es una mujer que fue torturada físicamente bajo ordenes de su marido y que lo enfrentó, desencadenando revelaciones determinantes en el fenómeno que provocó la caída de Fujimori. Su papel político es el de la víctima de un dictador que se rebela contra él, protege a sus hijos, y libra un gran combate político.

No obstante, tal vez el personaje más novelesco de su sexteto sea Imelda Marcos. Bien, le voy a hacer una pregunta difícil: conocidos sus insuperables excesos en todos los órdenes, ¿a qué (dimensión desconocida) apelaría usted para salvarla?

Lo fascinante en Imelda es la contradicción. El desparpajo, el exceso, la locura del consumo y el lujo desbordante se estrella contra el matrimonio con un dictador que la humilló y la engañó, y con la versión difícil de desmentir que es frígida y que no se tomó venganza sexual de Marcos. Ha callado, tal vez el precio a pagar por la impunidad de la que goza.

Generalizando, hasta donde usted las conoce, en las mujeres de los dictadores, ¿prevalece la hembra vampírica, o más bien la vampirizada?

No hay modelo, son todas relaciones concretas y particulares. En mi investigación periodística hice añicos la suposición que detrás de un malvado debe haber necesariamente una malvada. Los mitos son como los vampiros, te chupan la sangre y en estos matrimonios los dos integrantes de la pareja le chupaban la sangre al otro.

Por cierto, hasta donde usted ha llegado a conocerlos, ¿ sabe de algún tirano que fuera tiranizado por su mujer en su vida doméstica?

No conozco casos en que la tiranización del otro sea una constante. Hay periodos, situaciones, escenas, del mismo modo que la sumisión o el dominio. Las mujeres de los dictadores se acomodan a las exigencias del poder y deben tolerar o alzarse ante los caprichos de sus maridos.

Salvando las distancias, recientemente se acusó a Tony Blair de instrumentalizar a su esposa -Cherry-, para obtener beneficios electorales. La tentación populista, ¿va a más en los regímenes democráticos?

Las mujeres de los dictadores con actividad pública trabajan para las causas de sus maridos. Los matices son distintos en Belgrado que en Santiago, para citar solo dos ejemplos, pero la raíz es la misma; la seducción y el engaño de la gente, sumar fuerzas para la causa del consorte, vencer a la oposición.

En su día, cuando se abrió el melón sucesorio y ante el mutismo de Aznar, hasta se especuló con la posibilidad de que su sucesor fuese, precisamente, Ana Botella. ¿Le sorprendería?

No tengo elementos para valorar la capacidad política e intelectual de Ana Botella, una mujer que mantiene un perfil bajo detrás de un Aznar que en los últimos tiempos ha mostrado las uñas, confirmando sus orígenes políticos conectados con la dictadura franquista, sobre la cual hay sabrosas páginas en la introducción de mi libro.

Después de este libro, ¿le tienta otro sobre maridos consortes, como, por ejemplo ese tipo tan sonriente, y tan inquietante, que acompaña a la reina de Inglaterra?

Trato de buscar experiencias inéditas en mi trabajo periodístico. No tengo un nuevo proyecto en mente, pero ya llegará, son como las enfermedades o el amor, caen sin prevenir. De momento, los maridos consortes no me resultan atractivos para un libro.

Freud sostenía que la mujer es masoquista por naturaleza. Su libro, ¿corrige o amplía esta definición?

No tengo una formación suficiente para responder con base científica a su pregunta, pero le aseguro que siguiéndole las huellas a estas «dictadoras» me he topado con actitudes masoquistas. El masoquismo forma parte de lo que encontramos en la especie humana, en hombres y mujeres, así que no me extraña haber descubierto situaciones de ese tipo.

Personalmente, (y aunque, ya lo sabemos, no se puede generalizar etcétera...) qué le temería más como rival político: ¿la mujer en el poder, o la mujer a la sombra del poder?

Lo temible es el poder que viola sistemática y masivamente los derechos humanos, que son universales e indivisibles. Con reglas propias que son intransferibles de un país a otro, gozando incluso con niveles de popularidad, desde Castro a Milosevic, pasando por Pinochet, Videla, Fujimori y Marcos, el debate de las dictaduras nos permite cernirlos mejor.

Así como les sucedió a los preceptistas bíblicos, ¿no teme ser acusado de misoginia encubierta por algún Instituto de la Mujer?

Veremos que opinan los lectores. Me aventuro a arriesgar que mi libro es feminista porque quiebra la amalgama que hombres de un perfil deben tener como pareja mujeres de un perfil determinado, a partir de la subordinación de ellas a ellos. He probado que se trata de historias individuales de parejas que han trepado al poder, confirmando que no hay reglas generales para entenderlas.

Aunque se condene, sea sincero: Juan Gasparini emigró de Argentina a Friburgo (Suiza): A/ buscando una mujer, B/ huyendo de una mujer, y C/ obedeciendo, amorosamente, a la suya.

Debí huir de la Argentina en 1980 por la persecución de la dictadura militar que asesinó a mi mujer, Mónica Jáuregui, madre de mis dos hijos. Escape después de haber estado en prisión. Llegue a Suiza y estudie periodismo en Friburgo, en una universidad católica siendo mis orígenes protestantes. Y aquí estamos.

Fuente
El Diario Vasco