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“Y entonces el Alakazam me explicó que hay dos agendas: la agenda de los poderosos y la agenda de los jodidos (...) Y entonces el Alakazam me explicó que los poderosos, que sea los ricos y sus malos gobiernos, quieren convencer a todos de su agenda, que sea la agenda de los poderosos, es la agenda de todos, hasta de los jodidos”(Subcomandante Marcos y Paco Ignacio Taibo: “Muertos incómodos (falta lo que falta)” capítulo XI: la hora de Nadie)

El neoliberalismo no representa simplemente un modelo de acumulación de capital, o peor, lo que algunos llaman simplemente un modelo económico. El neoliberalismo significa una profunda transformación del conjunto de las relaciones sociales, en especial en lo que tiene que ver con un trastocamiento de las relaciones de dominio y una modificación sustancial de la forma de organización social y política. Desde luego, esto implica también una transformación de las relaciones sociales de producción, pero no únicamente.

Si ya desde el momento que surgió el imperialismo se analizaba que se iniciaba una dinámica de autonomización del poder económico sobre la forma Estado-nación, este proceso ha sufrido una alteración mucho más significativa.

El mercado es el nuevo big brother. Representa la nueva forma de organización del autoritarismo y de la aniquilación de millones de seres humanos. Lo nuevo es que, a diferencia de la forma en que lo hacían los imperialistas de principios de siglo (los cuales eran más transparentes en sus objetivos), ahora lo llevan a cabo bajo el amparo de las grandes palabras: democracia, libertad, ética, justicia, derechos humanos, etcétera. En este sentido, nunca como ahora el poder había tenido tanta admiración por sí mismo, nunca había estado tan orgulloso de su obra y nunca le habían exigido a los de abajo, como ahora, estar agradecidos por su exterminio.

El Estado-nación ha dejado de ser el marco fundamental de la acumulación de capital, pero también ha dejado de ser el marco único de la expresión social. ¿Qué queremos decir con lo anterior?

No se trata de que el Estado nacional haya dejado de existir, sino que vive una crisis de alcances históricos. La contradicción implícita que llevaba en su seno el capitalismo entre la obvia dinámica hacia su internacionalización y la necesidad de los Estados nacionales para ser utilizados como herramienta para su objetivo (estamos hablando de los Estados nacionales imperialistas) hoy llega a puntos de quiebra.

En este sentido, estamos viviendo un cambio epocal sin que todavía el capitalismo tenga las nuevas herramientas para imponer una nueva forma de organización de la vida. El Estado nacional está en crisis, pero no existe -ni como proyecto- un Estado mundial, en tanto esto significaría la creación de un equilibrio generalizado que tendería a modificar las contradicciones inherentes al propio sistema capitalista, en especial la competencia y la sed de ganancia, lo cual parece imposible.

Lo que nadie puede negar es que al destruir lo anterior: lo que existía de democracia de los trabajadores, de solidaridad humana, de seguridad social, -producto de grandes luchas- en la vieja forma de organización del capital, se están prefigurando ya los rasgos esenciales de lo que es su proyecto de arrasamiento.

De esta manera, todas las instituciones que se crearon a la sombra del Estado nación hoy están en crisis: la división de poderes, la democracia representativa, los partidos, sindicatos, burocracias, etcétera. Esta crisis, a diferencia de lo que algunos piensan, no es únicamente producto de la ofensiva del capital sino también del hartazgo que todas esas instituciones han generado entre la población. Cada una de esas instituciones tenía una razón de ser en el periodo anterior, ahora no cumplen casi ninguna función.

Así, los sindicatos no buscan conquistar nuevos espacios de democracia y participación obrera en el proceso productivo sino defender, en el mejor de los casos, lo que queda del viejo mundo del trabajo. Los partidos ya no representan intereses de clases antagónicas, sino a ciudadanos con diversas adscripciones a sectores sociales. Más aún, los partidos políticos institucionales buscan representar los intereses de todas las clases sociales. A lo más que se atreven es a decir: “por el bien de todos, primero los pobres”.

Pero ese lema no refleja la lucha de clases, como algunos creen, sino al contrario: su ausencia. Su traducción marxista sería: para que el capital siga reproduciéndose sin muchos problemas se tiene que hacer algo con los pobres, para evitar que se rebelen. Toda la política contra la pobreza queda circunscrita a la esfera de la distribución, por lo tanto, no se afectan las ganancias de los hombres del dinero, la explotación y sobreexplotación están salvaguardadas.

Por eso para el capital, de una manera cada vez más constante, el problema de qué partido gobierna es intrascendente (desde luego, esto no es así para las mafias corruptas que se benefician de usufructuar el aparato de Estado). En menos de un mes, el Departamento de Estado del gobierno norteamericano, los banqueros de México y el ministro de Hacienda han señalado que es totalmente viable que la izquierda gobierne México.

Atrás de esa afirmación se encuentra la convicción de que la izquierda institucional es inofensiva. Esta visión es el resultado de un círculo vicioso: por un lado, los partidos de izquierda que llegan al poder por medios electorales (parece que ya no hay otro camino) establecen de entrada que bajo las circunstancias actuales no existe un gran espacio para llevar a cabo grandes transformaciones estructurales y, por el otro lado, los grandes centros financieros establecen los parámetros en los que se mueve cualquier tipo de Estado, independientemente del signo ideológico.

El asunto entonces se resuelve de una manera más pragmática para los señores del dinero: ¿Qué partido está mejor capacitado para administrar el “Estado del malestar” y, por lo tanto, el descontento social?

“Y entonces nos tienen mirando para ese lado y no miramos que por el otro lado se están robando todo y están vendiendo la Patria y sus recursos naturales, como el agua, el petróleo, la energía eléctrica y hasta la gente (...) Y entonces la maldad no nada más está en que estemos distraídos, sino que también arresulta que sus preocupaciones de los ricos las agarramos como nuestras”. (Subcomandante Marcos, ídem).

El carácter arrasador del proceso neoliberal no tan sólo busca dominarnos, sino que también nos reta a promover una alternativa. Y, entonces, todos quieren promover, o anunciar, o elaborar, un proyecto alternativo de Nación. Y, entonces, se promueve una “otra” agenda pero que está destinada a que el Estado la realice. Así, una persona, un grupo, un colectivo, interpretan lo que piensa el resto de la sociedad. Se trata de una política sin sujeto o, para ser preciso, donde el sujeto es objeto de la acción estatal.

El ejemplo más típico tiene que ver con el problema de la inseguridad o del narcotráfico. Se parte de la misma idea de los hombres del poder, a saber: el crimen organizado busca controlar el aparato de Estado. Cuando la realidad es a la inversa: el Estado mexicano es el mejor ejemplo de lo que significa ser el crimen organizado y esto no es una frase para la galería, es la realidad.

¿Es viable concebir que se pueda construir otra agenda manteniendo intocado el aparato de Estado, es decir, el ejército federal, los cuerpos policíacos, los magistrados, el gobernador del Banco de México, etcétera?

¿Tiene sentido circunscribir nuestra lucha contra la privatización de la energía eléctrica o del petróleo a la “encarnizada” defensa que hace Manuel Bartlett de los artículos constitucionales? Más cuando esa privatización ya está en marcha desde hace varios años y no tan sólo no se ha luchado en contra, sino que se ha guardado un silencio cómplice por parte de la mayor parte de los dirigentes sindicales directamente implicados.

Por otro lado, el problema no es sólo quién fija la agenda sino cuál es el espacio en que se fija la misma. ¿Realmente tiene algún significado hacer depender toda una lucha de lo que suceda en los debates parlamentarios, o en las convenciones de los partidos? ¿De qué sirve levantar un programa social de lo mínimo a defender si, al mismo tiempo, se ubica en la clase política la solución de los problemas?

La fase actual del capitalismo representa el proceso más salvaje de despojo de los bienes terrenales de un país. Ese despojo se ha llevado a cabo por parte de los grandes centros financieros con la complicidad de las diversas clases políticas. La reapropiación de esos bienes terrenales pasa por rescatar el carácter original de soberanía, entendida no como una función estatal sino como algo que le pertenece a la sociedad.

Mientras se siga viendo en el Estado el receptáculo de la soberanía, entonces no hay vuelta de hoja, la soberanía reside en una minoría que la manipula a su arbitrio. Y entonces se hacen realidad las palabras escritas hace mucho tiempo por Federico Engels: “Una minoría dominante era derrocada por una revolución, para dejar el paso a otra minoría que la sucedía en el timón del Estado y modelaba las instituciones políticas a tono con sus intereses. El nuevo grupo minoritario era, cada vez, aquel a quien el nivel de desarrollo económico llamaba a gobernar (...), y por ello precisamente, y sólo por ello, la mayoría dominada participaba en la revolución a favor suyo o contemplaba tranquilamente el cambio revolucionario. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, todas esas revoluciones presentaban una forma común, pues todas ellas eran revoluciones de minorías".

Aún cuando interviniesen en ellas la mayoría, lo hacia siempre -a sabiendas o sin saberlo- al servicio de una minoría, pero esta actitud, daba a la minoría descollante la apariencia de ser la representante de todo el pueblo”. Si sustituimos una revolución por la alternancia electoral, tendremos la realidad del problema.

“Cómo ves Elías creo que ya llegó la hora de Nadie”.

Las revoluciones socialistas más poderosas se dieron en el momento del esplendor del Estado nación. Por eso la frase de Carlos Marx, expresada en el Manifiesto Comunista no se cumplió: “La revolución será en su forma nacional pero en su contenido internacional”. En la práctica, la revolución fue en su forma nacional, lo mismo que en su contenido. La lógica del Estado se fue manteniendo como fundamental. De esta manara todo se justificó y se sigue justificando. Pero sería maniqueo pensar que todo se debió a la maldad de tal o cual corriente.

En la práctica, la revolución era el producto de una crisis nacional; “el eslabón más débil de la cadena imperialista”, según Lenin, sin embargo, pronto la lógica de construir un nuevo Estado-nación se imponía, la cadena pasaba a un segundo nivel y la consolidación del eslabón separado se convirtió en religión.

Se trataba entonces de la necesidad de ubicar una estrategia revolucionaria que concebía al Estado como un instrumento para, desde ahí, llevar a cabo una serie de transformaciones sociales y económicas. En tanto tal, la idea de que después de la revolución el Estado se iría diluyendo paulatinamente no tan sólo no se cumplió sino que, por el contrario, la filosofía del Estado fuerte terminó imponiéndose.

Por lo tanto, lo social se diluía en lo político y lo político estaba concentrado en los partidos, los cuales representaban intereses de clase antagónicos.

Con el neoliberalismo, desde el poder se lanzó la idea de que la clase trabajadora como tal no existía, en especial en lo que tiene que ver con su identidad como clase. Que ahora lo que se manifestaba era una especie de ciudadanización del trabajador. La idea se expresó bajo la premisa de que el trabajador como individuo tiene que preocuparse de la misma manera que el patrón por el funcionamiento productivo de la fábrica o del negocio. Las identidades colectivas fueron estigmatizadas como falsas identidades corporativas.

Por lo tanto, el grito de guerra ya no fue contra el patrón, sino contra el trabajador que está al lado. La lucha por ver quién produce más y en menor tiempo. La flexibilidad del proceso productivo, en especial en lo que tiene que ver con el trabajo, fue el antecedente directo de las agresiones al conjunto de conquistas sociales logradas en siglos de lucha.

Al desregular las relaciones de trabajo, tanto en la ciudad como en el campo, el capitalismo aseguró el proceso de despojo. Los sindicatos y los partidos (en el caso de México) permitieron ese proceso bajo la falsa idea de que cooperando el golpe sería menos fuerte.

Por otro lado, el conflicto capital-trabajo se fue velando a partir de lo incorpóreo del capital. ¿Quién es ahora el patrón? ¿Dónde se ubica? Si en una mercancía se incorporan diversos trabajadores, de diferentes países ¿Contra quién se lucha? La trasnacionalización del capital ha permitido la pérdida de capacidad para identificar al enemigo directo.

Y, sin embargo, como nunca la confrontación de clase se manifiesta en toda su dimensión. No reducida como algunos lo hicieron hace años, entre los sindicatos y los patrones sino entre los trabajadores y el poder (cuando hablamos de trabajadores, hablamos de todos aquellos que venden su fuerza de trabajo al capital, sea en el campo o en la ciudad, sea manual o intelectual, sea en los servicios o en la industria).

Al transformarse el Estado de un aparente regulador entre los diversos sectores sociales y productivos y convertirse en un simple regulador de las inversiones y de los flujos de capital -lo cual le permite ser el garante de la tranquilidad social para lograr la rentabilidad de dichas inversiones-, entonces, los sectores sociales, en especial en América Latina, han sacado dos conclusiones que teniendo la misma fuente original, representa dos visones opuestas: por un lado, aquellos que apuestan a la llegada de la izquierda a los gobiernos como el camino para desmontar el modelo neoliberal y, por otro, aquellos que desde la sociedad y muchas veces contra los partidos utilizan su poder de veto para impedir el proceso de destrucción-arrasamiento-reorganización-reconstrucción de esta guerra global que significa el neoliberalismo.

En el segundo caso, y a ese nos referiremos, en muchos países, esos trabajadores identifican a sus Estados o sus parlamentos o sus partidos como la causa de sus males. Recientemente en Bolivia, en la Ciudad del Alto, se llevó a cabo una gran huelga vecinal. No la vieja huelga obrera restringida a la fábrica, sino una huelga social. Se bloquearon los caminos hacia la Paz, capital de Bolivia, se instauró una asamblea popular permanente y decidieron que el objetivo era cercar al presidente y al parlamento.

La vanguardia desapareció. La sociedad decidió tomar en sus manos la política, al margen de la clase política, sea de derecha o de izquierda y controlar su destino. El problema era doble: en contra de la privatización del agua y del remate de los hidrocarburos. Con esto se desmentía algo que escribió un querido amigo hace algún tiempo: “Una política sin partidos termina, en la mayoría de los casos, en una política sin política: ya sea en un seguidismo sin objetivos a la espontaneidad de los movimientos sociales, o en la peor forma de vanguardismo individualista elitista, o finalmente en una represión de lo político en favor de lo estético o de lo ético”. (Daniel Bensaid: “Lenin: Saltos. Saltos”).

La realidad es que los vacíos se llenan. Si los partidos han hecho mutis y ya no representan los intereses políticos de los trabajadores, éstos ocupan su lugar. La otra política, la que se hace desde la base de la sociedad, no requiere de la bendición de ninguna persona, existe por voluntad propia y existe en tanto el despojo ha sido generalizado. Y como respuesta a este despojo, la lucha por la reapropiación se inicia por recuperar el espacio público, para darle un contenido social y, perdón, pero es necesario recordarlo, la política es antes que nada la actuación en la cosa pública.

La vanguardia cedió su lugar a Nadie. A los trabajadores disfrazados de vecinos del Alto de Bolivia; a los piqueteros de Argentina que lanzaron su grito de guerra “Que se vayan todos” (que tanto molestó al cura que cada domingo lanza sus admoniciones a los movimientos sociales desde las páginas de La Jornada y que, desde luego, como Dios manda, nadie le hace caso); a las decenas de miles de campesinos que tienen miles de campamentos en Brasil; a los millones que salieron a las calles el 15 de febrero del 2004 contra la guerra; a los que se atrevieron a desafiar las reglas de la dominación y construyeron su autonomía en la selva y los altos de Chiapas.

Es verdad que el proceso es muy inicial pero es ya una realidad innegable. Exigir una mayor definición es un poco desmedido, en tanto representan el resultado de una nueva época. El camino es largo, pero en tanto Nadie (como nos recuerdan los compañeros del EZLN) no se rige por las máximas del olimpismo del capital: más alto, más fuerte, más rápido -es decir, más dinero, más fama, más poder-, sino por las de los que no aspiran a medallas de oro sino simplemente a cambiar al mundo: más bajo, más débil, más lento y de esa triada sacan su invencibilidad -paradojas de la vida-, entonces, el camino tiene muchos caminos y muchas veredas que muchas veces parecen contradictorias: una imprudente prudencia, una insensatez sensata, un pesimismo optimista y una lenta impaciencia.

Todo esto envuelto en una voluntad de lucha a prueba de todo. Si no queremos que la historia nos muerda la nuca, démonos la vuelta y mordámosle la nuca a la historia. ¿Es esta una posición ética? Indudablemente, pero es también y antes que nada una posición política.

Posición política que ha combinado, y sigue combinando, fases diversas. Muchos han señalado que la maestría en la política significa buscar dominar el tiempo y el espacio. Los zapatistas han mezclado diferentes momentos, cuya descripción podríamos simplificar caracterizándolos de la siguiente manera: ceder espacio para ganar tiempo, para de ahí pasar a ceder tiempo para ganar espacio; para luego ceder espacio y tiempo local, para ganar espacio y tiempo nacional.

Por la misma forma en que se expresa esta nueva forma del capital, la frontera entre lo social y lo político está siendo cada vez más imperceptible. Desde luego que los movimientos sociales se enfrentan a la indispensable necesidad de elaborar una alternativa política y lo hacen con las herramientas con las que cuentan, no con las que ya no existen. ¿Eso quiere decir que las organizaciones de izquierda ya no pueden ser útiles?

Decir eso es una tontería. De lo que sí estamos convencidos es que el escenario cambió y que la voluntad de luchar en contra del capital debe pasar por aceptar que la forma en que se está expresando la rebeldía no es igual a la de antes. Que lo fundamental de la lucha de clases no es la segunda parte del binomio sino la primera.

Y que es en la lucha donde se reorganizará el pensamiento y la práctica de izquierda. En ese sentido, no está por demás recordar la frase dicha hace muchos años por un viejo militante socialista francés, Jean Jaurés: “Hay que conservar del pasado no las cenizas, sino el fuego”. Parafraseándola, ahora diríamos: de la izquierda no nos interesan sus cenizas, sino su fuego. El fuego que le permitió luchar, el fuego de su militancia, el fuego de su intransigencia anticapitalista, el fuego de su convicción, el fuego de su voluntad.

Rebeldía