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Basta echar una mirada, así sea sólo a las anteriores elecciones parlamentarias celebradas en el año 2000, para enarbolar una defensa ante los intentos de deslegitimación. Pero hay que ir más lejos.

En primer lugar es necesario valorar la capacidad del aparato desestabilizador de los EEUU, y no imaginarlo incapaz o distraído. Es verdad que se le desmontó el plan de violencia que tenía montado, pero está allí, incólume, poderoso y al acecho.

Desde el momento en que se reunieron en la oficina oval el presidente Bush y la operadora en Venezuela Maria Corina Machado el plan se puso en marcha. A partir de allí todo ha sido cuidadosamente ejecutado. Ya lo advertíamos en trabajos anteriores. El objetivo no eran las elecciones parlamentarias.

El objetivo es la cabeza de Chávez. Tras ese objetivo ordenan el sacrificio de sus operadores políticos. Estos aceptaron el sacrificio porque cuentan con la promesa de una Venezuela sin Chávez, objeto de todos sus odios viscerales, sus angustias y desvelos. La presión ejercida por Súmate, Alberto Federico Ravell y Marcel Granier, entre otros, sobre estos partidos, -de lo que sobran pruebas- fue irresistible para ellos. Sencillamente optaron por lo que consideraron más seguro a costa de la patria, especie de eufemismo sin valor alguno para ellos.

La feroz campaña, inédita por lo salvaje, desatada contra el órgano electoral a lo largo del último año tuvo efectos demoledores sobre sectores importantes de la población que no se ubican dentro de lo que podríamos denominar “el chavismo duro”, ese sector de la población con un nivel de conciencia tal que lo hace inmune al veneno de la propaganda. Un sector cuantificado, según las encuestas más confiables, en un 30 a 35% de los electores chavistas. El otro universo chavista, el más vulnerable, cedió a la tentación abstencionista.

Sobre este sector del chavismo actuó, no sólo la inmensa campaña de propaganda contrarrevolucionaria, sino que se combinaron otros factores no menos destructivos. Un sector qué, presentándose como revolucionario, se mantuvo con un discurso descalificador del equipo de gobierno de Chávez, ya fuera señalando entreguismo, reformismo, autoritarismo, etc., como señalando, desde el chisme irresponsable, casos de corrupción hasta no dejar títere con cabeza. Una campaña constante que mostraba, -y mostrará, porque seguirán en la estrategia- a un Chávez aislado, desconectado de la realidad que ellos sí conocen, por supuesto por supuesto, llegando a mostrarlo, en muchos casos, lerdo, tonto, estulto y ciego.

La guinda; la joya de la corona, la puso una corrupción real y desbocada que siempre ha estado ahí en las entrañas del chavismo. Un sector enorme de aprovechadores, de ladrones y bandidos que siempre estuvieron en la pomada y sólo cambiaron de boina. Estos entregaron en bandeja de plata los argumentos al aparato de propaganda del imperio y a los francotiradores de oficio. Al final, con este sector, contra el burocratismo corrupto e inmoral se juega la revolución su existencia. Del imperio sólo puede esperarse un incansable y poderoso ataque sin desmayo. No requiere argumentos. El otro sector encuentra piedras para sus resorteras, munición para sus fusiles en la corrupción. Sus ataques exigen argumentos.

Hoy, más allá, mucho más allá de argumentaciones legalistas, la Revolución tiene que preguntarse: ¿Por qué no votaron los millones de beneficiarios de Barrio Adentro?, ¿Por qué no lo hicieron los millones de alfabetizados por la Misión Robinson, o los de las Misiones Ribas y Sucre?, ¿Por qué decidieron abstenerse los millones de beneficiarios de Mercal?, ¿Qué se hicieron los beneficiarios de las Misiones Vuelvan Caras, Miranda o Zamora?

Vamos hacia un año en el cual el ataque será aún más feroz. La única forma en que la revolución pueda salir indemne y airosa es enfrentar estos demonios. El primero: el de la corrupción y el burocratismo. La posición en la Asamblea Nacional tiene que traducirse en leyes que vayan, con dureza, al meollo del problema. Hay que extirpar cualquier signo de corrupción. Es relativamente sencillo con decisión política. La riqueza, como la tos, no puede ocultarse. Todo aquel que evidencie niveles de vida superiores a sus ingresos regulares tiene que demostrar su origen. El castigo tiene que ser ejemplar. Si se hace, se le estará quitando municiones al enemigo y sustentando el trabajo de formación de conciencia. Un trabajo tantas veces inútil y torpedeado por el mal ejemplo grotesco de estos ladrones.

De otro lado, la misma elección de ayer, nos muestra la invulnerabilidad de los sectores con alto nivel de conciencia revolucionaria. Sembrar conciencia tiene que ser tarea, no sólo de unos pocos que inorgánicamente, sin ayuda ni concierto, armados de amor y voluntarismo lo hagan, -como lo venimos haciendo-, sino una tarea masiva, organizada, seria. La conciencia revolucionaria vacunará contra el dardo emponzoñado de la contrarrevolución a nuestro pueblo. ¡Es ahora o nunca!