A menudo, con la fragilidad que surge de una criminal ignorancia, a veces adrede, se confunde poder con gobierno. El cuento del sistema democrático contribuye en no poco a esta falta de claridad porque se enmascara un comicio como la muestra feliz y sublime de la “expresión ciudadana”. Cuando el hombre común y corriente debe escoger lo hace entre ilustres desconocidos, no pocos payasos o conocidos demasiado viles y corruptos. Por tanto, la democracia no sólo no se renueva sino que vulgariza su contenido, lo empequeñece y torna cualquier cosa menos un ejercicio cívico de profilaxia social. Cualquiera llega al gobierno y ejemplos recientes y vigentes hay múltiples. El poder mayestático, insolente, fuerte, está allí, mandando por encima y con todas sus correas de transmisión.

Nuestros esquemas productivos no se deciden en Perú. Los planifican y seleccionan poderes foráneos. Si hay que suministrar gas, para que Chile y otros países del sur tengan su gigantesco gasoducto y produzca el país vecino austral energía eléctrica para venderla a Perú, entonces ¡ese es el rumbo! El poder y sus genízaros, empujan sibilinamente esta “conveniencia”. ¿No hemos visto a PPK, el ciudadano norteamericano, operador de las transnacionales, sosteniendo las bondades de estos esquemas?

¿Poder? ¿cuál poder?

Las más de las veces, los que llegan al gobierno tan sólo administran la hacienda para los poderes. Detrás de un sillón con mando aparente, hay otros que cotizan nuestra moneda, nos definen como riesgo país, nos colocan como despensas gasíferas, energéticas, acuíferas o minerales de sus logísticas unipolares y que están tomando las previsiones contra el inevitable dragón chino que despertó con furia multitudinaria y procurando que América Latina sea un patio trasero funcional y engrilletado a Estados Unidos a través de TLCs, tratos bilaterales, Planes Colombia, etc.

¿Poder? ¿cuál poder?

Los mandarines, cipayos siniestros más papistas que el Papa, serviles orgánicos que no dudan en vender a sus madres y pelear el precio centavo por centavo, son los peores enemigos del pueblo. Ellos, de todo signo y pelaje, justifican, intelectualizan y judicializan la sumisión moderna de nuestros pueblos. O fabrican contratos ley para no tributar honestamente. En nombre de supuestos respetos a los derechos humanos se nutren de fondos que sólo procuran mantener el status quo de pueblos dependientes, productores y exportadores primarios, destinados unidireccionalmente a proveer de mano de obra barata y profesionales de muy bajo precio, con un modelo servil e incuestionable porque el poder impone cánones y no admite discusión de ninguna especie.

Para este esclavismo moderno, los medios de comunicación acríticos y matrimoniados con la publicidad a secas, ostentan los más vergonzosos baldones de comportamiento público. Al no discernir, mantienen la oscuridad. Al autocensurarse modelan un paradigma aparentemente correcto pero que en la realidad funciona como candado informativo o guillotina para cualquier iniciativa libre e iconoclasta. Los medios elevan como sepultan, dicen medias verdades y confunden a millones que no tienen cómo saber de verdades que nunca conocerán porque pandillas enteras están pagadas para no emitirlas. Son parte del poder.

El gobierno es la administración. Cuando, peor aún, carece de una fuerte composición nacional y nacionalista, el régimen adolece de un cáncer terminal que acabará irremisiblemente con sus días hasta antes de haber culminado su teórico mandato, porque declinará cualquier protesta para sumarse al coro uniforme que dictan los poderes. Ganar las elecciones es un hecho que tan sólo constituye un escalón. Sin dejar de ser importante, no equivale a la toma del poder en el sentido clásico e integral pero en cualquier esquema político deviene esencial definir el poder y cómo capturarlo. En tiempos actuales, la soledad de los partidos y su falta de representación al interior de sus sociedades nacionales sólo produce esperpentos de los que hay muchos ejemplos lamentables. Gobiernos entreguistas, vasallos, eructos sociales en forma de peonaje vil, son facetas de su natural comportamiento institucional antipatriótico.

¿Poder? ¿cuál poder?

El poder es, entre muchos otros ejemplos, Barrick que se las ingenia para no pagar US$ 140 millones de dólares al Perú; poder es el Consorcio Camisea que ha cambiado el contrato con el Perú; poder es la tramposa añagaza perpetrada por Lima Airport Partners adueñándose por muy poco dinero del primer aeropuerto del Perú; poder es Café Britt de Costa Rica que en Lima y en San José de su país natal, trae baratijas chinas y las hace pasar por artesanía peruana o costarricense; poder es una televisión que consagra a mediocres venales como “referentes de opinión” aunque todos sepan que son insignificantes si no venden sus alquilables habilidades; poder es San Dionisio Romero Seminario, un corrupto por donde se le mire, pero cuya palabra decide, literalmente, la vida de sus lacayos y adláteres cómplices; poder es, en suma, todo aquello que sirve para prohijar, alentar, fabricar y solidificar un sistema corrupto en que no prevalecen la solidaridad, la persona humana, sus derechos o cualquier ley para los más sino para los cogollos insolentes y anticholos, es decir para los menos.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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