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Una medida anunciada y teóricamente respaldada como la nacionalización de los hidrocarburos bolivianos provocó una reacción estilo Alka-Zeltzer en la plana mayor sudamericana, particularmente en Argentina y Brasil.

El lance permitió probar la habilidad de Chávez para, actuando en una dirección no confrontacional, usar su capacidad de convocatoria, organizar una eficaz respuesta rápida y probar que si bien las diferencias existen, se resuelven mejor con diálogo y buena fe. Los presidentes hicieron lo que tenían que hacer: hablar.

En el encuentro a cuatro bandas, a puertas cerradas, sin asesores ni espectadores y, según dicen, sin taquígrafos, Evo Morales, Chávez, Lula y Kirchner obtuvieron lo máximo: un programa mínimo, contenido en los cinco puntos de la Declaración Final, dos de los cuales contienen el pollo del arroz con pollo: garantías para el suministro de gas y discusión de los problemas derivados en un marco de racionalidad y equidad, lenguaje cifrado para sugerir que están hablando de precios y de dinero.

El punto referido a los diálogos bilaterales dejó sentado que Brasil y Argentina estaban allí para velar por sus respectivos intereses y solucionar sus problemas concretos y no para representar a nadie más. Los europeos, las empresas transnacionales y otros países interesados, debían hacer lo que ellos hicieron: sentarse a la mesa boliviana.

Europa no perdió tiempo y por intermedio de Javier Solana, sutil y discreto cuando se refiere a las diferencias euro norteamericanas o intra europeas y tosco hasta lo brutal, cuando se trata de interlocutores pequeños, sin cuidar el lenguaje ni los modales, realizó las advertencias de rigor, propasándose en sus palabras y en el tono regañón con que reclamó las “seguridades jurídicas”, que no echó en falta cuando el petróleo, el gas y toda Bolivia fue despedazada por las privatizaciones, a precio de remate en las que empresas españolas obtuvieron la parte del león.

Chávez aprovechó el marco y la ocasión para relanzar su proyecto de megagasoducto, sumar a Bolivia y reforzar el discurso de integración energética, eje de su política latinoamericana. La mención a la necesidad de reforzar el MERCOSUR, parece un llamado para curarse en salud e impedir que se repita el desastre de la Comunidad Andina que pudiera no sobrevivir a la aprobación de nuevos tratados de libre comercio con Estados Unidos.

Tal vez en el estado de ánimo de los presidentes de Brasil y Argentina influyó una cierta decepción, al ser compartimentados por un socio recién llegado. Para otros, Chávez incluido, Morales debe haber lucido inmenso, no sólo por cumplir lo prometido y aprovechar las ventajas de ser el que manda, sino por el estilo guerrillero.

Evo se dejó anunciar para los actos del primero de mayo en la Paz y, sin avisar a nadie, se marchó a Tarija, a unos setecientos kilómetros para implantar el decretazo que dio al estado boliviano el ’control absoluto’ de todos los hidrocarburos. Los que esperaban una oportunidad para mediatizar debates congresionales, movilizar abogados de a 1.500 dólares la hora o traficar con influencias, se quedaron con las ganas.

Capitulo aparte fue la reacción de Petrobras, al viejo estilo de Esso Standard Oil o la Gulf, hablando como si fuera Brasil, con un lenguaje que si bien Lula no llegó a desautorizar, al menos moderó.

Lo increíble es que Petrobras, Repsol y Solana no hayan entendido nada y coincidan en reclamar que Bolivia cumpla los contratos actuales, cuando de lo que se trata es de suprimirlos. La nacionalización no es para cumplir los contratos vigentes, sino para dinamitarlos y obligar a renegociarlos, entre otras cosas, porque pagan la mitad de lo que vale el gas.

De todas maneras no hay que dejarse confundir por el entusiasmo del primer día. El apoyo a la nacionalización que es abrumadoramente mayoritario entre las masas, se matizará entre las gerencias y el personal técnico nativo, muchos de los cuales forman parte de una pseudo aristocracia obrera, más ligada a la patronal extranjera que al país.

Algunos mandos militares, elementos de la jerarquía eclesiástica, representantes del sector empresarial y de las clases medias y alta, medios de comunicación, figuras de la oligarquía e incluso liberales y pseudo izquierdistas, serán breves y autodescartables compañeros de viaje. Habrá que seguir sin ellos y a veces contra ello.