Red Voltaire
7 de Noviembre, 1917-2007. Las revoluciones no son derrotables porque el tiempo no es reversible.

90 aniversario de la Revolución Bolchevique

«La grandeza de la Revolución Bolchevique y lo profundo de su significado histórico no radica en lo que hizo, sino en lo que se propuso.

La Revolución Rusa de 1917, con sus virtudes y a pesar de su trágico final, fue el primer proyecto político pensado a escala de toda la humanidad y formulado no sobre la base de las necesidades de un país, sino a partir de la creencia de que se trataba de una demanda de la época.

Marx no percibió la revolución proletaria como fruto del voluntarismo de líderes u organizaciones, ni como resultado de contingencias políticas locales o como un evento nacional.»...

| Quito (Ecuador)
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I

“REVOLUCIÓN ES SENTIDO DEL MOMENTO HISTÓRICO”

De modo análogo a como ocurre en la naturaleza, en el desarrollo social predomina la evolución por medio de la cual se realiza una permanente e ininterrumpida acumulación de cambios cuantitativos y cualitativos que imperceptiblemente, sin que nadie lo auspicie, dan lugar al advenimiento de lo nuevo y de lo progresivo.

En su magnifica combinación de evolución orgánica y progreso cultural, ciencia y espiritualidad, materia y conciencia, la historia humana reafirma la vigencia de tales procesos.

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Para su normal desenvolvimiento, los procesos evolutivos requieren de condiciones ideales y de ambientes que permitan actuar a las leyes del desarrollo. En esas circunstancias predomina la llamada «la paz social», etapas en las que, como ocurre en los países desarrollados, las elites dominantes, aunque no pueden evitarlas, logran administrar las contradicciones de clases y las crisis para alejar, incluso excluir las explosiones sociales y la ruptura del orden vigente.

Con todo y su magnificencia, las revoluciones sociales son sucesos extraordinarios, por cierto, sumamente escasos.

Nunca hubo una revolución social en la esclavitud, jamás se desató una en África y en el Nuevo Mundo sólo Estados Unidos, México, Cuba y más recientemente Venezuela transitaron esos caminos.

Las revoluciones son grandes conmociones sociales, capaces de cambiar el perfil de una época, acelerar los ritmos del desarrollo de grandes regiones, incluso de todo la humanidad, modificar la secuencia de los procesos históricos y acelerar el progreso.

Auque hunden sus raíces en las contradicciones y necesidades económicas, las revoluciones son hechos políticos, jalones mediante los cuales las clases emergentes desplazan a los representantes del viejo orden, destruyen las estructuras que sostenían su poder e imponen las suyas.

Las revoluciones sociales son hechos positivos orientados en la dirección del progreso y, aunque son celebradas por sus protagonistas, suelen ser traumáticas y violentas, no tanto por ellas mismas como por la enconada resistencia que han de vencer.

La crueldad, las venganzas, los ajustes de cuentas y el terrorismo caracterizan mejor a la contrarrevolución que a la revolución.

Por la grandeza de sus metas y propuestas, las revoluciones se abren paso con dificultad, no sólo por lo arduo que resulta destruir el viejo orden, sino por lo complejo de construir uno nuevo.

Nada es más importante para la revolución que honrar sus compromisos y satisfacer las expectativas creadas por ella misma que, cuando no son resueltas, se levantan como adversarios formidables.

Con aquellas revoluciones que como la norteamericana y la francesa lograron llevar al poder a una nueva clase y concretar sus programas básicos, la historia se ha mostrado indulgente, sin echarle en cara que sus objetivos esenciales y sus tareas más universales no hayan sido todavía resueltas.

Nadie desmiente a la Revolución de las 13 Colonias de Norteamérica por no haber cumplido lo preceptuado en la Declaración de Independencia y todavía se suspira por las promesas de: Igualdad, Libertad, Fraternidad de la Revolución Francesa.

El lento y zigzagueante avance de las grandes revoluciones, lejos de significar su fracaso ilustra acerca de la complejidad y trascendencia de sus tareas. La revolución norteamericana no liberó a los esclavos, no impidió el genocidio de los pueblos originarios ni emancipó a la mujer y, en cambio dio lugar al nacimiento de un imperio, rasgos negativos que no anulan su significado.

Lo que convirtió a la independencia norteamericana en una revolución e hizo de ella un paradigma, no fueron sus carencias sino la determinación y coherencia con que la vanguardia integrada por Jefferson, Adams, Hamilton, Washington y otros, iniciaron la lucha por la independencia en el Nuevo Mundo, fueron los primeros en deshacer el dominio colonial, creando además la primera república regida por leyes, con una Constitución y por una Declaración de Derechos.

La Revolución Bolchevique no fue igualmente afortunada, no porque fuera peor, sino porque desde el hondón del primitivo imperio de los zares, retó al capitalismo y se propuso tareas para la cuales probablemente la humanidad no estaba todavía lista.

Tal vez fue adecuada pero prematura.

Quizás el socialismo no es cosa del pasado sino del porvenir.

II

EL PRIMER PROYECTO POLÍTICO PENSADO A ESCALA DE LA HUMANIDAD

Los revolucionarios norteamericanos de 1776, los franceses de 1789 y los rusos de 1917 tuvieron en común enarbolar consignas de un alcance que trascendía los contextos locales respectivos. La diferencia es que los primeros no lo sabían, mientras los bolcheviques lo hicieron conscientemente, con arreglo a una teoría y sobre la base de un programa.

Aunque los preceptos de la filosofía liberal, referentes teóricos de las primeras revoluciones, fueron resultado de reflexiones de calado universal, las vanguardias políticas de Norteamérica y Francia, no actuaron sensibilizadas por las condiciones de existencia del género humano, ni siquiera por las de sus respectivas sociedades.

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Ello sin embargo no restó universalidad a su rol histórico por el hecho de que, "al liberarse de las ataduras feudales, la burguesía libera al resto de la sociedad.”

Con el surgimiento del marxismo que descubrió regularidades y leyes capaces de explicar el devenir históricos, la sociología adoptó una metodología más rigurosa, asumió los métodos de las ciencias y, al elevar su cientificidad, se crearon condiciones que auspiciaron un pensamiento político avanzado, capaz de elaborar programas a futuro con la convicción y la certeza que aporta el conocimiento.

Aquellas fueron las premisas teóricas que permitieron a los hombres dejar de ser instrumentos de fuerzas desconocidas y convertirse en artífices de su propio destino.

Desde entonces el pensamiento avanzado formuló metas y creó proyectos a partir de pautas situadas fuera de la realidad. El que más lejos llegó fue el socialismo que se planteó la posibilidad de construir una nueva sociedad.

Tales desarrollos teóricos no podían surgir como derivados de la actividad de una clase social, sino que fueron resultados de la actividad teórica de la vanguardia política que produjo una nueva ideología y la inyectó a la que espontáneamente generaba la clase obrera, hecho que planteó la necesidad de una organización política diferente: el partido de nuevo tipo que Lenin trató de construir.

La grandeza de la Revolución Bolchevique y lo profundo de su significado histórico no radica en lo que hizo, sino en lo que se propuso.

La Revolución Rusa de 1917, con sus virtudes y a pesar de su trágico final, fue el primer proyecto político pensado a escala de toda la humanidad y formulado no sobre la base de las necesidades de un país, sino a partir de la creencia de que se trataba de una demanda de la época.

Marx no percibió la revolución proletaria como fruto del voluntarismo de líderes u organizaciones, ni como resultado de contingencias políticas locales o como un evento nacional.

Para él, el socialismo era una categoría histórica, una nueva formación social que, llegado el momento, por efecto de realidades objetivas y de leyes históricas, como por gravedad, sustituiría al capitalismo ocupando el espacio de toda una época.

En sentido estricto, para Marx, la revolución y el socialismo no fueron nunca utopías, sino pronósticos, frutos de desapasionadas reflexiones científicas.

El mérito de los bolcheviques, encabezados por Lenin y Trotski fue haber intentado fusionar aquella teoría revolucionaria con la energía y las demandas de la clase obrera en Rusia, el único espacio en que les era posible hacerlo y que los obligó a intentar el milagro de machihembrar las ideas políticas y sociales más avanzadas, con el primitivismo político, el atraso económico, social, tecnológico y cultural, la ruina de la industria, la agricultura, el comercio y el aislamiento ruso acentuados por la guerra mundial.

En la excepcional coyuntura histórica creada por el derrumbe del zarismo y el desastre humano y socio económico provocado por la Primera Guerra Mundial, Lenin levantó las banderas de la revolución, asumiendo a Rusia como el comienzo de la revolución mundial.

Los esfuerzos para que las empobrecidas e incultas masas de un imperio medieval asimilaran las ideas y consignas del pensamiento político más avanzado y el intento de injertar las relaciones de producción socialistas en una sociedad medieval, definen a Lenin como el líder político que ante una fugaz oportunidad, no vaciló en intentar tomar el cielo por asalto.

Aunque no logró totalmente sus objetivos y la Unión Soviética no resistió la prueba del tiempo, la Revolución Bolchevique que ahora cumple noventa años, no es un fracaso sino un precedente.

III

EL CAPITALISMO PUEDE SER TRASCENDIDO

La Revolución Bolchevique es historia, no porque haya muerto sino porque ha sobrevivido. Una revolución como aquella puede ser combatida, olvidada, traicionada y silenciada y, aunque tanta evidencia parece abrumadora, no es suficiente para derrotarla.

Las revoluciones no son derrotables porque el tiempo no es reversible y porque los datos de la realidad al grabarse en la historia se vuelven hitos y paradigmas.

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La trascendencia de la Revolución Bolchevique radica en haber sentado el precedente de que el capitalismo puede ser trascendido.

Por primera vez, una clase emergente no acaudalada impuso su voluntad. Los esclavos y los siervos nunca pudieron, los proletarios si.

Desde el primer día, 7 de Noviembre de 1917, los bolcheviques fueron combatidos con todas las armas y recursos de la reacción mundial, no porque occidente sintiera conmiseración por la suerte del pueblo ruso, sino por un viejo adagio: “Cuando veas las barbas de tu vecino arder…”

El triunfo de la Revolución Socialista de Octubre en el antiguo imperio de los zares de Rusia fue un aviso del enorme poder de la clase obrera, de la capacidad de convocatoria del socialismo, del hallazgo organizacional que significó el partido de nuevo tipo y la certeza de que, a pesar de todo, el capitalismo podía ser superado.

En aquel minuto histórico, no se trataba ya de las elaboraciones teóricas de Carlos Marx, difundidas entre los círculos intelectuales de los socialistas europeos sino que, al empalmar con la clase obrera, aquellas ideas adquirían una inusitada fuerza material.

En octubre de 1917 el fantasma del comunismo de que habló Carlos Marx, se transmutó en realidad y el escepticismo se graduó de esperanza. Desde entonces fue más temido y más combatido.

En febrero de 1917 en Rusia tuvo lugar la más tardía de las revoluciones burguesas europeas y ocho meses después la primogénita entre las revoluciones socialistas.

La guerra desatada por la contrarrevolución y la agresión extranjera provocaron la extrema radicalización de un proceso obligado a cruzar sucesivas líneas de no retorno.

En el horizonte aparecieron nuevos problemas cuando, la enfermedad y la muerte de su conductor, Vladimir Ilich Lenin, permitió que la división se introdujera en las filas de la revolución y se expresara en la pugna de Stalin y Trotski por el poder que, a la postre, resultó letal.

En aquella pugna prevaleció Stalin, no porque fuera el más idóneo sino porque abusó del poder de que la revolución lo invistió. Debilitado por las purgas que lo privaron de militantes ejemplares, deformado por las prácticas burocráticas, paralizado por la manipulación de los órganos dirigentes y por el miedo a las acusaciones falsas y los procesos judiciales amañados, el partido fundado y educado por Lenin no pudo reaccionar.

Paradójicamente, cuando sobre la Unión Soviética se dejó caer el huracán de fuego de la invasión nazi, el país, el pueblo y el Partido depusieron sus conflictos y acatando el liderazgo de Stalin, protagonizaron la más colosal e insuperable batalla por la supervivencia nacional y el socialismo.

En aquella coyuntura, ante tareas de envergadura histórica que no lo absuelven, el carácter enérgico y la vocación autoritaria de Stalin, actuaron como elementos

En 1953 murió Stalin y a la necesidad de la sucesión se unió la urgencia de la rectificación.

En tan difícil coyuntura el partido leninista pareció renacer y con impar valentía, en su XX Congreso, emprendió la más profunda y ejemplar autocrítica que recuerdan los anales del movimiento revolucionario de todos los tiempos; no obstante las esperanzas no se confirmaron.

El inmovilismo y el dogmatismo prevalecieron.

A los problemas internos, en cada momento se sumaron la Guerra de Corea y la Guerra Fría, el conflicto con China e incluso los errores cometidos por los líderes y los partidos gobernantes en Europa Oriental, así como la guerra sucia y la propaganda anticomunista, las agresiones y las conspiraciones, los sabotajes y los bloqueos que terminaron por dar al traste con la primera experiencia socialista.

Los científicos sociales saben que las leyes del desarrollo social, validas para la comprensión de formaciones sociales completas y grandes períodos de tiempo, suelen ser ineficaces para entender anécdotas concretas.

Derrotada y silenciada, con sus lideres demonizados y sus espacios ocupados, la Revolución Bolchevique, primera experiencia socialista, permanece en la historia, como un legado a cuyas enseñanzas, positivas y negativas, acudirán los luchadores sociales de todas las épocas.

Jorge Gómez Barata

Jorge Gómez Barata Profesor, investigador y periodista cubano, autor de numerosos estudios sobre EEUU.

 
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