El diario Pagina/12 me pidió una nota para un suplemento que se llamaría “Los que no fueron tapa”, es decir todos aquellos humildes seres que mostraron su garra humana en la Historia pero nunca encontraron lugar para ser mencionados en la primera página de los diarios. Escribí de inmediato sobre Juan Ocampo, el marinero de 18 años que fue muerto por la policía del general Julio Argentino Roca, por pedir las ocho horas de trabajo, en la manifestación del 1 de mayo de 1904. Fue el primer mártir del Día de los Trabajadores de nuestra historia. Ese marinero tendría que haber pasado a la galería de héroes de nuestra sociedad. Pero nunca se lo mencionó ni se lo recordó. Ese mismo día en que escribí la nota -el domingo 21 de mayo de este año- el diario La Nación publicaba a toda página, en la tapa el título: “Los argentinos que pelearon en Irak. Uno de ellos recibió las más altas condecoraciones en Estados Unidos. Historia de compatriotas en el frente de batalla”.

Esos sí, claro, en primera página. Los mercenarios. Los héroes de la solidaridad, nada. Los que se pusieron un uniforme extraño -el del país imperialista por excelencia- esos sí, son merecedores de figurar en primera.

Cuánta impudicia. Si alguna vez San Martín se hubiera enterado que argentinos se ponen el uniforme del Imperio, se habría preguntado: ¿cómo es posible? ¿Cobrar para matar en nombre de los tiranos? Y es muy posible que se hubiera caído de su caballo, de puro dolor.

En vez de, como el marinero Juan Ocampo, luchar por su pueblo, luchan esos mercenarios por los patrones de todo. El periodista de La Nación escribe con orgullo que el argentino Walter Gaya recibió la condecoración de “Dos corazones púrpuras”, una recomendación del Ejército yanqui y una medalla de bronce por su “valor en combate”. El mercenario se destaca para que sus jefes lo tengan en cuenta. A los asesinos de los mártires de Chicago, a los que ejecutaron a Sacco y Vanzetti, a los culpables de la muerte de los maravillosos Zapata y Sandino, a los que fusilaron al más dignos de todos, el Che, a los bombardeadores de ciudades llenas de niños, a los que no permiten que las repúblicas latinoamericanas siembren la semilla de la Libertad y la Dignidad, 91 argentinos se venden en dólares para vestir el uniforme del deshonor. En sus declaraciones el argentino mercenario Walter Gaya se hace el gracioso, recurre por supuesto a Maradona. Maradona vale para todo. Dice que cuando allanaba casa de iraquíes les nombraba a Maradona y ya los invadidos mostraban buena cara y se rendían. La palabra mágica. Maradona, Maradona, y los rebeldes se rendían. La pavada. En primera página de La Nación de Mariano Grondona.

Al preguntársele a estos mercenarios del Río de la Plata por qué hacían ese oficio, respondieron: “por amor o agradecimiento al país que nos cobijó”. La verdad es que lo hicieron por los dólares. ¿Amor a un país que manda su ejército a la frontera con México para impedir la entrada de latinoamericanos? Si es así, cómo se ha depreciado la palabra amor. Ahora se la utiliza para justificar los balazos de sus ametralladoras contra la población civil. Además, dice el mercenario Gaya que les hacía el desayuno a sus colegas yankys sirviéndoles mate cocido y alfajorcitos de dulce de leche enviados por su vieja. Parece un tango. Todo ese folklore lo reproduce el periodista de La Nación. Pertenece a la “ternura” de la humillación a la dignidad.

Pero viene más; se llega a la negación absoluta de la vida: una mujer argentina en uniforme de los Marines. En vez de traer vida, como mujer, lleva el uniforme de la muerte. Busca una excusa y dice que “es mi manera de expresarle a Estados Unidos mi gratitud por todo lo que me ayudó.” La ignorancia: no la ayudó, la usó. La incluyó porque la necesitaba, sino la hubiera tirado del otro lado de la frontera. Y Marina Romano, orgullosa en su uniforme de verdugo, cuenta los dólares que le han puesto en el bolsillo para que se vista de agente uniformado de los grandes consorcios.

La Nación también dedica, en la segunda página, su titulo, a los mercenarios argentinos: “Hablan los argentinos que lucharon en Irak”.

Qué pueden decir. Huir de la realidad. Buscar pretextos. En sí cumplen el mismo papel que los gendarmes, los carceleros, los policías y los militares que hicieron la represión de la desaparición de personas en la Argentina. Servirá para que sus hijos y nietos se avergüencen para siempre de que sus padres y abuelos mataron a los mejores. Los que marcharon como mercenarios a Irak y los que sirvieron a la dictadura de la desaparición de personas son iguales a los que mataron al mejor de todos, el Che. Hoy, la figura del Che se levanta indiscutiblemente sobre todos los horizontes latinoamericanos. Cuentan las crónicas que su asesino, el que le disparó el último tiro, lo recogen todas las noches borracho en las calles. Es que disparó a la Historia. La hizo retroceder. Desde aquel tiro hay más niños con hambre en Latinoamérica, más gente sin trabajo, más droga de la vergüenza, más Puertos Maderos y cartoneros revolviendo la basura. Los latinos en Estados Unidos salieron a la calle el 1 de mayo en una demostración histórica y llamaron a declarar el boicot a los productos norteamericanos en todo el mundo. Y al mismo tiempo, jóvenes argentinos se enrolan para ayudar a la expansión de la injusticia capitalista. Hacen lo mismo que todos aquellos que integraron las huestes de Roca contra los pueblos originarios para robarles las tierras. Al final, los Martínez de Hoz y los Pereyra Iraola y los Luro y Anchorena -y por supuesto el gran inmoral Roca- se quedaron con toda la tierra y con el poder. Y el soldado que les sirvió, se quedará con nada, como lo dice el Martín Fierro:

Ah, ¡hijos de una...! la codicia ojalá les ruempa el saco; ni un pedazo de tabaco le dan al pobre soldao u lo tienen de delgao más ligero que guanaco...

Yo he visto en esa milonga muchos jefes con estancias, y piones en abundancia, y majadas y rodeos; he visto negocios feos a pesar de mi inorancia...

Sí, así paga el diablo. Argentinos que visten el uniforme del Imperio y cobran en dólares. Y argentinos que dieron su vida por un país sin pobrezas. Pero ya en nuestros colegios y universidades figuran en sus paredes, en bronce, los nombres de los desaparecidos. Como un ejemplo. Alfonsín, con el prólogo del “Nunca más” escrito por Sábato, quiso igualar a los mercenarios con los muertos por el ideal de la dignidad. No lo logró. Cada vez más los nombres de los jóvenes héroes caídos en sus ideales llenan las paredes y los actos de la memoria. Su ejemplo es el único porvenir que les queda a este país de las amplias pampas de las espigas de oro que en la actualidad no es capaz ni siquiera de alimentar a todos sus niños. Ni dar trabajo y dignidad a más de un millón de jóvenes. Lo dicen las estadísticas oficiales.

Recordemos aquello que nos dijeron nuestros jóvenes caídos: democracia es aquella donde no hay hambre y hay trabajo para todos. No a los mercenarios, sí a la lucha de los dignos.