El documental televisivo chileno llamado inapropiadamente “Epopeya” ha sido duramente criticado en su mismo país de origen. Ni es punto de partida hacia equilibrados juicios sobre la guerra de invasión de Chile al Perú en 1879 y tampoco se eleva a la altura de la rigurosidad de los hechos. Baste decir que ignora que el Huáscar, por orden de su comandante Miguel Grau, rescata –no ametralla ni ultima- a los sobrevivientes de la Esmeralda y pretende subrayar un apego inexistente de Chile a los tratados internacionales.

Por tanto ¿qué se trajeron entre manos los fautores de este bodrio publicitario? ¡Problema de sus creadores! Pero hay una pregunta, que debe ser la misma que se hacen muchos connacionales: ¿qué pretendió hacer la diplomacia peruana a través de su embajador político en Chile, Hugo Otero Lanzarotti, al oponerse a la difusión de este vídeo? Si procuró aquel señor impedir ofensas al Perú, no sólo no lo logró sino que hizo todo lo contrario: despertó un interés inusitado. Sabida maniobra en la mercadotecnia, en el marketing moderno, es la de exagerar bondades que no importa que no sean ciertas, lo que queda es un recuerdo más o menos impresionante del producto como en este caso.

Este ángulo deviene destacable porque, bien ha dicho antes el propio señor García Pérez, en política no hay casualidades. Entonces ¿a cuento de qué pretender –y encima con yerros sensibles- dar lecciones de historia? Obliterar el humanismo de Grau y, en cambio, hacer notar que la Covadonga sí ametralló a los naufragos de la Independencia, da un tinte poco constructivo del mensaje, pero también, hace inane y hasta prescindible la remembranza falseada de la historia, ministerio grave, examen de conciencia.

El afán de la pretendida “Epopeya” no nos concierne. Sí, en cambio, cuanto significa –o pareció hacerlo- la acción diplomática peruana. Nuevamente la pregunta: ¿con qué fines se hizo la presión de semanas atrás para impedir la emisión del vídeo chileno? El eternamente muerto canciller José García Belaunde parece no darse por enterado de las últimas y refrendadas acciones tradicionales del tándem Santiago-Quito y afirma que todo está en orden. No parece ser de esa opinión el mismo presidente ecuatoriano que ha olfateado bien que se extralimitó en días recientes y por eso habla con el jefe de Estado Alan García.

Además, no parece raro el sepulcral silencio de Torre Tagle en lo referido al tema pendiente de la delimitación marítima con Chile. Para algunos ignorantes en el gabinete esto ya constituye tema del pasado que hay que olvidar y borrar del menú cívico. ¡Claro la amnesia colectiva que los miedos de comunicación embuten a la población ayuda muy mucho a tratados de libre comercio que aquí se llaman de diferente manera para que los del Congreso no trabajen demasiado! ¡Pamplinas! ¿No haría el Establo una mejor labor, prescindiendo de temas tan subalternos como los actuales, analizando qué hacen los que están obligados a defender a la patria y no a hacer publicidad a producciones cinematográficas foráneas? Bien hacen las pocas voces, genuinas, en advertir sobre este asunto, a las que me sumo con fervor patriótico de siempre.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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