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¿Tienen horizonte nuestros políticos?

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Cuando Hitler, imitando a Napoleón, sin serlo, y violando el grotesco pacto nazi-bolchevique de 1939, invade a la Unión Soviética en 1941, se enfrenta al general Invierno. Stalin ordena la política de tierra arrasada y aquellos destruyeron cuanto les fue posible para que el enemigo no encontrara sino ruinas y resabios inútiles. El ex aliado nazi, enloquecido, probó el fracaso. ¿Cuándo aquí se destruye el balizaje del Aeropuerto de Juliaca u ocurren las profundamente condenables muertes de hombres o mujeres humildes en las protestas, qué se gana y cuánto se pierde o se forja en resentimientos? ¿tienen horizontes nuestros políticos o se estancaron (todo lo hace sospechar en 30 años atrás) en el dogmatismo más improductivo y embrutecedor?

Ni la pulverización de patrimonio del Estado que conforman todos los peruanos o esas muertes, abonan un terreno para la edificación. Y, lo que es peor, tampoco impiden procesos de concesión u obsequio de patrimonio nacional concertado a muy altos niveles y en interés de pandillas que contratan periodistas, publicistas, tecnócratas, diplomáticos, para que se encarguen del maquillaje y el endiosamiento de lo bueno que significa regalar el país de a poquitos.

Otro ejemplo en el cual no interesan ¡para nada! los vectores pioneros que siempre son episódicos: se responsabiliza al juez chileno del clamoroso fracaso del proceso de extradición. Pero el concierto unificado de las versiones que se escuchan en televisión o leen en diarios impresos, genera sospechas más que urticantes. ¿No era que a Kenya Fujimori se le iba a traer ya mismo? Medir el tema judicial en Chile con ojos peruanos, deviene en una grosería más que inexacta o imprecisa. Pero, a ninguno de nuestros políticos, se le ocurrió hacer una rigurosa exégesis del tema geopolítico, el papel de nipón cobarde en los últimos años de su dictadura, la obsequiosidad de su régimen, la traición de 1999 en Arica, para comprender cómo Chile sí paga factura a sus gonfaloneros y amigotes. He allí un tema de Estado que, por rara coincidencia, tampoco “ven” los que están en la cosa pública.

Si la turbamulta, confusa, sin mayor dirección y desconcierto que se llama a sí misma oposición, destruye, cuando les toque entrar al gobierno (cumplido el requisito fundamental de ganar elecciones) ¿qué va a encontrar? ¿campos abonados en bonanza o tierra arrasada? Entonces, ¿cuánto de estúpido hay en destruir lo que no se podrá reconstruir en cortos periodos gubernamentales? Una oprobiosa miopía cerebral cuanto que ideológica impera en los jovencitos de casi 60 años que aún siguen siendo, así se lo creen ellos mismos, influyentes de la política nacional.

No es menor el desconcierto y la diáspora en el partido oficialista. La vanidad infinita e inalcanzable de algunos de sus líderes es suicida. Nunca cumplen sus compromisos, jamás devuelven llamadas, se hacen los no encontrables, se refocilan en la engañosa ilusión de un comicio ganado, luego de perder en casi todo el país y haberse enajenado a masas que les siguieron por décadas. ¿Entenderán los apristas genuinos, no los ocasionales fanáticos rentados, que están entrando en una disolución irreversible y anti-histórica?

Si la aspiración política es la de suceder en las riendas del gobierno a quienes están hoy ¿cómo hacerlo en términos de perspectiva geopolítica, en defensa de nuestra soberanía y con la garantía de involucrar al pueblo peruano, eterno convidado de piedra siempre muy presente en los discursos y nada más, en la vorágine de la forja de una nación? Quien siembra vientos, cosecha tempestades. Preferiría pensar que no hay estúpidos de calibre que acaso imaginen que hay que destruir todo para comenzar desde el cero más insignificante, pero la realidad demuestra que el extremismo no deja lecciones. ¿Qué fueron los años del violentismo terrorista? ¿o ya se olvidó semejante genocidio?

No poca responsabilidad alcanza a la prensa. Cuasi enfeudada a la publicidad, sólo denota lo que es rentable para los inversiones que defienden. El acriticismo sobre los grandes temas esenciales del drama nacional, es notorio e incontestable. Abundan los profetas y agoreros que tienen soluciones que son como los conejos que saca el mago de su sombrerito y ¡casi nunca aciertan! Entonces, todos se unen para echarle la culpa a otro, verbi gracia, en días recientes, al juez chileno Alvarez. Hasta el impresentable procurador de Fujimori, José Ugaz, fabricado por dólares y en la audacia de aupamientos descarados, ahora da su criterio que consignan medios “amistosos”. A propósito de prensa ¿será cierto que un conjunto de periodistas viajó al exterior como parte de una avanzada maquilladora de empresas foráneas y la explotación de recursos nacionales? ¿cuántos también han excursionado por cuenta del Departamento de Estado que en Washington los tiene en su nómina de paniaguados serviles y que ahora están en radios, televisoras y periódicos?

Es un momento de imaginación perenne. Hay castas políticas completas canceladas en la evidencia de sus actuaciones, pasadas y presentes. Sin visión de futuro, caminamos, como de costumbre, al precipicio. ¿Merecen tal destino las nuevas generaciones peruanas? Afirmo, con mucha modestia, que no. Que hay que seguir combatiendo y buscando nuevos caminos. Esa es la tarea.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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Herbert Mujica Rojas

Herbert Mujica Rojas Autor de la columna Señal de Alerta y responsable de Páginas Libres, periodista peruano, analista político y ensayista en temas geopolíticos, ambientales, seguridad documentaria y otros vibrantes acápites de su país y Latinoamérica. Escribió en el 2007 el libro ¡Estafa al Perú! ¡Cómo robarse aeropuertos y vivir sin problemas!
Es posible conectar con él al teléfono (+51) 9-9918-0913.

 

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