En un país latinoamericano de cuya centralidad geopolítica quisieran dar cuenta varios a su alrededor, hay una clase especial de idiotas que cree que la defensa nacional se cacarea sotto voce y se da “noticias”, sobre todo apuntando al sur, qué aviones viejos vamos refaccionando, que creamos comités de supervisión para que unos burócratas vividores del dinero del Estado se llenen la boca de naderías y nos digan que con su cháchara, núcleo básico eficaz y demás –como dicen en Colombia- pajas, vamos a recuperar la capacidad disuasiva y efectiva del armamento nacional. ¿Hasta dónde tanta indiferencia en los medios? ¿está de vacaciones la prudencia indispensable? En ese ministerio en que pululan rábanos caviares y especialistas por correspondencia en defensa, no hay el más mínimo atisbo inteligente. ¿O sí lo hay con alforjas robustas por trabajos “especiales”?

Cuando, en nombre de la “transparencia” se revela lo que la república emprende en cuanto a defensa, incurrimos en el yerro monumental de ser cándidos. O simplemente idiotas. Hasta un comité de supervisión de las contrataciones se ha formado. Esto que parece la anécdota de un país centroamericano que tenía un letrero gigantesco que decía POLICIA SECRETA en su capital y que delataba bobabamente a su principal institución de soplonaje, es la realidad aquí ambiente que a nadie parece inquietar.

¿Por causa de qué temas como la defensa de nuestros límites y los tratados que así lo consagran, la importancia geopolítica de nuestros puertos y carreteras, la de nuestros cielos abiertos, regalados también –e inclusive consagrado en acuerdo de complementación económica-, parecieran no soliviantar las fibras más íntimas de un periodismo que necesita ser constructivo, inteligente, profundamente crítico e investigador? La mayoría de textos son apología pro domo sua porque sus autores son parte del entorno regalón del Perú y militan en la fabricación de millones de lemas, onanismo palabrero, o por la simple razón que su trabajo de zapa, se disimula bien en medio de una estulticia colectiva de la que el país no puede sacudirse, hasta hoy, de ninguna manera.

¿Qué garantía da, por ejemplo, un traidorzuelo en Defensa, premiado por el país que en 1999 imponía al Perú, sus preferencias y bitácoras en desmedro del nuestro, y por sus méritos de espía? Sólo uno: que aquellos no necesitan de mayor trabajo porque tienen al gato de despensero y gracias a la profundísima versación compadrera de un diplomático que escuchó la palabra defensa, por primera vez, hace menos de un año.

Los más elementales tratados de defensa, aquí o en la Cochinchina, presumen que este acápite tiene un componente esencial de seguridad en su accionar estratégico y táctico. Por tanto los lenguaraces son los primeros que impedidos de meter las pezuñas ignaras donde no tienen arte ni parte. Peor aún, si quienes están ya infiltrados, tienen antecedentes reprobables de evidente traición al país. Recuérdese, tan solo, cómo uno de ellos firmó un documento por el cual concedía la re-escritura de la historia de la guerra de invasión de Chile contra Perú en 1879. Quien no tiene raíces profundas, rubrica cualquier insensatez.

¿Es título suficiente seguir cursos por correspondencia en defensa, para llamarse expertos estrategas o especialistas en la materia o ser asistente a “seminarios” episódicos? Todo indica que no. Y las pruebas de cómo actúan quienes tienen en su “haber” estos méritos, se ven diariamente cuando, en lugar de trabajar finas líneas de defensa, hacen de vocingleros expositores de qué hace el país evitando que otros gasten en sus servicios de espionaje. ¿O ya están empleando a nuevos Juanes Buendías encantados por Leonoras Latorre? Los torombolos y traidores infestan muchos sectores importantes. Y esto es suficiente motivo de alarma.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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