Red Voltaire

La obsesión de Simón Bolívar por Jaén y Maynas V

+

No pocas son las responsabilidades aún no aclaradas o individualizadas de las miopes castas políticas peruanas que ayer, como hoy, ignoraban asuntos fundamentales del drama nacional. Así surgieron conflictos desde la misma génesis fundacional de la república. En Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar, Tomo IV La guerra de límites contra el Perú, el embajador Félix C. Calderón revela por vez primera y con abundancia de detalles estos intríngulis escabrosos. Y hay que decirlo con voz bronca: aberrantes. Los artículos a continuación, a modo de resumen, sintetizan capítulos mantenidos en tinieblas durante decenios. (hmr)

La obsesión de Simón Bolívar por Jaén y Maynas V por Félix C. Calderón

En la medida que Bolívar había asumido a título personal “preparar, instruir (sic), y nombrar” la comisión de límites, tal como le adelantó a Vergara el 20 de setiembre, debemos suponer la febrilidad con que se abocó a ello, siendo los documentos que ha recogido felizmente Ricardo Aranda, ante el silencio insólito de Vicente Lecuna y Daniel O’Leary, entre otros, altamente demostrativos de la felonía que guiaba al sicofante de la libertad. Veamos el único fragmento de “las instrucciones a los comisionados (colombianos) para fijar la línea divisoria entre esta República y la del Perú” que ha llegado hasta nuestros días:

“Téngase presente que el Perú conviene en que el Marañón sea el límite natural que ha de fijarse: en ese caso no hay cuestión (sic). En lo que no hay acuerdo todavía es en que Colombia quiere que el río Huancabamba sea límite occidental, y el Perú pretende (sic) que lo sea el Chinchipe. No es posible convenir en esto porque se perdería una parte del territorio de Jaén que, sin disputa alguna, es colombiano (sic), y así lo confiesa el mismo Perú. Se puede ceder a esta República la gran porción de territorio de Jaén situado a la orilla derecha o meridional del Marañón, siempre que se convenga en cedernos los terrenos situados a la orilla derecha del Huancabamba (sic), y en tomar el río Quirós en lugar del Macará, único límite entre las dos Repúblicas entre Loja y Piura. En este caso la línea divisoria se fijará por el curso de este río Quiros hasta su origen, y desde éste se marcará una línea hasta el Huancabamba.”

Texto suficientemente explícito en cuanto a las ambiciones desmedidas de Bolívar de querer tener un ingreso efectivo por Ayabaca a los territorios que buscaba arrebatar de mala manera al Perú. Aflora, por tanto, la primera pregunta: ¿cuándo Bolívar decidió exigir temerariamente Huancabamba y Ayabaca? Si nos atenemos a los verbatim recogidos para la historia por Ricardo Aranda, entre el 16 y 18 de setiembre de 1829 el ambiente entre los negociadores en Guayaquil era sumamente amical. Tenemos en nuestra memoria aquellas palabras de Gual el 17 de setiembre, después de escuchar al ignaro Larrea: “cuán agradable le era por la exposición que acaba de oír, que ambos países se iban acercando ya al punto de conciliación.” Y a continuación Gual formuló la siguiente conclusión: “No entrará en una discusión prolija sobre esta materia por defecto de noticias topográficas; cree, sin embargo, que su Gobierno se prestará a dar instrucciones (sic) a los comisionados para que establezcan una línea divisoria, siguiendo desde Tumbes los límites conocidos de los antiguos Virreynatos de Santa Fé y Lima, hasta encontrar el río Chinchipe (sic), cuyas aguas y las del Marañón continuarán dividiendo ambas Repúblicas hasta los lineros del Brasil.”

Es decir, ni el 17 ni el 22 de setiembre se puso sobre el tapete el untimely pedido de Bolívar con relación a la provincia de Huancabamba y parte de Ayabaca (orilla izquierda del río Huancabamba). ¿En qué momento, entonces, lo decidió y cómo? ¿Presionado o mal asesorado por el general Flores que probablemente le remitió otra carta mucho más dramática? O ¿actuaba movido por esa pulsión autodestructiva de querer destruir todo lo que estaba por concluir? Son numerosos los casos en que Bolívar tomó la iniciativa para cambiar el curso de la historia que con tanto trabajo había urdido, precipitando hechos opuestos. El asesinato de Sucre fue, en parte, provocado por el comentario en voz alta del dictador, en plena crisis, de considerar a su lugarteniente como el más honesto de todos los generales y, por tanto, su heredero natural. Su construcción geopolítica fracasó por su miopía de creer que se contrapesaba el hecho de tener la capital en Bogotá con jefes de gobierno venezolanos. Es como si en vez de los founding fathers, en Estados Unidos los presidentes hubiesen salido de Filadelfia a cambio de dejar la capital en Nueva York. ¡Qué disparate! Soñaba con imponer la constitución vitalicia y fue él quien le inseminó el bicho que acabó con ella, pues la cesión territorial hasta Sama que le exigía al Perú trajo abajo el precario castillo de naipes. Y en setiembre de 1829, sin ser exhaustivos, le había arrancado, en principio, a las indolentes autoridades peruanas toda la margen izquierda del Marañón-Amazonas, y solo por una minucia él mismo nuevamente desbarataba lo obtenido.

Si recordamos la carta del general Mosquera de 26 de octubre de 1829, podemos deducir que hasta esa fecha el dictador no había cambiado todavía de parecer. Por eso, tentativamente puede concluirse que fue en la carta que le remitió desde Ibarra a su enviado en Lima el 1 de noviembre (carta que no aparece recogida en ninguna colección), que le impartió nuevas instrucciones. Lo cual implica que el cambio en su mente tuvo lugar en octubre de 1829, tal vez en la segunda quincena. Por eso Mosquera le dijo en forma críptica en su carta de respuesta de 8 de diciembre: “y conforme a lo que V. E. me previene, procederé en asunto a límites.” Imaginamos que su master acababa de prevenir a Mosquera de algo nuevo (su nueva toute petite ambición), y a éste solo le quedaba acatar.

Al día siguiente de haber remitido esa misteriosa carta a Mosquera desde Ibarra, el 2 de noviembre, el caraqueño se apresuró a responder la carta que le cursara Gutiérrez de la Fuente el 16 de octubre, sin regatearle elogios, como era su costumbre:

“(...). Con razón llamaremos siempre el día más venturoso de nuestra vida aquél en que hemos sellado la paz de dos pueblos hermanos, ella debe ser, y será, inalterable por todos los siglos (...). El Perú, por medio de Ud. ha satisfecho la deuda de mi honor (sic).” (Vicente Lecuna: Op. cit.- Tomo IX).

Encendidos elogios a su discípulo que fueron ampliados en otra carta de 10 de noviembre, sepultando ex profeso a Gutiérrez de la Fuente en el desván de la ignominia, junto con Gamarra, Larrea y otros:

“He recibido con sumo gozo la ratificación de los tratados y la apreciable carta de Ud. Hemos vencido nuestros enemigos por una victoria de flores (sic) . Hasta ellos quedarán satisfechos con nuestra paz; pero la gloria será para Ud., porque Ud. es el que ha sabido manejar hasta el cabo este negocio con una nobleza y una franqueza digna de los tiempos heroicos, cuando la virtud se mostraba con la sencillez de la naturaleza misma.” (Ibid.).

El 1 de diciembre fue recibido oficialmente en Lima el general de brigada Tomás Cipriano de Mosquera como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la Colombia bolivariana. El astuto caudillo quería sobre caliente consumar la amputación de parte de Jaén y Maynas al Perú. Irónicamente a fines de ese mes regresó como canciller a Lima, el acomodaticio de José María Pando, mientras que José Larrea fue premiado con la cartera de Hacienda. En una palabra, se había instituido en el Perú el bolivarismo sin Bolívar. Eran las mismas serpientes que se esmeraban en colaborar en vez de destrozarse, al fin de cuentas era el Perú el que pagaba la factura sin merecerlo.

Mas, para suerte del Perú, el 13 de enero de 1830 el general Páez consumó la separación de Venezuela como Estado soberano, asestándole el golpe de gracia a la construcción geopolítica bolivariana de las tres hermanas. Por eso es que muy pronto, en mayo de ese mismo año, ya se hablaba en Ecuador de las “tres grandes secciones independientes”, situación que se precipitó de manera vertiginosa el 4 de junio con el asesinato de Sucre en la montaña de Berruecos.

En Memorias sobre la vida del general Simón Bolívar (Consorcio Editorial, 1940) escritas décadas más tarde, Tomás Cipriano de Mosquera dejó para la posteridad en el Capítulo XXXII el siguiente relato sobre lo esencial de la misión que le trajo a Lima: “tanto la liquidación de la deuda colombiana como el negocio de la demarcación de límites entre el Perú y Colombia estaban muy adelantados (sic).” Como se puede apreciar, en ningún momento Mosquera hizo referencia en el recuento antes citado a la conclusión con su contraparte peruana de un supuesto protocolo con “la demarcación de límites.” Anotó que el negocio estaba adelantado, mas no terminado. Pues, de haberse terminado habría sido un logro mayor de su gestión, digno de registrarlo en ese libro de recuerdos, en tanto el objeto principal de su misión en Lima fue ése.

¿Cómo así, entonces, uno o dos Estados que sucedieron a la Colombia bolivariana pudieron esgrimir muchos años más tarde la existencia de un supuesto protocolo que jugaba a su favor? ¿Llegó efectivamente a firmar el enviado Mosquera junto con el cura Carlos Pedemonte en representación del Perú, el 11 de agosto de 1830, un protocolo sobre “demarcación de límites”? Al igual que lo que ocurrió en el Tratado de Guayaquil en que dolosamente se convenció con facilidad a un ignaro que decía representar al Perú, todo parece indicar que Mosquera quiso hacer otro tanto en Lima con el intonso de Pedemonte, otro valido peruano del bolivarismo. Pero, gracias al desmoronamiento de la construcción geopolítica bolivariana desde enero de 1830, esa tentativa artera nunca llegó a concretarse, perdiendo de este modo legitimidad y validez el ambiguo artículo 5º del Tratado de Guayaquil, fundado en el engaño o silencio culpable. Y decimos engaño, porque no debe olvidarse, dentro de este contexto, lo que le manifestó el mismo Mosquera a Bolívar el 26 de octubre de ese año, citado con anterioridad, en cuanto a la gestión que se le encomendaba en Lima: “(...). Por tanto, deberé manejar los negocios apoyándome en la Cédula que agregó la Presidencia de Quito al Virreinato de Nueva Granada; pero en caso de que me presenten documentos fehacientes, desearía tener instrucciones sobre el particular, pues como el artículo 5 del tratado sienta por bases el uti possidetis de 1809, podrían con justicia (sic) reclamar la ribera izquierda del Marañón (sic).”

El 8 de diciembre, tras admitir en otra comunicación dirigida a Bolívar que el artículo 5º del Tratado de Guayaquil era “indefinido”, Mosquera consideró conveniente que “para obviar más la demarcación a las comisiones” debía negociarse un convenio que “sirva de base” y que lo haría ceñido a sus instrucciones y a lo instruido en “la carta de V. E. a la que contesto.” Dicho de otra manera, como una forma de precisar mejor lo que se quiso decir ambiguamente en el artículo 5º y de conformidad con las nuevas instrucciones impartidas secretamente por Bolívar el 1 de noviembre, su enviado en Lima concluyó en la necesidad de un convenio ad hoc, para facilitar el trabajo de los comisionados llamados a hacer la demarcación sobre el terreno. Por tanto, el apócrifo protocolo de 1830 no surge del Tratado de Guayaquil, sino es producto de la reflexión de Mosquera ese 8 de diciembre como una forma de concluir el asunto “indefinido” de los límites. Y fue este detalle extra lo que trajo abajo todo lo precariamente armado por el hábil prestidigitador de voluntades acomodaticias.

Con excepción de la reveladora carta a Bolívar de 26 de octubre de 1829, en ninguna otra se refirió el enviado bolivariano a una discusión con los peruanos en que se hubiera traído a colación la real Cédula de 1802. Ni Lecuna ni O’Leary ofrecen testimonios en sentido contrario. Adicionalmente, ni Pando ni su predecesor hicieron tampoco la más mínima referencia a la Real Cédula de 1802, tal como demuestra fehacientemente quien esto escribe en el Tomo IV “La guerra de límites contra el Perú”, ¿cómo así entonces en ese apócrifo documento se hizo mención a esa real decisión de 1802 y, en el colmo de la indolencia, los peruanos solo reconocieron como punto álgido de la controversia el Chinchipe?

En nuestra opinión y con base en las evidencias recogidas en el citado Tomo IV, es posible que dicho documento apócrifo haya sido redactado con posterioridad a 1830, tal vez treinta o cuarenta años más tarde. Es verdad que la parte final de ese falso documento refleja en alguna medida el estado de la discusión hasta abril de 1830 de acuerdo con el recuento de las conversaciones que, epistolarmente, le hizo Mosquera a su megalómano jefe; pero, la referencia explícita que se consignó en la primera parte a la Real Cédula de 1802 es prueba contundente de su carácter apócrifo, pues nunca estuvo en la versión de Mosquera referencia alguna a ese valioso documento, sencillamente por ignorar los peruanos hasta ese momento dicha decisión real que jugaba a su favor. Además, resulta evidente que jamás pudo ser firmado texto alguno el 11 de agosto de 1830, así haya estado Mosquera en Lima, porque las condiciones de su plenipotencia habían cambiado sustantivamente y él mismo pidió regresar a Bogotá el 1 de junio al considerar en mayo, en otra comunicación, fracasada su misión. Vale decir, si ya en mayo de 1830, de acuerdo con fuentes venezolanas, Mosquera informaba que nada podía esperarse de los peruanos y que debía darse por terminada su misión en Lima porque, además, observaba cómo en la capital peruana se veía de manera ventajosa lo que venía ocurriendo en el norte, ¿cómo así, por arte de qué conjuro fue capaz de concluir con esos mismos peruanos dubitativos un protocolo el 11 de agosto de 1830? En fin, tampoco creemos que Mosquera haya redactado ese falso protocolo, aunque sí es dable suponer que años más tarde narró a un imaginativo escribidor el estado en que dejó la negociación en Lima, lo cual fue suficiente para que éste sacara de la nada un documento y lo esgrimiera como existente, sin prestar atención a la coherencia histórica y a la obvia inexistencia de la versión original.

Hay un historiador peruano que se ha esmerado en refutar la existencia del apócrifo documento de agosto de 1830, poniendo el acento en la fecha en que el general Mosquera se embarcó en el Callao; empero, este esfuerzo presenta el serio inconveniente de dejar latente la pregunta de si existió o no dicho documento. Pues, alguien podría retrucar dando otra explicación sobre la aparente colisión de fechas y así dejar en el tapete la presunta existencia de dicho documento. La verdad de las cosas es que ese motejado protocolo nunca existió de acuerdo con el testimonio dejado por el mismo Mosquera. El 8 mayo de 1830, no en agosto, sino tres meses antes, el general Mosquera se manifestaba totalmente desalentado en cuanto a la obtención de su objetivo en Lima, como ha quedado dicho, al extremo de confesarle a Bolívar, el gran corifeo de este mejunje, que: “nada debemos esperar.” Y el 1 de junio, en otra carta a Bolívar consignó lo siguiente: “Mediante a no haber recursos para sostener esta Legación, ni necesidad urgente, suplico a V. E. me haga librar mis letras de retiro para volver a Colombia.” Nótese bien, “sin necesidad urgente” que justifique permanecer en Lima sin recursos, Mosquera le suplicaba sus letras de retiro el 1 de junio, con el añadido que ya para ese entonces Bolívar había dejado de ser presidente y marchaba a Cartagena. La imaginación, cuya cima la tiene indiscutiblemente García Márquez, parece que trabajó para sacar de la manga lustros más tarde un documento espurio, posible si se recuerda el background doloso sobre el que se asienta esa triste y dolorosa controversia del Perú con Colombia y Ecuador por culpa de ese megalómano y veleidoso guerrero como fue Simón Bolívar.

Herbert Mujica Rojas

Herbert Mujica Rojas Autor de la columna Señal de Alerta y responsable de Páginas Libres, periodista peruano, analista político y ensayista en temas geopolíticos, ambientales, seguridad documentaria y otros vibrantes acápites de su país y Latinoamérica. Escribió en el 2007 el libro ¡Estafa al Perú! ¡Cómo robarse aeropuertos y vivir sin problemas!
Es posible conectar con él al teléfono (+51) 9-9918-0913.

 

Artículo bajo licencia Creative Commons

La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND).

Ayude a la Red Voltaire

Usted consulta nuestro sitio porque la calidad de sus artículos le ayuda a comprender los acontecimientos internacionales. Necesitamos su contribución personal para poder continuar nuestro trabajo.
Ayúdenos con su donación.

¿Cómo participar en la Red Voltaire?

La Red Voltaire se compone de voluntarios que no reciben remuneración.
- Si usted es traductor de nivel profesional, puede participar en la traducción de nuestros artículos.