En Los honorables, Bajo el oprobio (1914) don Manuel escribió:

“Porque en todas las instituciones nacionales y en todos los ramos de la administración pública sucede lo mismo que en el Parlamento: los reverendísimos, los excelentísimos, los ilustrísimos y los useseñorías valen tanto como los honorables. Aquí ninguno vive su vida verdadera, que todos hacen su papel en la gran farsa. El sabio no es tal sabio; el rico, tal rico; el héroe, tal héroe; el católico, tal católico; ni el librepensador, tal librepensador. Quizá los hombres no son tales hombres ni las mujeres son tales mujeres. Sin embargo, no faltan personas graves que toman a lo serio las cosas. ¡Tomar a lo serio cosas del Perú!

Esto no es república sino mojiganga.” Y razones entonces no le faltaron. Y soy sobrarían para el mismo juicio aberrador. ¿Debería eso alegrarnos?

Veamos. Un país entero se refocila en la morbosa exposición de audios e interferencias ilegales cuanto que inmorales porque son actos irremisiblemente delincuenciales y los fautores se presentan como investigadores y jueces de la opinión pública a la que dan las migajas que sus patrones comerciales pagan y lo hacen opíparamente. El presidente García con oportunismo lamentable, olvidando cualquier principio de derecho, discurre por el fácil camino del elogio al delito porque pareciera convenirle. ¿No están dentro de las tareas irrenunciables del primer funcionario público del país el cumplimiento de la moral pública que abomina de cualquier monra o estafa? ¿está tan estupidizada la nación que no atina a censurar las incontinencias del jefe de Estado? No ha mucho que el señor García pronunció el antihistórico disparate de admonizar contra las furias chilenas si se cuestionaba su presencia mayúscula como inversionista en Perú y, felizmente, fue la voz radial de César Hildebrandt la que puso una condena letal a semejante barbaridad. Invitado por aquél reiteré, también, mi censura al aire y la demanda que se retractara de semejante desverguenza contra la historia nacional. Menos de 24 horas atrás el mandatario ha vuelto por los baches orales a que tiene acostumbrado al país: ¿prosigue la mudez de una sociedad anodina, insolidaria, capaz de resistir su ahorcamiento con muestras de gozo y placer inefables? ¡Qué disparate!

¿Cuántos González Prada más se necesitan para seguir denunciando los recurrentes males y taras de la república? A mi modesto entender, todo o casi todo está dicho ya. De repente, hasta me atrevería a decir que Manuel González Prada sólo hubo uno y con eso basta para elan y dínamo imparable de acciones correctivas y revolucionarias en la vida de la nación. De análisis, exégesis, estudios e interpretaciones está llena la historia patria. Cada vez que alguien quiere robarse dinero que viene de fuera, sólo apela al taller, al fórum, al folletito barato muy mal escrito y pleno en lugares comunes e idioteces en un lenguaje pseudo moderno y alambicado. Vivimos la farsa permanente de una republiqueta bananera que se ha inventado sus dioses moralistas, fabricado sus referentes periodísticos y consagrado a bandas de mediocres como portavoces en la cosa pública. Ayer rábulas rentados, procuradores delincuentes, socios comerciales del nipón Alberto Kenya Fujimori y hoy fungen de almas blancas en la dura y esforzada tarea de la lucha contra la corrupción. ¿Pueden los corruptos pelear contra su leit motiv congénito? ¡Bah!

¡No se necesitan más González Prada! ¡De ninguna manera! Se requiere la fe del carbonero para seguir echando combustible a la locomotora del cambio social que comienza con el señalamiento de quiénes deben ser los ajusticiados y fusilados moralmente en la sociedad. Los cacos siempre serán eso, no otra cosa. Los contrabandistas apenas si llegarán a cumplir su designio si la sociedad les franquea las puertas al delito. Ninguna sociedad que no crea que hay que liquidar, pulverizar, destruir el delito, sale adelante. Y para eso basta con unas cuantas ideas fundamentales y ¡a actuar tumbando a los farsantes y mentirosos! Y estos están en el Congreso (no pocos), en la judicatura, en la sociedad y sus organizaciones manipuladas por minorías blancas, excluyentes, adineradas y sectarias cuanto que absolutamente mercenarias de dineros foráneos al servicio del imperio globalizador. Mientras que se persista en la inacción, la inmovilidad no sirve para nada. Salvo que para dejar, como hasta hoy, las calles abiertas a los ladrones de siempre.

Bien decía González Prada: “Tomar a lo serio cosas del Perú”.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien! ¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera! ¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz! ¡Sólo el talento salvará al Perú!

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