“La formación de una conciencia antimperialista en nuestros pueblos es, pues, el primer paso hacia su defensa integral. Esa conciencia es económica y política, o para expresarnos con más precisión, es la conciencia del nacionalismo económico indoamericano sin el cual nuestros pueblos no podrán conservar su libertad”. (Obras Completas, T. IV, p. 138, Víctor Raúl Haya de la Torre). ¿Cuánta vigencia tienen estas líneas? ¿sigue siendo el imperialismo o el imperialismo corporativo el principal enemigo de las clases oprimidas de Latinoamérica o la América Morena? Tal parece que hoy por hoy no es ni desubicado ni inoportuno reivindicar el acierto hayista formulado desde 1928 de singularizar en la agresión foránea al principal amenazador de la salud integral, política, económica y financiera de nuestros pueblos. Por tanto, la respuesta camina a través de la formulación del Frente Unico de Trabajadores Manuales e Intelectuales en cada uno de nuestros países con la meta política de la captura del Estado y luego de ella la formación de un Estado Antimperialista con un Congreso Económico y que no descarta, en modo alguno, la o las cámaras políticas a las que llamó el propio Haya “el primer poder del Estado”.

“Nuestro doctrinarismo político en Indoamérica es casi todo de repetición europea. Con excepción de uno que otro atisbo de independencia y realismo, filosofía y ciencia de gobierno, jurisprudencia y teorización doctrinaria, no son en nuestros pueblos sin plagios y copias. A derecha o a izquierda hallaremos la misma falta de espíritu creador y muy semejantes vicios de inadaptación y utópico extranjerismo. Nuestros ambientes y nuestra importadas culturas modernas no han salido todavía de la etapa prístina del trasplante. Con ardor fanático hacemos nuestros, sin ningún espíritu crítico, apotegmas y voces de orden que nos llegan de Europa. Así, agitamos férvidos, hace más de un siglo, los lemas de la revolución francesa. Y así, podemos agitar hoy las palabras de orden de la revolución rusa o las inflamadas consignas del fascismo. Vivimos buscando un patrón mental que nos libere de pensar por nosotros mismos. Y aunque nuestro proceso histórico tiene su propio ritmo, su típico proceso, su instransferible contenido, lo paradojal es que nosotros no lo vemos o no queremos verlo. Le adjudicamos denominaciones de prestado o lo interpretamos antojadizamente desde ángulos de visión que no son los nuestros. Esto nos ha llevado a la misma falsa seguridad de los que durante los siglos creyeron que la tierra estaba quieta y el sol era el que giraba en torno de ella. Para nuestros ideólogos y teóricos de derecha e izquierda, nuestro mundo indoamericano no se mueve. Es el sol europeo el único que gira. Para ellos, nuestra vida, nuestra historia, nuestro desarrollo social sólo son reflejos y sombras de la historia y desarrollo de Europa. No conciben por eso, sino estimarlos, medirlos, denominarlos y seguirlos, de acuerdo con la clasificación histórica y las normas políticas que dicta el viejo mundo.

Este colonialismo mental ha planteado un doble extremismo dogmático: el de los representantes de las clases dominantes –imperialista, reaccionario y fascista-, y el de los que llamándose representantes de las clases dominadas vocean un lenguaje revolucionario ruso que nadie entiende. Sobre esta oposición de contrarios, tesis y antítesis de una teorización antagónica de prestado, el Apra erige como síntesis realista su doctrina y su programa. Parte esencial de él es la teoría “el Estado Antimperialista” mencionada ya ocasionalmente en páginas anteriores”. (Ibidem, pp. 161-162).

Cuando se gana un comicio ¿se llega al poder? ¿está en Palacio el poder? ¿cuánto de distinto hay entre un mandarín prosaico y un gobernante que la democracia electoral unge como supuesto mandatario de los anhelos y reivindicaciones populares? Pareciera que el poder es o reconoce ciertas categorías especiales reservadas a quienes, sin apellidos o nombres o prosapia muchas veces, son los grandes gerentes o representantes del imperialismo corporativo en nuestros países. Más poder tiene un funcionario de la embajada de Gringolandia que cualquiera de los 120 integrantes del Establo de Plaza Bolívar que a duras penas si está en capacidad de distinguir un celular de una concha marina. De repente la definición más interesante y más simple que se pueda idear sobre los representantes que aúpa la democracia electoral, estribe en que son simples administradores del poder que representa el imperialismo corporativo cuyas alianzas y fracasos Perú empieza a comprobar porque a despecho de lo que dijo el jefe de Estado ni somos una isla ni estamos al margen de un mundo casi en ruinas. No obstante que esas quiebras, por ejemplo en Estados Unidos, fueron pagadas con grandes beneficios a sus causantes que se fueron a sus casas con cheques literalmente millonarios. Por tanto, la afirmación de Haya de la Torre sobre que el gran enemigo de nuestros pueblos sigue siendo el imperialismo –o imperialismo corporativo- ha obtenido la ratificación de su vigencia y revolucionaria capacidad de tesis política.

Preguntar si la administración de Alan García alienta el Frente Unico de Trabajadores Manuales e Intelectuales bajo la égida de un Estado Antimperialista que reúna entre sus instrumentos al Congreso Económico Nacional –ramillete de las fuerzas productoras y contralor de una política de Estado en beneficio para las grandes mayorías-, sin perjuicio de las cámaras políticas, puede resultar muy incómodo. En tres años, nunca se ha escuchado nada ni remotamente cercano al Frente Unico. Bastante menos de una política antimperialista, más bien todos los días el país es noticiado acerca de tratados de libre comercio que el Establo de Plaza Bolívar jamás ha visto como el caso de Chile y China y de otros excesivamente concesivos como el que se firmó con Gringolandia. Todo esto en medio de una vorágine de conflicto jurídico por la delimitación marítima que Perú ha planteado a Chile ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya y que pocos políticos y casi ningún intelectual, por ignotas y absurdas cuanto pusilánimes razones, se atreve a mencionar. Por tanto la denuncia planteada en la televisión por el ex secretario general colegiado Jesús Guzmán Gallardo (“el señor García Pérez dejó de ser aprista hace mucho tiempo”) y que no obtuvo entonces –ni hoy- respuesta de ningún calibre, empieza a adquirir alguna certeza comprometedora

Comprueba en mensaje reciente otra voz lúcida del aprismo, Luis Alberto Salgado, que los progresos materiales y de toda índole, obtenidos por las clases trabajadoras peruanas en lo que va de la administración de Alan García no son sino menos que mínimas y que lo que debía ser una custodia permanente de los inalienables derechos laborales ha sido el irrespeto hacia ellos y la única ley que ha imperado ha sido la que traen, impulsan a través de sus ministros y burócratas, las grandes empresas que, como es obvio, jamás han preferido otra cosa que la rentabilidad monda y lironda aunque ello signifique abusos y desmedro de las condiciones integrales del ser humano que es, al fin y al cabo, cualquier obrero o trabajador.

La gran empresa de fraternidad, esa revolución de espíritus que adentró entre sus filas al cholo, serrano, blanco, negro, amarillo, selvático, costeño, bajo las premisas que sí se podía hacer patria y con las herramientas de entusiasmo, liderazgo político y enorme capacidad disciplinaria de creer con fe, unión y acción, fue instalada en el corazón del pueblo a partir de 1930 en Perú con el Partido Aprista. Los militantes actuales carecen de ese conocimiento. Pretenden hacer caer bajo teorizaciones más o menos llenas de citas lo que fue –y debe seguir siendo para evitar una muerte indecorosa- una formidable maquinaria volitiva de construcción y de dinamización de las fuerzas más íntimas de cada quien. El obrero en su puesto, el ambulante en el suyo, el soldado en su trinchera o en su acción de defensa contra el terrorismo y el narcotráfico y de los límites patrios, el intelectual produciendo a favor de las grandes colectividades, los políticos dando forma desde el Congreso Económico Nacional y las cámaras legislativas, al pensamiento orgánico, antimperialista y funcional de economías al servicio de las grandes mayorías y acompasadas en un mundo que necesita de inversiones y réditos tanto para el que las trae cuanto que para quienes las reciben. ¡Esa es la acción política más importante que demostró el Apra como posible! ¿Cómo es que ganaban elecciones y dejaban a otros movimientos en la ridiculez de sus pequeñeces? Imposible dejar de recordar las etapas del desconcierto oscurantista de ser el partido mayoritario obligado a transigir y estar fuera de los resortes efectivos, precio obligado por la democracia de derechos y respetos a la libertad de los ciudadanos. Hay etapas que aún no han sido del todo estudiadas y sí justificadas a rajatabla por mediocres que no entienden que la crítica es una posibilidad indispensable en cualquier colectividad y mucho más en una que aún concita el fervor popular y que no debe morir porque ese es su deber movilizador y de ariete en la lucha antimperialista.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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