El escalofrío que los pueblos del Ecuador y muchos revolucionarios sentimos, aquel 17 de febrero de 1999, al presenciar el vil crimen de Estado contra Jaime Hurtado González, ha vuelto a aparecer ahora que se cumple la primera década de este infausto acontecimiento.

Ese día, la lluvia de Quito hacía correr en un pequeño riachuelo, la sangre de Jaime y sus dos compañeros: Pablo Tapia y Wellington Borja. El pavimento de la calle Piedrahita, a pocos pasos del edificio donde funcionaba la Corte Suprema de Justicia, y a otros tantos del antiguo Congreso, hoy Asamblea Nacional, parecía un espejo, que reflejaba los rostros llenos de dolor e indignación de sus compañeros y amigos de siempre, que rápidamente entendieron que se trataba de un ataque alevoso de la oligarquía y el imperialismo contra la izquierda revolucionaria, contra los pueblos irreverentes, combativos y creadores del Ecuador. A 84 horas del asesinato, el gobierno del tristemente célebre Jamil Mahuad, de boca de su ministro de Gobierno, Vladimiro Álvarez Grau, mostraba un primer informe policial. Lo presentaron en cadena nacional, y alababa la eficacia de la Policía al haber detenido a los presuntos implicados en el hecho, ocultando la mediocridad, mezclada con complicidad, que esta institución mostró al facilitar, dos días antes, la fuga de los asesinos.

Desde entonces comenzó todo el montaje: se dijo que Hurtado había sido víctima de un ajuste de cuentas de paramilitares colombianos que buscaban venganza porque, supuestamente, Jaime tenía vínculos y colaboraba con la guerrilla de ese país. Los medios tomaron esa versión para convertirla en la idea de que los asesinos eran una especie de héroes por haber liberado al país de ese “peligro tan atroz que era la guerrilla”.

Las inconsistencias que mostraba el informe, hizo que el partido de Jaime, el Movimiento popular Democrático, y su familia, lo rechazaran. El Gobierno, como tratando de limpiar su imagen conformó una Comisión Especial de Investigación, integrada por el hijo de Jaime Hurtado, el abogado Lenin Hurtado, y por el hermano de Pablo Tapia, el profesor Miguel Tapia. En ese momento tal vez no midieron lo que podría significar esa decisión. La Comisión emprendió en un proceso de esclarecimiento de los hechos, que permitió ratificar la tesis de que se trataba de un crimen de Estado, puesto que uno de los principales implicados era parte de los aparatos de seguridad del Estado, y con relaciones con organismos internacionales de este tipo.

Hasta ahora, solo han sido condenados dos implicados: Freddy Contreras, autor material del hecho, y Cristian Ponce, quien maquinó toda la operación. Sin embargo, queda pendiente establecer quién fue el autor intelectual del crimen. Los hechos indican que existieron vínculos muy fuertes con el gobierno de ese entonces, a través de Medardo Cevallos Balda, ex ministro de Jamil Mahuad, y a quien Hurtado investigaba por negocios con el narcotráfico. Al cumplirse 10 años del atroz asesinato, el periódico OPCIÓN rinde un sincero homenaje a su memoria, y ratifica su compromiso ante los pueblos, de continuar por la senda de la Patria Nueva, por la que tanto luchó Jaime Hurtado.