La frontal pregunta de Luis Alberto Pacheco reta sin ambages. No hay duda en el cuerpo de su artículo. Por el contrario señala responsabilidades, no elude las que corresponden al colectivo popular e inclusive endereza no pocas críticas a múltiples irresponsables. Es cierto, ¿cuándo aprenderemos a ser ciudadanos y no rebuznantes seguidores de masas informes que se mueven ora violentas ora pacifistas sin objetivo ni plan o proyecto integral, es decir como país geopolíticamente entendido e instalado en el corazón de sus habitantes? Urtica el cuestionamiento pero integra esa maraña sin respuesta que Perú posee como parte de su ADN social tan intrincado, misterioso, de embelecos por millones y meandros ignotos. ¿Quién lanza la primera piedra? Leamos al profesor Luis Alberto Pacheco. (hmr)

¿Cuándo aprendemos a ser ciudadanos? por Luis Alberto Pacheco; [email protected]

En principio, todo el mundo reclama que los famosos decretos legislativos no fueron consultados por el gobierno al pueblo amazónico. Pero, ¿y qué ley de las que ya tenemos es o fue preguntada antes para que entren en vigencia? ¿Es que acaso vivimos en una democracia griega de consulta permanente sobre las normas jurídicas de un país? Y, claro, se podrá decir que con las respuestas tácitas que vienen a las cuestiones soy muy formal y se me va de lado el aspecto social de lo regulado. Sin embargo, yo digo que no es así, porque si hay consulta popular cada vez que se va a dar una norma: esa consulta está en el Congreso de la República, donde están, justamente, nuestros representantes. Para eso los elegimos, para que nos representen. De ahí el sentido de la democracia representativa.

De modo que cuando se cuestiona por qué no se consultó antes al pueblo amazónico para que entren en vigencia esos decretos, carajo, ¡vayan a reclamar a sus congresistas, sobre todo a los nacionalistas, grandes y tremendos defensores de esa pretérita y retrógrada democracia griega! ¿Dónde estuvieron antes y después de la promulgación de las normas esas? Y, así, vayan a bloquear las calles de las entradas a sus casas y a matar a los guachimanes que las cuidan, pero que no frieguen bloqueando las carreteras del Perú y matando policías inútilmente, porque eso, finalmente, no le friega a Alan García -quien es finalmente el blanco de todos estos ataques-, friega al Perú.

Yo creo que lo que sucede es que, lamentablemente, aquí ocurren dos cosas: i) como bien le llama Herbert Mujica Rojas, el Congreso aquél es un establo; y, ii) el Perú es un país integrado mayoritariamente por monigotes.

Ahora bien, en cuanto a lo primero, y repensando la cosa, me parece que el Congreso es mucho menos que un establo. Y es que un establo tiene, al menos, un vaquero manejador. En el Perú, ¿quién es ese vaquero? ¿el pueblo? ¡Para nada! Y si no es él, ¿quién? ¡Nadie!

El Congreso es un chiquero donde parasitan chanchos que comen bien, pero que viven en la misma confusión sin que nadie los controle. Es decir, auténticos perdidos.

Pero la culpa es, y con esto redondeo la cosa, de los propios peruanos. Caracho, ¿cuándo demonios vamos a aprender a ser ciudadanos? O sea, ¿cuándo cuernos vamos a entender que somos sujetos de derechos y de obligaciones y que por sobre nuestros intereses particulares, étnicos, laborales, políticos, existe, o debe existir, un compromiso con lo mayor que es el cumplimiento de un thelos, un proyecto nacional único? ¿Cuándo comprenderemos que si no captamos esto seguiremos teniendo un chiquero por Congreso y que, después, como hordas y mesnadas de imbéciles seguiremos gritando “¡no se ha consultado al pueblo por la vigencia de esta ley!”, cuando esa consulta ya debió ser dada antes en el plano congresal? ¿A qué grado de estulticia más bajo puede llegar el peruano de término medio común justamente porque ni es ciudadano ni sabe que debe serlo? ¿O cómo serlo?

Por otro lado, el gobierno, tampoco santo, permite que cosas como las que hemos visto sucedan, olvidando el sentido magisterial de la política que Haya de la Torre reclamaba históricamente para el país. Y Alan sabe bien lo que está haciendo.

Yo sí soy un partidario de la violencia, pero de la violencia revolucionaria. De aquella de la que Heráclito decía "Polemos rex pater panton" ("la violencia es padre y rey de todo"), y Marx lo repetía reescritamente con su célebre "La violencia es partera de la historia". Creo en la verdad de estas sentencias, porque son expresión real y viva de la dialéctica social. La historia es mater et magistra en esto.

Y bien sabemos que en otro tiempo –como sucederá después, nuevamente– todos los veteranos de este país ejercimos dicho tipo de violencia. Yo, por ejemplo, no me arrepiento en absoluto de ello (tal vez porque, más allá de los heridos que pudimos, necesariamente, como efecto concomitante, generar, no cargo el peso de ningún muerto, ni asesinado, en la consciencia). Personalmente, militando en el ARE ROJO, estuve al frente, con otros varios compañeros -algunos de los cuales cayeron en la lucha-, de un destacamento juvenil que resistió a SL, sobre todo, y al MRTA, primero, desde la UNCP (sin ser comando paramilitar ni nada por el estilo, y menos comulgando con RF), en su tiempo, y que enfrentó a la dictadura, después, desde la UPLA, durante los noventa. Pero en dichas ocasiones habían –y debo reconocerlo así– hechos que justificaban el accionar violento, pero políticamente organizado que correspondía a ese momento histórico.

Lo de hace dos semanas, sin embargo, no ha sido más que el ejercicio de la brutalidad y de la estupidez, venida de todas partes, que ha conllevado a la muerte absurda de tanta gente. Nada justifica esos hechos. Pero tampoco nada justifica que el ciudadano amazónico pueda ser tan testarudo y primitivo de visión política. Se dejaron usar por todos y ahí se tienen las consecuencias de estos días.

Creo que nadie puede decir que ése fue el resultado de algún tipo de heroica lucha nacionalista o étnica. Ahí no ha habido nada de eso. Sólo ha habido uso de parte de agentes políticos internos y externos en contra del gobierno, de Alan García y de la democracia que tibiamente se va aún construyendo en el Perú. Por eso, las marchas y contramarchas, de rechazo y de apoyo, respectivamente, sólo constituyen un número más en este circo de pre-estreno de 28 de julio, con función de largometraje.

Tal vez disientan de mi posición. Seguro que sí. Pero creo que no podrán negar que en el Perú nada se puede esperar mientras mayoritariamente el pueblo siga, como señalaba Sartre, estupidizado por el arma fundamental de la clase dominante: la (des) educación; ésa que logra que mientras en la selva norte del país todos lloran por sus muertos, y en otras ciudades del Perú, familias enteras lloran por sus jóvenes policías desaparecidos, en Lima, como en Huancayo, la vida continúe sin más preocupación por el hecho, que lo que nos inquieta saber cuánto debe el vecino que tiene su tienda al lado de la casa, a la SUNAT.

Albert Einstein decía que sólo sabía de dos cosas infinitas: la que le correspondía al universo, y la que le era connatural a la estupidez. Pero agregaba que de la primera no estaba tan seguro. Yo creo igual que Einstein. Y lo sucedido en el Perú, durante estas tres semanas pasadas, confirman, otra vez, mi identificación con su pensamiento y con el reconocimiento del carácter infinito de esa estupidez nacional y colectiva que aquí maldigo.

Digo sí con González Prada: ¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!