Quienes saben de cuentos, aquellos que los escriben y, fundamentalmente, aquellos que los leen, tienen como referente de maestría a Antón Pavlovich Chéjov.

Existen criterios dispares acerca de las diferentes técnicas y estructuras para escribir el cuento perfecto (si acaso este existe). Truman Capote, por ejemplo, decía que él construía los cuentos al revés: “Siempre lo empiezo todo por el final, y voy desde atrás hacia el principio; ¡siempre es bueno saber a dónde va uno!” Por su parte, Ernest Hemingway pensaba y hacía todo lo contrario: “Algunas veces uno sabe la historia. Otras veces uno la inventa a medida que escribe y no tiene la menor idea de cómo va a salir. Todo cambia a medida que se mueve…”

En este juego de procedimientos de ejecución narrativa (amén del sentido ideológico que el autor quiera expresar), la polémica es intensa. Julio Cortázar era muy severo al respecto: “Alguna vez he comparado al cuento con una esfera, es algo que tiene un ciclo perfecto e implacable, algo que empieza y termina satisfactoriamente como la esfera en que ninguna molécula puede estar fuera de sus límites precisos”. Katherine Anne Porter, en cambio, contaba que el cuento se formaba en su mente y que cuando estaba listo para salir, solo tardaba el tiempo que necesitaba para mecanografiarlo: “Nunca pienso en la forma para nada”, decía. Así como existen tales divergencias entre los escritores, ¡imaginemos las que habrá entre los lectores! No tan dotados del conocimiento formal, de la habilidad estilística que utilizan los narradores para seducirlos con este género literario, sus preferencias tienen relación, en la mayoría de casos, con lo que ellos desean sentir, experimentar, al leer un determinado texto. Unos se sentirán embelesados por la intriga, por el asombro, por el final inesperado; otros, por la acción avasalladora, por el clímax desbordante, por aquella tensión acumulada en los ojos; algunos por la prosa clara, diáfana, sin prisa, que describe historias sencillas, cotidianas, aparentemente desprovistas de trama, pero que encierran un profundo significado humano… Entre estos últimos lectores se revela la grandiosidad de Chéjov.

“La brevedad es hermana del genio” Chéjov fue médico de profesión; el convivir con la enfermedad (con esta mediadora entre la vida y la muerte), sin duda le sensibilizó y le permitió analizar más objetivamente los problemas de la Rusia zarista, de esa sociedad feudal que se desmoronaba aceleradamente: “Hay que curar no la enfermedad, sino la causa de la enfermedad”, manifestó en más de una ocasión.

A la par que trataba de curar los padecimientos físicos de sus congéneres, empezó a escribir en periódicos y revistas para tratar de ayudar así a la economía de su familia. De esos primeros ensayos surgió ya su estilo lacónico y exacto: “La brevedad es hermana del genio; escribir bien es escribir corto”, sostenía Chéjov, lema admirable si tomamos en cuenta que a él se le pagaba por línea escrita (la honestidad era otra de sus virtudes).

“Ese designio estético no solo es cuantitativo sino que pretende una objetividad antirromántica y, sobre todo, la elusión de metáforas que introduzcan falacias intencionales y sentimentales”, afirman los estudiosos de su obra. Y es que Chéjov estaba convencido de que la tarea del escritor va más allá de la simple recreación: “El que no quiere nada, ni espera nada ni teme nada, no puede ser artista”, sentenció este gran escritor.

Armado de estas convicciones sociales y de una depurada técnica narrativa (sobria, de recatado lirismo, que economiza los medios para llegar a una ejemplar concisión), Chéjov transitó, exclusivamente, por el sendero de la literatura: a él se le atribuyen más de 600 cuentos. La mayoría de ellos fueron estructurados, básicamente, trabajando dos historias (dos sistemas diferentes de causalidad) en un mismo texto: la primera era la objetiva, la narración propiamente dicha del cuento, que no tenía nada de extraordinario, ni una intriga espectacular; la segunda estaba escondida, cifrada en la primera, en ella estaba el mensaje, el sentido fundamental del relato, que jamás era expresado, pero sí intuido.

“El efecto depende más del estado de ánimo y del simbolismo que del argumento. Sus narraciones más que tener un clímax o una resolución, son una disposición temática de impresiones o ideas”, manifiestan los estudiosos de la obra de Chéjov.

¿Cuál es su encanto? La primera respuesta sería ser leal a sus postulados sociales y de vida. La segunda, su talento indiscutible para convertir historias ordinarias, protagonizadas por personajes comunes y corrientes, en verdaderas estampas populares de la vida en Rusia anterior a 1905.

“Más que ninguna otra cosa, es el gran equilibrio de Chéjov lo que nos emociona y admira, nuestra conciencia como lectores de que relato a relato, paso a paso en la esfera de la existencia humana observable, la medida de Chéjov es perfecta. Dados los temas, los personajes y las acciones que pone en juego, automáticamente tenemos la sensación de que todo lo importante está presente en sus cuentos. Y por esa razón nuestras imaginaciones se ven espoleadas a saber exactamente a qué responde ese gran equilibrio, cuál es la urgencia subyacente por la que casi todos los relatos de Chéjov nos llevan de la mano a sentirnos, gozosa o dolorosamente, más asentados en la vida”: analiza, magistralmente, el escritor Richard Ford.

En medio de los dos colosales escritores rusos del siglo XIX, Dostoievski y Tolstoi, se encuentra, hombro con hombro, Antón Pavlovich Chéjov, genio mesurado e inolvidable...