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Hace dos décadas el Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados (Cinvestav) del Instituto Politécnico Nacional (IPN) logró cultivar piel humana en sus laboratorios, pese a operar con un presupuesto público deficiente. En la actualidad, ese desarrollo celular salva y rehabilita a miles de víctimas de quemaduras de segundo y tercer grado, producidas por incendios, explosiones, derrames de químicos o accidentes domésticos.

En términos económicos y médicos, el tejido cultivado significó un cambio en el tratamiento de esos pacientes: se reduce el tiempo de hospitalización y se menguan las posibilidades de contraer infecciones; además, se abate el costo de atención por paciente. Pese a esos beneficios, organismos y fundaciones privadas afirman que en México no hay atención especializada para quemados de alto riesgo y pugnan porque se les traslade hacia sanatorios extranjeros.

Detrás de ese debate está el futuro del desarrollo de la ciencia y la tecnología mexicanas en las instituciones públicas de educación e investigación, como lo refrenda el presidente de la Comisión de Ciencia y Tecnología del Senado, Francisco Javier Castellón Fonseca.

Asegura que en los últimos años no sólo se desmanteló la infraestructura en investigación para atender cuestiones fundamentales para la salud de millones de personas en México, como se manifestó durante el brote del virus A/H1N1, sino que el Estado dejó de respaldar el trabajo que llevan a cabo los científicos mexicanos.

Ahora, dice el legislador, prevalece la visión de que no es el Estado el que debe garantizar la aplicación de nuevas tecnologías, sino que todo debe dejarse en manos de la “eficiente” iniciativa privada, aunque sean las funciones exclusivas del Estado y de los servicios públicos.

Detrás de esa idea de “subrogar y trasladar las funciones del Estado, está la primera falla del sistema”, apunta el legislador. Dice que es en la intención de disminuir el esfuerzo del Estado donde está la segunda gran debilidad, “porque auspicia la corrupción y el tráfico de influencias que se hace evidente: ya sea en las guarderías subrogadas o en el abandono a la ciencia y la tecnología”.

No obstante que hace ya dos décadas ha sido constante el retiro del Estado en la promoción del conocimiento y desarrollo de la ciencia y la tecnología, los desarrollos del Cinvestav le han significado el reconocimiento en los ámbitos nacional e internacional. Uno de ellos fue haber logrado reproducir y congelar in vitro aloinjertos de epidermis humana cultivada. Esto ocurrió en la primera mitad de 1990 en el laboratorio del departamento de biología celular, a cargo del pionero mexicano de este proyecto, el doctor Walid Kuri Harcuch.

Hasta entonces, Kuri había logrado tener epidermis cultivada. El origen de esa cepa epitelial, hace ya 20 años, provino de la biopsia que se tomó de la circuncisión a un bebé extranjero, con el consentimiento de sus padres. El gran avance de su equipo fue que la criopreservó (congeló a menos 70 grados centígrados) para disponer de ella en todo momento, además de brindarle mayor durabilidad. Una vez logrado ese adelanto, Kuri buscó convencer a la comunidad médica para que adoptara este producto científico para utilizarlo en heridas, quemaduras y pérdidas de piel por traumatismos.

El Cinvestav nació con la visión de ser la institución líder en la formación de investigadores de alto nivel y generar conocimiento científico y tecnológico de vanguardia, para contribuir a la solución de problemas del país. En esa tarea, y ya fuera de los laboratorios, el científico atrajo la atención de sus beneficiarios potenciales: los hospitales de Petróleos Mexicanos –que reciben numerosos casos de trabajadores quemados por accidentes en oleoductos y gasoductos de la paraestatal–, las áreas de traumatología de la mayor parte del sistema de salud público, así como sanatorios privados.

Lo que este científico ofrecía era un pequeño parche de apenas siete centímetros por ocho centímetros de tejido epitelial, que significa la diferencia entre la vida o la muerte para quienes llegan a las salas de urgencia o de traumatología de hospitales y clínicas, así como una mejor calidad de vida.

Frente a la inicial renuencia del sistema de salud público en adoptar este recurso, médicos especialistas en quemaduras y cirujanos plásticos del sector privado hallaron muy prometedor su uso. Entretanto, en Europa, Estados Unidos y Argentina se sumaban a las nuevas tecnologías para atender a los lesionados por quemaduras.

Desde la década de 1960, el doctor argentino Fortunato Benaim creó la International Burn Injuries, que impulsó en el tema y su impacto se expandió en América Latina y, como un efecto posterior después de las explosiones de San Juan Ixhuatepec, en México hubo mayor sensibilidad institucional para garantizar los insumos suficientes y la organización para enfrentar futuras catástrofes.

“En mi opinión, el quemadólogo mexicano es mejor que sus colegas extranjeros, pues le da calidad de vida funcional y mejor apariencia al paciente” quemado, describe Sergio Villa Escobosa, director general de Bioskinco, la empresa mexicana con oficinas en la ciudad de México y Guadalajara que ahora produce y comercializa la piel cultivada que desarrolló el Cinvestav.

Un paciente con quemaduras de tercer grado en gran parte de su cuerpo es un paciente que quedará muy lastimado; en ese caso, el reto radica en salvarle la vida; en ese aspecto, los médicos mexicanos son muy exitosos: además de mantenerlo vivo, logran brindarle una buena calidad de vida al procurar que sus heridas sean lo menos aparatosas, refiere Sergio Villa.

Fortuna buscó conocer la experiencia directa de un quemadólogo con piel cultivada y le pidió una entrevista al doctor Jesús Cuenca, director del servicio de quemados de Traumatología en el Hospital Victorio de la Fuente Narváez en Magdalena de las Salinas. Aunque el médico manifestó su interés por conversar, indicó que requería autorización de la Dirección de Comunicación Social del IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social) para hacerlo. Se solicitó a esa instancia su colaboración, pero no se obtuvo respuesta.

La transferencia

Una vez que la epidermis humana cultivada in vitro se convirtió en un desarrollo maduro en términos tecnológicos, estaba lista para que el Cinvestav transfiriera su uso a la producción masiva y su comercialización. Fortuna preguntó al doctor Kuri Harcuch qué criterios primaron para que ese ente no comercializara la piel cultivada y transfiriera su patente a una empresa privada; lamentablemente, el científico se limitó a explicar que él ya concluyó con ese desarrollo y que ahora trabaja en otro proyecto de biología celular de gran relieve.

En 1999, el Cinvestav perdió la patente. “Nosotros tuvimos la fortuna de conocerla y nos acercamos a ellos”, refiere Villa Escobosa. Al firmarse el convenio de transferencia comenzó a promoverse en el mercado la piel cultivada a través de alternativas que el Cinvestav le dio a Bioskinco. Se trató, desde entonces, como un producto destinado al sector de los pacientes quemados.

Una vez que el desarrollo celular se transformó en producto, por la transferencia de tecnología, fue bautizado como Epifast, por lo que el 14 de enero de 2000 obtuvo el registro 00054C2000 ante la Secretaría de Salud.

La empresa nació desde 1998 cuando se propuso promover y acceder a proyectos de la ciencia y la tecnología mexicana, como la piel cultivada. Tras un proceso de negociación, que involucró a otras empresas, se acordó otorgar al Cinvestav regalías por unidades vendidas, aunque Sergio Villa no concede revelar cifras.

Bioskinco enfrentó un mercado poco entusiasta. “Todavía en 2005 el mercado no respondía y tenía pérdidas de millones de dólares”, asegura el directivo. Después de 10 años de haberse firmado la transferencia tecnológica, la empresa dice haber enfrentado un entorno “muy retador” por la oposición de algunos médicos a modificar cualquier procedimiento que ya dominaba. Sin embargo, ese ambiente cambia paulatinamente por la ventaja que representa la disponibilidad inmediata del tejido.

July 15, 2009 | Sección: Negocios