Paulina Salcedo condensa toda su melancolía y tristeza en el arte; esa es su forma de felicidad… de emanar ternura… Es escritora y pintora, con ambos desafíos estéticos se siente viva, aunque c el corazón se le alborota más y le duele menos.

Hace pocas semanas, Paulina expuso en el Consejo Provincial de Pichincha su colección de “minos-niños”, una sinfonía de silencios y encantos…

El arte desde la cuna

¿El artista nace o se hace? Diría que nace, aunque muchas veces permanece escondido bajo un manto de vanidades y paroxismos irreales. Creo que el arte siempre estuvo conmigo.

Durante la infancia descubres el talento para crear fantasía y realidad. Sin embargo, muchas veces te dejas llevar por la seducción de la frivolidad y el vacío que encierra la cotidianidad. Olvidé que mis manos tenían magia. En mi infancia me acerque al arte sin un por qué, tal vez por la inocencia que representa ésta. Hace ocho años atrás, el dolor sacudió al artífice en mí. Creo que el amor y el odio despiertan y pulen al artista. Empecé a escribir relatos que avivaban más mi angustia, luego mis pinturas reflejaban la misma desolación que las letras. Es ilógico pero me sentía viva.

Una filosofía de vida

El arte es una forma sublime de eternizar los sentimientos. Gritar con imágenes, palabras y gestos lo que sientes, lo que ves. Considero que el arte debe ser entendido como expresión e historia de los pueblos.

Con él no he creado una filosofía artística, sino una filosofía de vida. Odio la indolencia en que vivimos, odio el terrorismo solapado por conseguir la paz y tranquilidad de todos. Soy enemiga de sionismos, apartheid o xenofobias que inventamos para mantener la ley de la selva. He creado mis propios mandamientos. No es que me considere una mujer protesta, sino conciente de la historia y de la política en el Ecuador.

Los hechizos de la escritura y la pintura

El arte, escribir y dibujar, se ha convertido en parte de mi alma. Escribir es un hechizo, pero siento que hacerlo me hunde en la soledad y melancolía. Cuando estoy triste soy creadora de las historias más bellas y dolorosas. Textos catárticos que cobran vida para el lector, que muchas veces asusta. En cambio, la pintura es paz, aunque hay momentos en que necesito de esa soledad y melancolía; si me dieran a escoger, me quedaría con la pintura.

El encanto de los mimos

Pintar mimos, paradójicamente, es romper con el silencio. Tiene un significado profundo para mí. Me he vestido de mimo. He compartido sonrisas con los niños. Aunque actúo muy mal. Admiro mucho a Marcel Marceau con su personaje Bip, admiro esa forma de actuar con el corazón.

Un abrazo entre la tristeza y la dulzura

A mis dibujos los llamo “mimos-niños”: lo más sublime en este mundo es la infancia, esa inocencia y dulzura que emana. Sin embargo, hemos condenado a nuestros pequeños(as) a un mundo mezquino. Les dejamos como herencia un caos. Y las lágrimas en mis pinturas son la representación de nuestro egoísmo con el futuro. (FOP)