La impresionante neumática de silencio del oficialismo aprista con respecto a la heroica huelga general que protagonizan en Cartavio los trabajadores de Gloria S.A., constituye una prueba irrefutable de cómo la claudicación, la desverguenza y la traición a su historia, representan los hitos y las avenidas por las que transita la desacreditada dirigencia de esa colectividad política hoy, a decir de no pocos, en crisis terminal. El gobierno supuestamente del Apra, está de bombero cuando no de sordo respecto del suceso que ya ha producido un obrero abaleado en esa localidad norteña.

Pero la mudez no sólo, con ser monstruosa y contra-natura, puede atribuirse a los de ese partido: ¡todos han callado!: las centrales sindicales, los otros clubes políticos, las organizaciones de derechos humanos, la sociedad entera ha abandonado a su suerte y a los designios que Gloria S.A. puede impulsar merced al poderoso señor que es Don Dinero en Cartavio. ¿Cómo explicar o entender esta falta de solidaridad e indiferencia con un asunto tan importante como los derechos humanos de los hombres y mujeres allí trabajando?

Para los apóstatas y episódicos inquilinos de un gobierno entreguista y claudicante, no hay principios ni fraternidad posibles. Sólo hay negociados y urge “concretar” antes del 2011 cuanto esté a la mano y del modo que fuere. Contratos con dedicatoria, concesiones sospechosas de malos manejos, servilismo a la carta, falta de decencia desde el amanecer hasta el anochecer y cuanta aberración pueda hallarse en gentuza que comprende el “gobierno” como una forma de expoliar el dinero que paga el pueblo en impuestos.

La tragedia consiste en la falta de fuerza política que sea capaz de demostrar estos desmanes, plantearlos, denunciarlos y corregirlos. La cultura de impunidad que tanta estridencia, a veces, causa en el tema de los derechos humanos, está instalada en el ADN social peruano: “roba, pero hace obra”. Y así los alcaldes delincuentes, los ediles extorsionadores, los legiferantes débiles mentales, son “referentes” en un país que muestra una señalada y gravísima carencia de liderazgo en ¡absolutamente! todas las tiendas políticas. Aquí no hay partidos, hay clubes electorales, especialistas en la cuchipanda y en sabotear resultados, trocarlos en otros y estafar a la opinión pública.

Acertó con dureza lítica y blancura marmórea Manuel González Prada cuando sentenció en su artículo Los honorables, Bajo el Oprobio, 1914:

Porque en todas las instituciones nacionales y en todos los ramos de la administración pública sucede lo mismo que en el Parlamento: los reverendísimos, los excelentísimos, los ilustrísimos y los useseñorías valen tanto como los honorables. Aquí ninguno vive su vida verdadera, que todos hacen su papel en la gran farsa. El sabio no es tal sabio; el rico, tal rico; el héroe, tal héroe; el católico, tal católico; ni el librepensador, tal librepensador. Quizá los hombres no son tales hombres ni las mujeres son tales mujeres. Sin embargo, no faltan personas graves que toman a lo serio las cosas. ¡Tomar a lo serio cosas del Perú!

Esto no es república sino mojiganga.”

Los gobernantes son simples mandarines de poderes externos, los legisladores, ediles, alcaldes, todos en conjunto abominable, eslabones mediocres de una grisura cancerígena. Los que ayer fueron incendiarios de praderas sociales, cedieron ante la pitanza y la coima. De protestantes terminaron en bomberos y cómplices en cómo robarse un país y vivir sin problemas.

Peor que un yerro de voluntad acaso mal conducido, resulta el silencio proditor que mira a todas partes para exclamar su ignorancia de cómo se apalea a los trabajadores, con y sin uniforme a lo largo y a lo ancho de la patria.

Esa es nuestra realidad. Hay que cambiarla de una buena vez. ¿Quiénes entran a la pelea?

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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