¿Quién pone la agenda política y social del Perú?

El rol estupidizador de la consciencia social por

los medios de comunicación

Luis Alberto Pacheco Mandujano[1]

Tres días consecutivos –los que anteceden a éste– he tenido la desgraciada ocasión –por razones muy circunstanciales– de tener que oír RPP y CPN durante la noche. Digo desgraciada ocasión, primero en un sentido de carácter excepcional –pues no es de desmerecer el trabajo de quienes desde tales medios ejercen su profesión en términos de cierta reconocida ética y corrección profesional [parece que no hubiera tal gente, pero no es tanto así]–, y, segundo, por el tema tratado en los programas correspondientes que en horario nocturno se difundieron a través de la ionósfera: la liberación condicional de la señora Lori Berenson, que en línea telefónica abierta fue materia de enjuiciamiento [o sea, “opinión” ] público.

Esto último parecería estar bien para algunos porque, valgan verdades, se suele decir, con credo incluido, que “la voz del pueblo es la voz de Dios”, lo que, en resumidas cuentas, significa que el sentimiento, el pensamiento, en suma, la opinión, el juicio popular, es, a no dudarlo, manifestación de una verdad incuestionable e incontrovertible tal que refleja per sé la realidad de las cosas, tal cual ellas son, lo que permite reconocer en tal sentencia cierto contenido de verdad ética que obliga a su ejecución inmediata por decisión democrática: el pueblo lo cree así, por lo tanto debe implementarse tal consideración, dado que el pueblo no se puede equivocar.

Pero si ésta es una verdad que deba ser aceptada, por su naturaleza, a priori, me disculpan, ¡me opongo! Las verdades apriorísticas sólo corresponden al mundo de la matemática y de la lógica, mas no así al de la naturaleza y menos al de la sociedad. En éste último, en el campo de lo social, la historia nos enseña justamente, que, en esto al menos, es de considerar mejor lo que los clásicos romanos ya reconocían en su tiempo: experientia est optima rerum magistra, la experiencia es la mejor de las maestras. Y la experiencia enseña que no siempre la voz del pueblo es la voz de Dios; es más, casi siempre semejante forma de razonar cae en el ámbito conceptual de la falacia, o sea, de los raciocinios, más que incorrectos, inválidos. En este artículo, por lo que se analizará a lo largo de él, demostraremos que esta sentencia es, en una palabra, expresión de un lugar común.

“Esa señora debe quedarse en la cárcel hasta que muera”, “Lori Berenson es una terrorista y no merece salir libre”, “Mal hace el Poder Judicial insensible en liberar a esa terrorista”, “Que se vaya a su país y que la metan presa”. Éstas han sido algunas de las noventa y siete de cien –por definición porcentual– expresiones vertidas, en torno a la liberación condicional de la ciudadana norteamericana Lori Berenson, a través de líneas telefónicas abiertas en RPP y CPN [y ya no cuento lo vertido a través de la televisión y la prensa escrita]. Tan abrumador número de opiniones de este tipo refleja como común denominador –que a su vez delata el sentido de pensamiento común entre los opinantes–, en fin de cuentas, lo que en síntesis se expresa en esta frase: la señora Berenson es terrorista y, por tanto, después de tanto daño que le ha hecho al país, no merece nada, sino sólo la cárcel hasta el fin de sus días.

Con todo lo que implica, sin embargo, ¿es correcta semejante forma de pensar, y opinar? Para responder a esta pregunta se hace necesario que dejemos establecidas ciertas premisas objetivas y necesarias previas: primero, Lori Berenson fue juzgada por un tribunal civil, desde fines del año 2000, y, en su oportunidad, fue condenada por el delito de Colaboración con el Terrorismo; segundo, ese mismo tribunal concluyó en su sentencia que Lori Berenson no fue líder del MRTA y, en por tanto, no participó de ninguna forma en la elaboración ni definición de las líneas estratégicas o tácticas de acción política y militar de ese movimiento guerrillero; tercero, la misma sentencia concluyó que Lori Berenson confesó comulgar con los ideales e ideologías del MRTA, pero que no por ello tuvo que ver directamente en actividades terroristas ejecutadas por ese grupo subversivo; cuarto, el Estado de Derecho no se construye sobre la base del reconocimiento de libertades y derechos de tan sólo un grupo de personas, de los justos, sino, por el contrario, en función de la definición y reafirmación del concepto de ciudadanía, el que abarca a todos, incluidos también los “pecadores”, los “enemigos de la sociedad” [según el concepto de G. Jakobs]; quinto, un auténtico y verdadero sistema democrático prevé un Estado en el cual no es la voluntad del gobernante, pero tampoco la voluntad de los gobernados, la que se imponga finalmente sobre todos, sin más [porque si democracia no es autocracia, en buena cuenta tampoco es “dictadura de la mayoría”], sino que define la construcción de un Estado que, a las voluntades y acciones omnímodas de cualquiera de estos sectores, opone inmediatamente la ley, instrumento jurídico-político-social de consenso, elemento de equilibrio racional que permite regular nuestras conductas en función de objetivos preclaros.

Con consideraciones previas como éstas, creo que es posible emitir juicios [opiniones] ponderados y, sobre todo, objetivos, libres de apasionamientos venales y preñados de juegos moralistas que, al final, terminan cayendo en el saco del utilitarismo político que será bien aprovechado por parte de cierto sector de la sociedad.

Lori Berenson, en principio, no ha sido ni es terrorista, sino colaboradora del terrorismo, diferencia que, aunque aparentemente insignificante, define la línea de división entre uno y otro concepto. El devotamente recordado cirenaico novotestamentario, no por ayudar a cargar la cruz, se hizo cristiano, como tampoco el hecho de que ciertos funcionarios públicos en 1990 que, por omisión y silencio convenido, definitivamente colaboraron con la construcción del túnel por el cual fugó graciosamente Polay y sus camaradas, convirtió a estos funcionarios en emerretistas. No siempre un acto de colaboración convierte a uno –ni por las buenas, ni por las malas– en lo que ese uno es. Berenson fue una iconoclasta desubicada, ilusamente crédula; creyó que el MRTA era un movimiento de liberación nacional, y su espíritu apasionado, aunque bobo, la llevó engañada a involucrarse prestando su colaboración con el terrorismo. Si por esta acción, Lori Berenson le causó algún daño al país, definitivamente tal daño sólo pudo haber sido abstracto, porque no fue consumado, no necesariamente concretizado. Esa fue, en verdad, su colaboración. Quizás en estos términos podríamos hablar de un daño considerado como ofensa al país.

Pero después de ello, ¿qué acción dañosa material y concreta le generó Lori Berenson al país, fuera de los efectos de la propaganda y el discurso apasionado de alto contenido ideológico y político que, en fin de cuentas, podían ser combatidos en esos mismos planos, de modo inteligente y sapiente? Objetivamente hablando, ninguno. La misma sentencia de Marcos Ibazeta, la fujimorista Eliana Araujo Sánchez y compañía así lo determinó.

En todo caso, quince, de veinte años de condena, sobrepasa con mucho los límites que bastan y sobran al ser humano para re-definirse existencialmente en el mundo. No lo digo yo, lo dicen los psicólogos especialistas en el asunto. En consecuencia, en el caso concreto, bien puede tenerse la sospecha segura y garantizada de que, al menos en el Perú, la señora Berenson ya tuvo tiempo suficiente para pesarse de las acciones que la llevaron a la cárcel y, a partir de tal experiencia, no se podría ver tentada de re-editar sus juveniles emociones a favor de falsas causas de liberación nacional. Ella sabe bien lo que le tocaría por seguir siendo impenitentemente iconoclasta.

Por otro lado, teóricamente hablando, y desde el punto de vista político-social, la pena de cárcel desempeña un papel de reinserción a la sociedad, y, justamente para ello, existe el conjunto de medidas normativas que tienden a garantizar esta finalidad, entre ellas, la libertad condicional. Este beneficio es un derecho del condenado. Y la ley, al menos en este caso [no así en el de cabecillas narcotraficantes, líderes terroristas, violadores sexuales de menores de edad, etc.], ha sido dada, repetimos, no sólo para unos cuantos, sino para todos. La propiedad intrínseca de la ley es, precisamente por esto, cuantitativamente universal. Por eso, cuando la juez del caso, después de verificar que la petición de la Berenson reunía todos los requisitos de ley, y que nada le impedía gozar de ese beneficio garantizado para ella y todos los sentenciados, legalmente hablando, procedió a dictar el auto de libertad condicional. ¿Por qué entonces el escándalo? ¿Dónde se halla lo aberrante? ¿A qué se le tiene miedo? Comprendemos que en el caso de Lori Berenson no tratamos de cualquier personaje, de una rea más, sino de una figura altamente polémica. Está bien, es comprensible la reacción; sin embargo, no olvidemos que dura lex, sed lex, la ley es dura, pero es la ley. Y Lori Berenson puede ser motejada de todos, pero también es un sujeto de derecho.

Además, gracias al proceder de la jueza Jessica León Yarango, titular del Primer Juzgado Supraprovincial que otorgó el beneficio en cuestión, estoy más que convencido que el Estado de Derecho en el Perú se reafirmó y pasó a una nueva y superior etapa. Se reafirmó porque, así, se efectivizó en la práctica un enunciado legal que hasta hace poco no pasaba de ser simple poesía normativa: la ley es igual para todos, porque todos, justos y pecadores, somos iguales ante la ley. Esto último, que ahora es una verdad real, significa que cada ciudadano responde personalmente de sus actos permitidos y no permitidos, pero siempre en función de tal fórmula de igualdad. Por otra parte, el Estado de Derecho, gracias al Poder Judicial, ha pasado a una nueva y superior etapa de su desarrollo porque, en el caso concreto, no ha visto en Lori Berenson sino a un ser humano, a una ciudadana a la que –independientemente de sus credos y acciones por los que viene pagando– también le alcanza la ley: así como para sancionarla, también para reconocerle derechos y beneficios.

En esta acción, el Estado peruano ha dejado de ser un Estado retrógrado, ha evolucionado en favor de un Estado que reconoce condición de ser humano a todos, independientemente de quién se trate. Y si ésta constituye la evidencia que verifica un desarrollo superador desde la perspectiva jurídica, no podemos dejar de considerar, al mismo tiempo, que desde un punto de vista político, se ha acabado también con un argumento central del discurso subversivo emerretista, ése que rezaba que el Estado peruano era un Estado caduco y burgués, un aparato de poder político de opresión y de beneficio de las clases sociales dominantes. Si en algún momento eso fue el Estado peruano, hoy no más, y lo demuestra justamente con quien ha sido considerada una enemiga del sistema, personaje no integrante de las “clases sociales dominantes”. El argumento emerretista ya no existe.

De esta manera se verifica que el proceder del Poder Judicial no sólo es correcto –jurídica y políticamente hablando–, sino hasta se constituye en factor de desarrollo, para despecho de quienes acusan a ese aparato del Estado de lento, corrupto, insensible y apartado de la realidad. En suma, se ve que no es el Poder Judicial el ente involucionado en el Perú; desgraciadamente ese ente involucionado es la sociedad, por su grado de in-cultura.

Esto tampoco es de extrañar. Por lo general el vulgo disparata, aunque tal vez no por su propia causa, sino porque sí ciertos sectores políticos del Estado prefieren mantener al pueblo en situación de miseria cultural. La ignorancia popular no sólo revela incultura sino, sobre todo, sus propias condiciones de vida, porque éstas reflejan, a no dudarlo y en última instancia, la consciencia social de los hombres. Es por eso que la gente pide sangre, ella quisiera ver muertos a ciertos personajes; las mayorías exigen ejecuciones y encarcelamientos perpetuos. ¿Pero acaso refleja esto consciencia democrática de parte del pueblo? La respuesta al interrogante es obvia.

Cuánta razón tenía, pues, Sartre, al afirmar que en los tiempos modernos el arma fundamental de las clases dominantes en el mundo es la estupidez, ésa que, implementada desde la des-educación masiva que brindan los centros de enseñanza básica y superior, los medios de comunicación de la prensa masiva [televisión, radio, prensa escrita], entre otros, adormece consciencias, aletarga raciocinios e impone, atropellando, su subjetividad irracional, frente a la objetividad concreta. Mas todo esto no es gratuito, esto es promocionado para beneficio de alguien. Adivinen.

Uno de los tres pretextos usados para justificar el golpe de Estado del 5 de abril de 1992 fue, para no olvidarse, la implementación de la “lucha antiterrorista” tendiente a lograr el establecimiento de la denominada “pacificación nacional”. Después del 9 de septiembre de ese mismo año, cuando fue capturado Abimael Guzmán por el GEIN de la Policía Nacional del Perú, el héroe [ilegítimo] de ese proceso fue el usurpador del gobierno Alberto Fujimori. Desde entonces, todo discurso, toda campaña, de ese grupo político, utilizó siempre ese plato fuerte de su régimen. Y hoy, cuando el actual gobierno, “a vista y paciencia de todos libera terroristas” [según afirma el adormecedor y ofensivo –por ignorante– discurso de los enemigos políticos del aprismo y del gobierno], la zozobra retorna, los miedos fluyen, pero una solución de experiencia está a la vista: el fujimorismo que representa Keiko Fujimori. En otras palabras, nos encontramos frente a un plan montado adecuadamente, como psicosocial perfectamente razonado, para aprovechar lo acontecido a favor de este sector político de tradición, más que autoritaria, dictatorial, en pleno período electoral. ¡Eso sí es terrorismo!

Yo también soy una persona que ha sufrido directa e indirectamente el proceso de la guerra interna de los años 80. Si estoy vivo es por ciertos milagros con los que Dios y la vida me bendijeron. Pero no por ello puedo permitirme razonar inválidamente. Hay que saber diferenciar la paja del trigo, y ya es tiempo de demostrar que la democracia no sólo se expresa en un sistema político y social, sino, con prioridad, que ella se incuba y desarrolla antes en la consciencia social de cada uno de los ciudadanos. Ésta, en verdad, es condición existencial de lo anterior. Sin ésta, no habrá jamás, en verdad, aquello otro.

La agenda política y social de un Estado debe ser puesta no de la forma mediática como suele suceder en el Perú contemporáneo: por intereses de sectores políticos que son apoyados por medios de comunicación de tradición salteadora. Debe ser el resultado del consenso democrático, de lo que importa trascendentalmente a todos y no sólo a algunos. Pero la democracia no es, repetimos, rimanakuy, turbamulta, dictadura de la mayoría. No siempre la mayoría tendrá necesariamente [afortunadamente] la razón. El pueblo también se puede equivocar. Y reconocer esta característica de lo popular no significa menospreciar a la mayoría, no se puede entender esta interpretación como expresión de insignificancia de lo que el pueblo cree, piensa y siente. Todo lo contrario: el pueblo es el soberano, pero como proclamaban sabiamente especiales ciudadanos romanos de avanzada hace poco más de dos mil años atrás, también hay que educar al soberano. De lo contrario, se corre el riesgo de asumir la verdad de lo que Facundo Cabral alguna vez dijo: “come mierda, cien mil moscas no pueden estar equivocadas”.

Lori Berenson ya fue condenada por derecho, y le corresponde ahora también lo que es de derecho. Por esto no hay que escandalizarse. Pero creo firmemente que no debe conmutársele la pena y expulsarla después. Eso sí le podría animar a reincidir, desde un país extranjero, en viejas andanzas. Debe quedarse en el Perú a continuar sufriendo el resto de su pena y, al final de ella, ser finalmente expulsada. Esto, desde el punto de vista político, es mucho más estratégico, y tiene la ventaja de no afectar al derecho. Los peruanos [mejor, los vecinos miraflorinos] deben aprender a ver mejor la realidad de las cosas, madurar, evitar ser emotivos en decisiones trascendentes, y ser serenos en la formulación de sus juicios. De lo contrario corren el grave riego de ser tablas a la deriva en el mar, llevadas por la corriente. ¿Es esto lo que quieren, ser llevados por la corriente? ¿Por qué gusta al peruano de permitir que otro piense por él?

Por lo que a mí respecta, sean bienvenidas las críticas objetivas que correspondan a mi pensamiento. Ante toda forma de diatriba que venga, por esto, sobre mí, sólo me queda repetir la frase del inmortal florentino: “Segui il tuo corso e lascia dir le genti”.


[1] Profesor de Filosofía del Derecho y Antropología Jurídica de la Facultad de Derecho y CC.PP. de la Universidad Peruana “Los Andes”, Perú. Maestrías cursadas: i) Maestría en Derecho con Mención en Derecho Penal (EUPG-UNCP, 2004-2005); ii) Maestría en Filosofía e Investigación (EPG-UAP, 2007-2008); iii) Maestría en Derecho Penal y Derecho Procesal Penal (ESN-UC, 2009-2010). Website: www.luisalbertopacheco.blogs...