Con sospechosa simultaneidad los miedos de comunicación “informan” que el congresista Jorge del Castillo no está más en la lista del oficialismo al Congreso. Y dan por “ganadora” a la inane Mercedes Aráoz. ¿Es cierto aquello? No, de ninguna manera. La ilegítima candidata no pasa de marioneta –o pantalla quemada como ha escrito el sociólogo Eduardo Bueno León- del Gran Titiretero Alan García Pérez. Es él quien ha dispuesto que Tío George pase al retiro, arriesgando el peligro de su réplica letal y plena en conocimientos documentados de aventuras de fondo, forma y pingues beneficios.

El rabulesco espectáculo de un grupete asistiendo a la casa de Aráoz a firmar el acta de sujeción y servilismo es un hito tan o más repugnante desde los tiempos en que Montesinos hizo lo mismo con militares cipayos. Ir al domicilio de doña Mercedes a protestar su “lealtad” con García Pérez no puede ser sino uno de los actos más asquerosos de que pueda estar plagado la historia de la infamia pública del Perú.

¿Qué procura García Pérez con la interminable lista de ridiculeces y extravagancias a que somete a sus esclavos? ¿qué propósitos tiene la tragicomedia y manipulación con el otrora partido de multitudes? ¡Sólo una cosa: destruirlo, pulverizarlo! ¿Con qué objeto?: erigirse él como Mesías no sólo de los resabios múltiples de su colectividad sino en la “única” respuesta para el 2016. Soberbia típica de una megalomanía que cree que los destinos nacionales giran en torno a su insolente falta de escrúpulos.

Pretender que Jorge del Castillo es el “símbolo” de la corrupción y de todo lo malo ocurrido durante larguísimos años de misteriosas componendas, como disemina el señor García en los miedos de comunicación, es una especie a la que pueden dar fe sólo mentecatos. El ex alcalde barranquino y de Lima, legiferante por lustros sin mayores luces ni capacidad intelectual para la creación ideológica o doctrinaria, ha sido alter ego, custodio y guardián, notario, albacea y empecinado socio de García Pérez. Domina terrenos a los que sólo él tiene acceso y posee artillería pesada de circunstancias sobre las que aún hay un pesado velo de secretismo. ¿Hasta cuándo está vigente el pacto de omerta? Eso no lo sabe nadie más que del Castillo. Pero quien siembra vientos, cosecha tempestades y el señor de marras debe estar saboreando la indigesta sensación del puñal que atraviesa y rasga antiguas sociedades y lealtades que ayer le demostraron con qué facilidad se venden públicamente por un plato de lentejas.

Los abyectos que fueron a expresar su “solidaridad” con la Aráoz, en su casa, no en local partidario, en Miraflores, constituyen palmaria señal de hasta qué punto el humano se convierte en estropajo al servicio de las más bajas pasiones. Todos ellos son vectores de la imposición alanista que les ofrece otro nuevo período legislativo a cambio de sujeción con cámaras incluidas y el goce de los recursos ingentes que da oficialmente la cansada tesorería del Congreso y colaterales que se gestionan con el tráfico de influencias. Estos gorilas politicantes han mostrado la negrura de su alma y su espíritu de sicarios que no otra cosa son, peones en el ajedrez nefasto de un bipolar.

Bien decía Manuel González Prada en Los honorables, Bajo el Oprobio 1914:

“¿Qué es un Congreso peruano? La cloaca máxima de Tarquino, el gran colector donde vienen a reunirse los albañales de toda la República. Hombre entrado ahí, hombre perdido. Antes de mucho, adquiere los estigmas profesionales: de hombre social degenera en gorila politicante. Raros, rarísimos, permanecen sanos e incólumes; seres anacrónicos o inadaptables al medio, actúan en el vacío, y lejos de infundir estima y consideración, sirven de mofa a los histriones de la mayoría palaciega. Las gentes acabarán por reconocer que la techumbre de un parlamento viene demasiado baja para la estatura de un hombre honrado. Hasta el caballo de Calígula rabiaría de ser enrolado en semejante corporación.

Porque en todas las instituciones nacionales y en todos los ramos de la administración pública sucede lo mismo que en el Parlamento: los reverendísimos, los excelentísimos, los ilustrísimos y los useseñorías valen tanto como los honorables. Aquí ninguno vive su vida verdadera, que todos hacen su papel en la gran farsa. El sabio no es tal sabio; el rico, tal rico; el héroe, tal héroe; el católico, tal católico; ni el librepensador, tal librepensador. Quizá los hombres no son tales hombres ni las mujeres son tales mujeres. Sin embargo, no faltan personas graves que toman a lo serio las cosas. ¡Tomar a lo serio cosas del Perú!

Esto no es república sino mojiganga.”

Como Gran Titiretero ya anunció desde la amplitud de su obesidad de casi dos metros que vuelve al Partido, se hace pertinente lo que un querido colega, amigo y correligionario me advertía: si hay quienes aún quieren salvar el Partido ¡tienen que apurarse para no terminar como enterradores de oficio! Verdad maciza y monumental. El rescate tiene que limpiar radicalmente el templo de tantos mercaderes y rufianes.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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