Ernesto Lobo RCZ Editor, 2011, Surco-Lima Perú; [email protected]

…..dímelo tú, eres tú la del juego, ¿son hechos fortuitos?, ¿coincidencias?, ¿es eso lo que quieres decir?; si es así no pasa nada, no pasó nada, nada sucederá, es así, ¿no?....

Miranda asintió. La luz a través de la claraboya llenaba completamente la habitación, la mesa, las sillas, los sillones de lectura de las autoridades, los libreros, las mesas con las computadoras, todo parecía encenderse en un brillo particular, distinto, interno; un blanco intenso que más que brillar le daba énfasis a sus palabras. Los astros, los dioses y los cielos ya habían desaparecido o al menos, no estaban a la vista como antes.

Miranda tampoco contestó ahora, se había sumergido en los presagios que preceden la huida. Volvió a mirarlo tratando de asentir pero su expresión la detuvo, mostraba miedo, convocaba a los temores, quienes de pronto estaban allí, todos presentes, girando entre ellos, en palabras, en los escritos impresos en las imágenes de los vitrales, eran los mismos temores que reaparecían cualquier tarde en medio de una conversación simple. Su atención se perdió una vez más siguiendo las gruesas venas de los listones de madera que tapizaban el suelo, le llamó la atención la perfección de sus líneas, el diario quehacer del librero, cada día desde muy temprano, dedicado a inventar ese pequeño mundo de luz, madera y libros. Siguió las líneas de los estantes, su perfecta simetría, el estrico orden de las series de libros, de los tamaños, de los empastes: los de forro verde hacia el oeste, los de forro rojo al centro, los azules en el extremo sur. Se estaba preguntando por el orden natural de las cosas, por la diferencia entre lo virtual y lo arbitrario, por el azar y los destinos. Al norte la puerta, nunca libros, nunca al norte. (pp. 89-90-91)

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