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Slavoj Zizek en su texto Sobre la violencia distingue dos tipos de violencia que me parecen útiles. El primero de ellos es la “violencia subjetiva”, la cual es la más evidente y escandalosa en los medios de comunicación; la que captura la atención por el fuego y la sangre derramada: “la violencia de los agentes sociales, de los individuos malvados, de los aparatos disciplinados de represión o de las multitudes fanáticas”. La punta de un iceberg sumergido en la indiferencia y la costumbre. El ejemplo perfecto son los ataques terroristas. Por otro lado, la “violencia objetiva” es la inherente al sistema imperante. Tiene como resultados los costos sociales y las heridas socializadas que permiten el funcionamiento de la maquinaria social pero que más o menos son aceptadas y no son objeto de escándalo como los actos de barbarie transmitidos hasta el cansancio en los medios. Un buen ejemplo es la economía basada en salarios que se encuentran debajo de la subsistencia que generan ciclos de violencia laboral y escolar interiorizados y aceptados que pueden resumirse en un: “Si no les alcanza, chínguenle más”.

De la misma manera que hemos aceptado con resignación la precarización laboral nos hemos acostumbrado a que, según la Red por los Derechos de la Infancia (Redim), entre 2006 y 2014 hayan muerto 1 mil 750 niños en medio de la estrategia contra la delincuencia organizada, o a que México sea el octavo país del mundo con más homicidios de periodistas.

Sin embargo, miles de mexicanos se indignaron por la imagen de un niño sirio ahogado en el Mediterráneo. ¿Cuántos se enteraron del niño de 7 meses que hace unas semanas fue tiroteado junto con sus padres en Valle Nacional, Oaxaca? Ésta no es una pregunta moral sino de números, pues parece que nos indignan más hechos ocurridos fuera de nuestras fronteras que las calamidades que ocurren día con día en nuestro país. Reitero, se agotó nuestra capacidad de asombro.

Fuente
Contralínea (México)