Zósimo Camacho

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Los corporativos mediáticos y los aparatos del Estado intentan simplificar y caricaturizar la imagen de quienes cultivan y viven esta ideología: encapuchados vestidos de negro que, en medio de una nube de gas lacrimógeno, lanzan artefactos incendiarios contra la policía, rompen cristales de las sucursales bancarias y realizan pintas en edificios públicos (“vandalizan monumentos arquitectónicos”, gustan decir los lectores de boletines oficiales en los noticieros de radio y televisión).

Sí, en efecto, algunos de los colectivos anarquistas están dispuestos a responder a la policía y hay quienes en “acciones directas” enfrentan a los representantes del poder formal (gobierno) y del de facto (grandes empresarios). Por otro lado, también hay grupos disfrazados de “anarquistas” que, coordinados con las policías, inician grescas para disolver manifestaciones.

Lo cierto es que el anarquismo rebasa, por mucho, la imagen aislada de la molotov y los vidrios rotos. Por sí sola esta imagen, sin el contexto de la rebeldía, la inconformidad, la destrucción de un sistema injusto para construir uno nuevo, en las pantallas de televisión sólo busca producir temor y caos.

Muchos de los colectivos que hoy sostienen o se solidarizan con movimientos sociales amplios son de corte anarquista. Construyen sus propios medios de comunicación (periódicos, radios libres o comunitarias, hojas volantes, revistas, equipos de producción de documentales), talleres (de salud, de impresión, de nutrición…) y sus formas de obtención de recursos (cocinas y comedores populares, venta de libros y música…). Y sí, también están en las barricadas de la Ciudad de México, Oaxaca, Chiapas, Jalisco y prácticamente por todo el país donde consideren que se libra una lucha justa.

Gracias al internet, la distribución de textos anarquistas fluye con fuerza; pero finalmente sólo llegan a quienes tienen acceso a una computadora conectada a la red de redes. Y sorprende la supresión de toda una corriente de pensamiento –el anarquismo– que realizan librerías y, sobre todo, editoriales establecidas. En ninguna librería de nuevo o viejo se pueden conseguir textos tan famosos y valiosos como Filosofía de la miseria (de Pierre-Joseph Phroudon), Dios y el Estado (de Mijaíl Bakunin), La conquista del pan (de Piotr Kropotkin) o incluso La ideología anarquista (de Ángel Cappelleti), simple y sencillamente porque las grandes editoriales dejaron de editarlos desde hace ya varios años. Hoy pequeños colectivos editan estos libros y se distribuyen en encuentros anarquistas y en algunas librerías-cafeterías.

Resulta curioso que otras corrientes pensamiento, también muy críticas al statu quo –como la pléyade de pensadores del marxismo– sí se editen masivamente y se pueda conseguir (muchas veces con malas traducciones) en cualquier librería. Pero los anarquistas están vetados.

El anarquismo no tiene una sola forma de asumirse y vivirse. Así como el marxismo, las expresiones anarquistas son tan amplias que algunas de ellas mantienen diálogos agrios sobre el camino a seguir.

Entre muchas, una pequeña editorial, edita textos acerca del anarquismo, publica libros de distintos formatos a bajo costo. No es un negocio. Por convicción, el colectivo llamado Ediciones La Voz de la Anarquía, ha puesto en circulación alrededor de 30 títulos. Sus integrantes constituyen un colectivo autogestionario, cuyos recursos de la venta de libros se utilizan para impresión de más libros. Como señalan en su página de internet, su cometido es propagar “las ideas anarquistas cuanto podamos, sin ayuda de empresarios ni gobiernos, con medios propios y sin nexo alguno con quienes consideramos nuestros enemigos: el Estado, el capital y el clero”.

En uno de los títulos, Ideario anarquista, reúnen textos de Bakunin, Kropotkin, Sebastián Faure y Errico Malatesta. Es un compendio apretado, pero claro y sencillo, de propalación de los postulados básicos del anarquista.

Representa este título una oportunidad para asomarse de manera seria y clara a la propuesta de sociedad que enarbolan los ácratas: sus convergencias con el marxismo, sus diferencias probablemente irreconciliables con el mismo (sobre todo en el aspecto político) y la vigencia de sus ideas ante un orden social que injusto, autoritario y que corta las posibilidades de desarrollo integral de la mayoría de la población.

Como señala Sebastián Faure, en su texto La Anarquía –recopilado en el volumen que comentamos–, “la doctrina anarquista se resume en una sola palabra: libertad”. La fuente de la infelicidad de la mayoría de los seres humanos precisamente es la falta de esa libertad porque está sometida a una autoridad con cuatro rostros: el capital (autoridad sobre la riqueza social); el Estado (autoridad sobre los cuerpos); la ley (autoridad sobre las conciencias), y la religión (autoridad sobre el “espíritu y los corazones”).

Otra opción para dialogar con el anarquismo a través de sus pensadores se puede encontrar en las bibliotecas construidas por anarquistas. Destaca la Biblioteca Social Reconstruir, fundada por Ricardo Mestre Ventura, un anarquista español que tuvo que exiliarse a México en 1939, al triunfo franquista en la contienda civil española. Cuenta con más de 3 mil libros; 850 de ellos son anarquistas. Entre los títulos más antiguos está Pornocracia, de Proudhon, editado es España en 1892.

Los anarquistas hacen falta en las calles, pero también en el diálogo con todo el movimiento social que busca la transformación del orden establecido por uno más justo y libre. Es muy valioso que estén. Más allá de una televisión en llamas.