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La canciller alemana Angela Merkel y su ministro de Economía, Olaf Scholz, denuncian la ‎injerencia de Estados Unidos en las relaciones comerciales de los europeos.

Aunque están ‎ enfrascados en un encarnizado enfrentamiento alrededor de la eventual destitución ‎del presidente Donald Trump, republicanos y demócratas votaron casi unánimemente en ‎el Senado la adopción de duras sanciones contra las empresas que participen en el proyecto ‎‎Nord Stream 2, destinado a multiplicar por dos los volúmenes de gas ruso que llegan a ‎Alemania a través del Mar Báltico. Se verán afectadas las empresas europeas que participan en ‎ese proyecto –una inversión de 11 000 millones de dólares– ya terminado en un 80%, con ‎el gigante ruso Gazprom: la empresa austriaca Omy, la anglo-holandesa Royal Dutch Shell, ‎la francesa Engie, las alemanas Uniper y Wintershall, la italiana Saipem y la suiza Allseas que ‎tienen participación en la instalación de las tuberías. ‎

Estados Unidos estima que al multiplicarse por dos la capacidad de Nord Stream también ‎aumenta la dependencia europea del gas ruso. Pero lo que más preocupa a los estadounidenses ‎es que, al atravesar el Báltico pasando por aguas territoriales rusas, finlandesas, suecas ‎y alemanas, ese gasoducto evita los países del Grupo de Visegrado (la República Checa, ‎Eslovaquia, Polonia y Hungría), los países bálticos y Ucrania, o sea los países europeos ‎más atados a Washington a través de la OTAN –a los que se agrega Italia. ‎

Para Estados Unidos, el asunto es más estratégico que económico. Así lo confirma el hecho que ‎las sanciones contra el Nord Stream 2 están incluidas en la National Defense Authorization Act, ‎la misma ley que asigna al Pentágono la colosal suma de 738 000 millones de dólares, que ‎serán utilizados durante el año fiscal 2020 en nuevas guerras y nuevas armas –incluyendo ‎armamento espacial. A esos 738 000 millones de dólares se agregan otras asignaciones que ‎elevarán el gasto militar estadounidense a unos 1 000 millardos [1] ‎de dólares. Las sanciones económicas contra el Nord Stream 2 son parte de la escalada ‎político-militar contra Rusia. ‎

Otra confirmación de eso es el hecho que el Congreso de Estados Unidos adoptó sanciones ‎no sólo contra el Nord Stream 2 sino también contra el gasoducto TurkStream. También en fase ‎de terminación, el TurkStream atravesará el Mar Negro para llevar el gas ruso hasta Tracia ‎oriental, en la pequeña porción de territorio europeo de Turquía. A partir de allí, a través de otro ‎gasoducto, el gas ruso llegará a Bulgaria, Serbia y otros países europeos. ‎

Esa es la respuesta rusa al golpe que Estados Unidos logró asestarle a la Federación en 2014, ‎cuando logró bloquear el gasoducto South Stream, que debía conectar Rusia con Italia pasando ‎por el Mar Negro y por tierra hasta Tarvisio, en la provincia italiana de Udine. Italia se habría ‎convertido así en centro de redireccionamiento del gas ruso hacia los demás países de la Unión ‎Europea, lo cual habría reportado a los italianos notables ventajas económicas. Pero la ‎administración Obama logró hacer fracasar aquel proyecto, con la complicidad de la propia Unión ‎Europea. ‎

La empresa Saipem –del grupo italiano ENI–, afectada ahora por las sanciones de Estados Unidos ‎contra el Nord Stream 2, ya había sufrido graves pérdidas en 2014, cuando el bloqueo del ‎South Stream le hizo perder contratos por valor de 2 400 millones de dólares, sin contar la ‎obtención de otros contratos que debían derivarse de la continuación del proyecto. Pero en ‎aquel momento, nadie –ni en Italia, ni en la Unión Europea– absolutamente nadie protestó ‎cuando Estados Unidos bloqueó el South Stream. Sin embargo, ahora que están en juego los ‎intereses de Alemania, se oyen en ese país y en la Unión Europea voces que critican las sanciones ‎estadounidenses contra el Nord Stream 2. ‎

Pero no se dice nada sobre el hecho que la Unión Europea se ha comprometido a importar desde ‎Estados Unidos el gas licuado (GNL) obtenido mediante la destructiva técnica de fracturación ‎hidráulica, conocida como fracking. En su empeño por perjudicar a Rusia, Washington trata de ‎reducir en algo la exportación de gas ruso hacia la Unión Europea… pero son los consumidores ‎europeos quienes pagan la factura. ‎

Desde que el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude ‎Juncker, firmaron en Washington –en julio de 2018– la Declaración Conjunta sobre la ‎Cooperación Estratégica USA-UE, la Unión Europea multiplicó por dos sus importaciones de gas ‎estadounidense, llegando incluso a cofinanciar la infraestructura necesaria para esas ‎importaciones con un gasto especial inicial de 656 millones de euros. Pero eso no salvó a las ‎empresas europeas de las sanciones estadounidenses. ‎

Fuente
Il Manifesto (Italia)

Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la versión al francés de Marie-Ange Patrizio

[1] 1 millardo = 1 000 millones