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Robert O’Brien, consejero de seguridad nacional del presidente Donald Trump.‎

Como sacada de un viejo video de la primera década del siglo XX, ha atracado en Panamá una ‎cañonera con los más rancios representantes del Big Stick del primer Roosevelt [1], quien aconsejaba a sus diplomáticos ‎hablar con voz suave (llevar una zanahoria) pero portar también un garrote grande (un “manduco”, ‎decíamos cuando niños) por si acaso no entendíamos el mensaje. El “destructor” se llama ‎‎“USS O’Brien”.‎

Aclarémoslo: Panamá no los invitó, sino que ellos se autoinvitaron –sin darnos tiempo para responder– ‎como es tradición y mala costumbre de la Casa Blanca: llegar a comer sin ser convidados. Y estos ‎filibusteros con corbata llegaron en el momento menos oportuno, cuando Panamá está buscando ‎dónde, cómo, con quiénes y con qué atender a tantos afectados por el Covid-19.‎

‎¿Quiénes vinieron? Robert O’Brien, consejero del presidente Trumo para la seguridad nacional (sustituto ‎del inolvidable, por bocón, John Bolton); el almirante Craig Faller, jefe del Comando Sur ‎‎(NorthCom) de las fuerzas armadas de Estados Unidos; Mauricio Claver-Carone, director del ‎Consejo de Seguridad Nacional para el Hemisferio Occidental (este cubano-americano ya es un ‎‎“veterano de Panamá”) y Adam Boehler, director general de la Corporación Financiera de ‎Desarrollo Internacional de Estados Unidos. Cada uno vino con sus respectivas zanahorias y ‎garrotes.‎

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La política del Big Stick (o “política de la cañonera”), del presidente estadounidense Theodore ‎Roosevelt, en una caricatura de 1904.‎

En pocas palabras, Washington envió a la CABALLERÍA, una verdadera selección nacional de ‎‎big leaguers como no recuerdo que hayan enviado antes a Panamá o a país alguno de ‎Nuestra América, confirmando lo dicho, por ellos, de que somos “el país con mayor futuro de ‎la región” (¡sic!).‎

‎¿Cuáles son sus objetivos declarados? La misma cantaleta de siempre, algunos de los cuales ya ‎estaban contemplados en acuerdos previos de todo tipo, firmados con funcionarios autorizados ‎para suscribirlos o con otros no facultados constitucionalmente para firmar tratados (cancilleres, ‎ministros de Gobierno, Administradores de la Autoridad del Canal de Panamá, Consejo de ‎Seguridad Nacional, Fuerza Pública y hasta directores de Correos).‎

La Comisión O’Brien viene a enseñarnos a combatir el lavado de dinero, a llevar a juicio a los ‎blanqueadores, a ser buenos pupilos del FBI, a ayudar al sistema bancario nacional y al de ‎Estados Unidos, valga la redundancia. ‎

Omitieron enseñarnos a meter presos a los corruptos (sólo a los lavadores), a recuperar los bienes ‎y dineros mal habidos y a cobrar a la empresa privada los millones de millones en impuestos que ‎le deben al pueblo panameño, y de los cuales ellos se apropiaron cuando fueron gobierno (o sea, ‎siempre).‎

Paradójicamente, Estados Unidos mantiene castigada a Panamá mediante diversas formas de ‎coacción, manteniéndonos en la lista gris (o “negra”) de la GAFI o en la Lista Clinton (OFAC): la ‎primera, perteneciente al FMI (léase a Estados Unidos); la segunda, es una herramienta del ‎Departamento del Tesoro (también de Estados Unidos), para perseguir, amenazar o expropiar a ‎lavadores de dinero, narcotraficantes y traficantes de armas y también (¡cómo no!) a países ‎insumisos o “enemigos” que, a juicio de Washington, amenazan su seguridad y la estabilidad de su ‎sistema económico; por ejemplo, ¡la RPD de Corea (desde 1953) y, aunque usted no lo crea, ‎Panamá!‎

Para muestra un botón: Estados Unidos incluyó en la Lista Clinton al señor Abdul Waked, ‎empresario panameño de origen libanés, propietario del diario panameño La Estrella (WISA), a ‎quien llevaron a la ruina (miles de empleos perdidos) al expropiar sus bienes basándose en una ‎acusación no fundamentada. Sólo después de arruinarlo, el gobierno de Estados Unidos ‎reconoció que en realidad no había fundamento para acusarlo. ‎

‎¿Qué quiere la Comisión O’Brien? Entre sus objetivos declarados, «proteger el sistema bancario ‎panameño del lavado de dinero de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, acusado por Trump ‎de ser el líder del Cartel de los Soles y de participar en una conspiración narcoterrorista». Acusan al ‎presidente legítimo de Venezuela, Nicolás Maduro, como narcotraficante y terrorista, ‎‎¡sin evidencias ni juicio!‎

Es decir, que la Comisión O’Brien, pretextando ayudar a Panamá, interviene en sus asuntos ‎internos y externos: lo primero, porque el sistema bancario o el Centro Financiero Internacional ‎pertenece a Panamá y no recibe órdenes del exterior; lo segundo, porque, al margen de la posición de Panamá sobre Venezuela, el hecho es que este tema pertenece a la política exterior ‎de Panamá, competencia exclusiva del presidente de la República y su ministro de Exteriores.‎

Lo más llamativo es que la Comisión O’Brien atraca en Panamá justo en el momento en que el ‎gobierno del presidente Cortizo había decidido invitar a médicos cubanos para ayudarnos a ‎combatir el Covid-19 en vista del colapso del sistema sanitario panameño; cuando Rusia ha ‎ofrecido su vacuna a países latinoamericanos, incluida Panamá; y cuando China, desde ‎el principio de la pandemia, ha venido ofreciendo ayudas importantes a entidades del gobierno y ‎a múltiples organizaciones sociales para la lucha contra el Covid-19.‎

‎¿Por qué cree el lector que el programa “América Crece”, que Estados Unidos impulsa con varios ‎aliados, busca canalizar la inversión privada en obras de infraestructura y pretende atraer la ‎inversión de industrias establecidas en suelo asiático (entiéndase, China) e instalarse en Panamá?‎

‎¿Es o no intervención en la política exterior panameña prohibirnos la contratación de médicos ‎cubanos, obligándonos a rechazar la vacuna de Rusia e involucrarnos en contra de China?‎

El señor Robert O’Brien dijo textualmente: «Las acciones opacas y abusivas del Partido Comunista ‎Chino representan una variedad de riesgos para los países abiertos y democráticos del hemisferio, ‎incluida Panamá».‎

Mister O’Brien, al capitán del barco que lleva su nombre, le preguntamos: ¿sabe usted que ‎Panamá tiene plenas relaciones diplomáticas con la República Popular China y que ni usted ni ‎ningún representante oficial de Estados Unidos ni de ningún otro país puede ofenderla en ‎nuestro territorio porque China es nuestra invitada y porque sus palabras constituyen una inaceptable ‎violación de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961?‎

‎¿Sabe usted que el hecho de que haya elecciones en este hemisferio no significa que sus países ‎sean democráticos? ¿Qué democracia existía en Chile, Brasil y Argentina, donde las dictaduras ‎creadas, financiadas y amamantadas por Estados Unidos, celebraban elecciones y donde ustedes ‎diseñaron el Plan Cóndor, que asesinó a decenas de miles de personas?‎

‎¿Cuál democracia se instaló en Panamá tras la invasión de su país al mío, el 20 de diciembre de ‎‎1989? ¿Sabe usted que, pasando por encima del Tribunal Electoral de Panamá –que había ‎anulado legalmente las elecciones de 1989 porque, entre otras razones, su país (Estados Unidos) ‎envió a Panamá espías que fueron arrestados por haber interferido en el proceso electoral–, ‎el gobierno “democrático” de Estados Unidos puso en el poder a la oposición, sus aliados ‎tradicionales, con los que ustedes tienen “lazos familiares”, tal como usted lo expresó hoy?‎

Estados Unidos no puede darnos lecciones sobre Ciencias Políticas ni sobre Derecho Internacional.‎

Ninguno de los gobiernos panameños posteriores a la invasión militar estadounidense (1989), ‎todos herederos del régimen de ocupación colonial instaurado entonces, eran ni son ‎democráticos.‎

La intervención grosera e insolente de estos filibusteros con corbata entraña otra violación ‎escandalosa del Tratado de Neutralidad [2], toda vez que nos obliga [a Panamá] a tomar parte en otros objetivos ‎‎(no declarados) de su misión: ayudar a Estados Unidos en su guerra contra Venezuela, Cuba, ‎Nicaragua y la República Popular China (poco antes nos obligaron a sacar 60 barcos iraníes ‎de nuestra marina mercante), obligándonos a abandonar nuestra neutralidad. ‎

Fue Estados Unidos el que asesinó el Tratado de Neutralidad, no Panamá, por lo cual este ‎convenio ha dejado de existir para la nación panameña.‎

En vez de pedirnos perdón por invadirnos, por haber destruido nuestra soberanía, por haber ‎asesinado 6 000 panameños indefensos (sin contar a los heridos) y en vez de resarcirnos por las ‎pérdidas ocasionadas por la invasión del 20 de diciembre de 1989 –pérdidas estimadas en más de ‎‎30 000 millones de dólares–, invasión que destruyó el Estado panameño y decidió, como árbitro ‎intruso e ilegítimo, regalar el poder a la oligarquía, Estados Unidos nos restriega en nuestra cara ‎nuestra miseria, la poca altura de nuestros gobernantes y nuestra sumisión abyecta, para que ‎traicionemos a pueblos hermanos y demos la espalda a la solidaridad internacional. ‎

Por fortuna, el Foro Social de Panamá, celebrado pocos días antes del arribo del “Destructor ‎USS O’Brien”, rechazó la injerencia abusiva de Washington, manifestando que «no somos un ‎protectorado, colonia, ni un Estado Asociado de Estados Unidos». ‎

A eso agrego yo lo dicho por Omar Torrijos:
«¡Ni tampoco queremos añadir una estrella más a la bandera de los Estados Unidos de ‎América!»‎

En efecto, no somos nada de eso ni lo queremos ser, pero, en nombre de los mártires del ‎siglo XIX, de 1926, de 1964 y de 1989, ¡todavía tenemos que demostrarlo!‎

[1] Se refiere a ‎Theodore Roosevelt (1858-1919), quien se convirtió en presidente de Estados Unidos en 1901 ‎como consecuencia del asesinato del presidente William McKinley. Como presidente de ‎Estados Unidos (1901-1909), Theodore Roosevelt promovió el expansionismo estadounidense ‎mediante el uso de la fuerza armada con una serie de agresiones e intervenciones militares contra ‎países latinoamericanos como Panamá, República Dominicana y Cuba en el marco de la llamada ‎‎“Doctrina del Big Stick” (el Gran Garrote) o “Doctrina de la cañonera”, doctrina que el propio Theodore Roosevelt describió en un ‎discurso sobre política exterior con la frase Speak softly, but carry a big stick (“Habla suavemente ‎pero lleva un gran garrote”). Nota de la Red Voltaire.

[2] El Tratado de Neutralidad del Canal de Panamá, incluido ‎en los Tratados Torrijos-Carter (1977) que pusieron fin a la presencia estadounidense en el Canal ‎de Panamá, estipula que esa vía interoceánica debe ser “permanentemente neutral”. Nota de la ‎‎Red Voltaire.