La vida me llevó a tomar los caminos del destierro, es decir, me convirtió de la noche a la mañana en un inmigrante, afortunado quizá, porque emigrar a Japón era casi como sacarse la loteria en un país como el Perú, donde màs de la mitad de la población tiene pasaporte y anda pensando en escaparse al extranjero. Ir al Japón a fines de la década de los ochenta e inicios de los noventa era sinónimo de trabajo fuerte, pero ampliamente recompensado.

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Ilustración de la tapa del libro
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Casi un nuevo El Dorado. Todo el mundo hablaba del Japôn y de la cantidad de plata que se podfa ganar que, decían «estaba botada». Sólo era cuestiôn de decidirse. Sin embargo, una vez dentro, el sobrevivir en este lugar no fue tan fácil como uno pensaba. Porque la realidad. es diferente, dura, por momentos jocosa; pero, en lo fundamental, traumática.

Ser inmigrante es estar fuera del agua, con un pie en el país extranjero y con el otro en el Perú. Siempre extrañando, añorando pensando en el equipo de fútbol de tus amores, recordando a la familia, los amigos, la comida. Es una suerte de vivir a medias.

Nunca se me había ocurrido escribir un libro, pero quería, de alguna manera, expresar lo que significaba ser un extranjero en el Japón. Con sus infaltables penas, chascos, metidas de pata, alegrías y frustraciones, conflictos y esperanzas. Es lo que intento reflejar a través de estos relatos. Es también mi manera de reconciliarme con este país. Porque a uno le cuesta reconocer que dos grupos culturales diferentes tienen, necesariamente, diferentes formas de vida, costumbres y creencias. Así como aceptar, también, las cualidades y defectos de los japoneses de la misma forma que lo hacemos con los peruanos.

Luego de haber vivido en el archipiélago durante ocho años, es justo reconocer que finalmente el Japón te atrapa, te envuelve y casi sin darte cuenta terminas asimilando -poco a poco-, día a día, algo de ese espíritu japonés.

El fenómeno de la inmigración no ha terminado y, por el contrario, tiende a incrementarse. Es necesario reflexionar, entonces, sobre algunas cosas. Inmigrar no es la octava maravilla del mundo: hay que ser muy valiente para hacerlo. Uno no llega a un paraíso, debe enfrentar un choque cultural tremendo y adaptarse para sobrevivir, sobrellevar la discriminación, la xenofobia y la imposibilidad de la comunicación.

El inmigrante es un ser marginal en la sociedad en la que se inserta y en la que tiene que soportar situaciones muy duras. La experiencia del Japón no sólo trajo dinero en abundancia para los inmigrantes: también produjo hogares destruidos, hijos que no conocieron a sus padres, matrimonios fracasados, altos índices de depresión, stress, y una sensación de cansancio y hartazgo.

El balance de la inmigración tiene, desde el punto de vista humano, una carga negativa muy alta que muy pocos se han interesado en tratar de conocer. Y si contamos estas experiencias ocurridas a peruanos en Japón, asumiendo un enfoque jocoso, no es para hacer escarnio del drama; es sólo una forma de expresar y hacer ver a los demás las cosas que les suceden a los inmigrantes, la gran diferencia de culturas, visiones del mundo y los mecanismos que muchos tuvimos que utilizar, para poder enfrentar ese mundo tan difícil y complejo, tan diferente al nuestro y al que tuvimos que ingresar de golpe, muchas veces cruzando la delgada línea que separa a la pícardía, la chispa y el espíritu criollo -que son cualidades extraordinarias que tenemos los peruanos-, de la estafa, la deshonestidad, la falsificación y toda suerte de actitudes inmorales. Es esta mal entendida «viveza criolla» la que, finalmente, desprestigió al conjunto de los peruanos ante el gobierno japonés y lo que hoy hace casi imposible conseguir una visa para Japón.

Es imprescindible un cambio de mentalidad en la gente que emigra. No se puede pensar en continuar actuando bajo el criterio del «yo soy vivo, pues, compadre» con el que se actuaba aquí. Los que emigramos debemos entender que sí un país nos acoge, lo mínimo que podemos hacer es respetar sus costumbres, sus leyes, sus valores y hacer el máximo esfuerzo por cambiar los malos hábitos que llevamos con nosotros.

Este libro es una forma de agradecerle a un pais que me abrió las puertas, a los amigos japoneses que conocí y a los amigos peruanos con los cuales tuve la oportunidad de compartir la experiencia del Japón. Experiencia sin duda enriquecedora para cualquier ser humano.

A pesar de que todos los relatos fueron pensados en Japón, sólo la calma y la tranquilidad de una ciudad como Ginebra dejaron que salieran a la luz. Todo esto debido a la gran generosidad de mis sobrinos Carlos y Vonchi que me permitieron recalar en esta ciudad dándome, una vez más, una maravillosa oportunidad de vivir nuevas experiencias en la vida. A ellos mi gratitud.

Mi padre, quien ahora ya no está más físicamente con nosotros, se encuentra también presente en esta obra; pues él me trasmitió el halo del buen humor, la frase chispeante y la alegría de la vida.

El mounstruo Kike en el Perú fue el verdadero artífice de la publicación de esta obra. A él mi agradecimiento, así como a todo el equipo de redacción.

Ginebra, diciembre del 2000.

Ver entrevista al autor del libro.

Sí, mi abuelo era japonés

Adolfo Lanyi nos explica las increíbles aventuras de los emigrantes peruanos en el Japón contadas en crónicas en su libro.