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El Crimen de Barbados, como recuerda la Historia dicho genocidio, sobresale en los anales del terrorismo internacional como una de sus páginas más oscuras: el Mar Caribe sirvió de tumba a 73 pasajeros por obra y gracia de asesinos aún impunes.

Cada 6 de octubre, el panteón de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en el capitalino cementerio de Colón recibe a los familiares de aquellas víctimas, quienes sufren en silencio ante nichos que guardan, si acaso, algún resto humano salvado del mar.

Aquel día de 1976, las aguas se tragaron junto a los pedazos de la nave y los cuerpos calcinados, las medallas ganadas por los equipos cubanos de sable y espada en el IV Campeonato Centroamericano Juvenil de esgrima, celebrado en Caracas, Venezuela.

En lo deportivo, la muerte de aquellos 24 esgrimistas truncó un promisorio porvenir para la disciplina en Cuba e interrumpió un ciclo que la Isla demoró años en restablecer.

De hecho, en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 ningún cubano escaló el podio en la esgrima, sequía medallera que duró hasta 1982, cuando los caribeños ganaron plata por equipos en el Campeonato Mundial de Francia.

La primera presea olímpica para la esgrima cubana llegó 16 años después del atentado, cuando mereció un bronce en florete durante la cita de Barcelona.

Pero si las cuestiones humanas poco importaron a Luis Posada Carriles y Orlando Bosch al concebir el sabotaje ¿cómo esperar que le importasen las deportivas?

La historia del Crimen de Barbados rebosa frialdad y ningún escrúpulo: aún hoy Posada Carriles y Bosch consideran un mérito haber matado a los 54 cubanos, 11 guyaneses y cinco sudcoreanos que volaban en el DC-8 CUT 1201 de la aerolínea Cubana de Aviación.

Por su parte, los venezolanos Freddy Lugo y Hernán Ricardo colocaron en el aparato varios paquetes del poderoso explosivo militar C-4, que detonaron a varias millas de las costas barbadenses.

Cuba sufría (y aún sufre) los embates de una política agresiva gestada en la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA), cuyo gobierno negó en voz del entonces Secretario de Estado Henry Kissinger cualquier implicación con el atentado.

Sin embargo, Lugo y Ricardo -arrestados en Trinidad y Tobago- reconocieron luego ser agentes de la CIA, al igual que Posada Carriles, cuya carrera criminal continuó tras escapar de prisión.

Atrapado hace cuatro años cuando preparaba el magnicidio del presidente cubano, Fidel Castro, en un salón atestado de estudiantes en Panamá, parecía que el viejo terrorista pagaría finalmente sus deudas con la justicia.

Pero la ex mandataria panameña Mireya Moscoso ignoró que miles de sus compatriotas pudieron morir entonces y en agosto último indultó al asesino y a sus compinches, que ahora conceden entrevistas orgullosos por la sangre ajena derramada.

Pese a la indolencia de quienes se ceban con la desgracia de otros, los cubanos recuerdan hoy a los campeones olímpicos que nunca fueron y a las víctimas de un terrorismo cuya impunidad dura ya 28 años.