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La administración Bush ha puesto todas las cartas de su baraja en los comicios convocados para este 30 de enero en Irak como la fórmula mágica para resolver el serio problema que confronta Estados Unidos en ese convulso país musulmán.

Un conflicto creado precisamente por el propio Presidente norteamericano cuando decidió invadir esa nación de manera unilateral sin contar con el respaldo de las Naciones Unidas, que era lo que aconsejaban los tradicionales aliados de Washington con relación a la política de occidente en esa región del Medio Oriente.

Demás está repetir que los pretextos establecidos por el Presidente Bush para desencadenar la guerra contra el régimen de Saddan Husseien carecían de veracidad. Ni había en Irak armas de destrucción masivas ni Saddán Hussein tenía relación alguna con la banda Al Qaeda de Osama Bin Ladeen, el grupo extremista musulmán que produjo los criminales y siempre condenables actos terroristas del once de septiembre en Washington y New York.

El Presidente Bush quería la guerra «a lo que sea» y a la guerra fueron los americanos en la equivocada ilusión de que aquello sería una cosa fácil, lo que pudiera calificarse de «paseo militar», como si con derribarse la estatua del dictador en Bagdad y tomar prisionero después al propio Saddam, el pueblo iraquí percibiría a las tropas estadounidenses como «libertadoras».

¿Cómo pensarlo después de los cruentos bombardeos de la aviación norteamericana a Bagdad y otras ciudades del país invadido, provocando la muerte innecesaria de miles de inocentes civiles?

Una cosa es cierta, y eso hay que decirlo. La opinión pública en Estados Unidos creyó lo que decía su Presidente Bush y le dio su respaldo para que la Casa Blanca desarrollara sus planes bélicos y se consumara la invasión militar de Irak.

Dice una frase norteamericana muy popular que «para bailar un tango hacen falta dos». Yen este caso la pareja del baile macabro de guerra fue la prensa norteamericana, que no solo hizo silencio cómplice sino que le dio apoyo incondicional a la intervención militar, más por cobardía que por verdadera convicción de que lo que se estaba haciendo era lo correcto.

Al principio todo parecía marchar como miel sobre hojuelas. Pero a medida que el tiempo pasaba las cosas en Irak se fueron complicando. La resistencia contra la ocupación norteamericana fue en escalonado aumento hasta el punto que hoy, apenas unas horas antes de que se lleven a cabo las elecciones propiciadas por los Estados Unidos, la violencia generalizada es la que impera en Irak con su saldo trágico de muerte y horror.

Hoy por hoy nadie puede creer, ni en Irak ni en Estados Unidos ni en ninguna parte del mundo que las elecciones que se llevarán a efecto dentro de apenas unas horas en Irak, resolverán la tragedia que se vive en ese país, tragedia que por supuesto toca también en lo profundo al propio pueblo norteamericano cuando contempla perplejo como sus hijos soldados mueren en una guerra absurda que no parece llegar a su fin.

Los soldados norteamericanos que creyeron al principio del conflicto que serían recibidos como «libertadores» hoy se enfrentan al rechazo que siempre confrontan los invasores. Y el problema es que la solución no aparece en el horizonte. Las elecciones de Irak en las que el Presidente Bush tiene puestas sus esperanzas pasarán con grandes penas, muerte y violencia y sin ninguna gloria.

«Hay que exportar la democracia americana», dicen en Washington. Elecciones, elecciones, proclaman.
¿Pero y después de las elecciones que? ¿Sé van o se quedan los americanos? Si se van, viene el caos, dicen algunos. Y si se quedan sigue la guerra, afirman los otros. O las dos cosas a la vez, porque la guerra está allí como también está el caos.

Y todo, porque a un Presidente norteamericano se le ocurrió un día ir a la guerra cantando como un infantil vaquero tejano aquella tonada escolar que decía: «Mambrú, Mambrú se fue a la guerra, hay que dolor, que dolor que pena».