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La fe es el claustro de la subjetividad, en su espacio, dentro de cada individuo, sólo existe el propio ego. Pobre quién desafíe este espacio: el ego amenazado demoniza inmediatamente la alteridad, temeroso como es de su propia alteridad, sea de la libertad que puede conquistar modificándose, sea del retorno de todo aquello que debió renegar para consolidarse, que muchas veces vuelve en los momentos en que, como se dice, “pierde la cabeza”, o en lenguaje jurídico “es presa de una fuerte emoción”.

Por eso, el ego que navega en sus espacios de fe, aunque solitario, está acompañado por sus apetitos, pero sobre todo por sus miedos.

Y si hay algo que el pontificado de Wojtyla cultivó, regó, acogió, sazonó, fue el miedo. No tanto acaso por la personalidad del Papa, que demostró poseer mucho valor y determinación personal, sobre todo frente a la muerte en los últimos días de su tiempo terreno, sino por la continua conspiración vaticana, soterrada e implacable, que su personalidad mediática encubrió constantemente.

La construcción del pontificado de Wojtyla anticipó la de la presidencia de George W. Bush, The Second. Tal como ésta, aquella fue el fruto de un golpe de Estado, cuyo gatillo fue disparado con la muerte súbita de Juan Pablo I. Si esta muerte fue natural o criminal, sólo Dios lo sabe con certeza.

Lo que sí es cierto es que la cúpula vaticana -que fue amenazada en sus intereses y desintereses por la elección de un cardenal con espíritu de fraile franciscano- reaccionó de modo fulminante, abriendo el camino en un perplejo colegio de cardenales para la escogencia opuesta.

La de un conservador oriundo de uno de los lugares donde maduran los brotes más reaccionarios de la Iglesia Católica: el Este europeo. Y este conservadurismo venía embalsamado por un aura de martirio y persecución, gracias al fundamentalismo de la burocracia de raíz soviética..

La apertura de la Iglesia hacia su izquierda produjo los pontificados de Juan XXIII y de Pablo VI, encarados a un mundo cuyos paradigmas éticos y sociales de comportamiento, afrontaban grandes desafíos, sobre todo aquellos procedentes de la juventud, de unir la ética personal a la conducta pública.

La Iglesia pasó por una descentralización beneficiosa y sustantiva, disminuyendo el poder del Papa. Pero en una jerarquía rígida como la suya, el resultado posterior de esa descentralización fue la escogencia de un Papa frágil y debilitado (Pablo VI) que se enredó en las contradicciones del poder y no se resistió a ellas, ya haya sido por incapacidad personal o por inducción externa.

Fuera cual fuera la razón de la elección del camino, la mayoría del Colegio de Cardenales entendió el mensaje, y la respuesta fue fulminante, con la elección de un Papa conservador (Juan Pablo II), formado en una Iglesia reaccionaria. Era alguien fuerte, personalista, que se colocó al servicio del restablecimiento de la autoridad del Papa, de Roma y sobretodo de la cúpula vaticana.

En una palabra: miedo. El ala izquierda de la Iglesia asistió perpleja a la desconstrucción de su espacio tan arduamente conquistado.

El miedo es hoy el sentimiento cultural y socialmente dominante. El miedo sustenta y dirige las políticas económicas del mundo entero. El miedo a la guerra, sea fruto de la política del imperio único, o a las guerras de ocupación como en el Oriente Medio, o la guerra civil, o aún la guerra social como en el Brasil; dirige las expectativas de los ciudadanos, sean ellos adinerados, auxiliados, pobres o miserables.

La solidaridad como valor está en franca declinación, el miedo de perder la propia fe, inclusive la fe en el propio ego y en los límites de la identidad, sobrepasa todas las opciones. Basta contemplar las políticas reinantes para percibir los efectos devastadores de esta cultura del miedo, que si no venció, por lo menos impidió la esperanza, la podó: todo el mundo se aferra a los dictámenes de esta política del miedo, y elude la verdadera negociación. Se negocian cargos y principios, pero no lo importante, las políticas y los valores. Concluida la acomodación de los egos comprimidos por el miedo, cada uno, de acuerdo a la faja de poder que detenta, sigue su propio camino.

Y la opción de Wojtyla fue la de dialogar con el miedo. Ejerció con mano de hierro el derecho y el deber contraido en la construcción de su mandato, de domar, castigar y excluir las oposiciones internas. Promovió donde pudo a las derechas católicas, como el Opus Dei, y humilló como quiso a las izquierdas.

No las destruyó, porque eso era ya imposible e impensable en un mundo tan diverso como el de hoy. Una obviedad de esa política fue la retaliación contra la diócesis de San Pablo, bajo los cuidados de D. Evaristo Arns, para posibilitar el mejor control conservador sobre la región. En ejemplos ya recordados por la prensa en estos días, Ernesto Cardenal fue públicamente reprendido, Leonardo Boff fue callado, D.Pedro Casaldáliga fue castigado y casi expulsado de su prelado, el Obispo Arnulfo Romero fue olvidado; Escrivá, el fundador del Opus Dei fue beatificado.

El Papa Wojtyla volvió a infundir miedo al sexo. La libertad sexual, conquista de las generaciones revolucionarias de mediados del siglo XX que habían renegado de la hipocresía de sus padres y abuelos culturales -aquellos que apoyaban una moral dentro de casa y practicaban otra en el burdel- se vio relegada a la condición de ser una perversidad castigada con el SIDA, como en los viejos tiempos bíblicos de Sodoma y Gomorra. La palabra de Cristo, acogedora en los evangelios de la adúltera y la concubina, fue dejada de lado a favor de una visión fundamentalista de creer en la tradición que ve todavía en el sexo la razón o el resultado de la pérdida del paraíso terrenal.

El cristianismo evangélico (el de los evangelios, no el de las religiones posmodernas) tiene dos fuentes de inspiración y construcción: la profética y la mesiánica. La profética se basa en la inspiración que la descripción de la venida y vida terrena de Cristo debe cumplir con la palabra y las metáforas de los profetas del Viejo Testamento. Por eso, por ejemplo, es que San Juan Bautista dice que Cristo es “el cordero de Dios que quita los pecados del mundo”: esta expresión está contenida en las palabras de Isaías (ver Juan, 1:29-34 e Isaías 53:56 y siguientes) La mesiánica viene de la inspiración de que esa descripción de la primera venida del Mesías debe preparar los corazones de los fieles y conversos para la segunda venida, la definitiva, implantando en el tiempo terrenal las simientes del no-tiempo del paraíso e infierno finales. Es por esto que en esta tradición Cristo dice que “hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”: él vino a abrir el camino en este mundo para la restauración de un reino que en verdad no es de éste, sino de otro mundo.

Esta aparente contradicción abrió el camino a una verdadera dicotomía en las iglesias y los movimientos cristianos posteriores, que tienden a abrigar dentro de sí una vertiente profética, digamos más progresista y otra mesiánica, más conservadora.

Dice el profeta: “Escuchen, si las cosas continúan como están, vean el tamaño del hueco dónde vamos a caer”. Como usualmente casi nadie oye al profeta, su advertencia se transforma en previsión: se cae en el hueco. Por tanto, las misiones proféticas tienen una nítida inclinación reformadora -sino revolucionaria- como por ejemplo en muchos pasajes de Isaías y del mismo Cristo.

Ya la propia misión mesiánica tiene en general una inclinación restauradora y otra autoritaria, pues se trata de restaurar la imagen de un reino cuya visión se perdió y al mismo tiempo de reafirmar perentoriamente la autoridad de quien anuncia este reino verdadero, prohibiendo todos los otros caminos y posibilidades.

En Brasil, por ejemplo, el MST abriga las dos tendencias, más de la profética que de la mesiánica, hasta porque en él no existe un Mesías ni un candidato a tal.

Pues la función de este pontificado “el código Wojtyla”, bien adecuado a este tiempo de best-sellers, fulguración de mercado y literatura de aeropuerto, fue más bien mesiánica que profética, al contrario del pontificado de Pablo VI y sobretodo el de Juan XXII. Como tal, fue una función conservadora, de restauración del miedo a la libertad y de dejar suelta la libertad del miedo en los muchos egos del mundo.

Esto no quiere decir que su papado esté completamente desposeído de predicación hacia la visión humanista, sea desde el punto de vista laico o religioso. Su pontificado no se acobardó, como el de Pío XII; miedo y cobardía son dos cosas distintas, aunque ésta pueda tener su raíz en aquel. La cúpula vaticana puede acobardar y acobardarse, pero no era ése el temperamento de Wojtyla, criado en un país pisoteado por varios imperios, desde el tiempo de los zares y de los prusianos y luego por los nazis y por los soviéticos. El conservadurismo para él era una espina dorsal, no una mera retórica. Como tal, por ejemplo, hizo críticas poderosas al neoliberalismo y a la política de guerra del imperio norteamericano.

Mientras tanto, el cristianismo católico sale de su papado singularmente escindido. Su prohibición a osadías de pensamiento y praxis descolocó a la mejor teología, a la mejor reflexión desde el Seminario a la universidad, y a la posible existencia de un espacio intermedio entre ambos. Creció cada vez más una curiosa “teología laica”, poco temerosa de la institución y la jerarquía de la Iglesia, cuya manifestación más osada fue la realización del 1er. Foro Mundial de Teología y Liberación, en un espacio anexo al 5º. Foro Social Mundial, en enero de 2005, en Porto Alegre, en la Pontificia Universidad Católica de Río Grande del Sur.

Esta es la simiente de un espacio alternativo, confirmando que aún en los terrenos de intermediación entre este mundo terreno y los vislumbres de los espacios infinitos de la creación, existe también un lugar para los disensos libertadores.

No quería terminar estas observaciones sin resaltar que una cosa es juzgar el papado y su significado histórico, y otra encarar a Wojtyla hombre y su destino también histórico. Del pontificado ya se habló y en cuanto al hombre, él deja junto al mensaje conservador y reaccionario de su reinado, la imagen de alguien que fue siempre coherente al extremo con sus principios. Esto, en este tiempo de fantoches y simulacros, no es poco y debe ser para todos, motivo de ilustración y aprendizaje.