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En clave de baile hay ritmos y tiempos para todo. En clave de la política, también. La hora del vals no es la misma de la salsa, ni la de la cumbia es la del huayño. Las acciones del Ejecutivo no son las mismas que las de las organizaciones obreras, ni las del Legislativo son las de los movimientos indígenas. Hay espacios y momentos para bailar apretaditos, susurrándose al oído, y hay otros para dispersarse en saltos de diablada o de caporales.

En política hay tiempos para los encuentros y los pactos, otros para el debate, y otros más para las confrontaciones. Hay tiempos para todo y cuando todo ocurre al mismo tiempo, yuxtapuesto, entreverado, revuelto, estamos en medio de un baile carnavalero. Asimismo, cuando la política se entrevera de eventos paralelos y de acontecimientos imprevisibles o previsibles no explicables desde los marcos de interpretación comunes, entonces estamos hablando, sin duda, de la carnavalesca política boliviana.

¿Desde qué claves se puede entender el ritmo que está bailando la política en Bolivia y que no es uno sólo sino muchos haciendo un carnaval? Si las claves de la propia política por sí sola no se abastecen para aprehender el sentido pluri-multi de una sinfonía hecha de violines y pianos combinada con arpas, bandolina, zampoñas y charango, precisamos de mapas musicales para describirla, explicarla y cantarla.

A capella...

El pensamiento globalizador de la economía de mercado se ha institucionalizado, se ha hecho hegemónico y se ha acostumbrado a cantar a capella, con una sola voz que aparenta ser inmutable y a la que le hacen coro desafinado los medios de comunicación ganados por la vorágine de la primicia informativa, el entretenimiento como evasión y el sensacionalismo como fórmula que naturaliza la levedad de los pensamientos y la exultación de los sentimientos.

La univocidad del ajuste estructural nos ha llenado de ritmos cuyas letras se han reducido a la pócima de tres palabras mágicas: eficiencia, eficacia y productividad. Son ritmos que nos han acostumbrado a los mismos intérpretes o voceros oficiales que cantan en inglés y en un idioma nacional desnacionalizador.

Pese a que la música mueve imaginarios lo que le otorga gustadores de su ritmo, tiene como característica lo imprevisible porque nunca se sabe qué sigue luego y entonces provoca miedos, miedo a la inseguridad, miedo a la inestabilidad, miedo al mañana sin destino, miedo a desfasarse de sus límites aunque los bailantes estén por fuera de sus márgenes y los dueños de la música en el centro del salón de bailes.

La política boliviana ha estado bailando este ritmo desde 1985, en que se establece el modelo de ajuste estructural con un decreto-canción conocido, “el 21060”. A este modelo del libre mercado le siguen una sucesión de bailes de modernización del aparato estatal, de desacreditación de los movimientos sociales, de cooptación de intelectuales desubicados, de privatización y entreguismo desaforado de los recursos naturales, y de legitimación de una cultura de la impunidad, haciendo en conjunto un carnaval de música bien vista fuera de nuestras fronteras por países que empiezan a copiarse el ritmo de la capitalización, mientras que adentro de las nuestras se canta la letra de una modernidad inconclusa, porque la promesa de la igualdad, de la libertad y de la confraternidad son utopías irrealizables en este sistema, y porque es cada vez más evidente que el dueño de la orquesta está bien al Norte, cruzando el Río Grande.

Paradójicamente, por lo menos por ahora, en el baile de aprobación de la Ley de Hidrocarburos, acompañado por los violines de las transnacionales petroleras, don Carlos D. Mesa decidió dejar la zampoña y el charango que dan vida a la música nacional y que lo articulaban en una alianza con los movimientos sociales, y optó por los instrumentos rockanroleros que adornan la sinfonía empresarial y le dan seguridad a la inversión extranjera. A ritmo de thinku...

Thinku es sinónimo de encuentro, aunque por su representación musical sea más leído como confrontación con violencia, e incluso, por los oídos castos de las tardes de toros y de las ejecuciones a los migrantes no legales, como un hecho salvaje y sangriento. Pero thinku, en la cultura del norte de Potosí es encuentro con ofrenda, encuentro con la Pachamama, con la naturaleza y con el entorno a través de la fuerza y de la sangre humana. Thinku es, entonces, un rito con mito, un rito que nace en desencuentros y se construye en reciprocidades a veces iguales y otras asimétricas.

El canto a capella de la globalización económica ha encontrado su opuesto en los movimientos sociales que cantan otros ritmos y otras letras, desafinando el orden establecido por los intentos de instalación de Estados monoculturales dentro de sociedades plurales y comunitaristas con fuerte tradición identitaria y de espíritu rebelde, soñador de mundos de armonía entre hombres, mujeres y naturaleza.

Hay bailes de thinku entre el ritmo de la filosofía liberal que canta letras de devoción al emprendimiento y competitividad individualistas, y ritmos de la cuadralidad andina que anuncia un mundo en el que “vamos todos juntos, que nadie quede atrás, que a nadie le falte nada, y que todo alcance para todos”.

¿Cómo poder danzar en armonía con ritmos que reflejan sentidos de vida tan distintos?, ¿cómo llenar de vida inclusiva las llamadas políticas de seguridad y hacer de los desencuentros espacios de reciprocidades?, ¿quiénes son los que riegan de sangre las expresiones sociales de los thinkus políticos?

Los movimientos sociales no son solamente cuestionadores de los (des)órdenes establecidos, sino básicamente engendradores de otras formas de pensamiento, de organización social y de acción política, son bailes con potencial crítico y emancipador, que cuando se articulan en el tiempo y en el espacio son multicolores como wiphalas, e imbatibles como el viento. Hay movimientos sociales que al mismo tiempo que llevan a un resquebrajamiento de la hegemonía neoliberal marcan un período de transición dentro de la modernidad, para reajustarla o transformarla. Otros movimientos sociales sin organización, centralidad ni eventos de presión, como los movimientos de jóvenes, ecologistas, de género y otros, pasan por la modernidad desmarcándose de ella como si su destino fuera una sociedad que estaría construyéndose casi subterráneamente a su semejanza humanista.

No puede haber baile de la política sin Estado y sin movimientos sociales, ambos son parte de una sola fiesta, en la que el Gobierno y las organizaciones sociales danzan por imponer el tipo de Estado que quieren construir, y que en Bolivia se confrontan de tres maneras: primero, porque la música de la fiesta la pone desde hace tiempo un orden estatal colonial republicano monocultural mientras que el baile lo hace una multiplicidad multicultural; segundo, porque el orden estatal liberal no es el (des)orden corporativo y comunitario de los sindicatos, los ayllus, las tentas y las comunidades; y tercero, porque el espacio oligárquico agroindustrial y terrateniente está basado en las leyes que provienen de la economía de mercado y alentado por intereses transnacionales.

Los bailes populares tienen una memoria larga, mientras que los de la economía de mercado son sólo manifestaciones del presente como único tiempo, bailes que piden mirar la vida como un carro sin espejo retrovisor y sólo con un parabrisas gigante hacia adelante, mientras que los aires populares vienen de atrás para apropiarse del presente e insertarse en el futuro. El inmediatista fundamenta su danza en el zapateo del crecimiento económico, mientras los otros pretenden superar integralmente las contradicciones que sostienen los modelos de dominación y no solamente satisfacer demandas urgentes.

Hay thinku porque mientras el ajuste estructural alienta el baile de a uno, en solitario, con los ojos vendados, los bailes de los movimientos sociales quieren sumar, abrir los ojos, tejerse, regocijarse, agigantar su música en multitudes invasoras de los espacios y de los tiempos para hacerse presentes incluidos como sujetos con historia, capaces de superar la levedad de las letras de una sola voz y la insuficiencia de las letras contestatarias para asegurarse conciertos de inclusión y de justicia.

Este thinku, al que el Presidente Carlos D. Mesa decidió condenar buscando su juzgamiento legal, no ha hecho sino alimentarse con esta medida, para ganar su legitimidad por fuera de los círculos oficiales adosados en conciertos de ópera y de música barroca. Por un error de cálculo, la política oficial se ha buscado un thinku cultural y social de memoria larga en su afán inmediatista de destruirlo políticamente.

El vals oficialista...

Cuando asumió la presidencia don Carlos D. Mesa muchas voces cantaban que Bolivia contaba con un Presidente formado, con cabeza y con capacidad de discernimiento. Comprometido en la lucha contra la corrupción y por la justicia se mostraba como un mandatario con alma, ambas cosas se fueron confirmando mientras alentó una política de transición hacia una democracia participativa. Pero más rápido que tarde demostró su falta de cintura política para sortear los vaivenes de la presión sindical y parlamentaria, su exceso de locuacidad como argumento central para la legitimidad de sus programas, su cabeza erguida aunque su política de gobierno marche cabizbaja, sus extremidades sólo de motorización con la derecha, y un ego atípico para estos lares poco habituados a la soberbia y más afincados en la dignidad.

Prisionero de Palacio, de sus propios errores y de los errores que le hacen cometer sus asesores que quieren resolver sus propias peleas dentro del Parlamento, o sus peleas con la oposición defenestrando a su líder, Evo Morales, don Carlos D. Mesa se consolida como un erudito de la música clásica, al mismo tiempo que aunque quiere, no puede bailar una cuequita, ni le achunta al paso de los caporales, o al carnavalito oriental, o a la rueda chapaca. Carlos D. Mesa es un hábil político de salón y de balcones, pero no parece conocer los recovecos de las calles, y sus asesores le pintan la geografía nacional encerrada en los cubículos del Parlamento o en las suites de las empresas petroleras. El ritmo oficialista se asume en valses, mientras el país baila un carnaval de multiplicidades.

Después de su fórmula de la renuncia sin la intención de irse, sino de dotarse de otras condiciones para gobernar sin afectar a las empresas capitalizadoras que no le dejan bailar a la boliviana, a Carlos D. Mesa no le queda otro argumento que salir a la palestra pública con arrogancia mediante la amenaza insultante y la pérdida de compostura que lo caracterizaba haciendo juego con su palabra equilibrada.

Hoy por hoy, las letras de las canciones del Presidente atacan los bloqueos pese a que están en receso, se estrellan contra el Parlamento con el que se alió por 7 días, despotrican contra el Poder Judicial porque no lo apoyó en su intento de legalizar la criminalización de las protestas sociales, cuestionan a los sectores de la prensa que lo cuestionan, minimizan la importancia de las organizaciones gremiales y sus líderes, y hasta una parte de los empresarios empecinados en que el tema principal de la política son las autonomías, son sujetos de su ira. Con estas letras y con estos ritmos, ¿quiénes tienen ganas de bailar con el Presidente, ahora?, ¿es fiesta o coro de ángeles la música que logra con su círculo ministerial, asesores, cuates y parlamentarios camaleones?, ¿por qué los logros económicos de su gobierno no se ponen de moda en los cantos populares?

Don Carlos D. Mesa apostó a bailar cueca en pareja con los partidos de la mega-coalición que sostuvo el (anti)gobierno de Sánchez de Lozada. Puso la letra de su Ley de Hidrocarburos argumentando la importancia de la inversión extranjera y el respeto de los contratos firmados por su antecesor, consiguió pañuelitos blancos para el baile y para el público, convenció al MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario), al NFR (Nueva Fuerza Republicana), y a la UCS (Unión Cívica Socialista) para bailar en pareja, pero ni éstos ni el Presidente conocían la música y se pisaban los talones colocándose en el mismo flanco como si el baile consistiera en correrse cada vez más a la derecha. Y entonces ocurrió lo previsible, don Carlos D. quiso bailar cueca y los otros repicaron con su música conocida en ritmo de trompetistas después de una noche de jarana tocando cumbia villera para que nos la traguemos como si fuese huayño.

No hace ritmo sino bulla la letra de la democracia representativa pactada con músicas de conveniencia oportunista. A don Carlos D. le faltó involucrar al otro sector del Parlamento, el de los partidos de la oposición, que son los que están tocando aires nacionales que engalanan la búsqueda de una democracia participativa.

Al Presidente le dijeron que haciendo pareja con los partidos tradicionales garantizaba lo que los politólogos erráticos llaman gobernabilidad, y que es en realidad un mero procedimiento condicionado de aprobar leyes sin ton ni son en el Legislativo. A don Carlos D. Mesa lo metieron en un juego amañado de tomas y dacas que por lo general acaban en la fórmula maniquea del reparto de cuotas en el Ejecutivo afectando incluso el Judicial. ¿Quiénes lo asesoran al Presidente?, ¿por qué lo llevan al baile del desafinamiento con la dinámica de la sociedad boliviana?, ¿quiénes le zumban al oído aconsejándole que declame poesía en noches de jarana?, ¿no existe quién le diga que su canción está desentonando y que ya los pañuelitos blancos no están acompañando sus tenores de ópera en un campo ciudadano de bailes callejeros? El buri autonomista...

¿Será que don Carlos D. Mesa, que parece tener dos pies derechos porque le cuesta marcar el ritmo del izquierdo, tiene que aprender a bailar buri cruceño en vez de pretender recitarlo? Pareciera que sí, que llegó el momento de pasar de la cadencia de los pasos de salón que hace arrastrar los piecitos con parsimonia al ritmo de saltar, saltar y saltar y seguir saltando. Pareciera que sí, que llegó el momento de pasar del discurso autonomista a la práctica autonomista, de la poesía al baile pero sin la letra del separatismo sino más bien de la descentralización, que consiste en la integración de las partes desde sus propias potencialidades constituyendo una unidad dinámica desde las diversidades.

El buri es salto, pero en su ritmo tiene los sentidos de identificación de almas que empiezan siendo extrañas y se hacen gemelas. El buri es un ritmo de liberaciones en mascaritas que a uno le hacen ser uno mismo más allá de lo que se es cotidianamente. El buri es un misterio, una búsqueda de encuentros entre pares y de los pares con los otros pares hasta hacerse una comparsa de pares. Para bailar el buri cruceño don Carlos D. Mesa necesita saberse no sólo la letra que no se recita con la elocuencia de la palabra sino que se canta con la profundidad del alma y con la energía de la naturaleza.

El Presidente, con la convocatoria a elecciones de los Prefectos y con el Referéndum sobre Autonomías articulado a la Asamblea Constituyente, tiene que aprender a cruzar las idas y venidas de la descentralización, zapatear en el zapateo del otro la superación de la separación y después los saltibanquis de la unidad regional y nacional sin fundamentalismos.

El Presidente tiene que ser el cabecilla de comparsa que le enseñe al país el baile de las autonomías que los autonomistas no están sabiendo enseñar, por lo que aparece como un baile regional cuando es parte de un complejo baile nacional que no se reduce a un rinconcito del salón de fiestas ni a un único y paradisíaco paisaje oriental. Hay que bailar este baile, don Carlos D., que tanto colorido y diversidad le pone a la fiesta de la democratización de la democracia.

Entre villancicos navideños y marchas militares...

¿Podrá don Carlos D. Mesa pretender bailar a lo grande apoyado en la fidelidad de un grupo que por su candor y pequeñez parece estar danzando villancicos en nochebuenas familiares? Danzar con el MBL (Movimiento Bolivia Libre) para don Carlos D. Mesa es una experiencia reconfortante, pero su ritmo de adoración no le hace mella a la fiesta, en realidad no participa de ella, y tiene el don de no involucrarse cuando el baile empieza a convertirse en jarana.

El MBL ha sido parte de las dos gestiones de gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, pero nadie lo identifica ni con la capitalización ni con la desnacionalización de los recursos energéticos porque siempre ha sabido retirarse a tiempo, y también porque su ritmo no marca el paso de los acontecimientos. Pero paradójicamente éste partido con representación parlamentaria de apenas un Senador, es en este momento el único sostén partidario de don Carlos D. Mesa y, aún siendo así, sus líderes dicen que no están en el gobierno como orquesta sino tan sólo algunos de sus músicos invitados a la fiesta.

Las marchas militares han dejado hace décadas de sonar sus clarines en el Palacio de Gobierno y en las calles y carreteras. Su música se ha reducido a conciertos de salón que demuestran que prefieren estar mirando del palco a participar del baile. Sólo hacen un poquito de sonido cuando las normas admitidas del carnaval empiezan a deslizarse hacia conductas anómicas. Desde una tonalidad evidentemente nacionalista, pero que por su energía tiende a desentonar con las prácticas de la democracia, las marchas militares ponen en orden tanto a las rebeliones sociales como a los desatinos gubernamentales, como cuando el Presidente amenazó con renunciar, y las bandas militares le recordaron que su deber es gobernar.

Las bandas militares están llenando los aires bolivianos con sus retretas domingueras de las plazas de las ciudades donde los varones caminan de izquierda a derecha y las mujeres de derecha a izquierda para desarrollar un movimiento de miradas y coqueteos que consisten en mirarse y desearse sin tocarse. Las marchas militares están limitadas a los desfiles cívicos, pero nunca dejan de escucharse en el fondo, con su clarín de advertencia para unos y para otros, para los carnavales y para la democracia.

Se necesitan dos para la cueca...

Dadas las condiciones actuales de Bolivia es la hora de la cueca, es decir, la hora de los pasos de dos que se encuentran en un incesante coqueteo, que danzan con la mirada puesta en la mirada del otro, que cruzan y van y vienen sin pisarse ni perderse pisada, que conceptualizan el zapateo de uno en su complemento con el del otro, que envuelven mágicamente en su ritmo los jaleos de su entorno, que bailan música boliviana aunque se parezca a la marinera o el tondero peruano o la cueca chilena y se diga que su origen está allende el océano. Se necesitan dos para la cueca.

Dos capaces de una sola armonía, dos capaces de gustarse y ser gustados, de involucrarse e involucrar, de representarse y ser representados. En sus condiciones actuales, ¿cómo puede Bolivia bailar cuequita sino se encuentran dos para trascenderse y trascender socialmente el baile?

Curiosamente, don Carlos D. Mesa ya tenía la pareja adecuada. La tenía a su lado y se vio obligado a dejarla porque le resultó contestona y porque le aconsejaron, los que le zumban el oído, que un niño bien no debe juntarse con los que salen de los cocales, de la siringa, de los cafetales, del servicio doméstico, del minifundio, de los andamios, de las fábricas, de los ingenios, de las profundidades de la mina y de las barriadas.

Las organizaciones populares y el MAS (Movimiento al Socialismo) de Evo Morales Ayma estaban, mal que mal y bien desafinados, bailando una cuequita terriblemente sui géneris, con una lenta cadencia destinada a fortalecer el Estado y ritmos acelerados para bloquearlo. Esta cuequita tenía un raro ritmo camba-colla y una letra inspirada primero en la llamada “Agenda de Octubre” que habla de Asamblea Constituyente, Referéndum sobre el Gas y Ley de Hidrocarburos recuperando la propiedad del Estado, y que se fortaleció con una segunda estrofa de la “Agenda de Junio” que habla de autonomías.

Estaba chévere la cuequita, medio rara por su hibridez parecida a las matracas de los morenos que cambian de forma según los tiempos, pasando de la representación del quirquincho a la de un televisor y ahora una computadora o un celular. La cuequita de los mesistas y los masistas tenía la cadencia del encuentro impredecible que aunque no se deja entender ni gustar, finalmente funciona e invita a bailar.

Estos carnavales, ¿quién inventaría?...

Separados de su baile compartido, ahora don Evo Morales ha encontrado refugio en el retorno a sus orígenes sindicales y de luchador social, y don Carlos D. y sus seguidores no saben cómo ocultar un ritmo racista que no quisieran demostrarlo y que no les está dejando bailar hibridándose con las multitudes.

En estas condiciones, recientemente el Gobierno está haciendo esfuerzos por lograr un Pacto de Unidad Nacional que garantice la vigencia y la profundización de la democracia. Este intento ocurre después del fracaso de su “Acuerdo ante la Nación” con el sector conservador del Parlamento, y que derivó, en contrapartida, en la conformación del Pacto de Unidad Popular que crece en energía con la participación de las principales organizaciones sociales y políticas opositoras.

La Iglesia Católica se desmarcó de dirigir la orquesta de la conciliación, y la Asamblea de Derechos Humanos y el Defensor del Pueblo, tradicionales mediadores, están recogiendo las letras que pudieran provocar esta pretendida unidad nacional, pero no logran encontrar notas comunes, pues en relación con la Ley de Hidrocarburos don Carlos D. Mesa insiste en su propuesta del 18% de regalías y 32% de impuestos deducibles, el Parlamento se mantiene en su propósito del 18% de regalías y 32% de impuestos no deducibles, en cambio las organizaciones sociales y partidos de la oposición no salen de su reivindicación del 50% de regalías. Son letras muy distintas como para pretender bailar la misma cueca.

Además, los ritmos se hacen distintos hasta en sus entonaciones, puesto que el Presidente no canta sino que refunfuña, el Parlamento musita sin dejar escuchar la letra contenida, y las organizaciones sociales y oposición cantan a viva voz sus ritmos nacionalizadores. Bien en el fondo hay campanas transnacionales y de sus seguidores tañendo toques de velorio en su propósito ya conocido de hacer danzar con miedo.

Hay intereses explícitos por organizar una fiesta compartida con previa tregua política y social que permita ponerse de acuerdo en la agenda política, en los músicos y en los ritmos. Mientras esto no suceda, la idea de convocar a un Gran Encuentro Nacional es sólo una buena intención que está demostrando una vez más que es difícil juntar agua con aceite.

Y no es sólo problema de la agenda, sino también de la crisis de representatividad de los movimientos sociales, de la división entre las organizaciones sindicales obreras y campesinas y de la crisis de confianza que atraviesan los partidos políticos. Curiosamente, es en estas debilidades que emergen los rayos de esperanza para la propuesta gubernamental, o dicho de otro modo, es en la incapacidad para bailar propositivamente de los movimientos sociales, que el Presidente se hace el danzarín principal de la fiesta. Hay un ambiente pre-carnavalero de búsqueda de diálogo, pero nadie se anima a romper la fiesta dando el primer paso para el debate.

Todos quieren bailar con la reina de la fiesta para que doña democracia tenga los tintes de su idilio, pero si no se llegan a acuerdos, podrían todos acabar bailando con la más fea, la autoritaria forma de desequilibrar la democracia.

El intento de la Unidad Nacional está reeditando la historia de los pactos de gobernabilidad que no tienen resultados porque no se acuerdan objetivos concretos pensados a partir de las matrices de la soberanía, sino que simplemente se pretenden consensos en torno a las agendas gubernamentales. Son pactos en los que generalmente se pide mucho al pueblo que casi ya no tiene nada, y en los que los Gobiernos generalmente no ceden nada sino más que promesas que casi nunca se cumplen.

Por estas razones hay un acumulado histórico que pinta una paradoja muy curiosa, por una parte se sabe que estos pactos sirven poco, pero por otro se percibe que sin ellos la democracia podría ser resquebrajada. Hay una crisis de credibilidad y de legitimidad en estos bailes pactados donde la música viene de afuera, el Gobierno pone la orquesta y los que danzan son los subordinados.

Estamos en un escenario de crisis de paradigmas y en un baile de ritmos que no se entienden. Éste es un carnaval sin orden, sin principio ni fin y sin límites para los sonidos diversos de los distintos, no hay cómo bailar en armonía ni siquiera los propios ritmos porque en su combinación inarmónica con los otros ritmos se convierten en ruido.

Es que hay una desproporción histórica en las pretensiones de cada sector involucrado en el baile, por una parte las organizaciones sociales cantan el coro de la nacionalización de los recursos energéticos en la perspectiva de fortalecer y reinventar solidaria y participativamente el Estado para garantizar el ejercicio de las libertades y las dignidades, para dinamizar la democracia participativa, para que adopte medidas que garanticen el bienestar humano y niveles esenciales para el ejercicio no condicionado de los derechos. Los movimientos sociales no niegan la posibilidad de ceder, si fuera necesario transar, afiliándose transitoriamente en el baile de la comparsa parlamentaria y su propuesta del 32% mixto junto con el 18% de regalías.

Pero mientras los movimientos sociales y políticos demuestran voluntad para aprender los pasos del baile oficial combinándolos con los suyos, incluso cediendo parte de su música, desde el otro lado la letra no se modifica y la música se sigue tocando con los instrumentos de las transnacionales que cada vez aparecen más agresivas en su tono, en los contenidos de sus letras y en los alcances mercantiles de su música.

Las organizaciones nacionales ceden algo en función de la construcción del bienestar, pero las transnacionales no se sienten ni obligadas legalmente ni compelidas moralmente a pensar más allá de sus ganancias. Curiosamente, el Gobierno ha decidido bailar y hacer bailar este ritmo, ¿es justo acaso seguir en este carnaval de desencuentros donde consenso es sinónimo de cederlo todo y no recibir nada a cambio?, ¿es tiempo acaso de seguir bailando al ritmo de una sola voz que se representa sólo a sí misma y no recoge ni las voces ni los ritmos de su entorno?

Dadas así las cosas, hay quienes dicen que es la hora del thinku o del encuentro con ofrenda, y hay otros quienes afirman que ésta es la hora del tango o del encuentro cadencioso hecho para el espectáculo con disfrutes del baile aunque las letras desgarren los sentimientos. Ni thinku ni tango, ésta es la hora de la música común a todos y todas, de la música que convoca a su disfrute con el oído, a su goce con el baile, a la identificación emotiva y racional con sus letras; es la hora del ritmo que unifica, que engalana, que convoca y que invita a seguir bailando éste y otros ritmos.

En el aquí y ahora de la política en Bolivia, es la hora del carnaval de los bailes múltiples que se encuentran en una sola fiesta y en la que cada uno regala orden, belleza, colorido, propuesta, esperanza, alegría, futuro. En el aquí y ahora de la política boliviana, es la hora de que por una vez se piense en el país, en su sociedad de ahora y de sus generaciones futuras. Es la hora que el Estado asuma su responsabilidad social con el desarrollo y las transnacionales su corresponsabilidad, articulados ambos con el derecho de los pueblos a vivir con dignidad.

ALAI