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Un golpe de estado o una movilización popular espontánea. Depende de quien hable, una cosa u otra ha logrado la caída de Lucio Gutiérrez como presidente de Ecuador. Es el tercer presidente que tiene que dejar el poder por la movilización popular en poco más de 8 años. Pero ahora hay una diferencia sustancial respecto a los casos precedentes: el protagonismo de las movilizaciones no ha estado en el movimiento indígena sino en los habitantes de Quito, en su mayoría de clase media, que no pertenecen a partidos políticos ni a organizaciones sociales.

Los más entusiastas se acogen al grito de ¡Fuera Lucio, que se vayan todos!, esgrimido como consigna central de la movilización, como si fuese el bálsamo de Fierabás, la fórmula mágica para crear “nuevas formas organizativas” que, tipo asambleas populares y con los partidos políticos tradicionales desprestigiados, se encarguen de vigilar al nuevo gobierno.

Desde fuera de Ecuador hay que hacerse unas cuantas preguntas: ¿hacia dónde apunta esta movilización de la clase media? ¿se va a mantener en el tiempo con miras a fortalecer esas incipientes asambleas ciudadanas o populares que permitan crear las nuevas formas organizativas? ¿la clase media va a estar dispuesta a presionar para que no se firme el Tratado de Libre Comercio con EEUU? ¿a presionar para lograr desdolarizar la economía del país, implantada en el año 2000, antes de la llegada de Lucio Gutiérrez a la presidencia? ¿se va a renegociar el pago de la deuda externa? ¿se va a impedir el uso de la base de Manta como elemento estratégico de EEUU en el Plan Colombia?. Y como consecuencia de lo anterior ¿va a impulsar una reforma nacionalista en el ejército ecuatoriano para que deje de ser un peón del Comando Sur y se desvincule de la lucha contra la guerrilla colombiana, iniciada por Gutiérrez en los últimos tiempos?

De la respuesta a ellas dependerá que la movilización popular contra Gutiérrez y la clase política revolucionaria no repita los errores del pasado, o lo acontecido en Bolivia con el derrocamiento de Sánchez de Lozada el año 2003. Por el momento, ya se puede decir que esa clase media ha desaparecido de las calles, que Quito ha recobrado una cierta normalidad y que ahora el testigo es recogido en otras localidades como Azuay, Loja, Esmeraldas e Imbabura, cuyas gobernaciones fueron tomadas por sectores estudiantiles, populares e indígenas.

Resulta curioso observar cómo frente a esta postura más combativa y que pretende asentar los cambios, los sectores de una burguesía empobrecida por la política económica desarrollada en los últimos años (¿alguien se ha fijado en los coches que aparecen en las imágenes de televisión, por ejemplo, en caravanas opositoras, de “forajidos”, según la expresión que ha hecho fortuna?) retroceden apelando a la institucionalidad democrática para evitar de esta forma cualquier cambio revolucionario.

En esta línea de “quitar presión” el nuevo gobierno, dirigido por Alfredo Palacio -vicepresidente del mandatario destituido-, ha anunciado que va a “revisar” el convenio sobre la base de Manta (firmado en 1999, ratificado en el 2000 y que tiene una vigencia de diez años) y que Ecuador no se va a involucrar en el conflicto de Colombia, algo que también dijo en su momento Lucio Gutiérrez y terminó haciendo justamente lo contrario.

La táctica de realizar una política exterior audaz para reforzar la debilidad interna no es nueva y ha sido utilizada por numerosos dirigentes en todo el mundo, desde Adolfo Suárez (presidente español en los primeros años de la llamada transición democrática, cuando recibió a Yaser Arafat, se convirtió en el primer presidente de gobierno occidental en visitar la Cuba revolucionaria o permitió que España participase como observador activo en las conferencias del Movimiento de Países No Alineados) hasta Lula, que en los últimos meses refuerza su imagen con viajes a África o apoyando a Venezuela, consciente de que su popularidad decrece debido a la política económica que impone en Brasil y a los escasos avances en materias cruciales como la reforma agraria.

No hay que olvidar que gobierno de Alfredo Palacio surge como resultado de la crisis, de la magnitud que alcanzó la lucha popular, de la profundización de las contradicciones interburguesas. Es un gobierno que nace comprometido con el gobierno norteamericano -aunque aún no le haya reconocido, pero ahí está el papel jugado por la embajada de EEUU en toda la crisis y está por ver si resiste las presiones para un adelanto electoral en el que saldrían claramente beneficiados los partidos de derecha que se presentaron como supuestos opositores al régimen de Gutiérrez, junto a algunos autocalificados “representantes de la sociedad civil”, que en realidad son agentes de la política estadounidense en Ecuador, pues actúan con ONGs financiadas por el Departamento de Estado y el Comando Sur de los Estados Unidos-, con las clases dominantes y de manera particular con el Partido Social Cristiano y la Izquierda Democrática, por lo que no es aventurado adelantar que va a estar maniatado por estas organizaciones aunque tendrá un cierto margen de maniobra para cumplir algunos de los aspectos programáticos criticados por incumplidos cuando formó parte del binomio presidencial con Gutiérrez.

La composición anunciada del nuevo gabinete pone de manifiesto que esto será así puesto que a la presencia de personajes como Mauricio Gándara, un duro crítico a la presencia de EEUU en la base de Manta, o de Rafael Correa, un opositor a las políticas del FMI desarrolladas en Ecuador, se une todo el resto de ministros con un claro corte neoliberal y conservador.

El reto principal que tiene ahora el gobierno Palacio es la ratificación o no del Tratado de Libre Comercio con EEUU. De ello dependerá el giro que tome en el futuro puesto que para el imperialismo estadounidense, que ha tenido un protagonismo especial en el rápido desarrollo de la crisis y el escaso derramamiento de sangre que se ha producido -impidiendo de esta forma que estas movilizaciones espontáneas terminasen siendo capitalizadas por la izquierda revolucionaria y un movimiento popular más organizado-, la constitución de un área de libre comercio hemisférico que supla de alguna forma a un ALCA moribundo es vital para recuperar el control del mercado latinoamericano, que se le ha ido yendo en los últimos años, y para asentar sus intereses políticos y militares en la región.

Venezuela, de nuevo en la mira

Con la situación de Ecuador ha vuelto a ponerse de manifiesto la preocupación de EEUU por Venezuela, si es que alguna vez se había ido. El diario The Washington Post, en un editorial del pasado viernes, ha advertido que el caso ecuatoriano “ha puesto en evidencia que la Administración Bush aún no tiene una estrategia para contener la tormentosa primavera de América Latina”, y apunta en la principal línea de preocupación: “Hugo Chávez tiene interés en agitar el ambiente social ecuatoriano con el fin de incorporar a Ecuador a la órbita bolivariana”.

Como ocurrió con la crisis con Colombia, la propaganda imperialista se dirige ahora a esparcir la mentira de que “Chávez considera a Ecuador como parte del territorio bolivariano y podría tratar de promover más disturbios populistas en Bolivia”.

El desafío para EEUU pasa ahora por coordinar con otros países de la región la fórmula para “pacificar” Ecuador y evitar, así, un efecto contagio que vuelva a incendiar la mecha de la movilización popular en Bolivia o se traslade a Perú, países que fueron mencionados por el Subsecretario de Estado de EEUU, Roger Noriega, como potenciales “receptores” del proceso venezolano.

En este sentido, el papel que jueguen países como Brasil o Argentina puede ser crucial a la hora de impedir, o reforzar, el intento imperialista de constituir espacios desde los que pueda intervenir en el proceso bolivariano.

Rebelión