El voluntarismo, el esfuerzo permanente con que actúa gran parte de la dirigencia social y política, son constantes básicas de estos movimientos. Pero está demostrado que tales características no son suficientes para dar al traste con la defensiva que sobrellevan. Se requiere, ante todo, construir el referente, es decir, las líneas tácticas y estratégicas que le brindan personalidad al proyecto en cuestión. Y ser consecuentes con ellas. Pero también, ser fieles a unos métodos y estilos de trabajo que los diferencien de los proyectos sociales continuistas, a partir de garantizar la unidad inseparable entre lo social y lo político, entre el mandar y el obedecer, entre hombres y mujeres, entre lo cotidiano y el porvenir, entre lo político y lo económico.

La ausencia de continuidad en la lucha social y política es lo que emana en la actual coyuntura: lo político reducido a lo electoral. Por un lado, decenas de dirigentes sociales que se presentan ante la opinión pública como los candidatos ideales. Candidatos confiados en su experiencia, en su disposición, en su historia, en su buena voluntad. Todo lo cual está bien pero no es suficiente.

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En efecto, una cosa es ser dirigente social de un sector específico, y otra creer que también se puede ser dirigente ‘político’ per se. Dirigentes que dicen ser colectivos pero a la hora de tomar decisiones trascendentales -como la representación electoral–, se olvidan de lo colectivo y no toman en cuenta a sus dirigidos. Simplemente dan por notificado que ellos son los elegidos. También ocurre, que dirigentes sociales que logran actuar con capacidad en lo institucional, terminan subsumidos en esa lógica, olvidándose de su compromiso con los sectores sociales donde se formó y de donde procede.

Pero al mismo tiempo, partidos y movimientos políticos que presionan a sus dirigentes sociales para que se transformen en ‘candidatos’ a los cuerpos colegiados, sin tomar en cuenta la opinión de sus bases y la propia conveniencia mediata e inmediata de su decisión.

Una vez más se trata de la vieja y reiterada división entre lo social y lo político, por medio de la cual ‘lo político’, una y otra vez, determina lo social, y, aunque se crítica y se indica su improcedencia, se vuelve sobre el mismo error, hasta el punto de poner en riesgo la sostenibilidad de algunos sectores. Es el caso del magisterio. En tal forma se abusa del sector y su capacidad de voto, que no es extraño lo que dicen en la base: “A los dirigentes les interesa llegar a la dirección nacional –y en no pocas ocasiones a las departamentales– solamente para hacerse congresistas”. Esto es, la base como instrumento.

Las consecuencias de este proceder no son escasas, entre ellas el desinterés de muchos maestros (y en grado mayor de los padres de familia y los estudiantes) por participar en la discusión, definición y defensa de sus proyectos y de la educación pública en general. Asimismo, es grande la disputa interna por el control de las organizaciones, en tanto su dominio les permite contar con ciertas prebendas. Al final, la disputa permanente y la manipulación por las ’mayorías’ determina las agendas de la organización. El instrumento lo vale todo.

Y aunque se cree que con la decisión de participar electoralmente se hace ‘gran’ política, lo que efectivamente se permite es desdibujar la política (participación y decisión colectiva por excelencia), reduciéndola a su más simple expresión: la representación, lo institucional, lo formal. Sin duda estamos ante la política inmediatista y distorsionada, política reducida al individuo – líder que, sin contar con su comunidad e inclusive por fuera de ella, está lleno de buena voluntad (en el mejor de los casos) y cree representarla. Otra vez y en otro plano, el voluntarismo.

Es contradictorio lo que sucede y lo que presenciamos en estas elecciones. A todas luces, fruto del desespero acumulado en todos los sectores sociales ante la arremetida padecida en los últimos 20 años, pero igualmente fruto de las transformaciones que sobrelleva una izquierda capaz de vivir todos los extremos, sin saber conciliar unos con otros: lo ‘pequeño’ y lo ‘grande’; lo ‘visible’ y lo ‘invisible’; la palabra y la acción; lo gremial y lo político, etcétera.

Estamos ante una izquierda dispuesta a continuar en su lucha por una mejor sociedad, aunque sin percatarse de la urgencia de una transformación radical en sus planteamientos, formas de comunicarse con las mayorías, métodos y estilos para concitar su participación y estimular su capacidad decisoria. Necesidad de cambio, para aclarar el panorama de lo que es la izquierda, legitimando su proyecto histórico y ganando la voluntad social para su aplicación aquí y ahora, sin medias tintas.

De modo que no es un problema de consignas sino de acciones cotidianas: renuncia a la representación gratuita, planteamiento de la politización cotidiana de sus bases, acogida al acompañamiento y la formación constante de nuevos liderazgos, apertura de procesos sociales a la participación horizontal de todos los interesados, demanda de legitimización permanente de los liderazgos históricos, elaboración de un programa histórico para el país y la región, ensayo de nuevos niveles de representación colectiva o pública (parlamento de los pueblos, asambleas comunitarias permanentes), abriéndose, al unísono, a la acción política desde una visión de poder que cuestione la actual sociedad, sus injusticias y quiebres históricos, y dibuje al mismo tiempo la que está por construirse.

Nos encontramos entonces ante un inmenso reto que va más allá de la coyuntura, que no desdice del ejercicio parlamentario pero que promete más que éste, sobre todo cuando queda reducido a la simpleza y poca trascendencia de lo institucional y de lo ‘posible’. En pocas palabras, construcción de referente, consecuencia con un proyecto político. Esfuerzo dispendioso y conflictivo, cada vez más despreciado por el conjunto de lo social pero que, de lograr situarse en el territorio, sin duda, dará sus frutos estratégicos.