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La anexión nunca lograda (VI)

El imperio ignora a los combatientes cubanos

Ni las presiones norteamericanas para impedir el nuevo estallido insurreccional contra España ni la labor de la inteligencia española en la Isla, o el despliegue militar en varios puntos del territorio nacional, pudieron impedir que el 24 de febrero de 1895 los cubanos nuevamente se alzaran en armas.

| La Habana (Cuba)
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Este artículo es la continuación de:
1- Orígenes de las pretensiones anexionistas norteamericanas
2- América para los americanos: aspiración del vecino codicioso
3- Entre Monroe e intentos de compra: Cuba para Estados Unidos
4- Estados Unidos ante la Guerra de los Diez Años
5- Martí denuncia las patrañas norteamericanas

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Valeriano Weyler (1838-1930)

Si bien algunos levantamientos escenificados en la zona centro occidental de la Isla no se consolidaron, la inusitada fuerza que cobraron los acaecidos en la parte oriental muy pronto fueron motivo de preocupación para España y también para Estados Unidos.

Ante las nuevas circunstancias, el gobierno estadounidense decidió prestar mayor ayuda España ya fuera en armas, como en su negativa a reconocer al gobierno de la República en armas y la beligerancia del Ejército Libertador.

De manera paralela pondría obstáculos a todo intento de auxilio a la revolución desde territorio norteamericano. No solo serían perseguidos los colaboradores, también el sistema de guardacostas se pondría al servicio de España al impedir, en muchas ocasiones, la salida de barcos con hombres y recursos hacia la ínsula.

Mientras desarrollaban esas acciones se mantenían a la expectativa de cualquier hecho que pudiera denunciar algún síntoma de cansancio por parte de España, o cualquier circunstancia que favoreciera su intervención.

Así a raíz de la política de reconcentración implantada por Valeriano Weyler y las negativas consecuencias de esta para la población civil, Estados Unidos desarrolló por medio de la prensa de ese país una campaña mediática favorable a la intervención por causas humanitarias, que si bien no se llegó a concretar, allanó el camino en aras del momento final.

Ya para finales de 1897 era evidente el desgaste y agotamiento del poderío político-militar español y el implacable avance de las fuerzas cubanas, concretado en sucesivos triunfos y el control cada vez mayor de los territorios.

Para Estados Unidos resultaba primordial la aparición de un pretexto el cual le permitiera inmiscuirse en la guerra y que, sobre todo, no despertara sospechas ni hostilidades. Esa excusa llegó el 15 de febrero de 1898 cuando en la bahía habanera explotaba el acorazado Maine.

Inmediatamente fue culpada España como responsable del hecho, el cual solo podía admitir, como respuesta, la declaración de guerra.

Vendrían después los demagógicos argumentos incluidos en la Resolución Conjunta, donde el poderoso vecino norteño aseguraba la retirada, toda vez lograda la independencia nacional. Concluida la guerra, serían obviados y desconocidos.

A la negativa de permitirles desfilar por las calles de Santiago de Cuba –lo cual provocó una enérgica protesta por el general mambí Calixto García— se unió el hecho de que los representantes de la Isla tampoco fueron tenidos en cuenta durante la firma de la paz suscrita entre España y Estados Unidos el 12 de agosto de 1898.

Como colofón de esas actitudes contrarias a los cubanos, siempre que ello implicara soberanía o autodeterminación, el 10 de diciembre de ese año fue firmado en Paris un tratado mediante el cual Madrid cedía todos sus derechos sobre Cuba y otros territorios a Estados Unidos. Aunque la Isla era el centro de dicho convenio, otra vez fue ignorada.

El sueño tantas veces acariciado se hacía realidad: finalmente Estados Unidos estaba en posesión de Cuba.

(Continuarà…)

Agencia Cubana de Noticias

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