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El jeque Hassan Rohani, actual presidente de la República Islámica de Irán, en realidad es un ‎viejo socio de Israel. Rohani pretende hoy recuperar el estatus de “gendarme regional” que ‎Irán llegó a tener en tiempos del shah Mohamed Reza Pahlevi.‎

En Irán existe un gran antagonismo entre el gobierno del jeque Hassan Rohani y los Guardianes de ‎la Revolución. Los Guardianes de la Revolución no dependen del gobierno de Rohani sino que ‎están directamente bajo las órdenes del Guía Supremo, el ayatola Alí Khamenei. ‎ ‎

El proyecto del presidente Rohani: capitalismo e imperialismo regional

El jeque Rohani es miembro del clero chiita, como el ayatola Khamenei. Pero los Guardianes de la ‎Revolución no son miembros del clero sino soldados. ‎

Los Guardianes de la Revolución son discípulos del imam Khomeini y se plantean como objetivo ‎exportar la revolución antimperialista y liberar el mundo del imperio anglosajón (Estados Unidos ‎‎+ Reino Unido + Israel) que tanto sufrimiento ha causado a Irán. No tienen ningún tipo de ‎vínculo con el ejército regular iraní, que depende del presidente de la República Islámica (el jeque ‎Rohani) y cuya única misión es garantizar la defensa del país. ‎

Durante la larga guerra que Irak emprendió contra Irán por cuenta de Estados Unidos, el jeque ‎Rohani era parlamentario. En aquella época, Rohani se entendió con Washington para obtener la ‎liberación de rehenes estadounidenses en Líbano a cambio de aprovisionamiento en armas ‎garantizado por Estados Unidos. Posteriormente, Israel se puso en contacto con Rohani para ‎armar a su país. Fue Rohani quien introdujo en ese juego a su mentor, el hodjatoleslam Akbar ‎Hashemi Rafsanyani. Rohani y Rafsanyani organizaron juntos el tráfico de armas (que al salir a la ‎luz pública dio inicio al escándalo conocido como “Irán-Contras”, en 1986), que significó muerte y ‎desolación para la Nicaragua sandinista mientras que alimentaba aún más la fortuna del ya muy ‎acaudalado Rafsanyani.‎

Años después, como resultado de una nueva negociación secreta con Estados Unidos en Omán, ‎el ayatola Khamenei designó al jeque Rohani para sustituir al entonces presidente de Irán, ‎Mahmud Ahmadineyad. Durante la campaña electoral que precedió la elección presidencial iraní ‎de 2013, el jeque Rohani se presentó como un partidario del naciente capitalismo financiero y ‎declaró que Irán tenía que dejar de financiar movimientos revolucionarios extranjeros, aunque ‎fuesen chiitas, como el Hezbollah libanés. Con ese discurso, Rohani estaba ofreciendo garantías a ‎Estados Unidos y a Israel. ‎

Ya electo presidente de Irán, el jeque Rohani negoció inmediatamente con Estados Unidos –‎conforme a las instrucciones del Guía, el ayatola Khamenei. Su ambición era recuperar el papel de ‎gendarme regional que el imperialismo anglosajón había asignado en el pasado al shah Mohamed ‎Reza Pahlevi –con el derrocamiento del shah, ese papel había pasado sucesivamente a manos del ‎Irak de Saddam Hussein y después a Arabia Saudita. ‎

Por tratarse de un objetivo en total contradicción con el legado del imam Khomeini, Teherán ‎y Washington presentaron sus negociaciones como tendientes a poner fin al programa nuclear ‎iraní. Seguidamente incorporaron a los demás miembros del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania a ‎una serie de reuniones en Ginebra, reuniones que rápidamente conducirían a un acuerdo sobre el ‎tema nuclear, en 2013. Aquel acuerdo no sorprendió a Alemania, China, Francia, Reino Unido ‎y Rusia porque ya sabían que Irán había abandonado la investigación nuclear con fines militares ‎desde 1988. ‎

Todavía hubo un año de pausa, utilizado para proseguir las negociaciones bilaterales entre ‎Teherán y Washington. Durante ese periodo, el ahora presidente Rohani procedió discretamente ‎a retirar su embajador de Siria y los créditos iraníes al gobierno sirio. Sólo se mantuvieron ‎en Siria los Guardianes de la Revolución, frente a la OTAN y a los yihadistas utilizados por ‎Occidente para destruir la República Árabe Siria. Finalmente, el acuerdo negociado con los 5+1 ‎fue firmado públicamente en Viena, el 14 de julio de 2015. ‎

De paso, el jeque Rohani negoció con Austria un acuerdo que le permitiría exportar el gas iraní ‎a Europa, en detrimento de Rusia. Pero ese acuerdo nunca llegó a concretarse. ‎

El jeque Hassan Rohani esperó hasta su segunda campaña electoral, al cabo de la cual fue reelecto ‎presidente, en 2017, para permitir que se conociera su proyecto: restaurar el imperio safávida. ‎Pero siguió actuando con toda prudencia ya que la revelación se hizo a través de una publicación ‎de su think-tank mientras que Rohani seguía utilizando la retórica del imam Khomeiny. ‎El imperio safávida [de 1501 a 1736] se constituyó alrededor del culto musulmán chiita y el ‎nuevo «Gran Irán» abarcaría también el Líbano, Siria, Irak y Azerbaiyán, bajo la autoridad del ‎Guía de la Revolución. ‎

Consecuencias del proyecto del presidente Rohani

El texto sobre el verdadero proyecto de Rohani fue inmediatamente traducido al árabe y estremeció el ‎Medio Oriente ampliado (o Gran Medio Oriente) ya que Azerbaiyán es un país casi enteramente ‎chiita, pero no es así en los demás países mencionados.‎
• En Líbano, el Hezbollah ha visto aparecer en su seno dos tendencias: la primera está ‎encabezada por su secretario general, Hassan Nasrallah, quien defiende una línea nacionalista ‎libanesa, mientras que la otra, lidereada por el jeque Naim Qassem aplaudió ruidosamente al ‎jeque Rohani.‎
• En Siria, donde los chiitas son una pequeña minoría, el presidente Bachar al-Assad –chiita pero ‎profundamente laico– disimuló su cólera prefiriendo ignorar tal proyecto.‎
• En Irak, país donde la población chiita es mayoritaria –pero también profundamente ‎nacionalista en su mayoría–, la mayoría de los chiitas, entre ellos el líder Moqtada el-Sadr, han ‎preferido volverse hacia Arabia Saudita (sunnita).‎
• En Irán, el general Qassem Suleimani, jefe de los Guardianes de la Revolución, se convirtió en ‎el principal adversario del presidente Rohani.‎
• En Azerbaiyán, país simultáneamente chiita y turcoparlante, la clase dirigente prefirió ‎acercarse a Turquía, con la cual finalmente emprendió la guerra contra Armenia en el Alto ‎Karabaj. ‎

Fue en ese contexto que el presidente estadounidense Donald Trump sacó a Estados Unidos del ‎acuerdo 5+1 (JCPoA) sobre el tema nuclear. Pero su objetivo –contrariamente a la lectura que de ‎ese hecho se hace en Europa occidental– no era destruir el legado supuestamente pacífico de su ‎predecesor, Barack Obama, sino oponerse a la reorganización implícita en el proyecto del jeque ‎Rohani: el Levante para Irán y el Cáucaso para Turquía. El único criterio de la Casa Blanca era ‎evitar nuevas guerras que exijan despliegue de tropas estadounidenses. ‎

La extrema desigualdad entre el modo de vida de las familias de los miembros del gobierno del ‎jeque Rohani y las dificultades cotidianas que enfrenta la mayoría de los iraníes provocó grandes ‎motines a finales de 2017. El ex presidente Ahmadineyad se implicó en esas protestas, tanto ‎contra el presidente Rohani como contra el Guía. La represión fue terrible –quizás con un millar ‎de muertos– y varios ex miembros del gobierno de Ahmadineyad fueron sometidos a juicios ‎secretos y condenados duras penas de cárcel bajo cargos que no se han dado a conocer. ‎

Para mostrar que Washington no trataría de seguir utilizando a los sunnitas contra los chiitas ni a ‎los árabes contra los persas, el presidente Trump ordenó asesinar sucesivamente a los dos ‎principales jefes militares de cada bando: el “califa” sunnita del Emirato Islámica (Daesh), ‎Abou Bakr al-Baghdadi, y el general chiita iraní Qassem Suleimani, jefe de la fuerza Al-Qods de los ‎Guardianes de la Revolución. ‎

De esa manera, Trump trataba de demostrar también que Estados Unidos sigue controlando la ‎región, pero a la vez favorecía –quizás sin intención de hacerlo– al bando del jeque Rohani ‎en Irán. Por su parte, Rohani condenó ruidosamente al «Gran Satán» y acusó al jefe de los ‎servicios secretos iraquíes, Mustafá al-Kazimi, de ser cómplice de los estadounidenses. ‎Sin embargo, cuando al-Kazimi fue nombrado primer ministro –sólo semanas después del ‎asesinato del general Suleimani–, Rohani estuvo entre los primeros en felicitarlo y expresó su ‎propio regocijo por el nombramiento. ‎

Ya a finales de 2020, los amigos israelíes del jeque Rohani hicieron asesinar al general Mohsen ‎Fakhrizadeh, importante científico nuclear y camarada del general Suleimani, con lo cual quedó ‎decapitada la tendencia khomeinista. ‎

El jeque Rohani e Israel

El presidente y jeque iraní Rohani está dispuesto a dejar Azerbaiyán en manos de Turquía si ‎le dejan el Levante, región donde –a pesar de lo que se afirma en Occidente– puede contar ‎con la ayuda de Israel, país para el cual Rohani, lejos de ser un enemigo, es un socio de ‎larga data. Basta recordar, lo que ya mencionamos antes en este mismo trabajo: Rohani fue el ‎primer contacto de Israel en el asunto Irán-Contras (1985-1986). ‎

Rohani también administró el 50% del oleoducto Eilat-Ascalón y sus dos terminales, ‎indispensables para la economía de Israel. A finales de 2017, la comisión de Exteriores y Defensa ‎del parlamento israelí prohibió toda publicación al respecto con la amenaza de una condena de ‎‎15 años de cárcel para quien se atreviese a mencionar el tema. ‎

Rohani siempre ha recibido periódicamente en Teherán a Iddo Netanyahu, hermano del ‎primer ministro israelí Benyamin Netanyahu. Iddo es un discreto dramaturgo que vive entre ‎Estados Unidos, Israel e Irán, y posee una residencia permanente en cada uno de esos 3 países. ‎

Actualmente, el jeque-presidente Hassan Rohani espera poder concretar su proyecto si ‎finalmente Joe Biden es entronizado como presidente de Estados Unidos. Ni siquiera será ‎necesario restaurar el acuerdo ficticio sobre la cuestión nuclear sino sólo permitir que Teherán ‎vuelva a ser el gendarme de la región. ‎