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Pablo Escriba
biólogo molecular
y divulgador científico

Mi primer recuerdo de una tarde de toros se remonta a mediados de los 60. Mi abuelo, que era el director de la Banda de Música de Alcázar de San Juan, tenía que poner las notas al festejo y decidió que era una buena idea que fuera a ver con él la "Fiesta Nacional". Mi único recuerdo de aquel día es el de un largo rato de aburrimiento. Con el paso de los años nunca gané interés por las corridas de toros, aunque de vez en cuando las veo por la tele durante uno o dos minutos. Sin embargo, hay una cosa que siempre me ha llamado la atención de este mundillo, el nombre que escogen los toreros: El "viti", el "litri", el "soro"... Uno de esos toreros (creo que aún está en activo) es "Finito de Córdoba". Su nombre siempre me ha parecido muy... fino. Tengo un buen amigo, Esteban Morcillo, que es Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia. Él pertenece a esa generación de científicos que coincidió con el principio de la democracia en España. Yo la denominaría generación del 77.

Esa generación ha tenido que abrirse paso en el mundo de la ciencia internacional con pocos medios y mucha imaginación, que han permitido a los que venimos detrás poder trabajar en mejores condiciones y con más medios. A pesar de ello, los recursos de investigación en nuestro país distan mucho de ser los del resto de países desarrollados. No sólo en términos absolutos, sino también en términos relativos, ya que en España se dedica apenas un 0,9% del PIB a investigación, mientras que en el resto de la Unión Europea se supera el 2%. Lo malo es que ese 0.9% es ficticio, ya que entre un tercio y la mitad de esa cantidad se dedica a investigación militar y del resto se dedica una parte a innovación tecnológica, que no es investigación propiamente dicha. Por ello, los investigadores y científicos de nuestro país tienen que hacer un esfuerzo mayor que otros para poder trabajar en condiciones medianamente aceptables.

Esteban suele poner un símil relacionado con los toros para describir la situación de los científicos en España: querer ser científico en España es como querer ser torero en el Reino Unido. "Ese niño - me decía en una ocasión - que ha nacido en Nottingham tiene legítimamente tanto derecho a ser torero como otro que ha nacido en Córdoba" ¿Por qué un chaval británico no puede ser matador, si así lo desea? El esfuerzo que tiene que hacer cualquiera para llegar a ser figura del toreo es encomiable (como en cualquier cosa de esta vida) pero si se nace en el lugar o en el momento equivocado la lucha por ser aquello que uno desea es feroz. Sólo cuando pensamos en los caprichos del destino nos podemos dar cuenta de que existe una geometría secreta, oculta, que maneja el devenir de cada ser. Cuando la voluntad de un hombre pretende gobernar los hilos que trazan los caminos por los que discurre la vida es cuando nos damos cuenta de la grandeza de la naturaleza humana. En esa tesitura se hayan los que cada día se aproximan a su laboratorio en cualquier lugar de España. Científicos que tienen que correr en una carrera de Fórmula I con un "SEAT Panda".

Profesionales que tienen en contra todos los elementos del sistema, desde los próximos hasta las altas cuestiones de política científica. "Toreros nacidos al norte de Los Pirineos" que intentan dar un pase de pecho a tubos de ensayo y probetas. Hoy he venido a trabajar, como cada día, a las 8 de la mañana.

Durante las próximas once horas estaré en mi despacho o en el laboratorio y dejaré un poco de mi vida entre estas paredes para poder ser el "torero" que siempre deseé. Hasta es posible que algún día firme mis trabajos como Finito de Nottingham. Entre tanto, sólo me queda poner el esfuerzo y entusiasmo que he venido poniendo hasta ahora para que mi generación de investigadores, la generación del 88, tenga el protagonismo que nunca ha recibido. Pero esta es otra historia que ya les contaré en otra ocasión.