No es precisamente, en nuestra opinión, justa ni necesaria esta guerra que está tratando por todos los medios de desatar el Presidente George Bush contra el gobierno iraquí. Nadie sale en defensa de Saddam Hussein. Y mil razones hay para no estar de su parte. Pero hay que poner las cosas en su lugar. Una cosa es cierta. Y nadie en ello debe tener vacilaciones: Todos debemos estar en la misma trinchera frente al terrorismo, venga donde venga. Pero no puede tomarse de pretexto la lucha contra el terrorismo para desatar los demonios de la guerra a conveniencia de la política que más convenga a un determinado país sin contar con el apoyo del resto del mundo, ni siquiera con el consentimiento de sus aliados.

El Presidente Bush y sus más cercanos colaboradores están empeñados en convencer - sin éxito hasta ahora - al pueblo norteamericano y al resto del mundo que se hace inevitable una acción militar punitiva contra Irak. Las pruebas que Hussein posee armas de destrucción masiva, ya sean químicas, bacteriológicas o bombas nucleares, no han aparecido hasta ahora por ninguna parte. Y precisamente por no aportar prueba sólidas y convincentes, es que el Presidente Bush no ha logrado la credibilidad necesaria para llevar adelante una coalición de gobiernos como hiciera su propio padre cuando la llamada Guerra del Golfo Pérsico. Las naciones del mundo musulmán, de una manera u otra se alinearon junto a Estados Unidos en aquel conflicto armado. Hoy ningún país árabe o musulmán respalda al Presidente de Bush en sus planes guerreros. ¿ Acaso otro gobernante del mundo como no sea el Primer Ministro Británico Tony Blair ha respondido presente al llamamiento guerrero del Presidente Bush? ¡Ninguno! ¡Absolutamente ninguno!

El mundo entero no puede estar equivocado. Ni siquiera su señor padre, que fue también presidente del país y que antes hizo la guerra contra Saddam Hussein, ha dicho que aprueba una aventura militar contra Irak con unos Estados Unidos en solitario. En el frente externo está claro que el Presiente está solo. En el frente interno norteamericano las cosas no han ido mejor. Las voces más lúcidas del país han recomendado al Presidente pensar dos veces antes de embarcar a Estados Unidos en una guerra que nadie con sensatez aconsejaría sin antes obtener el apoyo de las Naciones Unidas y de la opinión pública mundial. ¿Por qué entonces ese empeño absurdo del Presidente Bus por ir a la guerra? ¿ Es acaso por razones de política interna? ¿Es para ganar unas elecciones congresionales o de gobiernos estatales que se lleva al mundo al infierno? ¿O se trata de desviar la atención pública ante los escándalos financieros que afectan a la economía norteamericana?

No se lleva a un país y mucho menos al mundo a una guerra, ni por capricho ni por empecinamiento, ni odio o frustración, ni por soberbia ni mucho menos por insensatez o arrogancia imperial.

Y si la guerra es por el petróleo, peor. ¡Maldito el petróleo!

En el nombre del Padre, habrá que pedirle al Espíritu Santo que le diga al hijo que no!