por Wilson Villarroel Montaño; [email protected]

La única asonada en Bolivia es la del rumor artero del golpe que nunca llega y la desinformación solapada, promovidos ambos, sospechosamente, por el gobierno. Los corresponsales de prensa suscriben, cada día, alarmantes crónicas de un incendio generalizado. Adalid de su propia campaña, el presidente Mesa ha declarado ante la Fundación Konrad Adenauer, hace poco, que el país está "al borde de la hecatombe". Pero, el único hecho verdadero y cierto es que, en Bolivia, todo pasa y no pasa nada.

La única batalla que se libra encarnizadamente es la batalla de la información o, mejor aún, de la desinformación. Súmese el debate recién abierto sobre el próximo referéndum nacional sobre el gas -estreno de la democracia social y participativa que consagra nuestra Constitución recientemente reformada- y tendremos un escenario de marketing político en el que él único que sale triunfando en la coyuntura, en magistral enroque en gambito Filidor, es el presidente Mesa, una vez más, un consumado jugador de ajedrez.

¿Cuál es el propósito de esta campaña encubierta?

Inicialmente, esta escalada de vocinglero estremecimiento pretende poner el país en blanco y negro: o la democracia con el presidente Mesa, o el caos y el desorden generalizado con el movimiento social de protesta. Y los dirigentes obreros y sindicales, encabezados por el iracundo Solares -líder máximo de la Central Obrera Boliviana- alientan, carentes de ideas y tácticas eficaces, esta visión maniquea y absoluta.

En verdad, hay todavía conflictos por doquier y, más de algún "observador" desprevenido cree estar pisando un campo minado que amenaza eclosión o "hecatombe" como sugiere el presidente Mesa. Pero, también es verdad que los conflictos, como aparecen, se van y se diluyen, siguiendo la triste suerte de una jornada de protesta forzada luego del 1º de mayo que acabó en la nada y en la deserción generalizada.

En Bolivia vivimos un estado prerrevolucionario pero no insurreccional. Estamos en las instancias de preparación y perfilamiento del objetivo general del cambio "revolucionario" del Estado -no del sistema o modo de producción- sino únicamente de su forma estatal y posiblemente de gobierno. La base económica no cambiará, sino únicamente el modelo de apropiación capitalista que transita de la apertura de mercados irrestricta a un cuadro de mayor protagonismo estatal. Y punto.

Pero, la anterior constatación, sencilla para un revolucionario de la Comuna de París en 1848, no la comprende el dirigente sindical o el político de turno en la Bolivia del nuevo milenio. Evo Morales, cuya semejanza con Lula es hoy asombrosa, ya ha vislumbrado cuál es el sino de este paisaje que aspira a conformar un país. La Media Luna, aupada por el empresariado más agresivo de las regiones orientales y del sur boliviano, también ha entendido cuál es el derrotero de aquí adelante. Ambos guardan discreto y prudente silencio.

Por tanto, no es el gas exportable o industrializable, no es la grosera inmunidad del soldado norteamericano en el suelo boliviano, no es, en fin, la anomia de la "clase política" y su carencia de aptitudes -y hasta de buen gusto (revísese su apresuramiento oportunista para proveer de salida "constitucional" al enjuiciamiento de militares)- lo que empuja el cambio revolucionario. Es el agotamiento del sistema político. En el ínterin, el modelo económico hace rato que hizo aguas y llevó a los bolivianos de la pobreza a la pobreza absoluta.

Entretanto, la maquinaria de la publicidad y de la información oficial transita por encubrir, y es la segunda de las intenciones el verdadero panorama y la verdadera contradicción histórica boliviana entre un Estado moribundo y uno otro, muy distinto, que renacerá de sus cenizas.

El primer efecto publicitario es la maquillada contradicción circunstancial del momento -o de la coyuntura, con mayor rigor político- que enfrenta al presidente Mesa y su propósito racional de enfilar la nave del Estado, con la irracionalidad de las demandas obreras, campesinas o estudiantiles. Si ése fue efecto que buscó el presidente Mesa, lo ha alcanzado impecablemente.

Nosotros afirmamos, apoyados por las recientes lecciones que nos brinda la historia última de este país acosado por sus propias capas dirigentes, que ni esta campaña, ni la que a última hora diseñen los expertos en publicidad del régimen oficial -siéntese el que se siente en la silla presidencial- evitará el colapso definitivo del sistema político. No es posible, salvo la salida oportunista, voluntarista, populista e histriónica, revivir la comparsa y mascarada política agotada como se encuentra su oportunidad histórica.

Peor todavía, es más peligroso el suponer que sin cambio real y duradero en las estructuras mismas del poder, en el necesario relanzamiento del modelo democrático con la posibilidad cierta -y no únicamente prescripta en un dispositivo constitucional- de la participación efectiva de los pueblos, naciones y regiones de la riquísima diversidad boliviana, se podrá seguir adelante.

¿Cómo piensa gobernar el presidente Mesa los próximos cuatro años? ¿Con el Congreso pero sin Parlamento, como hasta hoy? ¿Con unos diputados y senadores que no representan a nadie, ni siquiera a ellos mismos, luego de los sucesos de Octubre Negro en 2003?. Hoy, y no descubrimos la rueda, el Congreso -la expresión máxima de la formalidad del aparato representativo- se encuentra vaciado de legitimidad popular. Su tiempo real y político ya no corresponde al tiempo cronológico. Pareciera que fue hace diez o quince años cuando se los eligió. Su aparición pública -salvo para ganar indulgencias con el Imperio- es tan sorprendente como la de un paquidermo de la era prehistórica.

El cometido, que alienta en secreto el presidente boliviano significa ya, a estas alturas, un franco despropósito. Después de Octubre, ya nada es igual. Ayer fue la huida apresurada de Sánchez de Lozada, luego el fútbol, después los tributos, más tarde el referéndum y mañana casi cualquier otra cosa. ¿Seguirá la misma suerte la Asamblea Constituyente, la única posibilidad real de promover el cambio efectivo?

En Bolivia, señores, todo pasa y, trágicamente, no pasa nada.