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El presidente George Bush visitando una base militar en su país.
Foto US Defense / White House 18 junio 2004.

La lucha por el control del planeta entre la multipolaridad incipiente y la postura unilateral de Bush escala nuevas cumbres borrascosas. El unilateralismo bushiano y su permanente guerra preventiva no se darán fácilmente por vencidos mientras dispongan de un azorante gasto militar y un respetable arsenal nuclear únicamente equiparable con el de Rusia. Pese a sus descalabros con dos miembros del eje del mal, uno sonoro en Irak y otro silencioso con Norcorea, el unilateralismo bushiano ha recurrido a una preocupante escalada del caos, que naturalmente pone a la defensiva al multilateralismo incipiente desde el Transcaúcaso, pasando por la deliberada balcanización de Irak, hasta el aumento de las tensiones en el estrecho de Taiwán.

En forma extraña, ocho tripulantes de tres barcos militares, en misión de espionaje (¿o espelología submarina?) en las aguas persas, se dejaron atrapar por la armada iraní, cuando ha arreciado el contencioso de la planta nuclear de Bhusher construida por los rusos.

Como era de esperarse, ahora toca el turno a la teocracia de los ayatolas chiítas de Irán, segunda potencia gasera global y tercer miembro del eje del mal en la cosmogonía unilateralista de los neoconservadores straussianos y sus aliados racistas huntingtonianos, que forma parte tanto del corredor energético geoestratégico con Afganistán e Irak como del «arco de inestabilidad» -que va del norte y oriente africanos, pasa por el mar Caspio y el golfo Pérsico, para llegar hasta el sureste asiático (específicamente el estrecho de Málaca, la yugular de transporte energético-comercial de India, China, Japón y Corea del Sur, para citar a los grandes)- pregonado por el megaespeculador George Soros ante el Foro Económico Mundial de Davos.

Queda claro que el unilateralismo bushiano juega en forma ominosa la carta de la «guerra energética» para amedrentar a la multipolaridad incipiente tan dependiente del oro negro. Una nota «anónima» que pareciera descabellada (pero que no lo es, obviamente, en términos geoestratégicos), de WorldTribune.com (21 de junio), afirma que «EU amenaza abandonar a los sauditas y a su petróleo» en caso de que el régimen wahabita sea incapaz de proteger a los 30 mil empleados estadunidenses en la industria petrolera.

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Las tropas estadounidenses entran en Bagdad.
Foto US Defense.

¿No sirvieron para nada los armamentos modernos, la logística desplegada y la asesoría intensiva vendidos a precios estratosféricos durante más de medio siglo a los sauditas wahabitas por diferentes administraciones estadunidenses?

La desestabilización de Arabia Saudita constituye el objetivo soñado por los neoconservadores encabezados por el israelí-estadunidense Richard Perle, íntimo de Paul Dundes Wolfowitz (el controvertido subsecretario del Pentágono), susceptible de cuajar los deseos de Osama Bin Laden para llevar el precio del barril de petróleo a 144 dólares, o a los 161 dólares que habían esbozado hace tres años el economista George Perry y, antes de fallecer, Rudiger Dornbusch, o los 182 dólares de Matthew Simmons, aliado de la dupla Cheney-Bush y mandamás del principal banco de inversiones energéticas con sede en Houston.

Charles Smith aprovecha las páginas de News Max (17 de junio), una publicación bushiana, para ilustrarnos de que el gobierno de Estados Unidos coloca a China por segunda vez en un solo mes como «la primera amenaza a la seguridad global». Ahora resulta que los déficit presupuestales, fiscales y comerciales de Estados Unidos provienen de la perversidad china y no del fracaso del centralbanquismo del mago fallido Alan Greenspan, el creador de las multiburbujas de la economía estadunidense.

China no se queda callada y revira que Estados Unidos practica un desleal proteccionismo. Ante las amenazas del Pentágono, que sugirió en un reciente reporte que Taiwán podría bombardear la «presa de los tres desfiladeros», el mayor proyecto hidráulico del planeta, parlamentarios chinos han propuesto la represalia de lanzar bombas nucleares sobre Taiwán (The Straits Times, 20 de junio) ¿La furibunda escalada en el estrecho de Taiwán -sin duda el punto más sensible del planeta- tiene algo que ver con la reanudación de la tercera ronda de negociaciones hexapartitas en Pekín sobre la desnuclearización de la península coreana, donde los unilateralistas bushianos han quedado aislados?

Robert Marquand y Donald Kirk, de The Christian Science Monitor (22 de junio), admiten que los «rangos se han roto en relación con Norcorea», con «el alejamiento de Corea del Sur y China de la posición negociadora (sic) de Estados Unidos». ¿Habrá tenido que ver el asesinato del rehén surcoreano por las «fuerzas oscuras» mediorientales bajo el disfraz de Al Qaeda, que supuestamente ya se estaba retirado de Irak?

¿Por qué los jihadistas de Shamil Basaiev habrán escalado los atentados en Ingushetia, en la frontera con Chechenia, en vísperas de la participación de Rusia -que mantiene excelentes relaciones con Norcorea- en la reunión hexapartita de Pekín? Será interesante vislumbrar la postura sobre Norcorea tanto de Rusia como de Japón, que no solamente se ha acercado a Rusia para su abastecimiento gasero sino que también busca establecer lazos más estrechos de «cooperación económica y de lucha contra el terrorismo con la Unión Europea» (Le Monde, 22 de junio).

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La compañia de Marines {Charly} posando para una foto con su emblema bandera de la {Calavera} en el norte de Kuwait. Haciéndonos recordar a las tristemente famosas tropas nazis {Totenkof} que utilizan el mismo símbolo durante la Segunda Guerra Mundial.
Foto US Defense.

Por mínimo que sea, el acercamiento de Japón con Rusia y la UE -ya no se diga con China, que se ha vuelto uno de sus principales socios comerciales- es susceptible de indisponer a los unilateralistas bushianos. Un estratega clintoniano de la talla de Kurt Campbell, anterior vicesecretario asistente de Defensa y actual vicepresidente del Centro Internacional de Estudios Estratégicos, con sede en Washinton, se preocupa de la «política exterior monocular de Estados Unidos enfocada al Medio Oriente y que ha desviado la mirada de Asia a su propio riesgo (...) En Asia los desafíos a la seguridad han evolucionado rápidamente con enormes implicaciones estratégicas (...) Estados Unidos sigue siendo la superpotencia en Asia, pero ahora China esgrime su poder (...) en una región cada vez más interconectada» (The Financial Times, 21 de junio).

Nada menos que el candidato independiente a la presidencia, el libanés-estadunidense Ralph Nader -cuya captación nada desdeñable de votos puede marcar la diferencia en la estrecha contienda entre Baby Bush y John Forbes Kerry-, afirmó en forma temeraria al rotativo Emirate Al-Khalij que «los funcionarios israelíes controlan la Casa Blanca y coaccionan a los líderes estadunidenses a proveerlos con miles de millones de dólares en armas y apoyo». Nader critica que «Estados Unidos marche tan estrechamente con los israelíes», por lo que ya es tiempo de que «piense por sí mismo» (The Jerusalem Post, 22 de junio).

Al respecto, el plan B de contingencia, divulgado por el consagrado investigador Seymour Hersh (The New Yorker, 21 de junio), sobre los ajustes obligados a realizar por los neoconservadores straussianos, como del gobierno de Sharon, en Irak, ha provocado el efecto de una bomba en los círculos estratégicos del planeta.

El ex primer ministro israelí Ehud Barak aconsejó en forma sensata al vicepresidente Dick Cheney que Estados Unidos «había perdido en Irak», por lo que lo mejor era «escoger el tamaño de su humillación»; mientras el primer ministro israelí Ariel Sharon instó a la Casa Blanca a «cerrar la frontera de 900 millas entre Irak e Irán»" (¡como si fuera tan fácil!), debido a la «ayuda de los servicios de inteligencia iraníes a la insurgencia» iraquí, en particular a la intifada chiíta. Como se percibe, dos prominentes generales de un mismo país no piensan igual.

El contenido principal del plan B versa sobre el viraje del general Sharon cuando llegó a la conclusión de que Bush sería «incapaz de aportar la estabilidad o la democracia a Irak, por lo que Israel necesitaba otras opciones (...) para minimizar los daños que la guerra había causado a la posición estratégica de Israel, por medio de la expansión de su conocida relación con los kurdos de Irak y el establecimiento de una presencia significativa en la región semiautónoma del Kurdistán».

Hersh asevera que «la decisión potencialmente temeraria de Sharon, con fuertes apoyos financieros a los kurdos, podría crear mayor caos y violencia, en tanto que la insurgencia continúa creciendo». El investigador revela que «operadores militares y de servicios de inteligencia israelíes trabajan tranquilamente en Kurdistán, entrenan a comandos kurdos (nota: los célebres pershmergas) y, sobre todo, de suma importancia para Israel, que realizan operaciones encubiertas dentro de las áreas kurdas de Irán y Siria». Por el asunto kurdo, la teocracia de los ayatolas chiítas de Irán estaría dispuesta a intensificar los suicidios de los muy efectivos mártires.

Faltaría agregar que la mayoría de la población kurda habita en Turquía, hasta ahora aliado estratégico del Estado israelí y con quien ha realizado un acuerdo vital de abastecimiento hidráulico. ¿Se quedará Turquía con los brazos cruzados? ¿O existe un acuerdo tácito para detener la independencia kurda a los límites de Irak y Siria, ambos balcanizados, lo que probablemente lleve a un intercambio (para decirlo en términos muy benignos, sin necesidad de mover el espectro de las limpiezas étnicas por venir) de poblaciones kurdas trasladadas conveniente y masivamente desde Irán y Turquía a su nuevo enclave sirio-iraquí, o solamente iraquí, dependiendo de la dinámica de los trueques humanos?

Hersh insiste en que no existen medias tintas entre Turquía e Israel con relación al Kurdistán, y que las relaciones saldrían radicalmente deterioradas, lo cual recompondría nuevas correlaciones de fuerzas. Turquía se ha acercado a Siria y a Irán, sus dos previos enemigos ideológicos, y empieza a conectarse con la Autoridad Nacional Palestina.

Para Israel no existe opción y, con la bendición de Paul Dundes Wolfowitz, prefiere la creación del Kurdistán, por lo que está dispuesta a sacrificar su alianza estratégica con Turquía con el fin de disponer de un frontera común con Irán, a partir de su alianza con el virtual Kurdistán. Más que por nadie, «Israel se siente particularmente amenazado por Irán, cuya posición en la región ha sido reforzada por la guerra», acota Hersh, quien añade que «los operadores de Israel incluyen miembros del Mossad, que trabajan en el Kurdistán como hombres de negocios, y en algunos casos, no llevan pasaportes israelíes».

Si los kurdos capturan la región petrolera de Kirkuk, los baazistas sunitas y los turkomenos (de la misma etnia mongol que los otomanos) intervendrían, lo que desataría un «baño de sangre», a juicio de un experto militar de Estados Unidos citado por Hersh: «aun si los kurdos capturan Kirkuk, no podrían transportar el petróleo fuera del país, ya que todos los oleoductos atraviesan el corazón del territorio sunita árabe».

Los estrategas turcos consideran que «la captura de Kirkuk sería el nuevo Sarajevo de Irak», en reminiscencia del incidente que desencadenó la Primera Guerra Mundial. Para un alto funcionario alemán de seguridad nacional, citado por Hersh, la creación de Kurdistán sería un grave error, porque «sería un nuevo Israel, un Estado paria en medio de naciones hostiles», además de que, independiente de los sucesos en Irak, generaría una gran inestabilidad en el Medio Oriente: «un Kurdistán independiente con petróleo suficiente tendría enormes consecuencia para Siria, Irán y Turquía».

Para Israel, el número de 75 mil peshmergas, entrenados al estilo de las célebres unidades israelíes de comandos Mistaravim, es más que suficiente para equilibrar la correlación de fuerzas con los sunitas de Bagdad y los chiítas del sur de Irak. Hersh aduce que «la principal preocupación de Israel se centra en una instalación de enriquecimiento atómico clandestino en construcción que se encuentra en Natanz, Irán, a 250 millas de la frontera con Irak», lo que puede provocar que Israel la bombardee, en similitud a la destrucción de la planta atómica iraquí Tammuz, a inicios de la década de los 80, que marca el prólogo conceptual de la «guerra preventiva» por la aviación israelí.

Quedamos ampliamente notificados de que los estrategas israelíes y su aliado neoconservador straussiano Paul Dundes Wolfowitz disponen ya de su plan B. ¿Tendrá el equipo Bush uno similar para su país? Como inquirió un alto funcionario de la Unión Europea, citado por el investigador Hersh: «¿Quién va salvar a Estados Unidos en Irak?» A lo que sumamos la pregunta: ¿y quién redimirá al Medio Oriente de un «nuevo Sarajevo?».