Quien no quiera ver, sobre todo en el interior del país, la contundencia del paro nacional del 14 de julio, está cegado sobre los destinos ya no inmediatos, sino de largo plazo de la Nación. Lo que ha estado en juego no es una mera plataforma simplona o varios pliegos de reclamos, según los gustos, incluido liberales, sino que millones de peruanos han apoyado silenciosamente la paralización contra el inquilino precario de Palacio. Es más, el no haberlo dicho con claridad que el paro tenía ese norte le restó apoyo activo y masivo. Pero a pesar de estos resultados, a media caña en Lima y contundente en el Perú profundo, el ciudadano Toledo está herido de muerte. Cercado por las corruptelas de las firmas falsas para su agrupación embrionaria (País Posible) y por el escándalo del caso Bavaria, de mero error estadístico se ha convertido en un ser despreciable y asustadizo.

Pero hay algo más importante: el paro ha diseñado en términos de proyección histórica el enfrentamiento de los dos Perú: el del interior, reflejado por ejemplo en Puno, Cusco, Arequipa, Huancayo, Iquitos, entre otras ciudades símbolo de la rebeldía provinciana, y el de la Lima del medio tono, que refleja su apego cobardón a la República criolla que agoniza junto con sus instituciones de un dígito (Parlamento, Ejecutivo, Poder Judicial). En esta ultima perspectiva ya no cuenta Toledo, incluso si llegara en estado comatoso hasta el 2006. Su mediocridad es un accidente finisecular del enfrentamiento contra la autocracia de Fujimori. Lo que ahora cuenta -más allá de los reclamos laborales- es la reconstrucción de la patria sobre nuevas bases que superen la exclusión de esa República criolla que representa Lima.

Es desde ese punto de vista que la plataforma del paro es rescatable en lo referido a la Asamblea Constituyente, la misma que en un futuro inmediato debe tener carácter refundacional de la República.

Es decir, la nueva Carta deberá incorporar a la escena pública los nuevos actores sociales y corporativos que han rebasado a los partidos tradicionales y los gremios de todo tipo (incluido la Confiep) a un proyecto común, a una suerte de modernidad mexicana, donde el mestizaje y el verdadero descentralismo sean motivo de orgullo nacional en una economía de mercado.

Esta es una tarea pendiente que supera de lejos la mera anulación de la Constitución fujimorista de 1993 y la "extirpación" de los fantasmas montesinistas, que son el leiv motiv de ciertos círculos carroñeros que quieren seguir excavando tumbas en El Frontón o de aliados del régimen chakano cuyas metas mínimas y máximas son la lucha anticorrupción, que a estas alturas debe ser un asunto de jueces, fiscales y procuradores.

Ya es hora de que vayamos a un punto de quiebre de una historia centenaria de frustraciones y desencuentros. Desde este punto de vista el paro nacional es una tímida clarinada del nuevo Perú que se avecina, el mismo que deber superar esa visión ridícula que Lima tiene del interior, la misma que estuvo en la base del desprecio de gestos como el del general Andrés de Santa Cruz, quien en forma temprana quiso darnos identidad al plantear un diálogo vital entre costa y sierra.

Lo demás, incluido el tema Toledo, forma parte de los meros pliegos de reclamos o asuntos del calendario.