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La historia oficial ha analizado generalmente el período moderno de Venezuela, colonia y república, como si fuese exclusivamente un apéndice de la historia de España, particularmente del concepto de historia imperial generado durante el régimen franquista. Por el contrario, a partir de las últimas décadas del siglo XX, un grupo de científicos sociales donde descollan maestros de la talla de Salvador de La Plaza, Eduardo Arcila Farías, Federico Brito Figueroa y Domingo Felipe Maza Zavala, entre muchos otros, comenzó a crear un nuevo paradigma inspirado en la Escuela de Los Anales de Historia Económica y Social fundada por Marc Bloch y Lucien Fevre, representada hoy en la obra monumental de Ferdinand Braudel.

La visión de la historia de Venezuela, analizada desde el punto de vista de dicho paradigma, desde la coyuntura mundial capitalista, se presenta como sumamente rica en conocimientos que nos permiten comprender, en toda su latitud, las raíces y el desarrollo de historia actual del país. Un período de trascendental importancia para entender la historia contemporánea de Venezuela, es la del sector noreste de nuestra Guayana, incluyendo el Esequibo, donde figura la fundación de Santo Tomé de Guayana, capital provincial y puesto de comercio internacional, y la instalación del sistema misional de los capuchinos catalanes, como hitos que marcaron la creación de un proyecto precoz de desarrollo agroindustrial inspirado en la modernidad capitalista de la Primera Revolución Industrial del siglo XVIII. La historia oficial venezolana nunca acreditó la existencia y mucho menos la importancia de este segmento de la historia regional tanto para la estabilización de la Republica en Guayana como para la creación de la base logística de donde partió la campaña de la Nueva Granada y -finalmente- la campaña que habría de concluir con la Batalla de Carabobo y la Independencia de Venezuela.

De la misma manera esta historia que regresa del frío del olvido, ofrece las claves para tratar de entender uno de los más tristes episodios de la Campaña de Guayana: el fusilamiento de Manuel Piar y el asesinato de los frailes capuchinos que gestionaban el sistema misional de Guayana [4].

El siglo XVIII fue una época de magna importancia para el desarrollo del capitalismo mundial. El desarrollo de las finanzas mundiales, aupado por la enorme acumulación de capitales ocurrida en los siglos anteriores, constituyó el fundamento de importantes procesos de transformación dentro del capitalismo y la sociedad, multideterminados por la cultura, la sociedad, la historia y la política de las diversas regiones geohistóricas que comenzaban a estructurar un nuevo mapa de relaciones mundiales de poder. En España, el inicio del siglo XVIII estuvo marcado por la Guerra de Sucesión entre Habsbugos y Borbones que terminó con el triunfo de los últimos y la entronización del rey Felipe V. El reino de Cataluña, que se había aliado con el candidato de los Habsburgos, fue derrotado e integrado a España. Aunque políticamente derrotada, Cataluña, uno de los países más desarrollados para la época, consiguió como compensación no sólo una parte del mercado doméstico de España, sino también del mercado ultramar del imperio.

A partir del siglo XVIII, el lujo y la especulación financiera se desarrollaron a la par y se produjo una gran expansión del gasto: se intensificó la circulación de los valores mediante la compra de acciones en los bancos o -entre otras opciones- en las compañías que desarrollaban el comercio a larga distancia y se apropiaban de la plusvalía de los productores de los países donde se originaba la mercancía. El comercio a larga distancia producía grandes ganancias a las compañías, basándose en la diferencia de precios que existía entre dos mercados distantes y en la ignorancia entre la oferta y la demanda que sólo era conocida por los intermediarios que gerenciaban las compañías [5]

Una sociedad nueva comenzaba a emerger de la concha de la antigua sociedad feudal. La riqueza de las naciones, se decía hasta el siglo XVIII, estaba en el ahorro, en el atesoramiento de la misma. Fue en dicho momento cuando comenzó a consolidarse el pensamiento de Adam Smith que habría de revolucionar la Economía Política, quién asumió en su importante obra Investigación sobre la Naturaleza y Causa de la Riqueza de las Naciones [6] mucho del pensamiento de los Enciclopedistas Fanceses: Voltaire, D’Alembert, Necker, Turgot, entre otros, con quienes mantuvo una importante relación académica. No es quizás coincidencia que para inicios del siglo XVIII se efectuó el llamado Pacto de La Concordia entre la Orden Jesuita y la de los Capuchinos Catalanes, mediante el cual se repartían las esferas de influencia misional en la cuenca del Orinoco: el Bajo Orinoco para los capuchinos catalanes y el resto para los jesuitas. Analizando este hecho, aparentemente de poca importancia histórica, desde el punto de vista de la ideología de la Ilustración y del modernismo liberal, los jesuitas parecen haber estado animados por la ideas russonianas, la difusión del evangelio y la preservación de las culturas originales. Los capuchinos catalanes, por otra parte, representaban la implantación de la modernidad capitalista de la Ilustración, lo cual requería la transformación de las comunidades aborígenes en una fuerza laboral entrenada y organizada para la producción de mercancías.

En 1637, Juan de Urpín, conquistador de origen catalán, había fundado la ciudad de La Nueva Barcelona, ubicada en la Depresión de Unare, actual Estado Anzoátegui. Allí se instalaron las misiones de los Padres Misioneros Observantes del Colegio de la Purísima Concepción, de la Propaganda Fides de Nueva Barcelona, dedicadas fundamentalmente a la producción de algodón y cueros de ganado. El algodón era enviado a Cumaná para preparar sus fibras, posiblemente cardado e hilado, para luego ser remitido a las fábricas textileras de Cataluña. El comercio entre el oriente de Venezuela y el Principado de Cataluña estaba controlado por una compañía mercantil, la Real Compañía de Comercio de Barcelona, la cual fue fruto de un importante esfuerzo de la burguesía manufacturera-industrial catalana, una de las nacionalidades más progresistas de España.

Durante el siglo XVIII, Europa entró en la moda de las telas. Entre todos los textiles, el algodón llegó a ser denominado por su importancia en el comercio y el consumo mundial de este género, como el Rey Algodón. La mayor parte de las telas de algodón con diseños de colores o calicós provenientes de la India, llegaron incluso a desplazar la seda y el lino a un lugar secundario en el gusto del consumidor europeo. De esta manera, la industria textilera del algodón como mercancía llegó a jugar un papel importante en la aceleración de la Revolución Industrial, ya que muchos países y ciudades europeas se lanzaron a la creación de talleres textiles artesanales, particularmente en Cataluña donde se fabricaban trajes, pañuelos, pañoletas o spagnolettes (mantones, mantillas, etc.), tejidos de gasa, crochet y similares [7]. De esta manera, el algodón producido en las misiones de la Nueva Barcelona y el que se produciría posteriormente en las de Guayana, habrían contribuido a fundamentar el desarrollo capitalista industrial y comercial catalán en el siglo XVIII.

La instalación de las misiones capuchinas catalanas en Guayana, a inicios del siglo XVIII, significó la colonización de un vasto territorio que iba desde el río Caroní hasta el río Esequibo, al este, colindando con las posesiones guayanesas de Holanda y Francia, y al sur, con las posesiones del Reino de Portugal. Al oeste colindaban con el territorio gobernado por la burocracia colonial española de la Provincia de Guayana.

El proyecto político de las misiones capuchinas se plasmó en la implantación de 28 misiones, unidas por un complejo sistema de calzadas, cada una de las cuales representaba lo que llamarían Smith [8] y luego Marx [9], una manufactura, conurbadas con la ciudad de Santo Tomé de Guayana, antigua capital provincial fundada en 1591 en el actual emplazamiento de la aldea Los Castillos de Guayana. [10]

Cada misión, en lo singular, y las misiones en su conjunto, representaban la aplicación del concepto de la División del Trabajo el cual, según Smith, representaba el progreso más importante en las facultades productivas del trabajo. La ciudad de Santo Tomé figuraba como un establecimiento político y comercial donde se conjuntaban la gestión económica del sistema misional con la gestión política de la burocracia colonial.

En su conjunto, el sistema misional de los capuchinos catalanes desarrolló un conjunto de actividades extractivas, productivas y mercantiles, que les permitió en corto tiempo iniciar un importante proceso de acumulación de capitales que competía, quizás con ventaja, con el producido en el norte y el oeste de Venezuela mediante el sistema esclavista de monoproducción encarnado en las plantaciones de café y cacao. En el sistema de misiones se practicaban la minería y la forja del hierro para la producción de lingotes o bergajones de hierro, instrumentos de labranza, llantas metálicas para las ruedas y ejes de carretas, cizallas, tenazas, martillos, clavos, hachas, piezas para arados dentales, puntas de lanzas, balas de hierro y hasta prototipos de armas de fuego. Se explotaba el oro aluvional del Caroní, fundido y forjado en hornos de última tecnología; se practicaba la ganadería extensiva de ganado vacuno y caballar, la manufactura de cueros, la producción de cecinas, el curtido del cuero y la fábrica de zapatos, arreos, sillas de montar, etc; también el cultivo y procesamiento del algodón así como la manufactura de telas con diseño o calicós; el cultivo del maíz, del cacao, la yuca, etc; la manufactura industrial de alfarería, incluyendo ladrillos refractarios para la construcción o refacción de hornos para la metalurgia utilizando las arcillas caoliníticas del Caroní, etc. Las comunidades originarias, hombres y (mujeres) caribes, waikas y otras fueron integradas al sistema de manufacturas y transformadas en trabajadores asalariados dentro de un sistema jerárquico vertical comandado por un capataz o teniente que tenía bajo su mando al resto del personal [11] Aplicando quizás el concepto de la libertad natural, que exonera al Soberano de la necesidad de controlar las actividades de los particulares [12], las misiones prácticamente no intervenían en la vida cotidiana de los indígenas a su cargo salvo la obligación de oir la misa y trabajar las horas reglamentarias. La estructura de los pueblos de misión recuerda las barriadas obreras europeas del siglo XVIII: pequeñas viviendas de planta cuadrada dispuestas una al lado de las otras a lo largo de estrechas callejuelas. El estudio arqueológico de los contextos domésticos de las viviendas revela una extrema pobreza de medios materiales.

El sistema misional contaba con un departamento de planificación y finanzas llamado La Procura, el cual se encargaba de fiscalizar la producción, la circulación de las mercancías y contabilizar los ingresos. La Procura tenía su asiento en la Misión de la Purísima del Caroní, pero contaba con grandes almacenes o warehouses donde se almacenaban las mercancías destinadas para la exportación. Uno de ellos, localizado en la antigua Santo Tomé de Guayana, hoy la aldea de Los Castillos de Guayana, era una enorme construcción de tapia con piso de baldosas de barro donde almacenaban las mercancías que debían salir por el vecino puerto de El Baratillo.

A juzgar por el análisis del registro arqueológico, el comercio de exportación se traducía en la importación de mercancías provenientes de la misma España, así como de Cataluña, Holanda, Inglaterra, Francia, México y China, ente otros. Para darnos una idea del volumen de la producción y la exportación de mercancías podríamos mencionar que, para 1797, los cueros y el sebo de ganado exportados solamente por la misión de La Purísima ascendían a 20 mil pesos. En cambio, las importaciones desde Cataluña totalizaron para el mismo período 5.321.668 reales, de las cuales 345.785 estaban destinadas a Guayana y 441.932 a Cumaná. De lo anterior podríamos concluir que el valor de exportación de un solo rubro de la producción anual de una misión de Guayana equivalía, aproximadamente, a un 20% del valor de los bienes importados a Guayana desde Cataluña. Como se diría en la actualidad, la balanza comercial era favorable al sistema misional en su conjunto [13].

El sistema misional funcionaba como una empresa de propiedad corporativa, gestionada por un reducido número de misioneros que eran, a su vez, individuos versados en muchas áreas del conocimiento religioso, humanístico y sobre todo técnico, administrativo, financiero y en el comercio internacional. Gestionaban el negocio, según su expresión, como un fideicomiso en nombre de los indígenas quienes eran sus verdaderos propietarios. En esto diferían del negocio de la plantación esclavista que gestionaban los mantuanos caraqueños, el cual constituía una forma socioeconómica arcaica originada en el mundo antiguo que había sido reeditada en el capitalismo periférico para producir las materias primas que necesitaban las burguesías enriquecidas de Europa Occidental. En ella, solamente el dueño de la plantación estaba vinculado a la economía de mercado, pero era dependiente de los importadores europeos que le avanzaban el dinero y las mercancías [14]

En el caso de las misiones de Guayana, es difícil por los momentos trazar la dirección de sus exportaciones, pero es posible que la mayor parte de las mercancías no estuviesen orientadas a satisfacer la demanda de las otras provincias venezolanas cuyo desarrollo de las fuerzas productivas era relativamente bajo. Es probable que aquellas fuesen exportadas vía las Antillas Inglesas o las vecinas colonias holandesas, francesas o portuguesas. Otros embarques se hacían al parecer vía La Habana, donde eran reciclados en otros manifiestos, enviados a otros puertos del Mediterráneo y de allí embarcados hacia Cataluña.

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Emilio Boggio, Estudio para Fiesta Galante, 1896

Misiones, colonialistas y mantuanos

La globalización no es un invento imperial del siglo XX, sino el proceso normal de expansión de todos los imperios capitalistas. Abierta, solapada o astutamente, ese proceso avanza como una mitosis que divide los pueblos y los territorios aislando las parcelas privilegiadas en recursos, de aquellas menos dotadas para soportar el proceso propio de acumulación de capitales.

La inserción de la economía guayanesa del siglo XVIII y comienzos del XIX en la división del trabajo promovida por los imperios de la época, no tenía solamente el objetivo de capitalizar los medios de producción y de subsistencia abreviando la transición entre un modo de producción antiguo y uno moderno acelerando el desarrollo industrial, sino de constituir una forma capitalista desarrollada complementaria del capitalismo industrial metropolitano.

En el lado positivo, es indudable que los capitales amasados por las misiones capuchinas permitieron a los patriotas venezolanos sufragar la estabilización de La República que desde 1812 había devenido en una república aérea, prácticamente sin territorio: gastos de funcionamiento administrativo, compra de armamento, pago de legionarios extranjeros, logística del ejército, papel y tinta para el Correo del Orinoco, etc. Solo para una de las compras de 4 mil fusiles ingleses con su dotación de cartuchos, pólvora y plomo, se vendieron 180 mulas tomadas a las misiones, las cuales tenían un precio de 40 mil pesos u 8 mil libras esterlinas. De igual manera, se utilizaron los cueros de res, las pacas de tabaco, de algodón, etc. y quizás también el oro que había sido extraído del Caroní [15]. Sin esta importante inyección de capital y medios materiales y humanos, es difícil visualizar en el corto plazo como habríamos podido llegar a la independencia de la Nueva Granada, a la batalla de Carabobo el año 1821 y a la independencia política de España.

Las misiones capuchinas catalanas tenían dos grandes enemigos: internos: el más acérrimo estaba constituido por los mantuanos caraqueños que formaban un enclave primario-exportador capitalista periférico, y un aliado coyuntural, la burocracia provincial española, cuyo poder político y económico no podía competir con el del sistema misional. Ambos opinaban que las misiones debían entregar sus establecimientos y los indios “reducidos” a los empresarios privados, quedando los misioneros como curas doctrineros. Los capuchinos catalanes por su parte, intentaban seguramente tratar de conservar la integridad del sistema y el territorio misional así como su enorme inversión en el capital fijo y el capital social. Su única posibilidad, era hallar un paladín en el campo republicano que les garantizase la preservación de su autonomía territorial y financiera. Desde el punto de vista económico, las misiones habían conformado un proceso de acumulación originaria que superaba muy posiblemente el logrado en las otras provincias venezolanas, aparte de constituir un modelo de desarrollo capitalista endógeno de punta, incluso comparado con el resto de Suramérica, vinculado al parecer con el mercado mundial. En el supuesto hipotético que Manuel Piar hubiese sido ese paladín, acompañado quizás por otros militares, Guayana habría podido conformarse quizás como un polo político alternativo al de los mantuanos caraqueños y/o eventualmente llegar a constituirse en un país independiente con una base industrial y agropecuaria más poderosa que la caraqueña y quizás con el apoyo de los imperios europeos enemigos de España. En consecuencia, el proyecto, el sueño bolivariano no habría podido quizás realizarse, ahogado por la hegemonía del capital inglés, más interesado desde el siglo XVI en construirse un enclave colonial que controlase las bocas del Orinoco, puerta de entrada al corazón del imperio español en Suramérica [16].

De haber ocurrido así, la historia no solamente de Venezuela, sino quizás también de América Latina habría cambiado de curso. El 17 de Mayo de 1817, los dieciocho misioneros capuchinos que se hallaban recluidos en la Misión de Caruachi, fueron lanceados y macheteados y sus restos arrojados al Caroní. Posteriormente, el 16 de Octubre de 1817, el General Manuel Piar fue fusilado en Angostura.

Las misiones fueron posteriormente convertidas en hatos ganaderos, obliterándose toda su estructura industrial. Así terminó la saga de las misiones capuchinas catalanas.

A la luz de la experiencia guayanesa, la que vivimos en Venezuela durante el actual proceso de cambio nos indica como nuestra patria fue y sigue siendo una pieza clave de la coyuntura histórica mundial, acechada y deseada por todos los imperios en las distintas épocas. El Libertador Simón Bolívar, quien tenía una visión panorámica y prospectiva de la coyuntura mundial, como buen revolucionario, tuvo que tomar una decisión amarga y dura que le permitió, sin embargo, conservar el rumbo de su proyecto independentista y -aunque desgarrado internamente en sus sentimientos- no le tembló la mano al tener que escoger entre el amigo y los principios.

Los líderes de procesos históricos como el nuestro, no pueden permitirse flaquezas, dudas ni concesiones frente a las transnacionales del imperio que no dan cuartel cuando están ganando, pero si lo piden cuando están en situación débil, como lo evidencian el Adelantado Cisneros y el Sr. Jimmy Carter en su visita a nuestro Presidente Constitucional, el hasta ayer Tirano Chávez. Venezuela es un país demasiado importante como para tomar a la ligera su relevancia en la historia mundial, en los movimientos humanos que son el alba de este cambio de Era Universal.

Como habría dicho quizás El Libertador Bolívar en esta circunstancia, es necesario tener claridad, claridad y más claridad; firmeza, firmeza y más firmeza.

[1] (Nicos Poulantzas. 1980. Estado, Poder y Socialismo).

[2] (Nicos Poulantzas. 1980. Estado, Poder y Socialismo).

[3] Ferdinand Braudel. 1992.: The Wheels of Commerce. Civilization and Capitalism. 15th-18th Century.

[4] Mario Sanoja e Iraida Vargas-Arenas. 2004. Las Edades de Guayana: Arqueología de una Quimera. (ms).

[5] Braudel. sup.cit.

[6] Adam Smith. 1981. Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones.

[7] Sanoja y Vargas. sup.cit.

[8] Smith, sup.cit.

[9] Carlos Marx.1982.El Capital: Crìtica de la Economía Política.

[10] Iraida Vargas Arenas. 1998. Modo de Vida y Modo de Trabajo: conceptos centrales de la Arqueología Social.

[11] Sanoja y Vargas, sup.cit.

[12] Smith, sup.cit.

[13] Sanoja y Vargas, sup.cit.

[14] Braudel, sup.cit.

[15] Sanoja v Vargas, sup.cit.

[16] Walter Raleigh. 1986. El Descubrimiento del Grande, Rico y Bello Imperio de Guayana.

[17] Ferdinand Braudel. 1992.: The Wheels of Commerce. Civilization and Capitalism. 15th-18th Century.