El 22 de marzo del 2004, tres meses antes de su muerte, Manuel Aguirre Roca -al volver de almorzar en el San Paolo, cuando se detuvo en el primer descanso de las gradas hacia el segundo piso del local del Tribunal, se tocó el corazón y me dijo, con el señorío y precisión que todo el Perú echa de menos: “no sabe Ud. cuántos años me ha quitado esta lucha contra la barbarie”.

En efecto, lo pensé entonces y lo reitero: ¿cúantos años más hubieran vivido Manuel Aguirre Roca y Guillermo Rey Terry si a fines de 1996 hubieran preferido, como otros, su comodidad, tranquilidad, salud y enriquecimiento personal y no cumplir con su conciencia y enfrentar como leones por más de cuatro años -junto a la aguerrida Delia Revoredo de Mur- el intento mafioso de constitucionalizar una tercera reelección del dictador Fujimori?

¿Por qué prefirieron la difícil lucha moral por sus convicciones contra todo un régimen, lo que en el Perú solo acarrea persecución y penurias? ¿No sabían que la aceptación del abuso y el crimen contra toda una nación es para muchos la vía hacia la tranquilidad individual y el privilegiado cinismo de tantos que nos gobiernan sin merecerlo? ¿No fue esta misma encrucijada que enfrentaron y enfrentan miles de peruanos que anónimamente sueñan con un verdadero Estado y una patria para todos en el Perú y luchan por ello?

Para que no se piense que aprovechamos el dolor y el prestigio de los dos magistrados, he demorado en intentar publicar esta nota varios meses, desde mayo y junio en que fallecieron. Pido disculpas a sus familias por la modestia de este homenaje, que me parece oportuno ahora que mediante encuestas casi todos los peruanos opinan que este es un país corrupto y que la mayoría de los jóvenes quieren irse al extranjero al no encontrar aquí empleo ni esperanza.

Cuando fueron destituidos los magistrados del Tribunal Constitucional la juventud se movilizó espontáneamente y se despertó la conciencia democrática en todo el Perú. Y aunque sufrieron durante cuatro largos años todo tipo de vejámenes y tuvieron que recurrir a la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos para defender de la barbarie al Estado de Derecho, es decir a todos los peruanos, su ejemplo y su victoria final debe ser enarbolado frente a los incrédulos y los que agobiados por la corrupción estructural tienen la tentación de rendirse. No lo hagamos. A los magistrados se les repuso en sus cargos y aunque no se cumple hasta hoy la sentencia de la CIDH que ordena indemnizarlos, su victoria -como la del Gral. Robles tras 10 años de lucha- debe levantar el ánimo de los peruanos. El Perú eterno vencerá, tarde o temprano, cueste lo que cueste.

Los que tuvimos el privilegio inmerecido de la amistad de Aguirre Roca y Rey Terry, como de Mohme, Barrantes y Malpica, como la de algunos amigos y amigas en la política peruana, tenemos que preguntarnos ¿por qué la mayoría de los políticos peruanos prefiere convertir la función pública en un rosario de privilegios, toma y dacas y frivolidad, cuando no delitos y trasgresiones que hasta -por generalizados- parecen normales en el Perú? ¿porqué esa chatura moral, ese afán de reducir todo a buscar plata o ventajas, porqué haber convertido la corrupción en lo normal y la honestidad en un verdadero delito que se persigue y se paga con calumnias, despojo de derechos morales y materiales y, aún peor, indolencia, indiferencia y hasta traición de los que deberían representar las virtudes de un Estado moralmente sano y vigoroso?

No solo es la persistente cultura cortesana y discriminatoria de la Lima criolla, centro del Perú Virreinal. Hay mecanismos que corrompen a los de menor experiencia y formación, a los más proclives a convertir la función pública en búsqueda de dinero fácil. Señalemos solo dos de los muchos mecanismos corruptores que debemos desmontar y erradicar sin titubeos: • los ingresos exagerados e injustificados que pervierten a los congresistas y ministros al otorgarles una sensación de bonanza y hasta euforia de poder e infalibilidad arrogante, alejándolos de la real situación de las mayorías para envolverlos en una burbuja manipulable por los poderes fácticos; • la falta de partidos y el predominio de los negocios electorales que asumen ese nombre para excluir a las mayorías de una representación genuina al convertir al caudillo y su entorno en intermediarios del manejo financiero de la política nacional.

Enfrentarse al Estado criollo y buscar reemplazarlo por uno nacional pasa por no tolerar los fraudes electorales que falsificaron el origen mismo de la autoridad democrática desde 1992 y hasta de la Constitución vigente desde 1993, no dejarse embaucar combatiendo no solo la falsificación de firmas para inscribir partidos sino los grandes fraudes de los que ellas solo fueron una parte pequeña, no ceder frente al falso pragmatismo de hacer la vista gorda a delitos y trasgresiones gravísimas de autoridades anteriores y actuales que deberían ser inhabilitadas de inmediato por el Congreso para ejercer cargos públicos.

La última vez que hablé con Guillermo Rey Terry él destacó una vez más su gratitud por cómo los de la oposición parlamentaria a Fujimori habíamos impedido resueltamente que se les humillara hasta con impedirles permanecer en el comedor de los congresistas.

Rey Terry nunca aceptó ser cómplice de fraudes aunque no pudo controlar el operativo mediante asesores y “técnicos”. Aguirre Roca se reía de la “real politik ” que usan otros como disculpa para doblegarse frente a la política criolla. Que el coraje y la sabiduría que ellos pusieron en su combate victorioso inspire a los peruanos que no nos rendiremos frente a la adversidad en un país al que hay que dotarlo de un Estado nacional consolidado.

Por un año 2005 de coraje y victorias nacionales, democráticas y populares.