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Quien tiene más fuerza tiene más razón; quien dispone de más poder está revestido de autoridad. ¿O acaso no fue la razón cínica la que posibilitó a los Estados Unidos anexar a su territorio, entre 1836 y 1848, vastas extensiones de México, como Texas y California, y todo un país soberano como Puerto Rico (1898)?

La utopía que la dominación neocolonialista diseminó en el continente es fabricada en los estudios de Hollywood. Pero ¿cómo soñar con puerta tan estrecha? ¿Cómo subir tantos peldaños si nos faltan piernas y manos? ¿Está prohibido soñar con un mundo en que no haya opresores y oprimidos y en el que las diferencias sexuales, raciales, étnicas y religiosas no establezcan desigualdades entre las personas?

Dicen que ahora llegamos al "fin de la historia". La única opción que queda es entre capitalismo y capitalismo. No matan nuestros sueños, sino que enseñan que no son abstractos ni se sitúan en la punta del tiempo. Son concretos y palpables, se sitúan en nuestro espacio y cuestan dinero. Sólo ellos deben ser objeto de nuestro deseo: un par de tenis, una bicicleta, un carro nuevo, una casa de campo, fiestas y dinero en el banco.

El fin de la historia coincide con la llegada de los estantes. Las catedrales góticas quedan ahora a la sombra de los centros comerciales. Hoy el sueño ya no necesita ser conquistado ni exige heroísmo. Quizás un poco de sacrificio para ser comprado. Y la ascética económica, bajo la promesa de glorias futuras, es especialidad del FMI.

Ahora somos considerados por la marca que llevamos. Salen los ideales, entra el mercado. En medio de tanta competitividad queda bonito hablar de solidaridad, igual que conviene echar alabanzas a la democracia para que la mayoría no desconfíe de que se encuentra excluida de las decisiones y de las realizaciones del poder.