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La tensión en las relaciones entre Rusia y Georgia sigue aumentando. Los representantes del poder legislativo y ejecutivo de Georgia exigen la retirada de las fuerzas de paz rusas desde Abjasia y Osetia del Sur (los más activos hasta exigen recurrir al empleo de fuerza contra los mantenedores de paz).

Cabe recordar que hace poco los altos funcionarios georgianos, incluido el presidente Mijaíl Saakashvili, acusaron la parte rusa de organizar un acto de sabotaje contra el gasoducto Mozdok-Tbilisi, sin aducir prueba alguna (parece muy rara la idea de que Rusia dinamite su propio gasoducto en su propio territorio solamente para hacer una cochinada a su vecino) pero todo eso estuvo acompañado de intensas emociones. Veamos a qué se debe este desarrollo de acontecimientos.

Primero, a la caída del índice de popularidad de Saakashvili que ahora se encuentra a nivel del 16%. La euforia que surgió con la llegada al poder de un político joven y enérgico (en contraste con Eduard Shevardnadze) ha terminado. La mayoría de los problemas socioeconómicos de que el país adolece quedan sin solución. En estas condiciones crece la popularidad de los líderes de la oposición que proponen vías de desarrollo alternativas.

Se trata, ante todo, de Shalva Natelashvili, líder del Partido Laborista, opositor permanente a los regímenes de Shevardnadze y Saakashvili. Es un político brillante que sabe utilizar hábilmente las declaraciones populistas (o sea, contra Saakashvili se utiliza su arma predilecta) y aboga por normalizar las relaciones con Rusia.

Otro rival activo del actual presidente es la ex ministra de Exteriores Salomé Zurabishvili, quien durante mucho tiempo prestó servicio diplomático en Francia y posee imagen de diplomático “europeo”. No es de asombrar, por ende, que en esta difícil situación política Saakashvili haya procedido a buscar enemigo para intentar cohesionar, si no toda la sociedad, al menos una parte de ésta, en torno a su persona.

Segundo, al atolladero en que se han visto las relaciones de Tbilisi con las repúblicas rebeldes de Abjasia y Osetia del Sur. Con respecto a este hecho ha surgido una circunstancia nueva. Es lógico que tanto los abjasios como los osetas quieran tener un status estable y determinado para sus repúblicas en vez de una condición incierta de “Estados no reconocidos”. De esta circunstancia se aprovecharon en Tbilisi, dando a entender, valiéndose de cualquier medio, que ese status es posible de obtener únicamente a condición de ser autonomías en el marco de un Estado georgiano único.

Pero ahora los Estados occidentales insisten en establecer el status de Kosovo, tratándose en este caso sólo de la posibilidad de escoger entre la independencia total respecto a Belgrado y el mantenimiento de vínculos formales con Serbia. En la primera variante insisten los líderes albaneses, mientras que la segunda le permitirá a Belgrado guardar al menos la apariencia de controlar esa provincia. Surge el lógico interrogante de ¿por qué lo que se les permite a unos, no se les permite a otros?

¿Quién dijo que los antiguos jefes de los kosovares, muchos de los cuales se acusan de violar los derechos humanos y estar involucrados en el narcotráfico, son personas irreprochables, mientras que los dirigentes de Abjasia y Osetia del Sur deben ser parias políticos? No es de asombrar que los líderes de estas repúblicas mantengan una actitud rígida respecto a Tbilisi y hagan todo por conservar su independencia. Tampoco es de asombrar el hecho de que Rusia no se muestre indiferente respecto a este hecho, dado que en el territorio de Abjasia y Osetia del Sur residen un gran número de sus ciudadanos.

Dada esta situación, los dirigentes de Georgia intentan dificultar al máximo la vida de los mantenedores de paz rusos, echando sobre ellos la culpa por esta situación. Según la lógica de la parte georgiana, es justamente Rusia y no la insensata política que Tbilisi aplicaba a comienzos de la década del 90 y tampoco el ilustrativo ejemplo del arreglo de Kosovo, tiene la culpa por el hecho de que Saakashvili no haya podido cumplir con su compromiso electoral de establecer el control de Tbilisi sobre todo el territorio del país.

Pero, recordemos que las exigencias de la parte georgiana respecto a los mantenedores de paz rusos se les planteaban también antes (especialmente a nivel del parlamento) en el intento de resolver sus problemas políticos internos. Pero luego cada vez la parte georgiana se echaba atrás. El problema es que a falta de las fuerzas de paz encargadas de mantener la estabilidad en esta área puede surgir una “guerra de todos contra todos” cuya llama la va a atizar tanto políticos radicales como elementos criminales.

Ahora no hay quien pueda sustituir a los militares rusos pues para hacer entrar en la zona del conflicto “cascos azules” occidentales o ucranianos, como lo quiere la parte georgiana, hace falta la autorización de todas las partes involucradas en el conflicto. Pero Abjasia y Osetia del Sur no piensan dar esta autorización.

Los norteamericanos, que patrocinan el régimen de Saakashvili, tampoco necesitan un conflicto armado en esta zona. Las hostilidades en una zona inmediata al oleoducto Bakú – Tbilisi - Ceyhan no les convienen. Es más, una eventual agravación de la situación en el área puede volver como un boomerang contra el propio presidente georgiano, lo que creará un dolor de cabeza para EE.UU. que ya está harto de problemas propios: Irán, Irak, Oriente Medio… Por eso hay motivos para pensar que la postura estadounidense a este respecto (igual que la conciencia de que un conflicto con Rusia puede ocasionarle a Georgia un descalabro económico) puede servir de freno para el presidente georgiano.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)