De Estocolmo a Río

La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente Humano celebrada en Estocolmo en 1972, fue el primer foro mundial sobre el problema ambiental. Culminó con la Declaración de Estocolmo que tuvo una fuerte influencia en la comunidad internacional respecto de la fragilidad del ambiente y la necesidad de conservar y restaurar la naturaleza para asegurar la supervivencia humana.

En las dos décadas siguientes a la Conferencia de Estocolmo se llegó a tomar conciencia y responsabilidad social frente al medio ambiente. Se impulsó la investigación, difusión, legislación y capacitación para la gestión ambiental; se crearon OGs, y ONGs para trabajar en la conservación de la naturaleza y el medio ambiente. En resumen, se avanzó en opinión y concienciación, pero no lo suficiente en acciones concretas.

Bajo el lema ‘UNA SOLA TIERRA’, la Conferencia abogó por la defensa y conservación del entorno humano, y exhortó a todos los estados miembros de las Naciones Unidas a actuar conforme a un nuevo código ético de respeto y responsabilidad frente al único mundo que tenemos.

Después de 20 años perdidos para el desarrollo social y ambiental, por efecto de la dependencia creciente, la deuda externa, la sobreexplotación de los recursos naturales y el deterioro de los términos de intercambio, la ONU convocó a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y Desarrollo, CNUMAD, que se la conoce como la Conferencia Cumbre de la Tierra, que se realizó en Río de Janeiro, Brasil, en junio de 1992.

La CNUMAD fue un acontecimiento de gran trascendencia en la historia contemporánea. Tuvo lugar en un momento histórico único, lo cual permitió elevar al medio ambiente a la cima de la agenda geopolítica global. La Conferencia Cumbre de la Tierra radicalizó el debate ambiental al revelar que los problemas del medio ambiente no pueden estar disociados de los problemas del desarrollo.

La Comisión Latinoamericana de Desarrollo y Medio Ambiente, a través del informe denominado ‘NUESTRA PROPIA AGENDA’, configuró una visión regional que hizo hincapié en la necesidad de “diseñar una estrategia de desarrollo en armonía con la naturaleza y con las necesidades de las futuras generaciones”. Puso en evidencia que la pobreza es causa y efecto del deterioro ambiental local; reveló el vínculo entre la pobreza y la sobreexplotación de los recursos naturales, así como la relación entre deuda externa y la agudización de los problemas ambientales. Planteó, además, la necesidad de tornar las economías latinoamericanas más competitivas, promover la equidad social y preservar la calidad ambiental y el patrimonio natural y cultural regionales.

Desde la perspectiva latinoamericana y tercermundista, según Roberto Guimaráes, “la Cumbre de la Tierra significó el reconocimiento de la crisis actual representa nada menos que el agotamiento de un estilo de desarrollo que se ha revelado ecológicamente depredador, socialmente perverso y políticamente injusto”. (1).

El cambio de enfoque de Estocolmo a Río fue evidente. La conferencia de Estocolmo se ocupó de la protección ambiental bajo la óptica y prioridad de los países desarrollados, mientras los del Tercer Mundo abogaban por superar los problemas más urgentes para sus pueblos y naciones. Frente a esta demanda la Organización de las Naciones Unidas propuso la tesis del desarrollo sostenible como eje central de la Cumbre de la Tierra, lo cual permitió establecer un plan de acción global para iniciar el camino hacia el desarrollo sostenible. La Conferencia llegó a los siguientes acuerdos:

• Convención Marco sobre Cambios Climáticos, • Convención sobre Diversidad Biológica, • Declaración de Principios sobre Bosques, • Declaración sobre Medio Ambiente y Desarrollo y la Agenda 21. (La Agenda 21 es el documento que contiene un programa de acción para los países en la perspectiva del desarrollo sostenible).

El legado de la Conferencia de Río

Las opiniones acerca de la Conferencia de Río se enmarcan en un espectro muy amplio, que va desde el optimismo pleno, hasta el pesimismo más radical. Se adoptaron las decisiones que pudieron ser consensuadas, por lo cual los acuerdos están matizados entre las aspiraciones de los países del Tercer Mundo y los intereses de los países desarrollados.

Temas como la deuda externa, la deuda ecológica, el deterioro de los términos de intercambio, la sobreexplotación de los recursos naturales, el libre comercio y la exportación de industrias y tecnologías contaminantes hacia los países subdesarrollados, no fueron abordados en Río. La responsabilidad de las empresas transnacionales en la crisis ecológica global fue ignorada.

En la Conferencia de Río los países desarrollados manejaron una doble moral: por una parte lideraron los debates y propuestas teóricas, pero por otro no quisieron asumir sus responsabilidades en el deterioro ambiental y degradación de los recursos naturales, tomando en cuenta que tienen el 20% de la población mundial, pero consumen el 80% de los recursos mundiales y arrojan el 75% de las emisiones nocivas.

La Convención de Diversidad Biológica y de Cambio Climático entró en vigor al ser ratificada por el mayor número de países; sin embargo, varios países desarrollados no ratificaron tan importantes convenciones aduciendo que podrían afectar a sus intereses industriales y comerciales, así como al nivel de vida de sus pobladores. Esta fue la justificación de los Estados Unidos (el mayor contaminante del mundo con el 25% de las emisiones de gases), que se negó además a suscribir el Protocolo de Kyoto para reducir los gases de efecto invernadero, responsables de los cambios climáticos globales de la Tierra que se traducen en huracanes y tormentas, sequías prolongadas y desertificación del suelo, así como otras catástrofes naturales que soporta la humanidad.

No obstante los resultados prácticos bastante modestos de la Cumbre de Río, es preciso reconocer algunos logros importantes, como el multilateralismo en el enfoque de los temas ambientales, la responsabilidad en la generación de los problemas y por tanto en las soluciones; la conciencia de la necesidad de pensar globalmente y actuar localmente, lo que llevó a incluir la gestión ambiental en la planificación del desarrollo de muchos países, que se materializó en la creación de ministerios del ambiente, la legislación y normativa ambiental, los programas de educación ambiental, etc.

El significado político de la Cumbre de Río fue innegable. Logró llevar a todos los países del mundo a una seria reflexión sobre la precariedad de los sistemas naturales para mantener la vida en el planeta, según Guimaráes (2). El crecimiento económico ilimitado no es, ni puede ser ecológicamente sostenible, las leyes ecológicas lo demuestran. Los recursos naturales que sustentan la vida humana son finitos. Los cambios globales inciden en todo el planeta: calentamiento global, destrucción de la capa de ozono, disminución de la diversidad biológica, degradación y erosión de los suelos, desertificación…

En el ámbito de las relaciones internacionales se abrió un nuevo espacio para el análisis entre los países ricos y los países pobres en torno a la equidad de los términos de intercambio, la racionalidad en el uso de los recursos naturales, renovables y no renovables; todo lo cual exige el establecimiento de un nuevo orden internacional basado en la responsabilidad compartida de todas las naciones en la conservación de la naturaleza y sus recursos.

De Estocolmo a la Cumbre de Río, las concepciones teóricas y las corrientes políticas avanzaron sustancialmente: desde los tiempos en los que se postuló UNA SOLA TIERRA (cuando se quería encontrar la solución a todos los problemas ambientales solo en ámbito de la ciencia y la tecnología), hasta el planteamiento de la tesis del desarrollo sustentable. Así, se llegó a superar la aparente contradicción entre medio ambiente versus desarrollo, y, sobre todo, se logró demostrar que no puede haber ningún desarrollo excluido del ambiente y de la base de recursos naturales.