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El abstencionismo, tomado universalmente como principal referente para medir las elecciones, ha fluctuado en la práctica cubana de los últimos 31 años, entre poco más de un dos por ciento y menos del cinco, lo cual constituye un indicador prácticamente inédito a nivel planetario.

En Cuba, valga reiterarlo, el voto no es obligatorio, no existe publicidad a favor de ningún candidato, tampoco interviene partido político alguno y los gastos provocados por el proceso electoral son asumidos exclusivamente por el estado, limitándose estos al aseguramiento organizativo y material. Los colegios electorales son manejados por el pueblo y a la vista del pueblo.

Sin temor alguno a pecar de absolutos, puede asegurarse que en la mayor de las Antillas se ha logrado la antítesis del modelo diseñado en no pocos países y en medida superlativa al de Estados Unidos de Norteamérica.

Paradójicamente ese último, donde más alardes de democracia tienen lugar y se elaboran listas y más listas para calificar o descalificar elecciones ajenas, deviene el sitio en que la periódica selección de los gobernantes presenta las mayores y más serias abolladuras.

En ese autoproclamado modelo de democracia y libertad, la abstención electoral alcanza proporciones prácticamente invalidantes. En los últimos 20 años los norteamericanos que dejan de votar fluctúan entre un 50 y un 60 por ciento, lo cual dice que alrededor de 100 millones se desentienden de quienes los van a gobernar.

Y por conocido, apenas resulta necesario extenderse en recordar los más de 400 millones de dólares gastados por Bush padre en su elección y más recientemente por Bush hijo, sin incluir las inversiones de última hora para hacer valer a su favor el escandaloso fraude del 2000.

Pero así resulta el mundo de la época, pues precisamente el principal beneficiario de tales trucos y artimañas, es quien con machacona y obsesiva frecuencia llena los cintillos de los medios, exigiendo a Cuba elecciones libres y mencionando transiciones que únicamente existen en su afiebrada cabeza. Y es que W. Bush, como afirmó el presidente Fidel Castro en su declaración de este 21 de octubre, "está obsesionado con Cuba."

Tal "exigencia", calificada por no pocos como "más de lo mismo", pronunciada con sabor a estribillo aprendido, debía merecer ahora, al calor de los inobjetables resultados electorales alcanzados en la Isla, un comentario del regente de la Casa Blanca.

Pero antes de hacerlo debía buscar fuentes confiables para no repetir el ridículo. No le resultará difícil, pues decenas de corresponsales extranjeros acreditados en La Habana y de visitantes foráneos, se movieron libremente por las calles y son testigos de primera mano de cuanto aconteció entre las siete de la mañana y la seis de la tarde, y del modo entusiasta, ordenado y absolutamente libre en que más de ocho millones de cubanos decidieron quienes los iban a representar en los órganos de gobierno de sus municipios de residencia.

Si W. y la mafia terrorista de la Florida no se convencen, entonces tendrán una segunda oportunidad el próximo domingo 28, cuando se efectuará la segunda vuelta en casi tres mil circunscripciones de todo el país.

Que no tengan duda alguna: en el tema de las elecciones Cuba está en condiciones de ofrecerles ¡gratuitamente! una lección.

Agencia Cubana de Noticias