Mañana 13 se cumple un aniversario más de una fecha aciaga para la capital. En San Juan aquel día de 1881 y el 15 en Miraflores, previo el saqueo sangriento y criminal generado por hordas embrutecidas de un odio incomprensible en Barranco y Chorrillos, sucedió lo que vino a llamarse la Batalla de Lima y que fue la invasión chilena en la guerra de rapiña de 1879-1883. Entonces, un inepto megalómano, asaltante de Palacio, Nicolás de Piérola, decía gobernar el Perú. Lo cierto es que la metrópoli cayó por el obsequio de un grupo de traidores. La historia contada por los distintos oficialistas se ha encargado de disimular vergonzosos actos proditores; se ha privilegiado el vínculo del apellido, el blasón supuesto, la cuna de “marca”, para no delatar las apostasías en que incurrieron castas pusilánimes hasta para entender que jamás debe declinarse el componente nacional en cualquier forja de Estado y ¡menos en un país que como el nuestro posee cinco fronteras difíciles!

Que se sepa poco o casi nada ha cambiado. En el Perú de nuestros días hay no pocos que desearían en nombre de supuestas culturas de paz, borrar la pezuña y sus huellas hondas de los años de la guerra; se ha hablado hasta de historias conjuntas a nivel de escolares para esconder y sepultar lo que en diarios y medios oficialistas se demandaba en el país del sur como meta, objetivo, ambición, logro, conquista de sus tropas en tierra ajena. Ellos actuaban de ese modo porque esos eran sus objetivos. ¿Había que aceptarlos amablemente? ¿por causa de qué no se previó en la diplomacia, en las fuerzas armadas, en los grupos políticos o dirigentes, lo que se veía venir inexorablemente como había ocurrido, también y con el apoyo de militares de alto rango peruanos, entre 1836-1839?

Este año que también termina en 9 tiene un componente especial que se refiere a una justa por delimitación a que hemos llevado a Chile. No obstante es poco o mínimo, ridículamente casi nada lo que se sabe sobre el particular y mucho menos de lo que ocurrió entre 1879-1883. El gobierno no pareciera tener mayor sobresalto en cuanto a esta irregularidad desdorosa. La Cancillería, fiel a su entreguismo invariable, tampoco dice esta boca es mía. Suena hasta irónico recordar que en puestos de comando hay miserables que han dado demostración convincente de en dónde están sus preferencias, ninguna en Perú y todas hacia el sur. ¿Sería mucho pedirles que defiendan al país que paga sus sueldos? Y, con nombres y apellidos, sus actos contra la nación figuran en los registros de las peores puñaladas como en 1985, 1999 y los tristes protagonistas se huelgan, en puestos estatales o privados, de su participación. Como si no hubiera de llegar el día en que pulvericemos a los traidores.

En homenaje a los que murieron por la patria, de aquellos que no figuran en los textos de ninguna especie, en rescate del soldado desconocido y de la rabona histórica, constituye una misión ineludible leer la crónica que publicó en su libro Alfonso Bouroncle, La Tragedia del 79.

Los pueblos que no aprenden de sus errores, vuelven a cometerlos. (hmr)

Historia, madre y maestra

La tragedia del 79 Alfonso Bouroncle Carreón, Studium, Lima, pp. 115-149

La batalla de Lima

35 PREPARATIVOS

El desastre acaecido en Lima debe analizarse en dos etapas: los preparativos en sí y el desenlace, al conformar cada episodio aspectos diferentes de un mismo drama e, igualmente, fue el suceso que contó con nuevos factores que no ocurrieron en los acontecimientos previos, como la movilización masiva de la población capitalina y su conjunción con elementos nativos provenientes del ande central.

Debe destacarse que, en la campaña del sur, fueron movilizados casi exclusivamente ciudadanos de esos departamentos, combatiendo en Pisagua, Tarapacá, Moquegua, Tacna y Arica, soldados nativos de los departamentos comprometidos y de los vecinos como Arequipa, Puno y Cusco. Para la batalla de Lima, convergieron a la capital, sea en forma de batallones o para formar parte de estos, movilizables, muchos de ellos nativos procedentes de todo el Perú, lo cual se produjo por la confusión que Piérola hiciera en los ejércitos del Norte y el del Centro, dejando el segundo ejército del Sur en Arequipa, al cual le cambió de denominación dándole el nombre de la ciudad y dejándolo al mando del prefecto del Solar.

En la batalla de Lima, Piérola asumió el mando absoluto del ejército, ordenando y disponiendo por encima de los militares profesionales y las más de las veces, prescindiendo completamente de ellos y de los consejos que le dieran. Nadie llegó a precisar el grado de conocimientos sobre táctica o estrategia que poseyera el Dictador, si es que tuvo alguno.

Debe destacarse también que, en Lima, por primera vez se utilizó armamento producido íntegramente en el país, en las factorías de Lima, especialmente cañones. En la campaña del sur, se usaron parte de los rifle Chassepot modificados en Lima para mejorar su sistema de tiro.

Igualmente, surgieron iniciativas de paz que, de prosperar, hubieran llevado al fin de la contienda.

Por último, surgió en el Perú una fuerza que se puso al servicio del invasor y fueron los chinos, que vieron la oportunidad de liberarse del vasallaje, casi esclavitud, a que estuvieron sometidos.

36 SE ORGANIZA LA DEFENSA

El Dictador Piérola, desde su asalto al poder en diciembre de 1879, hasta el 17 de junio de 1880, contempló la guerra como cosa ajena y distante a la capital, seguramente a la espera de un milagro. Recién cuando se perdió Arica y desintegró totalmente el primer ejército del Sur y cuyos restos llegaron a Puno; que el segundo ejército se encontró en franca desorganización bajo el comando de Leyva en Arequipa, es que recién se dio cuenta que los chilenos podían llegar a Lima y, con el uso de la improvisada ineptitud que lo caracterizó en la conducción de la guerra, por decreto de la fecha indicada dispuso la movilización en Lima de todos los ciudadanos menores de sesenta años y mayores de diecisiete, bajo el mando del coronel Juan Martín Echenique, a quien nombró Comandante en Jefe del Ejército de Reserva y desempeñara igualmente como Prefecto de Lima.

El decreto estableció la formación de diez divisiones de infantería formadas con criterio gremial o de ocupación, les señaló el comandante y lugar del adiestramiento. Igualmente todo aquel que tuviere que ver con el manejo de caballos, asnos o acémilas en general, formaría parte de la caballería y, la brigada de artillería, quedó conformada por bomberos, carreteros, carroceros y aparajeros, además de la cruz roja. Para mejor ilustración se trascribe características de algunas divisiones: (101).

"Los ciudadanos de la primera División, comandada por el coronel José Unánue, y que se formará de los señores vocales y jueces, abogados y bachilleres, empleados judiciales, procuradores y escribanos y amanuenses de abogados y de escribanos, concurrirán al Palacio de Justicia.

Los de la cuarta División, comandada por el señor coronel don Juan de Aliaga y Puente, y que se formará de los arquitectos, empresarios de obras públicas, carpinteros y albañiles, concurrirán a la Plaza de Santa Ana. Los de la sexta División, comandada. .. que se formará de los plateros, hojalateros, maquinistas, herreros, caldereros, fundidores y molineros, concurrirán a la Plazuela de Bolívar.

Los de la octava División, comandada por. . . y que será compuesta por los dulceros, bizcocheros, pasteleros, panaderos, sirvientes de casa y hoteles y dueños de fondas y chinganas, concurrirán a la Plazuela del Teatro. Los de la décima División, comandada por. . . que se formará de los empleados, operarios y peones del ferrocarril y tranvía, de las empresas del gas y del agua, lo mismo que los plomeros y gasfiteros, concurrirán a inscribirse en la Plazuela de Monserrate".

Los ciudadanos de la Brigada de Caballería, comandada por... que se formará de los aguadores, dueños y peones de caballerizas, albéitares, cocheros y camaroneros, concurrirán a la Plazuela de San Lázaro".

Sobre estos últimos no señaló si debían concurrir con sus acémilas o quién las proveería.

Esa increíble organización, motivó que un mes después, el 17 de julio, Echenique promulgara nuevo Bando tratando de fijar un límite a la inscripción de los ciudadanos en sus respectivas divisiones y, que a partir del 18 de ese mes, se cumpliera lo establecido, que de 3 a 6 de la tarde, los inscritos deberían abandonar sus labores dedicándose al adiestramiento. Además se modificaron los lugares de concentración.

Como las disposiciones no lograron sus objetivos, el 23 de noviembre, por otro decreto se dispuso la reorganización total del Ejército de Reserva. Tres días antes, se dispuso por el Sub-Prefecto de Lima, que los comisarios supervisaran el comportamiento y adiestramiento de los movilizables en sus obligaciones, tanto en el manejo de las armas, como de otras actividades que se les señalara. Indicativo que la organización de la Reserva no marchaba como se dispuso, después de cinco meses de ordenarse su formación.

En el Callao, recién el 29 de noviembre, el Prefecto del Callao dispuso la movilización del puerto para organizar el Ejército de Reserva.

Como la asistencia voluntaria adoleció de múltiples fallas, el 6 de diciembre el acuartelamiento de las tropas de la Reserva de 8 de la noche a 9 de la mañana y acudieran a cumplir con sus labores; los adiestramientos se efectuarían a partir de las 6 de la mañana. Lo que no dice el decreto de acuartelamiento de todo el Ejército de Reserva, es en qué local albergarían teóricamente el íntegro de la población masculina de la capital entre los 17 a 60 años. Para su sustento o socorro, a las 9 de la mañana se entregaría a cada conscripto "un décimo de inca" papel moneda completamente depreciado y cada día se hizo más difícil su aceptación por los comerciantes al menudeo, muchos de los cuales prefirieron cerrar sus puertas para no aceptar dicha moneda, generando un desabastecimiento en la ciudad, de aproximadamente ciento veinte mil habitantes.

Se debe tener presente que los instructores conocían de técnica militar tanto como los alumnos, por eso no hubo efectiva preparación al haber sido nombrados por amistad a Piérola, debido a sus espíritus genuflexos frente al Dictador, y no por una preparación bélica que carecían. Todo fue una suma de improvisaciones. Se cayó en acciones simples que, si bien llenaron las apariencias, carecieron de valor práctico, desaprovechándose el inmenso contingente de entusiasmo que el pueblo de Lima volcó desinteresadamente a la defensa de la ciudad. Nuevamente la carencia de conocimientos militares de Piérola lo hicieron jugar con el pueblo y sus esperanzas y, por ese camino, llevaron a muchos de esos contingentes, más que a una batalla, a una carnicería, donde las ya veteranas tropas chilenas, que tampoco eran un buen ejército, ya que muy fácilmente caían en indisciplina, resultaron excelentes contingentes frente al conjunto de noveles tropas y su ignorante y supremo Dictador.

La manía legislativa de Piérola lo llevó a inundar el país con decretos que dejaron en suspenso o contradijeron a los anteriores, incrementando el desconcierto, en un país al borde del desastre y el caos. Para compensar ese estéril juego legislativo, también surgieron disposiciones concretas como características y color de los uniformes y los centímetros de cintas, en largo y ancho, que podían adornarlos. Anexo 28-A.

37 EL ARMAMENTO

Un componente de suma importancia, como el del armamento que utilizaría el ejército para la defensa, fue tratado con la misma simplicidad por no decir irresponsabilidad que la movilización general.

En artillería, se contó con una miscelánea increíble de cañones anticuados de la marina como los Clay y Selay, dos de cada uno, además número variable pero reducido de unidades Walgely, Armstrong y Vavasseur complementados con un obús. Esa artillería de procedencia extranjera y variado calibre, fue incrementada con piezas de manufactura nacional en las factorías de Grieve y White. Al respecto Dellepiani manifiesta: (102)

"La organización de un sistema de defensa que no se sujetaba a principio militar alguno; la construcción de cañones de modelo improvisado, fundidos en Lima y en el Callao haciendo prodigios de invención, con material jamás usado por las industrias bélicas. Aguzando el ingenio en vista de la escasez de material de artillería, algunos ingenieros peruanos propusieron al Dictador la fabricación de cañones en las fundiciones de Lima y del Callao. Aceptada la propuesta, se inició el trabajo en las condiciones señaladas y se tuvo cañones "White" de la fundición de ese nombre, y otros varios, entre los que se contaban principalmente los "Grieve", del nombre de ese ingeniero que, bañando en bronce los ejes de acero de los truques del ferrocarril, para darles mayor espesor, los taladró en seguida a lo largo del cilindro, formando interiormente un rayado helicoidal; adaptando a esos tubos un cierre de cuña, quedaron los ejes transformados en cañones de 60 mm. cuyo ajuste fue fácil construir en las carrocerías de la capital".

En la batalla de Lima se utilizaron 38 cañones White y 20 Grieve. A esa artillería hay que añadir la ubicada en la cima del Morro Solar, constituida por dos cañones Parrot de 70 de ánima lisa, un Withwort de 30 y un Rodman de 500 igualmente de ánima lisa.

A esa heterogénea artillería que demandaba diferentes tipos de munición, los chilenos atacaron Lima con artillería Krupp de los más modernos diseños divididos en: (103) "50 piezas de campaña: 12 Krupp 87 mm., mod. 1879 y 1880 32 Krupp 75 mm., mod. 1879 y 1880, 6 Armstrong, 66 mm., mod. 1880 30 de montaña: 26 Krupp de 75 mm., 1876 y 1879 4 Krupp de 60 mm., 1878".

Un total de 74 cañones Krupp complementados con 6 Armstrong además de las 8 ametralladoras Gattling asignados a las baterías de montaña.

En cuanto a la infantería, mientras la chilena estuvo dotada de rifles Comblain. La infantería peruana tenía los más variados modelos, desde algunos miles de reciente adquisición, hasta aquellos que se venían utilizando de años atrás con diferentes calibres en su munición, lo cual motivó que en los combates, algunas tropas recibieron cartuchos que no correspondían a sus fusiles, quedando inermes frente al enemigo.

38 LAS FORTALEZAS DE PIEROLA

Para la defensa de Lima, Piérola sacó a relucir sus criterios sobre fortificaciones, para lo cual y a un costo de muchos cientos de miles de soles mandó aplanar la cumbre de los cerros inmediatos que circundan la ciudad, especialmente el San Cristóbal además del San Bartolo, Vásquez y el Pino. Con un esfuerzo extraordinario pero estéril, se llevaron cañones de gran calibre procedentes del Callao, a la cumbre de esos cerros que mostraron los siguientes inconvenientes: demasiado lejos de las posibles áreas de combate y al carecer de teléfono y largavistas apropiadas, como se dijo, resultaron ciegos y sordos frente al enemigo. Que debían prestar apoyo al combate cuando la niebla se levantara, pues generalmente amanecen cubiertos de neblina que recién se despeja en verano después de las diez u once la mañana y, en el invierno, pueden quedar cubiertos todo el día.

Nadie conoce cuál fue la idea del Dictador Piérola para ese absurdo ya que fue imposible, en cualquier plan de ataque chileno, que consideraran pasar cerca de esos cerros, además, si bien eran inútiles por las razones expuestas, a larga distancia, de producirse lucha dentro de la urbe, hubieran destruido la ciudad que pretendían defender.

Debido a que carecían de conocimientos para los emplazamientos, se hizo ayudar por extranjeros asalariados, quienes fueron igualmente espías chilenos e informaron con detalle sobre el operativo efectuado.

Esas fortalezas, especialmente la de San Cristóbal, pomposamente llamada "ciudadela Piérola", el 9 de diciembre de 1880, con movilización de toda la población y contemplaran los desfiles de tropas que subían al cerro, movimiento de personas efectuada para lograr el mayor efecto escénico, motivando que el diario de Piérola "La Patria" escribiera sobre esa fecha" (104):

"Nunca vio la capital peruana en los tres siglos y medio que Lima cuenta de existencia, un espectáculo tan grandioso como éste, cuya realidad excede a cuando pudiera imaginarse de extraordinario; nos oprime la majestuosa solemnidad del acto que hemos visto ejecutarse".

Y el escrito continuó en el mismo estilo adulón y ampuloso, seguramente para estar a tono con el discurso que, después de misas y bendiciones celebradas en la fortaleza para bendecir las fortificaciones, pronunció Piérola, alocución de tipo arenga y corte ditirámbico, como él solía prodigarse y, peor aún, conociendo que los chilenos ya habían desembarcado en Pisco y avanzaban sobre Lima. Ridícula ceremonia, confirmando una vez más la falta de sentido realista y análisis de las situaciones que caracterizó al Dictador, quien vivía en un mundo diferente al de la tragedia que enlutaba al país.

Para completar las defensas, encargó al Alcalde de la Ciudad para que construyera, pese a no ser ingeniero y menos militar, un sistema de trincheras que rodearan Lima. Al inicio de esa actividad, el Dictador que no podía ver a nadie ejecutar una tarea que podía motivar aplauso, agradecimiento o su nombre sobresaliera, dispuso que se suspendiera de inmediato la ejecución de esas defensas, por considerar que las obras no eran apropiadas y. seguidamente, mandó construir las dos líneas paralelas de defensa a diez kilómetros una de la otra y extendidas del mar a muchos kilómetros tierra adentro, donde días después se libraron las batallas de San Juan y Miraflores.

Piérola para halagar su ego, y figurar como único actor de la tragedia, desoyó los consejos de los militares de carrera. Cuando Cáceres le manifiesta que el ataque enemigo vendría por el Sur, responde que él conoce que será por el Norte y lo envía a Huaral a comandar una división que ahí se organizaba y cortara el paso al enemigo. No presta atención cuando se le dijo que el mejor lugar para la defensa era Lurín, impidiendo de esa manera que los chilenos se aprovisionaran de agua, además que la línea de defensa era la mejor que podía lograrse y no en las inmediaciones de la capital.

En el archivo de Piérola se ha encontrado un documento que el padre Ugarte presenta en la obra ya citada "Guerra con Chile" Documentos Inéditos. Se trata de una carta anónima escrita seguramente por algún militar de mucha competencia, señalando lo que debía hacerse, consejo que fue desatendido como todos los otros. Por su importancia se le presenta en el Anexo No. 29, carta anónima, para evitarse el autor que los celos del Dictador cayeran sobre su persona al pretender enseñarle lo que no sabía.

Seguramente el autor había tomado muy en cuenta el vejamen efectuado por Piérola al cuerpo de oficiales a los que menospreció y formó con ellos un batallón como simples soldados y no los utilizó siquiera para que adiestraran a los reservistas al mando de improvisados jefes y del coronel Echenique, escribiendo Paz Soldán sobre el tema: (105).

"El mando en jefe del ejército de reserva continuó a cargo del nuevo coronel don Juan Martín Echenique. Este jefe, que de simple capitán de ejército, pasó, sin más mérito que el de ser amigo y compañero de revoluciones de Piérola, a ocupar aquel importantísimo puesto, digno de ser desempeñado por algún antiguo general, tanto porque la reserva representaba la verdadera sociedad de Lima, en todas sus clases, desde el alto magistrado hasta el último jornalero, cuanto porque este ejército estaba llamado a servir de verdadera defensa de la ciudad; este jefe, decimos, jamás pensó en que el ejército de su mando se instruyera, ni asistió a un solo ejercicio de línea, ni aún de batallón, para examinar el estado de disciplina de la tropa. El primer cuerpo del ejército de reserva, fue pues, el conjunto de ciudadanos entusiastas que se entregaban voluntaria y gratuitamente a sacrificar sus vidas en defensa de su patria; pero que apenas conocían los rudimentos elementales de la táctica y manejo de armas. Así pues, "el ejército aparatosamente organizado por la dictadura para defender la capital del Perú, no tenía de tal sino el nombre".

Las defensas en San Juan tuvieron como punto de partida el Morro Solar, extendiéndose tierra adentro por más de 10 kilómetros hacia los cerros. Trazado que dejó varios pasos estrechos entre ellos cubiertos con bombas automáticas. En esas operaciones nuevamente el Dictador recurrió, en lugar de peruanos, al servicio de extranjeros y muchos de ellos actuaron, como se dijo de la Ciudadela Piérola, de espías, proporcionando planos exactos de su colocación y las anotaciones de los caminos que debían seguir para evitar sus explosiones.

Para cada una de las dos líneas de defensa, Piérola dio a cada una su correspondiente guarnición, con comandos independientes uno del otro, disponiendo lo más absurdo que se pueda realizar en una guerra, la de dividir, no solo las tropas a la espera de dos confrontaciones, sino también el comando, quedando como única figura en la cúspide. La egolatría del Dictador estuvo por encima de los intereses de la patria y la ciudad de Lima. Se sintió un inspirado, dueño de toda la ciencia infusa de orientación militar. Tal vez en sus delusiones de grandeza percibió que la divinidad lo habría de proteger y, por lo tanto, cualquier disparate que hiciere estaría bien ejecutado y los chilenos, irían de la mano por los lugares que él señalase para ser arrasados. Sólo en un razonamiento paranoide se puede explicar, aunque no comprender, el cúmulo de desatinos y desaciertos cometidos cuando la capital de la República estuvo en peligro y, con ella, los últimos recursos efectivos de la defensa nacional, ya que, perdiéndose Lima, sólo quedaba una función de tipo guerrillero, más no la acción de un ejército formal. Además, la sede central del gobierno desaparecía y con ella, la vinculación con otros países se alejaba. Nada de eso vio el Dictador, tan sólo sus fantasías y, detrás de ellas, se derrumbaba el país.

Piérola había burlado las esperanzas y expectativas del pueblo para conseguir los acorazados que permitiera neutralizar la agresión naval chilena, al disponer por propia decisión no adquirir esas naves y proseguir la guerra exclusivamente en tierra bajo su inspiración, dentro de las enigmáticas palabras "tengo mi plan". Lo más grave de este aspecto es que rechazó tal posibilidad de compra. Al respecto Caivano escribe: (106).

"Posteriormente, por las publicaciones hechas por los chilenos de una gran parte de la correspondencia de Piérola, se ha conocido que le hubiera sido muy fácil adquirir uno o dos buenos buques blindados, si hubiese querido; es más, si es verdad cuanto se dice, rehusó varias veces las ofertas que le fueron hechas en propósito, disponiendo para otros usos de los fondos que se encontraban en Europa con ese objeto".

Caivano en la misma obra hace la anotación del "Manifiesto a la Nación" del ex-Ministro de Hacienda Químper: (107).

"se deduce que cuando Piérola asume la dictadura, se encontraban depositadas en diferentes casas de comercio en Europa, con el objeto de comprar dichos buques y los demás objetos de guerra necesarios, 312.900 libras esterlinas; y a la par se deduce, que dicha suma fue gastada por Piérola de otro modo, con poco o ningún provecho al país".

Todo debía ceder ante las absurdas exigencias de la ambición y de la vanidad del Dictador y fueron éstos los principales factores de las fáciles victorias de Chile, desde Tarapacá en adelante;...

Excepto el vulgo, fácil siempre de dejarse engañar por las apariencias, y más que todo iluso por las resmas de papel moneda que abundantemente repartía el Dictador, el público sensato de Lima y Callao veía con bastante claridad dibujarse en el horizonte, desde los primeros meses de la dictadura, el profundo abismo en el cual los errores de Piérola iban precipitando poco a poco al país. ...

La consiguiente guerra civil no hubiera dado más resultados, que los de abrir aún más solícitamente al enemigo las puertas de la capital... El rencoroso Dictador únicamente permitía a sus supuestos rivales y enemigos, a la flor y nata de la población de la capital y del resto de la República, que lucharan contra los chilenos con el fusil en la mano. Y todos ellos —magistrados, generales, marinos, abogados, estudiantes, ricos propietarios, grandes comerciantes, etc. etc.— se resignaron patrióticamente a exponer sus pechos a las balas enemigas, como simples y oscuros soldados del ejército de reserva".

En el Anexo No. 30 se presentan algunos comentarios del padre Ugarte sobre el tema del presente capítulo.

39 EN EL PAÍS

Mientras Piérola traducía sus premoniciones, visiones o delirios en las inútiles defensas de Lima, el resto del país fue dejado a su suerte, cobrando especial importancia Arequipa, donde estaba teóricamente el único otro ejército para la defensa, aunque en realidad, por obra de Piérola y sus adictos coroneles no era sino un conjunto de acuartelados. Enfermos muchos y con hambre los más, carentes de lo elemental y sin adiestramiento militar ni disciplina, donde el cobarde Leyva siguió actuando como jefe de dicha guarnición. En el Anexo No. 23, se aprecia por la carta del comandante Rodríguez Ramírez al pospuesto general del Castillo en la que dice: (108) "Aquí nada hago, ni tengo conciencia de poder trabajar en algo con provecho" refiriéndose a Leyva "Poco falta aquí para que en la calle le escupan la cara". . . "Tengo conciencia de que aquí pierdo tiempo".

Las tres cartas del recién nombrado Prefecto de Arequipa al Dictador, son demostrativas de la situación lindante en el caos en que se encontraba el segundo ejército del Sur o de Arequipa. En la primera carta del 5 de noviembre (Anexo 31) relata las respuestas de los tres jefes de la guarnición. El primero, Leyva se negó a salir a combatir a los chilenos que habían ocupado Quilca expresando que a la tropa no le tenía confianza Echenique expresa lo mismo y el prefecto aprecia que el batallón a sus órdenes está (109) "escuálido de hambre y desnudez" y por último el coronel La Torre "aseguró lo mismo agregándome que no había ejército" añadiendo del Solar "El hambre, la miseria, el mal trato y qué se yo, tienen esto perdido". . . "El ataque de Arequipa parece cierto. . . Las fortificaciones hechas, son una burla indigna".

Lo peor es su mención al armamento cuando escribe: (110) "No hay sino 5,873 rifles y carabinas de doce sistemas, incluso Minier. No hay una división con un solo armamento. Hay 350 rifles, entre estos de Chassepot Francés, sin una cápsula".

En la segunda carta del 13 de noviembre (Anexo 32) se leen: (111).

"He refundido los batallones casi perdidos por el abandono de sus jefes y su falta de moral. He licenciado más de cien hombres tísicos y semi esqueletos y me faltan como cincuenta más. El batallón Huancané, uno de los refundidos se sublevó en Puno hace pocos días".

En los siguientes párrafos mostró bastante optimismo, expresando que pensó formar un ejército de seis mil hombres y sólo ese número al no contar con mayor cantidad de armas. Refirió que al solicitar voluntarios para la construcción de fortificaciones, se presentaron dos mil cuatrocientos operarios con sus herramientas, indicativo de la respuesta cívica, cuando era solicitada en defensa de la patria.

La tercera carta del 22 de noviembre (Anexo 33) es una acusación contra Leyva que, igualmente del tenor de la misiva, se desprende que Piérola trató de mantenerlo en el cargo, pese a las múltiples quejas que en su contra hubieron. Esos cargos adversos al huidizo coronel fueron de tal magnitud, que, pese al apoyo del Dictador, el prefecto del Solar procedió a separarlo del cargo, por lo cual se dirigió a Lima y Piérola lo nombró entre sus ayudantes de campo.

En la región central del país, en la primera etapa de la guerra, la participación fue económica, mediante contribuciones, pero después de las derrotas en el sur, se produjo la movilización y formación de batallones por cuenta de hacendados o comerciantes, quienes a su vez lograron grados de oficiales que fueron de mayor graduación en razón directa a su posición económica, aportes, amistad o adulación a Piérola, mientras que la tropa quedó como elemento pasivo, receptor y ejecutor de órdenes y disposiciones, sin que las más de las veces comprendiera qué sucedía, al haber sido marginado y pospuesto en la toma de decisiones que atañían a su vida. Sólo conoció que sus mayores y permanentes enemigos fueron el hambre y la miseria y que, desde su nacimiento, fue subyugado por el patrón, sin importar las características de éste.

Otro elemento atentatorio a su preparación y cumplimiento de órdenes fue la barrera idiomática. Muchos de ellos ignoraban el español o lo entendían rudimentariamente, más no como para comprender un adiestramiento militar y peor aún, que los instructores y oficiales fueron improvisados por el Dictador, con carencia de experiencia y conocimientos militares.

La situación de desconcierto en los nativos del ande, se incrementó al ser transportados a distancia, a una ciudad extraña y un paisaje totalmente diferente, lo cual anulaba cualquier sentimiento de patria grande o pequeña que tuviera y, por lo tanto, de responsabilidad frente al enemigo. Las palabras de la esposa de González Prada, Adriana, son patéticas al referirse a estos reclutas en su obra: (112).

"Todo Lima se había vuelto un campamento donde venían a reunirse los indios reclutados de la sierra para formar batallones; arrastrando el paso, cansados antes de haber llegado, daba lástima verlos pasar seguidos de sus pobres "rabonas" tan inconcientes como ellos que fielmente los seguían hacia el matadero".

Por su parte Cáceres, escribió: (113).

"Desplegando gran actividad pudo el Dictador reunir para la defensa de la capital un ejército de unos 20,000 hombres, de las tres armas. Casi la mitad de este ejército se componía de indios, sin ningún adiestramiento militar, y la otra mitad de las antiguas tropas regulares que aún quedaban y de contingentes llegados de diversos puntos de la República". ..

En la misma obra, (114), puntualizó que Piérola nombró comandante en jefe del ejército del centro al experimentado General Fermín del Castillo, y cuando éste trató de hacerse cargo del puesto, el Dictador evitó dar instrucciones y le dio de baja. En cuanto a la organización del ejército, manifestó: (115).

"Las fuerzas que se organizaron para la defensa de la capital estaban compuestas de entusiastas voluntarios; pero faltos de instrucción militar. Los pocos batallones de línea existentes fueron reorganizados y luego entremezclados con unidades novatas, y sustituyendo sus antiguos oficiales de carrera por oficiales improvisados, menguando con ello su consistencia combativa".

La situación en Ica, por falta de conducción era de escasa actividad frente a los acontecimientos, hasta la llegada del nuevo prefecto Villena, quien procedió a organizar la gendarmería y, al referirse al ejército, al mando del coronel Zamudio, manifestó que "nada pueden hacer" por carecer de armas y ser indisciplinados, amenazando a los hacendados y vecinos acomodados. No adoptó mayores medidas correctivas por evitar un enfrentamiento estando el país en guerra. Esa absurda situación del coronel Zamudio se presenta en el Anexo No. 34.

En Moquegua las condiciones eran parecidas, no sólo no había ejército, sino que se veían amagados por los chilenos y la presencia de éstos hizo que el temor aflorara en muchas personas, miedo y cobardía convertidos en colaboración, surgiendo de esa manera otra triste página de la tragedia. Ver Anexo No. 35.

En el norte, la organización del ejército, cuando existió no era mejor que la referida.

En cuanto a Lima, pese a sus 20.000 hombres, la realidad no fue muy buena y las deserciones de oficiales y soldados era continua, a ese respecto Manuel González Prada señala: (116)

"Cuando se supo el desembarco de los chilenos en Pisco, comenzó a decaer el entusiasmo. . . De los tres batallones quedó uno". . .

En la obra de Manrique Nelson, (117) está prácticamente la continuación de lo dicho por González Prada:

"Por las deserciones de sus superiores, él ascendió vertiginosamente de capitán de una compañía a teniente coronel, segundo jefe del batallón número ’50. "Si la batalla de San Juan se hubiera librado en junio, yo hubiera concluido por ascender a general de brigada o jefe del estado mayor".

40 DEPREDACIÓN CHILENA

Chile, para librarse de su complejo de inferioridad, una vez lograda la destrucción de la flota peruana se lanzó al cumplimiento de lo anunciado por el gobierno de Santiago, exigido por la prensa y aplaudido en las cámaras y el público, cual era, la destrucción del Perú en todas sus formas y manifestaciones, comenzando por quitarle sus riquezas naturales y continuar con la destrucción de todo elemento de producción o desarrollo, llámense fábricas, factorías, sistemas de transporte como muelles, dársenas o ferrocarriles incluidos rieles y vagones, además de un genocidio desembozado y abierto con heridos y prisioneros y continuando con la población civil en cada ciudad o pueblo al que ingresasen. Además de saqueo sistemático de la propiedad pública y privada.

Habían manifestado que el Perú no debería levantarse en cien años, que durante ese tiempo deberían vivir postrados e incapacitados de defenderse y mucho menos intentar la recuperación de lo que Chile se apoderara. Para cumplir esa amenaza, mientras Lima se preparaba para defenderse, Chile encomendó al comandante Lynch la realización de la "Expedición Merodeo" que él mismo propusiera al Presidente Pinto en carta por demás cínica al escribir: (118)

"De ninguna manera comprendería su objeto causar daños que no nos reportaran un provecho directo. Nada de incendios ni de destrucciones vandálicas".

Lo que no tiene explicación es la razón de Lynch para mentir sobre sus aviesos propósitos, para los cuales recibió autorización plena de parte de su gobierno al nombrarlo comandante de la "División de Operaciones del Norte", elegida ex profeso al tener conocimiento que su litoral estaba completamente desguarnecido, carente de defensa y tropas. Para luchar contra esos pueblos, Lynch quedó investido de poderes omnímodos que lo facultaron para, en resumen, robar, asesinar y violar, incendiar, destruir y asolar. Realmente en la historia de América no hay comparación al vandalismo desatado por esa expedición y, en las guerras mundiales, sólo es comparable con las barbaridades cometidas por la Gestapo hitleriana.

Al frente de 2.600 soldados, transportes y escoltas navales, tuvo como teatro de operaciones todos los puertos que quedaran al norte de Arica hasta llegar a la frontera con el Ecuador. Zarparon del puerto mencionado el 4 de setiembre de 1880 y llegaron donde su primera víctima el día 10 del mismo mes, fue el puerto de Chimbote, al cual lo devastaron y convirtieron en centro de operaciones depredativas. Comenzó su tarea destructora con la hacienda "Palo Seco" de Dionisio Derteano, enrolado en el ejército. Emplazó a los propietarios a pagar un cupo de cien mil pesos oro y un plazo de 48 horas. Al no satisfacer el pago en el tiempo fijado, se procedió a la destrucción de la hacienda, escribiendo sobre el tema en su informe el jefe de demoliciones, ingeniero Federico Stuven: (119).

"El día 13 a las dos y media de la tarde, recibí la orden de destruir la preciosa maquinaria de la hacienda. Daba lástima emprender esta destrucción. Conocedor de la maquinaria, di orden de aplicar dinamita a las piezas nobles; los valenciers de las máquinas a vapor saltaron en pedazos; los cilindros de las mismas se inutilizaron, las pilastras de fierro del establecimiento se rompieron con dinamita; el tiempo era corto para una destrucción completa. El fuego invadía los pisos superiores; las escaleras de fierro se derretían al calor del fuego intenso; los tachos vacíos de cobre se inutilizaron con dinamita; la maestranza perdió sus máquinas importantes; los tornos, taladros y herramientas se inutilizaron; los tornos calderos que dan calor a muchas máquinas a vapor, pudieron destruirse completamente. El humo, el fuego y otras circunstancias dificultaron la operación de destruir algunas otras piezas. El inmenso trapiche para exprimir el jugo de caña, quedó casi por completo intacto. . . El alambique, lo mas completo que ha visto, hermoso edificio, preciosos cubos, estanques, etc. quedó completamente roto e inutilizado; el ingenio de arroz se destruyó del todo; las casas de habitación del ingenio de azúcar quemadas completamente y allí se encontraban cuadros, pianos, espejos y toda clase de muebles; no quedó nada, todo fue ruina completa excepto los trapiches de la caña y calderos".

Además de la destrucción de la casa hacienda, que de acuerdo al corresponsal del "Mercurio": (120) "era una verdadera ciudad. . . los edificios eran obras de todo lujo. . . Las maquinarias del establecimiento azucarero. . . costó en Inglaterra 160.000 libras esterlinas". Se destruyeron todas las plantaciones de caña que fueron incendiadas, además de la destrucción de otras haciendas como del Puente y Rinconada que corrieron la misma suerte de Palo Seco.

La desolación no sólo fue de las haciendas sino que en Chimbote se incendió el edificio de la aduana. La caballería fue destruyendo a su paso las instalaciones telegráficas, tumbando postes, cortando alambres y destruyendo los aisladores. El cronista continúa escribiendo:

"Desde lejos se contemplaba con emoción aquella enorme masa de llamas, coronadas de espesa cabellera de humo, que anunciaba a los pueblos de las cercanías el castigo y la venganza de Chile".

"Fue una verdadera lástima que el convoy no llevara algunos buques de vela para cargarlos de ganado que tanto abundaban en la hacienda de Palo Seco, que habrían venido a la maravilla. . . por lo demás no pudo ser más divertida y pintoresca la correría de nuestros jinetes".

En esa expedición de rapiña participaron activamente oficiales extranjeros, mercenarios de Chile, como el capitán Krugg, el alférez Pohlhammor y de Stuven, que no dejaron a nadie, fuera rico o pobre sin exigirle algún rescate por su vida.

El día 14 le tocó la maldición a Supe, donde Stuven con el batallón "Buines" y ayudado por el capitán Latham se dedicaron a la destrucción, en especial la hacienda San Nicolás que fue asolada completamente con la participación de un alemán que trabajaba en la misma hacienda y explicó a Stuven sobre sus instalaciones que fueron dinamitadas, y después el fuego completó la obra devastadora, sumiendo al pueblo en completa desolación. No sólo saquearon y destruyeron, sino que el ensañamiento carecía de límites y tal como escribe el mismo corresponsal chileno del "Mercurio" : (122)

"Los ’Buines’ sin embargo suplieron esa falta (se refiere a la ausencia de buques para embarcar el ganado) matando a palos como 500 ovejas; así ya que no podían aprovecharlas los nuestros se impedía a lo menos que fueran a alimentar a los famélicos estómagos limeños".

Demolieron a continuación las instalaciones del ferrocarril de Chimbote, incendiaron los carros y dinamitaron las maquinarias al ya no poderlas utilizar en sus excursiones de merodeo.

El día 18 pasaron a la isla de Lobos, donde desmantelaron las instalaciones portuarias y todo aquello que no pudieron llevarse. Después le tocó el turno a Paita el día 19 donde (123) "iban a llevar la consternación y el espanto" al decir del corresponsal chileno. Después de imponer un cupo y asolar con su caballería hasta siete leguas a la redonda, destruyeron e incendiaron toda la propiedad fiscal. En Paita se produjo una demostración de la íntima colaboración anglo-chilena. El cónsul visitó a Lynch y solicitó la mercadería en aduana consignada a su consulado o súbditos ingleses; el comandante chileno de sumo agrado entregó al cónsul lo solicitado, a continuación arrasó con la mercadería de otros extranjeros o nacionales.

Seguidamente fue el puerto de Eten la víctima. El día 24, el prefecto de Lambayeque, J. Manuel Aguirre, en lugar de hacer frente a los asaltantes, huyó al interior abandonando a la población. Al iniciarse el desembarco militar, la población atemorizada partió en algunos trenes que fueron cañoneados por la escuadra chilena. Después de dos días recién terminaron de desembarcar las tropas chilenas que impusieron un cupo de 150.00 pesos plata u oro al departamento de Lambayeque, al no cumplirse oportunamente el pago, se inició la obra de devastación, pillaje e incendios que Stuven llevó hasta Ferreñafe, y las haciendas de Llape, Cayaltí y otras. Después de arrasar con Lambayeque, por tierra pasó Lynch al departamento de La Libertad, llegando a San Pedro el 11 de octubre, donde fue recibido por un parlamentario del prefecto Adolfo Salmón para transar, a cambio de suspender las hostilidades, al margen del pago de un cupo de 150.000 pesos. Los chilenos siguieron avanzando motivando la huida de Salmón, e ingresaron a Chocope el día 18. Seguidamente destruyeron el puente de fierro sobre el río Chicama, y los pueblos Ascope y Chocope.

Esa expedición de franca piratería, terminó en ese sector del norte el 26 de octubre para pasar a Quilca el 1 de noviembre, donde no encontraron resistencia así como tampoco en Camaná donde siguieron con su política de tierra arrasada, para regresar a Arica entre el 6 al 9 de noviembre.

Acciones de plena barbarie que no sólo se efectuaron en tierra. En el mar, a la salida de Chimbote el día 15 de setiembre se cruzaron con el vapor inglés "Islay", fue abordado por la "Chacabuco" uno de los barcos expedicionarios. Le incautaron de sus bodegas, o el inglés entregó de buena gana y voluntad, 28 cajones conteniendo billetes peruanos por 7’290.000 soles y estampillas postales por S/. 375.000.

El merodero de Lynch se ganó el aplauso y felicitaciones del gobierno y pueblo de Chile, el grado de almirante y cuantiosa fortuna personal, al guardar del saqueo oro para sí y sus oficiales.

En las cámaras chilenas se dijo sobre esa expedición: (124)

"Los actos de la expedición Lynch, son actos de nuestro gobierno, y como tales afectan al senador como al último de los chilenos. Somos solidarios de esa obra, por mas que otros, como el señor Vicuña Mackenna, no hayan aprobado sus operaciones. . . El país entero es responsable por los actos del señor Lynch".

En la sesión del 13 de diciembre exclamaron en el Senado: (125)

"para que la guerra sea humana, es necesario que sea tremenda y terrible; la guerra humanitaria no hace más que embarazar las operaciones y hacer perder el tiempo. . . La expedición Lynch ha sido pues una operación bien llevada, que nos ha enseñado como debemos hacer la guerra".

Y en la cámara de diputados se expresó: (126)

"A estas horas la expedición de Lynch pasea la tea del incendio en las poblaciones peruanas. Dudamos, preguntamos y pedimos declaraciones al ministerio, como si el soplo de la dinamita no hubiera paseado ya sobre esos pueblos y los hubiera devorado".

Mientras en las cámaras de Chile se aplaudió la depredación de Lynch. La prensa chilena exigió la destrucción del contendor, así “El Mercurio" del día 20 de setiembre de 1880, escribió: (127)

"Toda la costa del Perú debe sufrir una tremenda retaliación, mientras llega el momento de que sobre los escombros humeantes de la misma ciudad de Lima se imponga a nuestros cobardes y aleves enemigos el castigo de sus inveteradas perfidias. . . Venganza y castigo es el grito unísono que exhala de todos los labios y de todos los corazones, y esa venganza y ese castigo deben ser inmediatos y tremendos".

Por su parte "El Ferrocarril" también de Santiago el día 18, manifestó: (128)

"Ni una choza, debe quedar en pie estando al alcance de nuestra artillería naval. . . nuestros buques deben sembrar por todas partes la desolación y el espanto. Preparemos el camino de nuestras fuerzas expedicionarias sobre Lima, abrasando las ciudades enemigas de la costa. Es necesario que la muerte y la destrucción, ejercida sin piedad en los hogares del Perú, no le deje un momento de aliento ni respiro y que sucumban al peso de nuestra superioridad militar. . . Hoy más que nunca se necesita obrar sin otro objetivo ni otra consideración que la de aniquilar completamente cuanto sea poder, recursos o fortuna para nuestros enemigos. . .La única respuesta que el gobierno de Chile debe dar a su pueblo, es encomendar a la escuadra la destrucción de toda la costa del Perú, y al ejército la toma de Lima a sangre y fuego. Dejar al Perú militarmente desarmado es poca garantía, es menester en sus industrias empobrecerlo, escarmentarlo en sus soldados y en las fortunas de sus ciudadanos, Los rencores, el orgullo humillado, el anhelo de venganza acecharán las generaciones del pueblo peruano hasta que se ofrezca la menor coyuntura para volver a la lucha. Esta hora es menester demorarla; es menester que no llegue. . . Necesitamos crecer, prosperar, hacernos respetables en este continente donde todos nos odian y anhelan nuestra ruina. ADELANTE: QUE SEA LIMA EL CALVARIO DE LA EXPIACIÓN DE SUS HIJOS, Y LA HOGUERA DEL CASTIGO Y DE LA MUERTE".

Además del saqueo de Lynch, la escuadra decidió cumplir la orden de destruir la costa del Perú, para ese efecto (129) "el almirante Rivero dio la orden al comandante del "Cochrane" para que pasara a la bahía de Chorrillos y bombardeara la población hasta reducirla a cenizas". Acción que se trató de cumplir el 22 de setiembre frente a Chorrillos, pero el barco, al recibir un tiro de cañón en respuesta a su bombardeo, huyó de la bahía. El "Blanco" bombardeó el día 23 durante seis horas el puerto de Ancón, destruyendo muchas de sus casas y la "Pilcomayo", el mismo día, hizo lo mismo con el puerto de Chancay, logrando los mismos efectos que en Ancón. Por el poco efecto destructor y las disculpas dadas por los marinos chilenos de su poca efectividad y mucho temor, se recomendó que (130) "en lo sucesivo las bombas o granadas debían contener materias incendiarias". "Ferrocarril" de 9 de octubre.

Por su parte "Patria" del 30 de junio de 1880, expresó (131).

"El cañón chileno debe derribar las murallas de Ancón. Las balas de Chile deben convertir en ruinas los ranchos de la impúdica Chorrillos". Anexos 36, 37 y 38.

41 LOS CHINOS

Lynch en su expedición depredadora al norte del Perú, encontró dos insospechados aliados: Algunos extranjeros que por salvar sus pertenencias se avinieron a las llamadas y solicitudes chilenas, brindándoles información. El segundo aliado fueron los chinos, que ya en esa expedición, en número de 400 extraídos de las haciendas del valle de Chicama, colaboraron plenamente en la obra destructiva, sea incendiando o dedicados al pillaje y como cargadores de los hurtos de la oficialidad y soldadesca. En el asalto a Lima, esos 400 que Lynch se llevó al sur, aumentaron a 1.000 con los que trabajaron en los valles de Ica, convirtiéndose en fieles colaboradores ya que fueron uniformados como chilenos y actuaron como fuerza auxiliar, además de servir como espías y enterradores de aquellos cadáveres que a Chile le interesaba mucho desaparecer.

El feudalismo terrateniente y gamonalista peruano fue el directamente responsable del surgimiento de ese nuevo enemigo dentro del país. Esos asiáticos, tanto chinos como polinesios, llegaron al Perú en barcos ingleses a mediados del siglo XIX para reemplazar, en el trabajo agrícola o las guaneras, a los negros que habían sido libertados por Castilla. Los terratenientes comenzaron a importar asiáticos y por el precio del pasaje y manutención los sometieron a solapada esclavitud hasta que el chino lograra redimir la deuda contraída por el precio del pasaje, para traerlo desde su lejano país. Se debe recordar que en la segunda mitad del siglo pasado, el transporte de chinos, a donde se necesitaran braceros, como la construcción del canal de Panamá o la instalación de los ferrocarriles en Estados Unidos, fue un pingüe negocio para los anglo-norteamericanos. Los terratenientes peruanos aceptaron ese triste negocio.

Esos inmigrantes chinos y polinesios, desde los lejanos días en que fueron extraídos de sus paisajes por la fuerza, con engaños o el espejismo de ilusoria riqueza, no volvieron a sentir la sensación de libertad hasta que comenzaron a colaborar con el ejército chileno en el saqueo, incendio y destrucción de la propiedad de los antiguos patrones y vecinos. Para Chile fue muy fácil reclutarlos y hacerlos colaborar al decirles que siguieran su ejemplo de asolar propiedades agrícolas o urbanas, oportunidad que se presenta, para los asiáticos, de satisfacer su hambre física y la venganza por los vejámenes y malos tratos sufridos en cautiverio.

Una vez más el Perú pagaba en su población y propiedad general, los desatinos de los gobiernos, los agricultores costeños y de la explotación del guano. La insensibilidad de los gobernantes que permitieron la transferencia de una esclavitud ya abolida de los antiguos esclavos negros a esos nuevos braceros que llegaron a un país extraño, sin el idioma y tampoco nadie que los protegiera, por eso los soldados del Mapocho, debieron parecerles como libertadores, sin sospechar, que después de la guerra los tratarían a donde se los llevaron, peor de lo que habían recibido hasta entonces.

42 SAN JUAN

Los chilenos, estuvieron bien informados sobre las características del terreno y de las defensas y, que el ejército contrario, en forma increíble, quedó dividido en dos escalones sin conexión entre ellos y con extensas líneas defensivas llenas de vacíos por donde era posible la infiltración de sus batallones, además, contando con el apoyo de su artillería naval, atacaron al amanecer del día 13 de enero de 1881 la primera línea de San Juan y, después de rotunda victoria, el día 15 siguieron la batalla dominando la segunda línea de resistencia en Miraflores. Batallas en las que por encima de la calidad del soldado y comando chileno, que no fue gran cosa, primaron los desaciertos, improvisaciones o impericia del Dictador Piérola quien, con su ignorancia en asuntos militares, envuelto en sus delirios de grandeza, dominado por su profunda desconfianza en los demás y que nadie hiciera cosa alguna que le permitiera sobresalir, deseó hacer y dirigirlo todo, por pequeño o secundario que fuera, pero que sólo él interviniera, dirigió las batallas, resultando un completo desastre en dos capítulos y un gran culpable: Piérola. Manuel González Prada escribió sobre la batalla de Miraflores en la obra ya citada "Guerra con Chile": (132)

"En esos momentos avanzaron hasta donde nosotros estábamos (Hacienda de la Calera de la Merced), tres batallones de reserva, que aún no habían roto los fuegos, y entre estos el que comandaba el señor Pomar. Nunca he visto mayor entusiasmo. Todos pedían entrar en el fuego. D. Nicolás de Piérola se negó a que entrasen en combate y les ordenó a que regresaran a sus anteriores posiciones. Esta orden fue recibida en medio de protestas. ..".

En la batalla de San Juan, se inculpó al coronel Suárez de no haber cumplido con su misión e incluso haberse retirado hasta Chorrillos, en lugar de hacerlo hasta el Morro Solar como le ordenó Iglesias, en donde reiteradamente se negó a entrar en combate pese a las órdenes que recibió de Piérola. Lo más que hizo fue permitir a su subalterno, coronel Recavarren para que entrara en acción en el Morro Solar en apoyo a las tropas de la Legión Peruana, siendo diezmados por el enemigo.

En los Documentos Inéditos de la obra ya citada, el No. 11, referente a la batalla de Lima, por su contenido merece ser trascrito íntegramente: (133)

"La batalla de San Juan se inició a las 4 a.m. del 13 de enero de 1881. Piérola en persona comunicó a las tropas la salida del enemigo de Lurín, hizo levantar a Iglesias que mandaba el ala derecha, y éste mandó que la Legión Peruana ocupase la media falda del Morro Solar, para que se viese libre de los fuegos de la escuadra. Con este mismo objeto hizo retroceder, de la línea de batalla las divisiones de Dávila y de Suárez; pero estos no se contentaron con cubrirse con el Morro Solar de la flota chilena sino que abandonaron sus puestos, dejaron un inmenso frente vacío, y en buen orden se retiraron hasta Miraflores, sin tomar parte en la lucha (Suárez lo hizo al local de la escuela de clases de Chorrillos. Este paréntesis es nuestro). Iglesias debía haber reparado la falta, haciendo bajar de la cumbre del morro a los batallones Ayacucho y Cajamarca, que allí había; pero se limitó a hacer alarde de su valor personal, exponiendo su reputación de militar y hasta su buen sentido. En tan mala disposición sucedió que el Batallón Legión Peruana se tuvo que batir contra toda la división Lynch que componía el ala izquierda del enemigo, fuerte de 4.000 hombres; el resultado ya puede suponerse.

En mi concepto la batalla de San Juan fue una fuga general por parte de nuestro ejército. Habiendo comenzado el combate a las 4 a.m., tres horas después , se veían jefes y oficiales huidos a mas de tres leguas del lugar de la acción. El mismo Piérola, a las 9 a.m., se vino de Chorrillos por la playa, con no pequeño peligro y subió por la escalinata de Barranco. A las 11 llegó a Vásquez, almorzó y se echó a dormir a las 12 m. Como a las dos de la tarde y media, pasó por mi reducto que estaba en Camacho. Había perdido el ánimo para los que le creían valiente; yo creo que no había nada".

La batalla de San Juan tuvo en Iglesias a su defensor, secundado por Cáceres y Recavarren que se batieron con entereza y valor pese a la superioridad aplastante del enemigo.

Sobre la batalla de Miraflores del día 15, se presenta en Anexo No. 39, los "Recuerdos del 15 de enero de 1881 (En un Reducto)", documento explicativo de lo acontecido.

43 CHORRILLOS

Los siguientes párrafos de escritores chilenos, son presentados por Paz Soldán, siendo suyo sólo el primer acápite. (134).

"Los chilenos, vencedores en Chorrillos se entregaron como de costumbre a asesinar, saquear e incendiar cuanto encontraron. Sigamos a los mismos escritores y a los testigos presenciales, todos chilenos, de esa bacanal sanguinaria.

"El combate de Chorrillos no fue una batalla, fue una horrible inextinguible matanza. Cuando al día siguiente los empleados de la intendencia desembarcaron en Chira y en Chorrillos, veían las rocas que forman la base inferior del sombrío morro cubiertos de puntos blanquecinos; eran los cadáveres de los peruanos que por millares habían rodado a los precipicios...

La noche de Chorrillos será, de todos modos, una fecha lúgubre en la historia de la República. . . (se refiere a Chile). Fue aquella, después de la de Mollendo, la segunda noche triste.

¿Pero a qué procurar describir el vergonzoso espectáculo que siguió presentando Chorrillos durante toda la noche, aquella noche de horrores?

El presbítero chileno don Salvador Donoso, que recorrió el campo de batalla al siguiente día del combate, dice: ’Se conocía que los buines habían hecho más uso de la bayoneta y de la culata de sus fusiles, que de las balas; porque todos los cráneos de los peruanos, estaban despedazados por completo. Grandes y pequeñas bandas de soldados armados y en desorden, se diseminaron en un momento por toda la pequeña ciudad. Mientras unos corrían a las pulperías, a las tiendas y a los almacenes, otros hacían saltar a tiros las cerraduras de las puertas, y entrando a las casas las recorrían rápidamente de arriba abajo; si encontraban alguno, lo mataban, y si el aspecto general de las habitaciones era pobre y mezquino, daban fuego y se iban. Si por el contrario anunciaban riqueza y opulencia, las cosas cambiaban de aspecto; escudriñando en todos los rincones, registrando todos los muebles, poniendo todo en horrendo desorden, se apoderaban de todos los pequeños objetos preciosos, y de todas las más ricas telas que encontraban. . . mientras otros se divertían en tocar, a locas, las teclas de los pianos, en romper cuadros, en destrozar los muebles, en dar fuego en uno o más extremos de la casa, para que tuviese tiempo de crecer y tomar incremento... El soldado chileno, el roto, al cual no enfrentaba ya disciplina militar, daba cada vez más rienda suelta a su estúpida brutalidad y a la ferocidad de su carácter. Y todo esto a la vista del general en jefe, del ministro de la guerra y de todos los jefes y oficiales superiores e inferiores del ejército chileno. Estos se hallaban allí, quien dentro, quien a las puertas de Chorrillos, viendo y escuchando todo, y no haciendo jamás nada para llamar al orden a sus soldados". Ver Anexo No. 40 sobre esta trascripción.

En esa noche de horrores tanto en el lado peruano como el chileno se dio el mismo pensamiento: la posibilidad de un ataque peruano a las desbandadas tropas enemigas.

En el campo peruano, Cáceres, después de haber reunido a parte de los dispersos y dándose cuenta de lo que sucedía en Chorrillos, concibió el plan de atacar durante la noche, comunicándolo al general Pedro Silva, manifestando que la noche del 14 pudiera cambiar el curso de la guerra, ya que los chilenos en pleno desorden y borrachera, serían dominados. Esa operación fue comunicada a Piérola en presencia del coronel Canevaro quien le dio pleno apoyo, pero el Dictador con la suficiencia que lo caracterizó respondió: (135)

"El plan de Cáceres encierra un sacrificio estéril e inútil, porque el ejército chileno se encuentra formado en los alrededores de Chorrillos y los que saquean son unos cuantos".

Pese a la insistencia de Canevaro, se negó a discutir el ataque. Mas o menos por esos mismos momentos en el lado chileno se produjo una conversación similar: (136).

"El político chileno Manuel José Vicuña, testigo de todos estos acontecimientos, escribió en su folleto titulado ’Carta Política’ (impreso en Lima en 1881 y destinado a criticar la actuación de general Baquedano, para impugnar su candidatura presidencial que no llegó, por lo demás, a triunfar). Recuerdo que con el ministro de Guerra, hacíamos esta reflexión: ¡Cómo nos iría esta noche si los peruanos, con un poco de audacia, vinieran atacarnos en número de cuatro mil hombres, solo de cuatro mil! Todo esto se lo llevaba el diablo, me decía el ministro y la obra de Chile se perdería miserablemente en una hora. ¿Quién nos diría amigo Ibáñez, que aquello que como simple hipótesis, como mero recelo, conversáramos en nuestra tienda de campaña, estuviera precisamente discutiéndose y verificándose allá en el campamento enemigo. El coronel Canevaro le decía a Piérola: Con mi fortuna y con mi vida le respondo a usted de que esta noche doy cuenta de los chilenos si me confía de cinco a siete mil nombres para ir a sorprenderlos, en medio del desorden y borrachera que inevitablemente les habría traído el saqueo de Chorrillos, y cuya prueba está ahí en aquellas llamas que divisamos... Anexo No. 41.

La rapidez con que se iniciaron los incendios y su propagación, según testigos oculares, fue que las tropas chilenas estuvieron pertrechadas con bombas de pequeñas dimensiones de material inflamable y que al ser lanzadas con fuerza, producían incendios instantáneos. Ese elemento sumado a la pasividad chilena de jefes y oficiales frente a la destrucción de Chorrillos indica que el incendio estuvo premeditado y preparado de antemano, única explicación para comprender por qué los soldados llevaban dichas bombas, que fuera de provocar incendios, no tuvieran ninguna otra utilidad.

En la obra de Caivano (137), hay una anotación sobre la parcialidad del Vaticano en esta infausta guerra a favor de Chile:

"En el periódico "El Mercurio" de Valparaíso del 18 de marzo de 1881, encontramos: "ROMA Y CHORRILLOS" — Por carta recibida de Roma con fecha 26 de enero, se sabe que en el mismo día 13 de aquel mes, en que tuvo lugar la batalla de Chorrillos (de San Juan: en Chorrillos no hubo batalla sino saqueo e incendio, mucho después de concluida la batalla en el Morro) los chilenos residentes en Roma habían conseguido una audiencia del Sumo Pontífice León XIII, en el Vaticano. . . Las señoras chilenas pidieron a su S.S que bendijese al ejército de Chile, y él lo hizo inmediatamente con mucha unción. Es un hecho muy singular, que el Papa estuviera bendiciendo en Roma aquel mismo ejército que en aquel día y en aquella hora combatía a las bases del Morro Solar.

Y nosotros decimos: el Papa bendecía al ejército chileno, desde su silla infalible del Vaticano, en el día y momento mismo en que aquel consumaba, con el estrago e incendio de Chorrillos, uno de los hechos mas inicuos y atroces que tenga que registrar la historia".

En la obra de Vargas Ugarte se lee: (138)

"Cuando pasábamos por la plaza de Chorrillos vimos que habían sacado de la Iglesia a todas las imágenes y tiraban sobre ellas al blanco, con gran algazara". Anexo No. 42.

44 EL DÍA 14

Por un lado, el comando chileno dejó que continuaran los desmanes de la soldadesca pero simultáneamente trató y logró agruparlos para recuperar la capacidad combativa, al mismo tiempo, prepararon un segundo encuentro. Conocieron que al ejército peruano le quedaron varios miles de soldados, que no llegaron a empeñarse en combate, fueren de la reserva o los combatientes de San Juan que fueron reagrupados; fuerza cuya magnitud y potencia ignoraron los chilenos, pero su comando, por la observación directa de la línea de defensa de Miraflores y la información de sus espías, supusieron que una nueva batalla se produciría en ese lugar, para lo cual, movilizaron y agruparon sus tropas y emplazaron la artillería para efectuar un ataque sorpresivo y capturar Lima.

El Dictador Piérola, con las fabulaciones propias de su trastorno mental, después de la derrota de San Juan, a la cual contribuyó al no permitir que las reservas entraran en acción; que después de haber absorbido el mando total y absoluto de las operaciones, dejó abandonadas éstas y que los defensores se desenvolvieran como pudieran; que las líneas defensivas en Miraflores adolecían de múltiples fallas para una efectiva defensa de la capital, pese a ello, y conociendo que el enemigo se aproximaba al haber ocupado y destruido Barranco, no organizó una adecuada retirada que permitiera salvar los remanentes del ejército con parte del parque y hacerse fuerte en la sierra o sus estribaciones, si decidió continuar el conflicto. En lugar de ello, dejó que los acontecimientos se produjeran sin iniciativas de su parte, permaneció inactivo en actitud reactiva, a lo que pudiere suceder. En esas circunstancias, fue el cuerpo diplomático, que, tratando de evitar que en Lima se reprodujeran los luctuosos atropellos acaecidos en Chorrillos, decidieron tomar la iniciativa al comprender que no podían seguir el ejemplo del Dictador, mientras que el país ante el cual eran representantes quedara destruido como gobierno y, en la propiedad y honor de sus ciudadanos, entre los cuales igualmente moraban y trabajaban muchos de sus connacionales y parte de ellos constituyeron hogares peruanos. Puestos de acuerdo, se movilizaron el día 14 buscando alcanzar una tregua orientada a un armisticio y, la obtención de la paz en último término.

En la noche de ese día, encabezados por el decano del cuerpo diplomático, señor Jorge T. Pinto, plenipotenciario de San Salvador y acompañado de los ministros Saint John de Inglaterra y Verges de Francia, a las diez de la noche, en tren extraordinario se dirigieron a Miraflores y conferencias largo rato con Piérola, seguidamente se dirigieron a Chorrillos donde entrevistaron al jefe de las fuerzas chilenas, general Baquedano, quien, después de conocer la razón de la visita, y seguramente para efectuar las consultas necesarias manifestó que la hora era avanzada y continuarían las conversaciones al día siguiente, a las siete de la mañana.

El día 15 de enero, a la hora indicada y en forma puntual la comisión se hizo presente, siendo recibidos por Baquedano, acompañado por el ministro de la Guerra y los señores Altamirano y Godoy, este último de ingrata recordación en el Perú, donde fuera ministro de su país por años. El jefe militar en la entrevista expresó que para aceptar una suspensión de fuego, exigía la entrega del Callao y sus fuertes por ser una plaza de guerra, salvándose Lima y podían negociar.

Los diplomáticos, a la simple palabra de Baquedano y sin exigir un documento que respaldara lo expresado y pese a conocer la dureza de la exigencia y que en esas circunstancias debió ser precaución y garantía el logro que por escrito confirmara lo conversado. Lograron igualmente de palabra el compromiso que no se rompiera los fuegos hasta las doce de la noche de ese día, sin embargo, quedó sobreentendido que cada contendiente podía movilizar sus efectivos y emplazar en nuevas posiciones su artillería quedando como "única prohibición expresa la de no poner el dedo en el gatillo".

Como fuera enjuiciada posteriormente, esa conversación adoleció de informalidad por demás difusa, que no hubo personería responsable, que no se estructuró un armisticio militar al no estipularse las líneas de separación. Se ha manifestado que fue "una cortesía internacional" que obligaba a los beligerantes para con los diplomáticos oficiosos, sin ninguna obligación entre las partes. (139)

Habiendo logrado la posibilidad de una tregua y que la suspensión del fuego se mantendría hasta las doce de la noche de ese día, los diplomáticos se dirigieron a conversar con Piérola, el cual, en principio aceptó las condiciones propuestas, y de su puño y letra, refrendó el apunte de los diplomáticos, pero no en documento formal. Los intermediarios se dirigieron a Lima para terminar de precisar el acuerdo y regresaron a las dos y media de la tarde donde Piérola, quien se encontraba almorzando con algunos oficiales de la flota extranjera surta en el Callao, y de su ejército. Cuando se encontraban en la parte protocolar de los saludos, escucharon el fuego de artillería y fusilería, indicativos que se inició la batalla de Miraflores, manifestándose una vez más el doblez del proceder chileno, ya que ellos, lo que desearon, fue el ingreso a Lima en franca hostilidad para saquearla y destruirla. Que se cumpliera el anhelo del gobierno y la prensa de Chile, arrasando la capital del Perú y después, imponer las condiciones de paz a un enemigo inerme.

Esa última parte es relatada por el decano del cuerpo diplomático, señor Jorge Tezanos Pinto de San Salvador, quien en nota del 26 de enero de 1881 informó oficialmente a su gobierno de la visita del cuerpo diplomático a Piérola: (140)

"A nuestra llegada a las 2.14 de la tarde del día 15. el señor Piérola comía tranquilamente con varios jefes de su ejército. Advertido de la presencia de todo el cuerpo diplomático en su casa, salió del comedor a recibirnos y en el momento mismo en que cambiábamos todavía de pie, el primer saludo, estalló un fuego general y nutrido en la línea de los ejércitos, y en los buques de la escuadra chilena, siendo nosotros acribillados por el diluvio de balas, bombas y granadas, que venían del ejército y de los buques de Chile al lugar en que nos encontrábamos, a retaguardia de la línea peruana. Con tan grave e inesperado motivo, el señor Piérola, que vio instantáneamente comprometida la batalla, sin tiempo ni aún para concluir el comenzado saludo al cuerpo diplomático, se dirigió rápidamente a su ejército; y nosotros poseídos del asombro y de la indignación que es fácil imaginar, nos volvimos a Lima, a pie, bajo la lluvia de balas del primer momento, que sufrimos sin interrupción durante cerca de dos horas consecutivas".

El éxito de la intervención diplomática fracasó por la felonía chilena que continuó haciendo gala de su afán destructor que fue lo que buscaron y un armisticio les hubiera impedido una nueva orgía de barbarie, por eso, al comenzar la tarde del día 15 iniciaron las operaciones.

Hay una referencia por demás curiosa y es la nota del ministro de Italia en Lima del 28 de enero de 1881, dirigida al Ministro de Relaciones Exteriores de su país: (141)

"Trasladada que se hubo a Miraflores la delegación (del cuerpo diplomático) se presentó a S.E. el señor Piérola, el cual aceptó la tregua convenida, y pareció dispuesto a ceder el Callao (única condición impuesta por Baquedano para concluir un verdadero armisticio) y a entrar en negociaciones de paz".

El interrogante que surge es el porqué en esa oportunidad Piérola manifestó aceptar conversaciones de paz, incluso entregando el Callao como prenda, cuando en octubre del año anterior, los días 22, 25 y 27 de octubre de 1880, en la bahía de Arica, el representante peruano en las tratativas de paz a iniciativa del gobierno de Estados Unidos, y a bordo del barco de ese país "Lackawanna", adoptó posición intransigente. En Miraflores sí se avino a discutir, conociendo cuáles eran las exigencias de Chile que ya en Arica fueron expresadas y en resumen consistieron en la entrega de Tarapacá, pago de indemnizaciones y retención de Moquegua, Tacna y Arica hasta que se cumplieran las obligaciones contraídas. ¿Por qué ese cambio? ¿Es que Piérola al darse cuenta que su ambición de poder terminaba con la captura de Lima, y para conservarlo, al ser el sustento mismo de su existencia prefería sacrificar al Perú en aras de su pasión?

Como referencia a este capítulo, ver Anexo 43.

45 MIRAFLORES

El final de la tercera etapa de la guerra se dio en Miraflores el día 15 de enero, iniciado con el sorpresivo ataque chileno. La batalla, como las anteriores tuvo dos fases, en la primera, el ataque fue rechazado y surgió la posibilidad del triunfo, pero la falta de acertado comando e inmovilización de las reservas fueron decisivos para que a último minuto, la victoria quedó con el invasor. Al respecto se presentan los siguientes comentarios extraídos de la obra de Paz Soldán: (142).

"Piérola, hemos dicho, antes, no dio mas que una sola orden durante toda la batalla, a lo menos que se sepa, y esta orden única, consistió en mandar a los once batallones de la reserva y a las fuerzas de línea del ala izquierda, que no habían tomado parte alguna en la batalla, que se dispersasen y volviese cada uno a sus respectivas casas.

Y es de advertir que esta orden fue dada precisamente entre las 5 y 1/4, cuando los batallones de las trincheras, que habían quedado solos, oponían todavía la más tenaz resistencia al enemigo, y cuando éste, desesperado de tomar las trincheras, cuyo incesante fuego lo había rechazado dos veces, bastaba que hubiesen visto aparecer el mas ligero refuerzo de tropas de refresco a los peruanos, para abandonar el campo y retroceder; a esto lo hubiera impulsado también lo avanzado de la hora, y el temor que le noche los sorprendiera combatiendo sobre un terreno que no conocía y que se suponía todo lleno de minas.

El dictador por el contrario, al cual su propia impericia y su propio atolondramiento hicieron creer que todo estaba perdido ya, una vez dada a las fuerzas del ala izquierda la orden de dejar las armas y retirarse a sus casas, abandonó el campo de batalla con un reducido número de secuaces; y sin ni siquiera entrar en Lima, tomó el camino de las montañas del interior de la república.

La conducta de Piérola en aquel momento, sería inexplicable, sin admitir en él una gran perturbación mental, a menos que no se le considerara, como a juzgar por los precedentes nos parecería mas exacto, tan desprovisto de toda capacidad, hasta colocarlo por debajo de las más vulgares inteligencias. Aun admitiendo que el dictador juzgase irremisiblemente perdida la batalla ¿por qué ordenaba la dispersión y disolución de los batallones del ala izquierda? ¿Por qué se privaba voluntariamente de aquellas fuerzas de 6 a 7.000 hombres bien armados, que unidos a los 1.500 ço 2.000 del Callao, y a todos los dispersos, que era fácil recoger de Lima, podían todavía presentar una última resistencia al enemigo, para obligarlo, sino a otra cosa, a una capitulación? ¿Por qué no los conducía consigo a aquellas montañas entre las cuales se fue casi solo, para salvar por lo menos sus armas?

Se aprecia como el dictador dejó a las tropas y a Lima libradas a su suerte, mientras su irresponsabilidad lo conducía hacia las estribaciones andinas. Esa acción de abandono determinó que una batalla donde el coraje de Cáceres y otros jefes y oficiales se multiplicaron al infinito, logrando mantener sus posiciones y vislumbrar la posibilidad de la victoria que hubiera sido decisiva en el curso de la guerra, necesitando tan solo que les llegaran refuerzos, que los había y en la proximidad, sin embargo fueron dispersados, como si una maldición hubiera caído sobre el ejército peruano, que, por mucho que hiciera no lograba el triunfo, y no por la pericia ni capacidad combativa chilena, sino por la nefasta participación de Piérola, quien, con su egoísmo e ignorancia, su petulancia y delirio de grandeza, jamás pensó en el Perú como país, en el Perú con sus poblaciones y paisajes, con un territorio sonriente o doliente, según el estado de ánimo de sus habitantes, en sus culturas, tradiciones y quehacer cotidiano, en todo aquello que permite el fluir de la nación hacia el futuro, con la esperanza de encontrar las pequeñas satisfacciones que enriquecen la vida y llenan el día. ¡No! a Piérola sólo le interesó el Perú como escenario de su megalomanía. Se sintió un predestinado y que el país era su propiedad sobre el cual podía disponer a su antojo y, al así proceder, nos llevó a la ruina, la vergüenza de la derrota y la humillación de la ocupación, sin interesarle que conllevaban incendios, destrucción, crímenes, violaciones y robos, que el Perú se desangraba y el enemigo lo desintegraba. Pero él nada de eso vio ni le importó. En su huida sólo buscó un nuevo proscenio para continuar en su teatral comportamiento y lograr aplausos, lisonjas , sobre todo adulaciones y le quemaran incienso, que le dijeran: el único, el superior, el sublime. A lo mejor en esos momentos se sintió hermanado con el Supremo Hacedor y desde las nubes en que se envolvió, no contempló ni le interesó mirar el dolor y tragedia en que había sumido a la patria.

Como resultado de las incalificables disposiciones de desbandar al ejército, quienes combatían fueron dejados solos, resistiendo con sus vidas mientras hubieron municiones y al terminarse éstas, quedaron a merced del enemigo.

Al respecto, Cáceres, escribió en sus "Memorias": (143)

"Habíase luchado ya, cosa de una hora, y con manifiesta ventaja de nuestra parte. Luego sobrevino una pausa o como hoy se dice, se "estabilizó el combate".

Estimando entonces que el enemigo había experimentado serio quebranto, ante la firmeza de nuestra resistencia y denotaba cierta vacilación, determiné aprovechar esta coyuntura y ordené el repliegue de nuestros batallones, para disponer un contraataque de conjunto, reforzando mi derecha, frente de la cual hallábase una de las brigadas de la tercera división. Por su lado el adversario una vez ordenadas sus unidades y fuertemente reforzada, dejo los tapiales que le habían servido de refugio e inicio su cauteloso avance. Fue este el preciso momento en que haciendo un supremo esfuerzo salí de la línea y lancé mis tropas contra el contendor.

Nuestro contraataque fue tan rápido y vigoroso que paralizó al enemigo obligándole a replegarse. La lucha tornóse dura y encarnizada, señalándose en ella especialmente los batallones Jauja, Guarnición de Marina y Concepción. Los chilenos cejaban fuertemente presionados en su frente y en sus flancos, los que eran ya desbordados, particularmente el derecho de la brigada de Barceló, que carecía de contacto táctico con las otras tropas de su división. Sólo requeríamos refuerzos para empuñar resueltamente el éxito. Esperaba con vehemencia que los sectores de la izquierda apoyasen nuestro avance, embistiendo contra el enemigo en pleno retroceso. Y lo esperaba fundamentalmente, pues no existía seria amenaza proveniente del valle de Ate. El foco de la refriega hallábase en el ala derecha.

Pero no recibimos ningún refuerzo, ni siendo apoyados por las tropas de la izquierda, nos sentimos a poco extenuados e incapacitados para continuar el ataque con el ímpetu y pertinacia que exigía el estado de la lucha. Solo la derecha de Suárez, un batallón de la división Canevaro, había acompañado nuestra acometida.

Consecuentemente decrecía la impulsión del contraataque y no quedaba otro recurso que interrumpir el seguimiento del enemigo por el fuego. Y luego asaz amargo, hube de tomar la resolución de suspender el combate y ordenar el repliegue general, el cual fue ejecutado sin que el enemigo intentara perturbarlo.

Entre tanto, los chilenos recibían copiosos refuerzos y reagrupaban sus tropas para retomar la ofensiva y atacar nuestra débil línea de defensa con incontrastable superioridad de fuerzas".

En esa batalla perecieron los humildes campesinos traídos de los Andes junto con lo mejor de la ciudadanía que vivía en Lima proveniente de los diferentes estratos sociales y actividades. Se derramó sangre con gallardía y en la muerte todos quedaron inmolados como héroes, aunque los más con la simple calificación de soldados desconocidos, después sobre los sobrevivientes se desató la barbarie. Al respecto, es preferible que sea un chileno quien narre lo que sucedió, es el historiador Benjamín Vicuña Mackenna: (144)

"Quedaba solo por consumar la persecución y la matanza, y esta fue tan rápida como espantosa. Era casi imposible contener a los soldados chilenos, y el cansancio, mas que las órdenes desobedecidas de los jefes, contuvo a muchos casi en los suburbios de Lima". Fue horrorosa la carnicería que hicieron los chilenos durante la persecución, dice uno de los suyos. "Las cercanías de los fuertes, las tapias que lo respaldaban, los potreros y huertos, los caminos y los callejones, todo quedaba sembrado con los cadáveres de los fugitivos. Por los callejones que hacia el lado de Tebes, se dirigen a Lima, y por el camino de ese nombre, había a trechos verdaderas natas de cuerpos humanos. Gran parte de ellos eran de pobres serranos, calzados con ojotas, pertenecientes a los batallones recién llegados a Lima de distintos puntos del interior. Aquel rosario de cadáveres llegaba más allá de la hacienda de San Borja, hasta tres o cuatro cuadras de Lima, por el lado de Barbones. Entre ellos habían muchos cuerpos de los caballos en que habían montado algunos jefes y oficiales para escapar con mas ligereza de las certeras balas, pero que de ese modo lograron solo llamar la atención de sus perseguidores. Fue aquella una verdadera cacería, una corrida de huanacos humanos.

Las minas y las voces de traición generalizadas en toda la línea habían desbordado a todos los límites del encono, y hubo oficial chileno que había perdido en las campañas dos hermanos, y que encontrando refugiados en una casa del camino hacia Lima, hasta treinta peruanos, los hizo fusilar, sin compasión, en los sótanos en que se habían metido.

Por lo demás la ciudad de Lima estaba completamente desarmada. En ausencia de Piérola, gobernaba un ministro de culto, o más propiamente, un ministro universal, don Pedro José Calderón, hombre sibarita e insolente, pero incapaz de levantarse en las horas de grave conflicto, a la altura del deber, menos a la del sacrificio.

Todo lo contrario; y por castigar un desmán de la guardia, compuesta de 4.000 extranjeros, y una de cuyas patrullas le había llevado, descompuesto y disfrazado, a un depósito de policía, en una de aquellas noches de solemne expectativa, en compañía de un alemán cómplice y usufructuario de sus orgías, la disolvió por un úkase, en los momentos en que la ciudad entera confiaba en aquel cuerpo protector su custodia. El ministro de la guerra Villar, había cooperado a aquella medida insensata y criminal, enojado porque, conforme a lo ordenado en un banco reciente de policía doméstica, un destacamento le obligara a cerrar su puerta de la calle a las diez de la noche. "Que hombres para semejante situación".

Las dos batallas en defensa de la capital se habían perdido. En la primera, el general Miguel Iglesias fue la figura de la jornada con su tenaz defensa del Morro Solar, donde resistió hasta el límite de su capacidad, recursos humanos y municiones, y pese a la asistencia que Recavarren le brindara con su batallón, fueron superados por el número de atacantes, cayendo prisionero el general.

En Miraflores el héroe de la jornada fue Andrés Avelino Cáceres, quien a cargo de un sector de la defensa, se multiplicó en sus esfuerzos, conteniendo uno tras otro los ataques enemigos mientras sus fuerzas se reducían por la creciente cantidad de muertos y heridos que sufría. Y sus esfuerzos que pudieron tener diferente final, no fueron alcanzados por carencia de refuerzos, que, a escasos kilómetros esperaban las órdenes de avanzar y que nunca llegaron. Era demasiado pedir a Cáceres lo imposible, pero estuvo a punto de lograrlo con su espíritu combativo, conocimientos y experiencias militares y, especialmente, su indomable patriotismo que lo impulsó a continuar luchando en defensa de la patria, en busca de un solo objetivo, que los adversarios desaparecieran del suelo nacional, que éste no fuera hollado por ningún enemigo, por eso, en medio de la derrota producida al final del día, se retiró del campo de batalla con una sola idea: proseguir la guerra contra el invasor en el lugar que fuere, pero continuar resistiendo. Sabría agenciarse recursos y el futuro lo encontraría defendiendo el honor nacional. Recogió el mensaje de Grau y Bolognesi. Sabiendo que sus sacrificios no fueron en vano, no podían serlo, ya que eso hubiera implicado la desaparición del país como organismo de características propias: una bandera y escudo y también fronteras sagradas que seguiría defendiendo. Los demás podían huir o incumplir su deber. El no, seguiría en la lucha.

Los chilenos, siguiendo sus consignas y órdenes gubernamentales; en el pueblo de Miraflores, recién capturado, dieron rienda suelta a su venalidad criminal y espíritu de rapiña, frente a la alegre mirada de jefes y oficiales, incluido el ministro de guerra Sotomayor, sabiendo que, sin participar directamente, recibirían su parte del botín, para eso hicieron la guerra y la razón de capturar la capital donde suponían se encontraba el gran tesoro y, en espera de ese momento, prepararon sus bombas incendiarias y reconfortaron sus instintos depredadores y asesinos pensando en la orgía de sangre y fuego que desatarían sobre el infeliz Miraflores.

Ver Anexo No. 45.

46 OCUPACIÓN DE LIMA

Frente al abandono que de la ciudad había efectuando la autoridad política, ésta sólo se ejercía por el licencioso, irresponsable y amigo de Piérola, Pedro José Calderón, dedicado a "recoger y recibir" centenares de miles de billetes "Incas" (145) sin importarle lo que sucediera en la ciudad con una desenfrenada soldadesca chilena.

Al triunfo en Miraflores, los invasores esperaron el desenlace de los acontecimientos. Supusieron que la conquista de Lima se efectuaría por etapas y, mientras llegaba la tercera y tal vez última batalla, se dedicaron a saquear y destruir Miraflores. Conocieron que muchos batallones de la reserva no entraron en combate, así como el ala izquierda del frente miraflorino constituido por soldados de línea y, que igualmente, alguna artillería quedaba en poder de los peruanos, además de aquella montada en los cerros de San Cristóbal, San Bartolomé y otros, ya que ignoraron que no servía para mayor cosa por su posición y distribución. Esa situación de incertidumbre y desconocimiento de la situación real del frente de Lima se reflejó en las palabras del ministro de guerra de Chile Sotomayor en la noche del día 15 a José Vicuña y publicada en su "Carta Política" (146):

"ninguna operación habría más importante y oportuna, que reorganizar esta noche misma una división y atacar a Lima a la madrugada, sorprendiéndola en medio de la confusión y espanto que debe haberles producido la derrota de esta tarde; es imposible hacerlo, por el estado en que se encuentra el ejército. . . Nos veremos forzados a ponerle sitio, y esperar que se rinda por sí sola".

Por su parte "La Actualidad", periódico del ejército chileno, publicó en su edición del 12 de febrero de 1881 al referirse a esos acontecimientos: (147)

"La noche sobrevino luego de terminada la acción, y no pudo saberse si el enemigo deshecho había recalado en Lima, ni si habría que ir todavía en su demanda al día siguiente contra sus postreras fortificaciones. . . ¿Pensaría el enemigo en presentar nueva resistencia en su rincón postrero, en Lima? Esta era la cuestión que preocupaba a todos".

En Lima, la situación fue desesperada pues la población en general, temía lo peor, que en la ciudad se repitiera lo acaecido en sus distritos del sur, que continuaban consumiéndose por las llamas. Surgió pánico generalizado al enterarse que Piérola los había abandonado sin dar alguna disposición sobre el gobierno local. Ese temor provocó que la población huyera sin conocer a dónde ni en qué, y las calles de Lima se llenaron en la noche del 15 al 16 de tumultos y miles de soldados, los mas portando armas y solicitando ser conducidos a enfrentarse nuevamente al enemigo. En esa oportunidad, mas que pensar en la propiedad se pensó en la persona y el honor.

Es en esas circunstancias que nuevamente entró en juego el cuerpo diplomático. Por la experiencia de esos días y preocupados por la vida y propiedad de sus conciudadanos, que sabían que la soldadesca chilena desatada no respetaba banderas extranjeras ni escudos consulares y que ingleses, italianos o cualesquiera otros eran ejecutados al igual que cualquier peruano y sus propiedades saqueadas e incendiadas. Frente a esa realidad, el cuerpo diplomático, en la noche del 15 envió una comisión de dos oficiales, uno inglés y otro italiano a parlamentar con el general Baquedano. El segundo regresó la misma noche comunicando que su compañero traería la respuesta, que fechada el mismo 15 a las once de la noche, llegó a Lima al día siguiente traída por el oficial inglés, Carey Brenton, en la cual Baquedano pidió la entrega de la ciudad con la siguiente amenaza: (48)

"Bombardear desde mañana mismo la ciudad de Lima, si lo creía oportuno, hasta obtener su rendición incondicional".

El alcalde fue enterado del úkase y Rufino Torrico lo comunicó a los concejales, quienes delegaron en él la realización de gestiones ante el general chileno. Cumpliendo ese encargo, el alcalde de Lima fue a entrevistarse con Baquedano acompañado por los ministros extranjeros, que el día anterior y previo a la batalla, habían conversado con el general chileno, al cual pidieron se respetara la vida y propiedades de los neutrales. Esos diplomáticos, a su vez, llevaron a los comandantes de las flotas extranjeras surtas en el Callao, y cuyo conjunto fue mas poderoso que la flota chilena.

Baquedano exigió que la ciudad se rindiese a discreción y el alcalde, sin tener en qué amparar una negativa, aceptó. Seguidamente los diplomáticos exigieron que como garantía a los neutrales, "que no se hiciese daño alguno ni ofensa a la ciudad" (149). Se les respondió que era imposible lograrlo, por no poderse controlar a pequeños grupos de soldados que podían desmandarse. Frente a esa velada negativa y que se insinuaba la prosecución de los atropellos y desastres de días anteriores, el almirante francés Bergasse du Petit-Thouars, que actuó como jefe de los oficiales extranjeros, manifestó que de producirse en Lima los delitos y crímenes que asolaron Chorrillos, Barranco y Miraflores, "La escuadra extranjera rompería inmediatamente el fuego contra la de Chile" (150).

Al escuchar que su flota sería hundida, recién Baquedano aceptó comportarse decentemente y, por arreglo con el alcalde R. Torrico, tropas escogidas entraron a Lima el día 17, dando tiempo a desarmar a los soldados que deambulaban por las calles, evitándose enfrentamientos estériles.

Lo acontecido es relatado por el ministro de Italia en Lima en nota del 28 de enero de 1881:

"Resulta de esta sucinta relación que la salvación de esta capital se debe únicamente a la interposición del cuerpo diplomático".

Los chilenos viendo que la captura era una realidad y presionados por el cuerpo diplomático, aceptaron ingresar a Lima recién el día 17, dando tiempo a la preparación de la entrega.

Es interesante que el documento de dicha entrega de la capital no sólo fuera suscrito por Baquedano como general en jefe, Vergara, ministro de guerra y Altamirano, agente diplomático, por parte de Chile y Rufino Torrico como alcalde de Lima por Perú. Igualmente fue suscrito por los representantes diplomáticos y su correspondiente comandante de flota de guerra surta en el Callao, como garantía del cumplimiento del compromiso por parte de Chile, ya que el Perú estaba postrado e inerme en su capital. Anexo No. 44.

47 DEPREDACIÓN ORGANIZADA

El gobierno de Chile, a través del general en jefe Baquedano, al aceptar que sus tropas entraran pacíficamente a Lima, tan sólo representaron burda comedia. Se sometieron a fuerza superior, las escuadras extranjeras, único idioma que entendieron y respetaron, acatamiento que mantendrían mientras existiera la amenaza extranjera, que después, con calma y dueños de la ciudad, procederían como mejor les viniera en gana Por algo, meses después el diario la "Situación" de Santiago refiriéndose a la depredación que se produjo, escribió: (152).

"En Chile todos los hombres públicos sostenían, en la prensa y en la tribuna del congreso, que el vencedor tiene derecho de apropiarse no sólo del territorio de la nación vencida y de toda clase de bienes, aunque estos sean destinados al servicio de la humanidad o de la ilustración; sino también había derecho de apropiarse de los bienes de los ciudadanos particulares, aun cuando hubieran sido pacíficos, porque forman parte de la nación enemiga".

Teniendo ese patrón formativo, comenzó el saqueo sistemático de toda expresión de riqueza que el Perú pudiera tener y no sólo de ella, sino cualquier situación o cosa que con sentido utilitario, fue aprovechado, desposeyendo al vencido.

Se apoderaron de las aduanas, no sólo de los ingresos que proporcionaban, sino también, al pillaje de las mercaderías en almacén, incluidas las de propiedad extranjera. El instinto de latrocinio estuvo por encima de los compromisos de Chile para con Inglaterra, y este último país, calculó tan ingentes riquezas a obtenerlas de las salitreras y guano, que le importó poco que muchos de sus súbditos radicados en el Perú, fueren asesinados o desposeídos. La corona británica siempre miró las riquezas en grande y no minucias, salvo que no hubieran las primeras, y, cualquiera de ellas, por encima de la vida de sus súbditos.

Lima fue entregada al mando del sanguinario coronel Lagos, quien, cumpliendo órdenes de su gobierno, comenzó por desmantelar la universidad de San Marcos ocupada previamente con una división de ejército. Sus bibliotecas, museos, laboratorios, mobiliario y adornos fueron embalados y transportados íntegramente a Santiago. Simultáneamente hizo ocupar con un batallón como si fuera cuartel, pese a existir otros lugares apropiados, la Biblioteca Nacional, en ese momento la mejor de todo Latinoamérica.

Como el ejército chileno ya había recibido con unción, la bendición del Sumo Pontífice León XIII, deseándoles la victoria y suponemos absolviéndolos de todo pecado cometido o por cometer en suelo peruano, los capellanes del invasor, fueron los encargados de justipreciar libros, documentos e incunables, además de objetos de arte y cuadros que contenía la Biblioteca. Con la minuciosidad que caracteriza al que roba con calma y ventaja, visitaron y se hicieron mostrar lo mejor de las obras y dónde estaban ubicadas, expresando profundo interés de bibliómanos, aunque sus lecturas nunca pasaron de breviarios y misales. El director, doctor Manuel Odriozola, sin sospechar la mala fe de los eclesiásticos, mostró los tesoros y obras valiosas que las estanterías contenían y los sacerdotes con gran empeño anotaban la información y solicitaron les mostrara otras más, hasta que se agotó la valiosa muestra. Se despidieron y ofrecieron regresar al día siguiente.

Durante la noche, tal como acostumbró efectuar sus rapacerías el ejército chileno, todas las valiosas obras que Odriozola mostrara a los beatíficos padres, fueron sustraídas y, el oficial chileno, frente a la queja, informó que efectivamente había visto sacar los libros pero como eran en tal volumen y cargados en carretas a la vista de todos, pensó que no se trataba de apropiación ilícita, además, las autoridades de ocupación, frente a la denuncia de la desaparición de los libros, expresaron (153) "que persona alguna tenía derecho de examinar los actos de las autoridades chilenas".

Días después de este primer robo a la Biblioteca, se presentó el carnicero de Arica, coronel Lagos, en compañía de una comitiva de chilenos vestidos de etiqueta, para que por lo menos se dijera que eran ladrones de guante blanco, y recorriendo las estanterías, comenzaron a recoger de ellas las obras que les interesaron y dispusieron llevárselas, frente al pedido de un recibo, Lagos contestó que más bien entregara las llaves del establecimiento porque mandaría recoger todo su contenido y efectivamente, recogieron por carretadas, más de cincuenta mil libros que componía el patrimonio bibliográfico, aparte de más de ochocientos manuscritos, que se les consideraba "verdaderas joyas" y otros documentos, todo lo cual, en su mayor parte, se encuentran en la Biblioteca Nacional de Santiago y en bibliotecas privadas, expresión de ese increíble latrocinio es la carta del presidente chileno, Domingo Santa María, fechada en Valparaíso el 14 de marzo de 1884 y junto a la carta de protesta que cursara el doctor Odriozola al ministro norteamericano Christiancy, presentamos en los Anexos 46 y 47.

Después de desmantelar la Universidad y Biblioteca Nacional, los invasores prosiguieron con el Archivo Nacional y siguieron con la Escuela de Artes y Oficios, de donde se llevaron toda la maquinaria de los talleres y los libros de ciencias. El célebre reloj de Ruiz. Luego, la entrada al saco que no se produjo después de Miraflores, se convirtió en robo descarado, cínico, pero ordenado y metódico, desmantelaron y se llevaron hasta las rejas de los edificios, en esa forma, fueron sustrayendo los archivos de los ministerios y el de Palacio de Gobierno, porque Piérola, en su huida, ni siquiera se le ocurrió que los documentos fueran retirados, al contener toda la documentación secreta de la diplomacia peruana y de situaciones internas de uso muy restringido.

No sólo saquearon el íntegro de la maquinaria de los talleres de producción de municiones y la fábrica de pólvora, sino que igualmente transportaron a Valparaíso la imprenta del Estado, cargando con toda la maquinaria de impresión, tipos y demás elementos de impresión. Igualmente sustrajeron toda la imprenta del diario privado "La Patria". El papel que no pudieron llevar, lo remataron en las calles de la ciudad.

De los ministerios y Palacio de Gobierno, no sólo extrajeron los documentos, sino que los vaciaron en cuanto a equipos, maquinarias y mobiliario y, algunas de esas piezas fueron a decorar las casas de algunos colaboradores.

Se apropiaron del contenido del Palacio de la Exposición, comenzando por los objetos de arte. Trasladaron a Santiago una valiosa obra del pintor Merino sobre Colón exponiendo su proyecto del nuevo mundo, que había obtenido el gran premio de la exposición de Paris. Igual trato recibió la Sociedad Fundadores de la Independencia de la que se llevaron entre otros, hasta los retratos de San Martín y Bolívar. De parques, calles y paseos públicos de la ciudad sacaron las estatuas de ornato, figuras de animales y otros. De la Escuela Militar, no sólo hurtaron libros y mobiliario, sino que barrieron hasta con el menaje de cocina y servicio de comedor. En el jardín botánico, además de llevarse los equipos, hicieron lo propio con infinidad de plantas y destruyeron las que dejaron.

También se apropiaron de las rentas municipales destinadas a la educación y, los ingresos aduaneros, fueron destinados en gran parte al sostenimiento del ejército de ocupación y, la diferencia, se remitió a los cofres del tesoro chileno en Santiago. Se hicieron dueños del cobro de aduanas desde el 22 de enero de 1881 y al 31 de diciembre de ese año, recaudaron algo de tres millones de pesos. En 1882 los ingresos subieron a más de cinco millones cien mil pesos. Según Lynch, lo que se llevaron de las aduanas fueron casi ocho millones de pesos. En ese análisis no están comprendidos los cupos que en forma continua aplicaron a ciudades y ciudadanos.

Para mantener al ejército invasor, decomisaron el ganado donde lo encontraran, siendo diezmado sin contemplación, por eso, al producirse la desocupación, la riqueza ovina del país fue reducida a un 20°/o.

La libertad de expresión quedó suprimida por completo, disponiendo Lynch por decreto del 27 de mayo de 1881, que los directores de diarios y revistas fueran chilenos y, con un nuevo decreto del 5 de junio de ese año, se prohibid la publicación de libros, periódicos, folletos, e incluso hojas sueltas sin permiso del cuartel general. Él 7 de setiembre se impusieron severas penas a quienes contravinieran lo decretado y, por último, el 14 de diciembre se dispuso que nadie podía publicar "noticias del enemigo".

Las fortalezas del Callao fueron desmanteladas y los cañones trasladados a Chile.

La ciudad se cubrió de luto, suprimiéndose fiestas y festejos y la población procuró salir sólo lo imprescindible a las calles para no tropezar con la soldadesca de ocupación.

La depredación continuó en provincias, donde no sólo eran los saqueos a las propiedades públicas o privadas, sino la destrucción sistemática de cultivos, además de fusilar o castigar cualquier forma de oposición o resistencia e, incluso sin ella, procedieron a la aplicación de castigos, ya abolidos desde los tiempos de la esclavitud, como la flagelación, que podía ser seguida o no del fusilamiento, en otros casos se aplicaron los castigos sin juicios ni tribunales, a simple capricho de la oficialidad y las más de las veces sobre simples supuestos. Castigos y depredaciones se incrementaron conforme la resistencia en los Andes se acentuó y cualquier sospecha de vínculo con ella, fue penada capitalmente.

Los restos de la marina de guerra, al verse liberados del tutelaje del Dictador, y frente a la caída de Lima y Callao, lo cual les privó de una base de operaciones, decidieron hundir la flota antes que cayera en manos enemigas. Manuel Villavicencio como jefe, pese a encontrarse en la fortaleza de San Cristóbal, ordenó que el segundo jefe, procediera a cumplir las indicaciones y Arístides Aljovín, el 16 de enero, hizo destrozar la maquinaria e incendiar la "Unión" la cual se hundió al norte de la bahía del Callao. Años después se retiró el mástil de la nave que fue lo único que quedó por encima del agua y llevada a la escuela naval, donde sirve de símbolo a las futuras generaciones navales de una tradición, cual es, que la escuadra jamás se ha rendido, en conjunción, con la misma determinación que ha envuelto al ejército en su actuar. Junto con el hundimiento de "La Unión", se destruyeron otras naves como el "Atahualpa", y los transportes "Rímac", "Limeña", "Marañón", "Oroya" y el "Chalaco", así como lanchas o embarcaciones menores, todas fueron incendiadas y hundidas y no cayeron en manos enemigas, acto que despertó la cólera de los adversarios.