En el soliviantador y sugestivo IV Tomo de Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar: La guerra de límites contra el Perú, pp. 263-273, su autor, el embajador Félix C. Calderón subraya hechos lamentables y desdorosos. Uno de estos pasajes se ubica cuando ya Colombia y su presidente Simón Bolívar, habían declarado la guerra al Perú en 1828. De paso por el Callao, estaba nada menos que Antonio José de Sucre, adláter incondicional del caraqueño.

“Efectivamente, el 10 de setiembre, la fragata “Porcospin” procedente de Cobija acoderó repentinamente en el puerto del Callao, trayendo a bordo a un arrogante Antonio José de Sucre, quien tal vez por verguenza al verse manco, prefirió permanecer a bordo. La Mar había partido a Lurín en la víspera para recuperarse por enésima vez de su quebrantada salud, aunque tenía previsto embarcarse con destino a Paita el 18, con la intención de marchar a Loja a la cabeza del ejército peruano. En una palabra, se vivían los prolegómenos de una guerra terrestre, siendo la gran pregunta ¿por qué tomaba el Perú la iniciativa de cruzar su frontera norte?.

Se tiene entendido que Sucre pasó de Chuquisaca a Oruro y de allí a Cobija. Con lo que le quedaba de su brazo derecho a punto de cicatrizar se embarcó en esa caleta con destino al Callao, pues es bueno saber que la fragata “Porcospin” no tenía previsto hacer escala en Guayaquil en su itinerario. Para este aprendiz de sicofante el desafío que se le presentaba en el Callao era doble. Primero debía sortear con éxito la reacción iracunda que esperaba de las autoridades peruanas. No hay que olvidar que el ambiente era de guerra. Y segundo, mucho más complicado, debía hacer uso de sus artes de seducción política a fin de conseguir otra nave que lo llevara a la mayor brevedad a su destino: Guayaquil. Es así como tan pronto llegó la fragata al Callao el día 10, Sucre no tuvo mejor idea que remitir una melosa comunicación (valiéndose de su ayudante Andrade como escribidor) al presidente del Perú, en la que puso esmero en camuflar muy bien sus intenciones, haciendo gala de una agresiva hipocresía de conquistar por la seducción. Veamos el texto de esa comunicación:

“Los negociadores del gobierno boliviano ofrecieron de mi parte al general del ejército del Perú, que en mi bajada al puerto de La Mar a Guayaquil tocaría en éste con el objeto de ofrecer mis buenos servicios en cuanto tendieran a transigir las diferencias del Gobierno peruano con el de Colombia (sic). Aunque los acontecimientos en aquel país variaron de tal modo, que pudiera considerarme exonerado de mi compromiso, he creído útil cumplirlo, oponiendo a los rencores personales un acto generoso, y, llenando mi palabra, he llegado aquí, desechando las ocasiones que tuve en Cobija para marchar directamente a Guayaquil. Ignorando el estado presente de las cosas entre Colombia y el Perú (sic), no acierto a decidir si mi paso será de algún provecho, o si en las opiniones se juzgará bien o mal.. (...).Mi falta de conocimientos del estado actual de las relaciones entre Colombia y el Perú, me deja ignorante de si los intereses o el honor de algunos pueblos hacen imprescindible la guerra. Sin examinar los derechos o deberes (...), habiéndoseme acusado de que soy you una de las causas o el agente de un rompimiento, debo individualmente hasta por mi reputación, desmentir esta calumnia, añadiendo el paso que doy a mi conducta hacia el Perú desde principios de 1827, que es suficiente comprobante (sic) de mi anhelo porque la paz no fuera perturbada (sic). Si el gobierno peruano acepta mis oficios para una reconciliación con Colombia, recibiré con gusto cualquiera comisión a favor del reposo de esta república, y puede dirigirme a bordo sus instrucciones, que promete desempeñarlas honradamente. Si al contraio mi oferta fuese inoportuna, porque o se tarde, o porque el honor o interés de una de estas naciones exija o importare luego la guerra, habré siquiera deshecho aquella calumnia, y puesto a cubierto ante la América de toda responsabilidad por los males que alguna de ellas sufra (...). Habiendo pensado en no bajar a tierra y porque si el estado de mi salud me permite cualquier sacrificio por la causa general, también reclama mi pronta llegada a Quito para completar mi curación. Es por esto, que si el gobierno peruano halla inútiles o inoportunos mis oficios pacíficos, se dignará, en retribución a la buena fe (sic) y sinceridad con que he venido a ofrecerlos a la república, proporcionar un pequeño buque que de mi cuenta me conduzcan a Guayaquil, siguiendo viaje hoy mismo si es posible (sic)” (Ibid).

Dicho en otros términos –subraya el autor Félix C. Calderón- Sucre estaba en manos del Gobierno del Perú y éste, contra todo pronóstico, le dio facilidades para seguir viaje, en vez de arrestarlo de inmediato.

Era el mismo Sucre que arrebató al Perú Guayaquil en 1822. El mismo Sucre que siguiendo las consignas antiperuanas de Bolívar forzó la creación de Bolivia a expensas del Perú y que, ahora, defenestrado y herido, mostraba su ingratitud al Perú y a los peruanos que con su heroísmo le dieron la gloria en Ayacucho, sorprendiendo su buena fe mediante el engaño.

Veamos, pues, la respuesta de José María Galdiano que se presentaba como canciller peruano, otro más en tan poco tiempo. No era un nuevo personaje en política. No. Era el mismo congresista que presidió la vergonzosa sesión del Congreso peruano de 10 de febrero de 1825 en que el dictador Bolívar maniobró de tal manera con su ayuda para convalidar la ocupación del Perú y que al año siguiente se prestó gustoso al auto-golpe que aherrojó la patria. Pues bien, fue ese mismo servidor público con alma de ujier, quien respondió a Sucre, el 11 de setiembre de la siguiente manera:

“El gobierno acaba de recibir la comunicación de V.E. de ayer, y de su orden me apresuro a contestarle diciendo: que aunque en todos los actos y papeles ya públicos, ya oficiales de las dos repúblicas vecinas se ha pretendido con especial estudio pintarnos como agresores en los últimos sucesos, el gobierno no deseando más que la paz, ha procurado evitar hasta el último trance un rompimiento, que mucho tiempo reclamaban, no sólo los ultrajes y dicterios con que ha sido vulnerado el honor peruano (pues solo se ha opuesto un generoso desdén a la villanía de esas armas) sino los aprestos y bien conocidos planes que por el sur y por el norte se formaban contra el Perú. Estos sentimientos pacíficos son tan sinceros (sic) que el gobierno no puede negarse a aceptar la oficiosa intervención de V.E. para con el general Bolívar, a pesar de que conoce con certeza de que no puede ser fructuosa; ya porque quien ha anunciado hasta el punto y tiempo del combate: quien ha sofocado la voz de su patria heroicamente pronunciada por la libertad y por los destinos del Perú para no ser refrenado en su carrera; quien se ha negado tenazmente a admitir y oír un plenipotenciario nuestro, manifestando bien que ha temido que nuestras explicaciones francas y amigables alejasen la guerra; mucho menos se prestará a los buenos oficios de quien no teniendo ni carácter público, ni encargo particular de nuestra parte, no podrá conseguir más que expresiones vagas y dilatorias, a no ser que V.E. crea que el ánimo de aquel jefe se halle hoy mejor dispuesto de lo que estaba antes. De todos modos y por cualesquiera medios este gobierno ha resuelto oír y aceptar todas las proposiciones racionales y decorosas que se le hagan, pero no hacerlas. Un nuevo desaire será insoportable al pueblo y al gobierno. Pero aunque fueran vanos los buenos oficios de V.E. la América siempre le hará justicia; pues es regular que estos ofrecimientos estén en armonía con los sentimientos que V.E. habrá expresado francamente en su mensaje a la República que antes presidía. Como no se ha recibido aún ese papel importante, ni los manifiestos documentados que han ofrecido los generales Gamarra y Urdininea, el gobierno se abstiene de tocar todos los demás puntos a los que alude la comunicación de V.E..- A pesar del inconveniente que presenta hoy el tráfico con el puerto de Guayaquil, el Gobierno ha tomado providencias para proporcionar a V.E. la fragata Porcia que zarpará en el día, cuyo capitán se pondrá en comunicación con V.E.” (Vicente Lecuna; Op. Cit.- Tomo II).

Con estricto juicio crítico e historiográfico, el embajador Calderón apunta:

“El sentimiento de peruanidad o de nación no parecía arraigado en el alma de esos aprovechados que surgieron a la diestra o siniestra de Bolívar en sus tiempos en que hacía y deshacía en el Perú. Acostumbrados, quizás, a pensar y actuar en términos homocéntricos, siendo bueno o aceptable todo lo que convenía al interés personal y no del Estado-nación, creyeron en las palabras de ese prestidigitador de la mentira o quisieron congraciarse deliberadamente con Sucre como una forma de curarse en salud en la hipótesis de una restauración bolivariana. O, tal vez, nunca dejaron de abrigar en el fondo de su conciencia el regreso del master, esmerándose en darle un trato privilegiado a su lugarteniente para que no quede duda de qué pie cojeaban. A decir verdad, difícil de escudriñar la psiquis de quienes de la noche a la mañana hicieron del transfuguismo un arte para mantenerse a flote”.

La aberración de homenajear a anti-peruanos viene desde muy lejos, desde los albores republicanos, se mantuvo siempre, con sus altos y bajos. Y hoy persiste en su asco de cuello y corbata en el gobierno, en el Congreso, en los medios de comunicación, en todas partes. ¿Y dónde están los peruanos? Puedo asegurar que saliendo de las trincheras y combatiendo las pestes de la ignorancia, del olvido y pulverizando los horrores de tanta traición.

La tesis, personal e intransferible, que sostiene que el Perú nació fallado, mutilado, castrado en su espiritualidad, invadido por foráneos que hicieron flecos del país y lo resquebrajaron a su libre albedrío, no parece tan atrabiliaria. Antes bien, está premunida de multitud de datos, acervo nutrido de ocurrencias, margesí negro de traiciones. Y ya es hora de examinar sin candideces ni ataduras cuanto pasó. Y de informarlo objetivamente a las nuevas generaciones.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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